Cuba por fuera: Alexis Romay: “El arte de las fugas”

A millas y años luz de aquel instante, recuerdo la primera vez que escuché una frase que habría de marcar mi adolescencia y que, sin que me resultara obvio hasta hace un par de semanas, estaría presente también en mi vida de adulto. La máxima era atribuida al entonces General de Ejército —hoy heredero de la finca privada que es Cuba— y rezaba: “El deber de todo buen soldado es escaparse. Y el deber de todo buen oficial es atraparlo”. La sentencia me llegó de boca de un capitán de cuyo nombre no quiero acordarme. Y me la dijo una tarde en que me atraparon en el acto de buscar mi salida de emergencia. En aquel entonces, yo no era un soldado —nunca lo fui—, pero me trataban, de hecho, me entrenaban como tal. Esto ocurrió durante mi incursión —breve, pero indeleble— en la vida castrense: era un alumno más de la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos” de Capdevila, preuniversitario riguroso donde los hubiera del que, por fin, me expulsarían en el duodécimo grado por “graves problemas disciplinarios”.

El motivo de mis constantes escapadas era la Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”, un preuniversitario a una hora de mi escuela, o más, en dependencia del tiempo que tardáramos en conseguir un camión, guagua o chofer particular que tuviera la gentileza de adelantarnos un tramo del camino en aquellas carreteras nocturnas agraciadas con muy poca luz y muchos baches. Iba a la Lenin no por la cercanía, que era relativa, sino por la generosa proporción entre hembras y varones —cinco por uno—, lo que constituía el extremo opuesto de aquel cuartel militar en el que se me iba la vida entre gritos de “firmes” y “rompan filas”. Algunas estudiantes de la Vocacional Lenin tenían cierta vocación por el uniforme verde que vestíamos los “camilitos”. No sé si por caridad, mal gusto o para variar, pero lo cierto es que nos acogían con los brazos abiertos y hacían que valieran la pena y el esfuerzo nuestros meticulosos planes de fuga, que incluían calcular al detalle los horarios de los pases de lista y de las innecesarias e incontables formaciones en la plazoleta central, que evitáramos la pesada luz de los reflectores y cruzáramos, no siempre libres de arañazos, la cerca de alambre de púas que separaba a la jaula pequeña que era la escuela militar de la jaula grande que era el resto de la isla.

[Para continuar leyendo, tengan la bondad de visitar Cuba por fuera].

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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