Pablo Medina: San Givin en la playa


San Givin
en la playa
Pablo Medina
Traducción de Alexis Romay

El olor a cangrejo de las playas invernales
es como el aliento de un político
que ha regido el país
durante meses sin un cepillo de dientes.
Ha dejado a la deriva a su esposa, a su hijo estupefacto,
a sus amantes furiosos que le creyeron el elegido.
El político tiene manos doradas,
ojos azules de pececillo, una voz que hace rechinar
las bisagras rotas del enero de 2017.
Toda la niebla de sus pronunciamientos
hace que el día se torne gris cual leche cortada.
Con el pecho erguido como el pavo
que acaba de perdonar, ahora habla
a las legiones que son su espejo:
voten por el acosador de menores, los ricos deben
enriquecerse más, haremos que llueva fuego sobre nuestro enemigo.
Una gaviota grazna en el viento.
Las olas rompen en un rojo neón y falso.

***
Publicado originalmente en Pen.org.

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¿Donde está el compañero que me atiende? 

el_compa_queLa primera vez que escuché la frase “el compañero que me atiende” fue de boca de mi madre. Acaso porque era todavía un adolescente o quizá porque vivía en el pueblo y no veía las casas, lo primero que me vino a la mente fue que se trataba de un eufemismo. Que lo era, solo que pensé en otro tipo de eufemismo. Ella recién se había divorciado y en el acto se me ocurrió que el circunloquio apuntaba a una atención más de la índole de “quién tiene tienda que la atienda y si no, que la venda”. Qué discreta esta madre mía, me dije. Qué manera de no querer involucrar a su hijo en asuntos del corazón.

La realidad, como acostumbra, era menos romántica. Mi madre, por aquellas fechas, era directora de una galería de arte que, dada su naturaleza y prominencia, la exponía a un intercambio directo y sistemático con toda suerte de turistas, que incluía desde a quienes se contentaban con regresar a su tierra con un paisaje del malecón y unas palmeras hasta a renombrados coleccionistas y dueños de galerías de diferente rango de un sinnúmero de países.

Por lo visto, el compañero de marras se le aparecía de vez en cuando a la autora de mis días para ver cómo iban las cosas por el trabajo, para indagar sobre la identidad de los extranjeros que visitaban la galería, o la de los empleados que tenían contacto con estos y, obvio, para cuestionar la intención de algún cuadro de tal o cual pintor, o de algún que otro comentario en un catálogo o en unas palabras de inauguración de alguna muestra individual o colectiva. Mi madre respondía con evasivas, subterfugios, vaguedades. Después de un tiempo de ese gardeo a presión, se decantó por irse con su música a otra parte y trabajar por cuenta propia como curadora y representante de artistas del patio. Y ahí sigue, tan campante, en Miami, con un único compañero que la atiende: su esposo.

Ahora le damos fast forward a la cinta y nos detenemos en el instante en que Enrique Del Risco me invitó a participar en El compañero que me atiende, esta antología que en su corta existencia ya ha demostrado lo mucho que se echaba en falta en la literatura nacional. Mi respuesta fue a partes iguales entusiasta, definitiva e inmediata. Ya que estábamos, le comenté que no tenía certeza absoluta, pero sospechaba —ah, la ubicuidad de ese verbo en la cosa cubana— que había tenido un compañero que me atendía: ciertas locuciones, gestos, silencios, muletillas, tics verbales, reticencias y recurrencias (me) indicaban que el tipo era del aparato represivo cubano y que hacía lo (im)posible por aconsejarme, intimidarme o reclutarme a la historia universal de la infamia. Del Risco me respondió que si no estaba del todo seguro entonces lo más probable fuese que no se tratara del compañero que me atendía; en ese caso, hablábamos de un comemierda o un comecandela, que, ya se sabe, son uno los dos, como el grupo Moncada y la chealdad congénita.

Por fortuna, para el momento en que me escapé de aquella isla de difícil mención tenía bastante poca obra publicada; esa coyuntura me facilitó la fuga. La invisibilidad en el mundo literario local y ese no pertenecer a grupo, taller o generación presuntamente me alejaron de los radares de los compañeros que atendían a los escritores rodeados por la maldita circunstancia de la sospecha y el agua por todas partes.

Desilusionado y feliz —sobre todo feliz— de nunca haber tenido un compañero que me atendía, opté por participar en este compendio con un fragmento de mi novela La apertura cubana.

Si a pesar de este preámbulo resulta que sí tuve compañero que me atendía, ya que no me pudo persuadir, desde estas páginas le devuelvo el favor y le invito a cambiar de oficio y pasarse a uno del que no tenga que avergonzarse.

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El castrismo o el arte de…

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• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar la cosa
• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar el miedo a la cosa
• El castrismo o el arte de cambiar de tema cuando se habla de la cosa
• El castrismo o el arte de la indiferencia
• El castrismo o el arte del relativismo simplón
• El castrismo o el arte del relativismo a secas
• El castrismo o el arte de buscar la paja en el ojo ajeno
• El castrismo o el arte de lo mío no es lo política
• El castrismo o el arte de yo no meto en eso
• El castrismo o el arte de peor están en ________________
• El castrismo o el arte de tú lo que eres un extremista
• El castrismo o el arte de silenciar al exilio cubano
• El castrismo o el arte de no me vas a negar que tuvo sus cosas buenas
• El castrismo o el arte de cuál es tu opinión de esos cubanos de Miami
• El castrismo o el arte de tú no serás uno de ellos
• El castrismo o el arte del intercambio cultural en un solo sentido
• El castrismo o el arte de los cubanólogos foráneos
• El castrismo o el arte de no pronunciar la palabra “dictadura”
• El castrismo o el arte de pronunciar la palabra “dictadura” para hablar de Batista, Pinochet, Perón…
• El castrismo o el arte de Silvio Rodríguez
• El castrismo o el arte de confundir la guapería con el valor
• El castrismo o el arte de conmemorar el castrismo
• El castrismo o el arte de la academia estadounidense y su fascinación con el castrismo
• El castrismo o el arte de organizar coloquios para celebrar la importancia histórica del castrismo
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo con curiosidad antropológica
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura vigente
• El castrismo o el arte del artículo 39 (ch) de la Constitución de la República de Cuba que establece que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución”
• El castrismo o el arte de no enterarse de que la “ch” es un dígrafo
• El castrismo o el arte de que los balseros que murieron en el mar huyendo del castrismo no provoquen compasión alguna
• El castrismo o el arte del olvido
• El castrismo o el arte del borrón y cuenta nueva
• El castrismo o el arte del cubano que emigra por motivos económicos
• El castrismo o el arte de despotricar contra el exilio cubano
• El castrismo o el arte de las falsas equivalencias
• El castrismo o el arte de en esta entrevista quiero hablar de música y de pelota
• El castrismo o el arte de los cortapisas frente a las cámaras
• El castrismo o el arte del (miembro del) público que prefiere escuchar la opinión de un experto norteamericano antes que la de un exiliado cubano
• El castrismo o el arte de idealizar las ruinas del castrismo
• El castrismo o el arte de convertir a un país en la finca privada de los Castro
• El castrismo o el arte de convencer a la prensa internacional de que en dicha finca privada todo es de todos
• El castrismo o el arte de elecciones para qué
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas a Fidel Castro
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas al castrismo
• El castrismo o el arte de pretender que no se habla de una dinastía
• El castrismo o el arte de culpar al embargo de todos los males
• El castrismo o el arte de las antologías literarias cubanas en español e inglés que desconocen la escritura del exilio
• El castrismo o el arte de hablar de los cubanos de aquí y los cubanos de allá
• El castrismo o el arte de secuestrar el ideario martiano
• El castrismo o el arte de la cartilla de racionamiento trasmutada en libreta de abastecimiento
• El castrismo o el arte de delatar al vecino, al pariente, al amigo
• El castrismo o el arte de sospechar del vecino, del pariente, del amigo
• El castrismo o el arte de no despojarse del miedo luego de varios años de vivir fuera de Cuba
• El castrismo o el arte de evitar autodenominarse un exiliado
• El castrismo o el kitsch
• El castrismo o el arte de las camisetas del Che Guevara
• El castrismo o el arte de pasar por alto los muertos del Che Guevara
• El castrismo o el arte de destrozar a Cuba
• El castrismo o el arte de destrozar a Venezuela
• El castrismo o el arte de hablar de la dignidad mientras se vive sin ella
• El castrismo o el arte de te dije que no me preguntaras más sobre mi posición ideológica
• El castrismo o el arte de hablar en primera persona del plural
• El castrismo o el arte del hambre, la miseria y la represión compartidas
• El castrismo o el arte de tatuarse a un dictador octogenario en el hombro
• El castrismo o el arte de confundir a Cuba con el castrismo
• El castrismo y las infinitas mutaciones del castrismo
***
[Ilustración: Garrincha].

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Vista del anochecer en el Trópico

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En una advertencia que figura en el último párrafo del prefacio —y se repite en la portada interior— de Con una canción cubana en el corazón, Iván Acosta declara que “podría vivir con muy pocas cosas materiales, con casi nada. Pero no podría vivir sin mi colección de discos, sobre todo los de música cubana”.

Escribir “poca cosa” y referirse, en el mismo suspiro, a su colección de discos es, en el mejor de los casos, una imprecisión y, en el peor, una injusticia. Porque esto, que es la punta del iceberg, de poca cosa no tiene nada. Tomando como punto de partida un catálogo que compila más de 5 000 LPs, Acosta crea un relato que hilvana anécdotas personales con el devenir de una nación que se fue a bolina. Para ello, se vale de más de doscientas cubiertas de álbumes con las que cuenta una historia a la vez íntima y colectiva.

Me impresiona, pero no me extraña, esta incursión de Iván Acosta en un género híbrido, al sacar a la luz un libro que, al decir del autor, no es “una novela política, ni un manual de la historia de la música cubana y mucho menos una autobiografía”, pero que, en mis palabras, es mucho más: es memento, vademécum, resto de un naufragio, álbum de postales, vista del anochecer en el Trópico, pieza de museo, cronología de la vida (y la música) de una isla al pairo, antología de la cancionística cubana, colección de viñetas; en fin, retrato a pinceladas de esas dos patrias que tienen nuestros coterráneos: Cuba y la noche —la noche que eternizara Sabá Cabrera Infante en su documental P.M., la noche de los Tres tristes tigres de su hermano Guillermo, la noche cubana que con el tiempo transmutó la sonrisa en una larga mueca de hastío.

Digo que no me extraña la naturaleza de este artefacto porque Acosta nos tiene acost(a)umbrados a sus malabares en los predios de las artes, desdoblándose en compositor, dramaturgo, documentalista, director de cine y de teatro, artífice de Latin Jazz USA, promotor y productor de conciertos, publicista, fundador del Centro Cultural Cubano de Nueva York (y presidente del mismo durante ocho años), músico, poeta, rumbero y medio, y amigo de esos de los que perduran en el tiempo y la distancia. Menciono esta retahíla de facetas de mi paisano pues todas figuran de un modo u otro en las páginas del texto. A veces —como las penas que me maltratan— se agolpan unas a otras y hacen que la inmersión en el libro fluya igual de bien lo mismo con la cadencia de un bolero que en el desenfreno de un mambo influenciado.

Lydia Cabrera decía que había descubierto a Cuba a orillas del Sena. A Paquito D’Rivera le gusta decir lo mismo, pero con el río Hudson como telón de fondo. Yo me pregunto dónde Iván Acosta habrá dado con esa isla que todos llevamos dentro. La pregunta es retórica… y no tanto. Acosta escapó del cocodrilo verde en plena adolescencia. Y, sin embargo, es una personificación de los valores positivos de esa entelequia que es el cubanazo. Quizá la respuesta radique en que, ya en el exilio, este hombre se hizo (más) cubano mediante la música de su lugar de origen y convirtió el cancionero natal en una cosa tangible, en un espacio físico, en una tierra fértil. (No en balde su primer disco, que data de 1978, se titula Canciones de la vida, de la patria y del amor, esas tres abstracciones que nos son tan caras).

Esto de los ríos me recuerda que estar “a la deriva” es casi una condición sine qua non del cubano —y de lo cubano—, particularmente en el último medio siglo de andar dando tumbos por el mundo, huyendo del sueño de la sinrazón y de los monstruos que este ha producido. En el caso de Iván Acosta —como el de quienes comenzaron su fuga de aquella isla de difícil memoria— por vía marítima, la deriva fue también literal. En lo que supongo habrá sido una noche eterna del agosto de 1961, con dieciséis años y un par de discos que rescató antes de (a)saltar al barco en el que escaparía, con su familia, rumbo a Jamaica, Iván Acosta se hizo a la mar. Y trajo la música (cubana) consigo. Él no la abandonó y ella, que sabe ser agradecida, a lo largo de las décadas le ha devuelto el favor con creces.

Esos dos discos que huyeron de Cuba con el autor se encuentran representados en sendos LP incluidos en esta edición de lujo, que abarcan desde Olga Guillot a Benny Moré, de La Lupe a Dámaso Pérez Prado, de Cándido Camero a David Oquendo y sus Raíces Habaneras, pasando por un bossa nova y un bolero del propio Acosta.

Como dirían en La Habana: aquí hay para comer y para llevar. Así que pasen, lean, escuchen. Esto no es un libro. Esto es una fiesta.

Alexis Romay
Nueva Jersey, 29 de junio de 2017

***

Publicado en el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (11 de julio) y en Diario Las Américas (28 de julio).

 

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Los que se portan bien


Luego de ser censurada en La Habana,
a pesar del apoyo y el cariño de los cineastas cubanos,
Santa y Andrés ha podido encontrarse
con el público del mundo entero.
Desde el respeto y sin ningún ánimo
de afectar a Cuba,
país al que amo
y del que no me voy a ir,
hemos acompañado nuestro filme
tratando de no hablar de la censura
y de centrarnos
en las cuestiones artísticas del mismo,
el amor y el deseo
de la reconciliación entre los cubanos.

El equipo de nuestra obra
ha sido comprensivo
y abierto al diálogo con los censores.
Creyendo que cualquier tipo
de maniobra
enrarecida
en contra de la obra
después de ya ser censurada
era una cuestión impensable.

Nunca nos hemos aprovechado
de la condición que crearon alrededor del filme,
sabemos que es una obra de arte.

Santa y Andrés ha viajado
a los festivales de Toronto,
San Sebastián, Chicago, Zúrich,
Ginebra, República Dominicana,
Cartagena, Guadalajara, Los Ángeles,
Miami,
Punta del Este, y muchos otros
y en ningún momento
nuestro equipo de realización
ha hecho nada en contra de Cuba.

En este momento el filme
ha sido retirado de la competencia oficial,
volviendo a ser excluido
por su carga política.
Mañana no sé qué tramarán
para silenciar la obra que es mucho,
mucho más que una idea política.

Yo no estoy en guerra con nadie,
yo solo he hecho una película
y me costó mucho trabajo hacerla,
ahora nada ni nadie la va a borrar.

Si así tratan a los que se portan bien
no sé cuál es el objetivo detrás de todo.

Yo,
Carlos Díaz Lechuga,
amo Cuba,
fumo tabaco,
me gusta la playa y he viajado el mundo entero.
No tengo necesidad
de pasar por este tipo de tratamiento.
Ahora yo voy a seguir
defendiendo mi película
y acompañándola a donde pueda.

***
Este poema ya fue publicado en prosa por Diario de Cuba. La ilustración del post es del inestimable @Garrix.

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El cangrejo impertinente y el castrismo como telón fondo

bobo nada.jpgA propósito de “Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente”, me permito una nota aclaratoria: es tradición en la prensa española gastarle alguna broma a la audiencia en el Día de los inocentes. Esa circunstancia me recuerda que esto, que es una bitácora de notas al vuelo, se presta para la gracia y, por tanto, me permite, una vez al año, difuminar esa línea que separa a la ficción de la realidad.

Las inocentadas que he echado a rodar por estos lares han tenido un tema común: el castrismo y lo perjudicial que es ese régimen para la salud. Tiendo a enfocarme en intelectuales orgánicos, nuevos modos de la infamia (una cerveza revolucionaria, un app para chivatos) o miembros de la estirpe de Lina Ruz e igual calaña. Confieso que hacer la mímica de la verborrea de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Miguel Barnet es todo un desafío. Pero me he dado banquete en el proceso.

Los amigos, conocidos y lectores de este blog que se han creído los textos (o se han reído con ellos): honor que me hacen. Gracias por la lectura y por el voto de confianza. (Desde ya quedan advertidos para diciembre de 2017).

Si les da el apetito, aquí pueden (re)leer las inocentadas que he publicado por acá en años previos:

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la “decisión” de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

En 2015: “Yo no tomo meprobamato”, una crónica de la presentación en Nueva York del más reciente libro de memorias Miguel Barnet.

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Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente

nieto-raul-castro.jpgPor lo visto, no todo es pesar en Cuba por estas fechas. Raúl Guillermo Rodríguez Castro —conocido en medios de prensa internacionales como la figura clave en el circuito de seguridad del General-Presidente Raúl Castro Ruz— se ha propuesto brindar al pueblo un motivo para el esparcimiento “en días de profunda tristeza y luto nacional”. Pues lo que muy pocos conocían hasta ahora es que detrás de las gafas oscuras, el andar torpe, los intercomunicadores, la cara de pocos amigos, los walkie-talkie, la mirada perdida, la pinta de escasas entendederas, su constante girar a uno y otro lado cuando acompaña a su abuelo en las multitudes, el corte de pelo de los años ochenta e incluso las pistolas ocultas bajo la guayabera o el gabán es que tras la fachada de tipo duro se esconde un tierno autor de libros para niños.

Cangrejo.pngCon la publicación y lanzamiento de El cangrejo impertinente, su ópera prima, que coincidirá con el aniversario 58 del triunfo de la revolución, el autor aspira “a alegrar a los más pequeños de la casa con una historia de sacrificio y determinación que incluye algunas dosis de humor involuntario”.

El cangrejo impertinente —escrito en primera persona y editado, excepcionalmente, por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado— narra las peripecias de un joven crustáceo que no entendía muy bien los límites del espacio personal y siempre andaba pisándoles los talones a sus ancestros. El protagonista tropieza una y otra vez con sus parientes en cada una de las 32 páginas del libro. “No hay moraleja. No todo tiene que tener una moraleja”, reconoció el autor en entrevista concedida a Prensa Latina.

La obra también representa el debut del artista y diputado Alexis Leyva (Kcho) en su nueva faceta de ilustrador de libros infantiles.

En momentos en que la bandera ondea a media asta, Rodríguez Castro espera que su iniciativa editorial sea un faro de esperanza para las nuevas generaciones. Y parece que su deseo se hará realidad. A partir del próximo enero, El cangrejo impertinente será incluido como material de lectura para los estudiantes de primer grado en la isla.

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Westworld y Cuba: Final de temporada

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Imagina un parque temático en el que los visitantes disfruten privilegios que no están al alcance de los lugareños. Estos forasteros pueden actuar con un nivel de impunidad inimaginable para los nativos. Y una vez que han vivido sus fantasías, tienen la libertad de regresar a casa, en donde pueden continuar sus vidas perfectamente normales. A lo mejor estás pensando en Westworld. Pero yo me refería a Cuba.

Es difícil distinguir entre la nueva serie estelar de HBO y mi tierra natal. En ambos parques temáticos hay educación y salud pública gratuita. Y con eso quiero decir que en cada lugar los robots son programados: todos sus pensamientos les llegan a través de unos algoritmos meticulosamente calculados; en ninguno de los dos sitios las mentes esclavas pueden pensar fuera del guión oficial. En ambos lugares, la memoria de los súbditos es borrada al final de cada episodio (para que puedan repetirse). En cada sitio, los gerentes del parque temático se ocupan del bienestar físico de su gente. Bueno, seamos un poco más precisos: en Westworld, los residentes son reparados porque los turistas ejecutan con ellos sus más salvajes aberraciones; en la isla caribeña, el decrépito sistema de salud pública solo funciona frente a las cámaras de televisión extranjera como una herramienta de propaganda, y es usado como una excusa oficial para justificar cualquier cosa, desde la represión ubicua hasta la abundante escasez. Otro paralelo: en ambos lugares, los rebeldes que se atreven a cuestionar la realidad son descontinuados y confinados a quedar fuera del juego.

En ninguno de los contextos los visitantes aceptarían vivir un solo día bajo las reglas y condiciones que el parque temático ha establecido en perpetuidad para sus nativos. Al margen de eso, la más importante (quizá la única) diferencia entre Westworld y Cuba es que mientras los turistas que visitan la primera están conscientes de que la vida que viven solo es posible a expensas de los anfitriones, y entienden la artificialidad del entorno y cómo todo está orquestado para que su experiencia sea emocionante sin llegar a ser peligrosa, quienes visitan la segunda —las legiones que a lo largo de los años me han dicho que quieren “ir a Cuba antes de que se muera Fidel Castro”— se creen la narrativa oficial de tal manera que se sienten con el derecho de hablarles a los cimarrones cubanos sobre los beneficios de vivir bajo la gerencia del parque temático.   

¿Es acaso lógico sorprenderse de que los cubanos expresen su dicha ante la muerte del Programador en Jefe? El hombre que acaba de morir decidió qué podíamos comer, pensar, hacer, oír y decir durante sus 47 años en el poder. El hombre que acaba de morir no solo decidió qué constituía ser cubano, sino también qué constituía ser humano. Tildó a sus opositores de  “gusanos”; les quitó la humanidad a los librepensadores, pues siempre es más fácil aplastar a un gusano que a un humano. Quizá esto explique que mi primera reacción a la muerte de Fidel Castro fuera recordar a sus víctimas.  

Nada ha cambiado con su muerte. Y aun así, celebro que el hombre que ha dejado a su paso una nación en ruina económica y moral, y que es la causa de la división en la familia cubana (mi familia incluida) no esté entre nosotros. Lo celebro. Pero tal vez no debería hacerlo. Fidel Castro murió sin responder por toda la gente que murió por él y porque él lo decidió; hizo mutis por el foro dejando atrás un país en el que sus ciudadanos están dispuestos a enfrentarse a 90 millas de incertidumbre y tiburones en lugar de la certeza de tener que vivir bajo su régimen represivo.

A la larga, hemos perdido. Con el plural mayestático de la oración anterior me refiero a los cubanos. Estamos solos. Varios jefes de estado elegidos democráticamente y una considerable porción de los medios de prensa siguen colgándole a Fidel Castro el título de “presidente”, y encuentran moralmente aceptable debatir su “legado”. ¿Dónde quedan los juicios amañados, los fusilamientos, las ejecuciones extrajudiciales, las miles de vidas perdidas en el mar mientras trataban de huir de la isla? ¿Por qué esos muertos no cuentan?

Las únicas victorias posibles a esta hora son pequeñas, íntimas, individuales: algo tan sencillo como escoger la comida que como, vivir sin miedo, leer un libro prohibido… Ver y entender el código Castro y haberme desprogramado de su doctrina es mi mayor logro. (Tendré que actualizar mi perfil de LinkedIn).

Es posible que te hayas preguntado si Fidel Castro fue un dictador tan horrible cómo se explican las multitudes en la isla que han expresado pesar ante su muerte. Tienes razón en cuestionar eso. También es posible que hayas visto el video en el que una mujer afrocubana —una ciudadana doblemente privada de derechos, una víctima de la misoginia racista en la islallora a mares frente a las cámaras. Mientras lamenta la muerte de Fidel Castro, grita: “Tenía que haber sido yo, no él”. Estoy de acuerdo. Tenía que haber sido ella. Su vida debió haber sido su vida. La protagonista de su vida debió haber sido ella misma. Esa mujer y yo estamos a lados opuestos del drama cubano, pero su dolor me conmueve. Esa mujer, también, es una víctima de Fidel Castro. Esa mujer —bien que en un arranque de pasión— ha ofrecido su vida por la vida de un hombre de 90 años que tuvo el poder de controlar su vida durante toda su vida. La vida de ella.

Haz una pausa y piensa en el nivel (interiorizado) de opresión a la que ha estado expuesta durante las más de cinco décadas y media en que los hermanos Castro han detentado el poder. Esa mujer es mucho más que un chiste en las redes sociales. Esa mujer es el alma en harapos de una nación derruida.

¿Te acuerdas de Kim Jong-il? Durante su funeral, los norcoreanos mostraron un desconsuelo similar. Ese, también, parecía un pesar legítimo. Pero seguro has escuchado del Síndrome de Estocolmo. Podríamos, entonces, denominar la reacción de los norcoreanos como el Síndrome de Pyongyang. El Síndrome de La Habana es un poquito más sutil, pues los medios de prensa y una notable parte de la intelligentsia continúan tomando partido con el secuestrador.

El hecho de que escriba esto demuestra que soy un error en el sistema. Fui adoctrinado para ser un robot que diseminara propaganda castrista a los cuatro vientos. Pero me liberé. 

Habiendo dicho esto, la próxima vez que quieras celebrar los beneficios del parque temático que es Cuba, haznos un favor y piensa en tu privilegio infinito. No olvides que tienes un pasaje de vuelta a casa.  

Alexis Romay 
Nueva Jersey

Este texto fue publicado:

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Haiku 111: Variación sobre un tema martiano (2)

Castro. Mortuorio.
Cantando en West New York.
Lo celebramos.

***

[Ilustración: Garrincha].

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A propósito de la muerte del susodicho

En vista de que lo tuve que sufrir a diario en mi infancia y juventud, me reservo el derecho de responder a la muerte del dictador cubano Fidel Castro Ruz en una variedad de registros y tonos.

Ya habrá oportunidad para ensayos, artículos de opinión, poemas satíricos. Por hoy, les dejo esta adaptación de «Vete de mí», uno de mis boleros predilectos, con letra de Homero Expósito y música de Virgilio Expósito.

Aquí va, con las variaciones de rigor.

Tú, que llenas todo de miseria y senectud,
que nos quitaste el pan, la libertad, la luz.
Te aborrecemos tanto, Fidel Castro Ruz.
Dictador ruin.

No te detengas a mirar
algún festejo en Miramar,
alguna fiesta en West New York.
Mira el paisaje del dolor
que es la razón de celebrar y amar.

Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,
mi cuenta en Twitter está a punto de estallar.
No te voy a normalizar,
dictador ruin.

Fuiste en mi vida lo peor
de la neblina del ayer.
Qué suerte que pude escapar.

La historia no te va a absolver,
ni mucho menos perdonar.

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Haiku 110: variación sobre un tema martiano

marti_garrincha

Lola. Jolongo.
Llorando en el balcón.
Nos embarcamos.

***

[Ilustración: Garrincha].

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Apuntes sobre el viaje presidencial a Cuba

PanfilObama

En la mañana del domingo, cuando vi en Facebook que el Presidente Obama había hablado con el célebre Pánfilo, pensé que se trataba de un chiste de mal gusto. Luego, me enteré de que el video había sido publicado y difundido por la embajada de Estados Unidos en Cuba. Así que hice clic y, en efecto, ahí estaban el líder del mundo libre y su interlocutor cubano, intercambiando comentarios superfluos con una familiaridad que me hizo sentir incómodo. En un momento, “Pánfilo” le ofreció a Obama su casa para que se quedara con su familia, e incluso le dijo en qué lado de la cama debería dormir “Michelle”. Ah, ¡esa famosa hospitalidad cubana! Durante una parte notable de la conversación, “Pánfilo” tuteó al presidente de los Estados Unidos. Quizá fuese un desliz, pero no es fortuito que el tono informal haya aparecido precisamente cuando le dijo a Obama cómo debía empacar, para evitar demoras en el aeropuerto. No es secreto que el imperativo suena mucho más marcial si se le ordena a un “tú” en lugar de a un “usted”.

En esos tres minutos y medio del clip, el modus operandi de ambos gobiernos se hizo obvio. Obama quería demostrar desde el comienzo que su intención era hablar con el pueblo cubano. Quería que los cubanos supieran que él sabe lo que hay, y para ello adornó su conversación con par de localismos que nunca fueron pensados para ser puestos en boca de un jefe de estado, sin importar el swing del susodicho. Por otra parte, el gobierno cubano se aseguró de poner al teléfono a alguien que conoce los límites exactos de lo políticamente permisible. “Pánfilo”, también conocido como Luis Silva, tiene un programa en la misma televisión que controla —faltaría más— el estado. Mientras Obama, en persona, habla desde la verdadera Oficina Oval, su contraparte cubana es un actor, en un (pobremente diseñado) estudio; su personaje, enmascarado tras un maquillaje risible, pretende ser alguien varias décadas mayor (y semi-decrépito), enviando de paso la señal de que el único modo de hacer crítica social moderada es bajo el manto protector de la senectud, confirmando, ya que estamos, aquello de que Cuba es país para viejos. No es superficial que el bufón no hable en su nombre ni se represente a sí mismo. De hecho, es una triste realidad que este “Pánfilo” carente de gracia sea “el humorista más popular cubano”. Pero eso es materia de otro ensayo.

Mientras miraba el sketch, me preguntaba en voz alta quién asesora a Obama en el tema Cuba. Si verdaderamente quería hablar con el pueblo, con un Pánfilo, había uno que lo podía haber puesto al día: el negro cubano que, en 2009, fue encarcelado por el régimen de los hermanos Castro por aparecer borracho en un video de YouTube, gritando lo que muchos cubanos no se atreven a decir sobrios: que en Cuba «lo que hace falta es jama». Ni siquiera libertad, ¡comida! Aun así, su minuto y 21 segundos de fama le valieron una condena a dos años de prisión.

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El lunes, durante la conferencia de prensa conjunta con Castro el Joven, el Presidente Obama volvió a dejar claras sus intenciones: «Le dije al Presidente (sic) Castro que tenemos que seguir adelante y no mirar atrás». Por muy inspirador que eso suene, no mirar atrás después de 57 años de dictadura es ingenuo e irresponsable. No podemos avanzar al futuro barriendo el pasado bajo la alfombra. Cuba necesita una comisión de Verdad, Memoria y Justicia que documente y reconozca las muertes y desapariciones motivadas por la violencia política.

El Presidente Obama había dicho que no pondría un pie en la isla mientras no mejoraran las condiciones de los derechos humanos. Sin embargo, la represión política ha aumentado desde diciembre de 2014, cuando se anunciara el deshielo entre los dos países. Solo en la primera quincena de marzo de 2016 hubo 526 arrestos por motivos políticos en la isla. No mencionar a las Damas de Blanco durante su estancia en Cuba, o la represión a la que estas se enfrentan cada domingo durante sus caminatas pacíficas que buscan llamar la atención sobre las violaciones a los derechos humanos por parte del régimen no es solo un error craso sino una omisión moralmente objetable. Luego de décadas de totalitarismo, los cubanos necesitan solidaridad activa, no clichés. A esta hora no valen sutilezas. Lo que necesitamos son palabras y acciones concretas.

El Presidente Obama, claramente ocupado en hacer historia, debería entender que la historia también está hecha de imágenes. Mal que nos pese, la historia del siglo XXI también está hecha de memes. Y nos ha regalado uno para enmarcar: al final de su histórica conferencia de prensa, Obama, todo un diplomático, se acercó a Castro, le estrechó la mano derecha e intentó poner la izquierda sobre el hombro que por lo general tiene las estrellas del general uniformado. Castro, en un gesto que envidiaría cualquier maestro de Aikido, le quitó la mano y la levantó, dejándola colgada en una posición bastante poco señorial. Este momento, que podría parecer trivial, capta la verdadera dinámica de poder subyacente en el intercambio. En el culebrón del tócame-no-me-toques, Castro sale con ventaja.

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Debemos desamericanizar el problema cubano. No es razonable pedirle al Presidente Obama que lleve la democracia a la isla. No es su tarea. Cubano al fin, era la mía, y me escapé de la isla. Es la tarea de toda la población cubana, y algunos de sus ciudadanos se escapan, otros se quedan silentes, otros demandan sus derechos, y otros se suman a la turba castrista en su violación diaria a los derechos humanos y acosan y dan palizas a los activistas de la sociedad civil. No espero que Obama lleve la democracia a Cuba, pero me descorazona que haya llevado a su familia en un viaje de vacaciones a una isla en la que la represión es el pan cotidiano, como si se tratara de un parque temático. Lo triste es que ¡en realidad se trata de un parque temático! ¿En que otro lugar vas a ver un santuario a esa Guerra Fría que se niega a terminar? ¿En que otro lugar te vas a encontrar unas ruinas tan bellas? ¿En que otro lugar puedes soñar despierto con la pobreza ajena y ser considerado un progre? ¿Acaso no viste las fotos del New York Times sobre la visita de Obama a la isla? La ciudad se estará cayendo en pedazos, pero no me vayas a negar que esa luz es única.

Nuestro problema, por supuesto, es este artículo. Mientras lo escribo, manifestantes pacíficos cubanos son violentamente arrestados en todo el país, limitando así su libertad de movimiento y asociación, a la vez que su visibilidad antes, durante y, con toda seguridad, después de la breve aparición de Obama en mi tierra natal. El problema es que cada texto escrito sobre la gira del presidente de Estados Unidos por la Habana Vieja, o cada mención de que se haya comido en un restaurante privado la ración mensual de carne de cualquier cubano de a pie es una distracción del verdadero problema de Cuba, que no es precisamente su relación con su vecino del norte, sino su falta de libertades producto de una tiranía dinástica.

Las siempre crecientes legiones de cubanólogos y, sobre todo, el tiempo dirán si el viaje de Obama a la isla fue una soberana metida de pata o una obra maestra. Pero hasta tanto no me demuestren lo contrario, seguiré evocando aquel notable dictum de Dr. Martin Luther King Jr.: «Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos sino el silencio de nuestros amigos».

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Alexis Romay
Washington, DC

PD: El original de este texto, en inglés, fue publicado en NBC News.

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Del meprobamato y otros demonios

A propósito de la inocentada de ayer, les dejo algunos apuntes y enlaces.

Lo primero: es tradición en la prensa española gastarle alguna broma a la audiencia en el Día de los inocentes. Lo que quiere decir que esto, que es una bitácora de notas al vuelo, se presta para la gracia y, por tanto, me permite, una vez al año, difuminar esa línea que separa a la ficción de la realidad.  

Lo segundo: no fueron pocos los amigos, conocidos y lectores de este blog que se creyeron el texto. Y cualquiera los entiende. No es difícil imaginar a Miguel Barnet —presidente de honor de la sociedad de perros chihuahua de la isla (y de aquella otra institución canina: la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba)— soltar declaraciones de esta calaña. Y es mucho menos difícil para quienes hayan visto el video de su presentación que incluí en el post. Pues, de hecho, las dice. En el minuto 4:03, Geandy Pavón lo pone en aprietos con una pregunta en donde tilda de mayoral al otrora biógrafo de cimarrones. La vergonzosa respuesta de Barnet (minuto 4:47) se refiere a los disidentes cubanos en estos términos: «esos señores no son representativos de esa cultura de la cual yo estoy hablando». O para decirlo mal y pronto: no son su maletín. En su respuesta a mi pregunta (minuto 5:06), se expresa (es un decir) con palabras que parafraseé en el post. Termina así: «mi conciencia está muy tranquila». Por desgracia, el video no incluye la frase célebre de aquella noche de 2011, que vino inmediatamente después de aquello de la conciencia: «yo no tomo meprobamato». No importa. La tengo en la memoria. Y es poco probable que quien haya estado en la audiencia del Bildner Center la haya olvidado. La desfachatez, lamentablemente, también es memorable.

Por último: las inocentadas que he echado a rodar por estos lares han tenido un tema común: el castrismo y lo perjudicial que es ese régimen para la salud. Tiendo a enfocarme en intelectuales orgánicos, nuevos modos de la infamia (una cerveza revolucionaria, un app para chivatos) o miembros de la estirpe de Lina Ruz. Confieso que hacer la mímica de la verborrea de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Miguel Barnet es todo un desafío. Pero me he dado banquete en el proceso.

Aquí pueden (re)leer las inocentadas de años previos.

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la «decisión» de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

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Miguel Barnet en Manhattan: Yo no tomo meprobamato

Screen Shot 2015-12-27 at 11.29.12 PMAnte una veintena de emigrantes económicos cubanos, se presentó en Manhattan, en la noche de ayer, el más reciente libro de memorias de Miguel Barnet. Yo no tomo meprobamato, publicado por Ediciones Unión, incluye un extenso y detallado prólogo de Nancy Morejón y un elogio en contraportada de la cubanóloga Tibisay Lucena. El libro consta de una vistosa portada con una foto que Alex Castro le tomara al autor frente a su botiquín habanero y recoge, en sus poco más de cuatrocientas páginas, las reflexiones del autor de Biografía de un cimarrón sobre su relación con la cosa política.

En la breve charla neoyorquina, Barnet habló sobre los motivos que le llevaron a incurrir en este género “a pesar de que todavía me siento como un jovencito”. “Hace unos años”, dijo, “durante mi presentación en el Bildner Center de la universidad pública de Nueva York, un miembro de la audiencia me preguntó cómo coexistían en mí el escritor con la persona que se dedicaba a apoyar sentencias de muerte dictadas por el ‘régimen cubano’. El susodicho se refería al ‘Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos’, aquella carta que Amaury Pérez Vidal, yo y un grupo de intelectuales cubanos firmamos con gran entusiasmo en 2003, a raíz del arresto y fusilamiento de aquellos muchachos que quisieron llevarse una lancha para venir a este país. Le aclaré que mi apoyo era a la revolución, no a las penas de muerte. Y dije que mi conciencia estaba muy tranquila, que no tenía necesidad de tomar meprobamato. Al que preguntó no le hizo gracia, pero los que estaban en primera fila se rieron (también soltó una sonora carcajada un señor al fondo, de traje y con bigote). La verdad es que me gustó tanto mi respuesta —tan histriónica, toda una boutade—, que se me metió entre pecho y espalda que en alguna ocasión tendría que retomarla para hablar de mi apoyo incondicional a los líderes de la revolución cubana. Porque lo cierto es que mi respuesta va más allá de aquel incidente. Por ejemplo, si mañana me preguntan por la llamada ‘sistemática represión’ contra las Damas de Blanco: lo mismo. Si me preguntan por esos cubanos que andan dando tumbos por Centroamérica: lo mismo. Esos señores no son representativos de la cultura de la cual yo estoy hablando. Para citar una expresión muy de moda entre la juventud (que todo lo sabe): ese no es mi maletín. Entonces, mi libro (y de ahí su título) es una manera de invitar a los amigos de Cuba a mantener la calma, que, como dijera Julio Iglesias, la vida sigue igual”.

Yo no tomo meprobamato ya ha sido incluido en el programa de estudios de varias universidades estadounidenses. El libro será presentado por el autor, el próximo 28 de enero, en la Casa Natal de José Martí, con motivo del aniversario del natalicio del apóstol.

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Actualización de las 10:50 PM

Estimados lectores de Belascoaín y Neptuno: ¡feliz Día de los inocentes!

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Justicia poética

Con_GCI Cuando te enfrascas en una búsqueda activa de la justicia poética, es posible que la encuentres en lugares insospechados. La biblioteca pública de Montclair me invitó a escribir un ensayo sobre la importancia de las bibliotecas públicas durante la semana de libros prohibidos, un proyecto auspiciado por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos (ALA, por sus siglas en inglés) que destaca libros censurados y la importancia del acceso libre a la información. A mí, que nací y crecí en Cuba, esa hermosa isla que bajo la dura batuta de los hermanos Castro ha prohibido libros durante 56 años. ¡Y todavía lo sigue haciendo no con poco entusiasmo!

Las bibliotecas no me eran útiles en lo absoluto en mi tierra natal. La mayoría de los autores y libros que quería leer no estaban en sus catálogos. O figuraban ahí, pero me podrían haber metido en problemas por el simple hecho de hacer la pesquisa. Encabezaba la lista de los prohibidos el James Joyce cubano: Guillermo Cabrera Infante. Cabrera Infante —exiliado desde 1965 hasta su muerte en 2005— solía jactarse de que en un país donde la gente no tenía qué comer, los lectores estuvieran dispuestos a cambiar hasta tres latas de leche condensada por uno de sus libros. La combinación mágica de tener esas tres preciosas latas y conocer a una persona dispuesta a hacer el canje nunca se materializó para mí, lo que significa que a la larga lista de agravios que no les perdono a los Castro hay que agregar este: no haber leído a Cabrera Infante en Cuba, ese país que tanto amó y que recreó con tanta gracia y profundidad en su obra. Cuando logré escapar, ya de adulto, en 1999, una de las primeras cosas que hice con mi recién ganada autonomía fue buscar sus libros.

Escribir sobre la importancia de las bibliotecas públicas es, por supuesto, escribir sobre la importancia de la lengua y la libertad de expresar ideas en sociedad sin temor a represalias. Las palabras tienen un peso definitivo en mi isla. Lo sabe bien el artista y grafitero Danilo Maldonado Machado, alias El Sexto, quien acaba de pasar diez meses en prisión sin juicio bajo la acusación de “desacato agravado”. Amnistía Internacional lo consideró prisionero de conciencia. La razón del arresto: haber escrito las palabras “Fidel” y “Raúl” en los lomos de dos cerdos. El Sexto iba a soltar los animales en La Habana como parte de un performance. Pero fue detenido antes de que el performance tuviera lugar.

En una redada nocturna en marzo de 2003, el régimen cubano arrestó a un grupo de 75 activistas de derechos humanos, bibliotecarios y periodistas independientes, acusándolos de crímenes contra la soberanía nacional. Los cargos contra los bibliotecarios estaban relacionados con su voluntad de poner a disposición del público libros que habían sido prohibidos por la maquinaria castrista. Las condenas a los bibliotecarios independientes, la única fuente de acceso a libros prohibidos en la isla, oscilaron entre seis y 28 años. Por esos días, ALA no mostró ninguna solidaridad con sus colegas cubanos, optando por tomar partido con las bibliotecas gubernamentales. La posición institucional de las bibliotecas cubanas apoyaba la narrativa oficialista de que los ciudadanos privados (de su libertad) que abrían sus casas para prestar libros prohibidos eran agentes de la CIA.

Aunque la decisión fue controversial entre su membresía, ALA no ha cambiado públicamente su posición desde entonces. Si la libertad de expresión es un derecho fundamental en los Estados Unidos, ¿por qué esto no es aplicable a Cuba?

Aprovecho esta oportunidad para invitar a la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos a corregir su decisión con respecto a los bibliotecarios independientes cubanos. Al hacerlo, ALA continuará actuando en defensa de la importancia del acceso libre a la información y dará una muestra tardía de justicia poética.

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El original de este texto fue publicado, en inglés, en la edición de Montclair Times del 10 de diciembre de 2015.

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