¿Donde está el compañero que me atiende? 

el_compa_queLa primera vez que escuché la frase “el compañero que me atiende” fue de boca de mi madre. Acaso porque era todavía un adolescente o quizá porque vivía en el pueblo y no veía las casas, lo primero que me vino a la mente fue que se trataba de un eufemismo. Que lo era, solo que pensé en otro tipo de eufemismo. Ella recién se había divorciado y en el acto se me ocurrió que el circunloquio apuntaba a una atención más de la índole de “quién tiene tienda que la atienda y si no, que la venda”. Qué discreta esta madre mía, me dije. Qué manera de no querer involucrar a su hijo en asuntos del corazón.

La realidad, como acostumbra, era menos romántica. Mi madre, por aquellas fechas, era directora de una galería de arte que, dada su naturaleza y prominencia, la exponía a un intercambio directo y sistemático con toda suerte de turistas, que incluía desde a quienes se contentaban con regresar a su tierra con un paisaje del malecón y unas palmeras hasta a renombrados coleccionistas y dueños de galerías de diferente rango de un sinnúmero de países.

Por lo visto, el compañero de marras se le aparecía de vez en cuando a la autora de mis días para ver cómo iban las cosas por el trabajo, para indagar sobre la identidad de los extranjeros que visitaban la galería, o la de los empleados que tenían contacto con estos y, obvio, para cuestionar la intención de algún cuadro de tal o cual pintor, o de algún que otro comentario en un catálogo o en unas palabras de inauguración de alguna muestra individual o colectiva. Mi madre respondía con evasivas, subterfugios, vaguedades. Después de un tiempo de ese gardeo a presión, se decantó por irse con su música a otra parte y trabajar por cuenta propia como curadora y representante de artistas del patio. Y ahí sigue, tan campante, en Miami, con un único compañero que la atiende: su esposo.

Ahora le damos fast forward a la cinta y nos detenemos en el instante en que Enrique Del Risco me invitó a participar en El compañero que me atiende, esta antología que en su corta existencia ya ha demostrado lo mucho que se echaba en falta en la literatura nacional. Mi respuesta fue a partes iguales entusiasta, definitiva e inmediata. Ya que estábamos, le comenté que no tenía certeza absoluta, pero sospechaba —ah, la ubicuidad de ese verbo en la cosa cubana— que había tenido un compañero que me atendía: ciertas locuciones, gestos, silencios, muletillas, tics verbales, reticencias y recurrencias (me) indicaban que el tipo era del aparato represivo cubano y que hacía lo (im)posible por aconsejarme, intimidarme o reclutarme a la historia universal de la infamia. Del Risco me respondió que si no estaba del todo seguro entonces lo más probable fuese que no se tratara del compañero que me atendía; en ese caso, hablábamos de un comemierda o un comecandela, que, ya se sabe, son uno los dos, como el grupo Moncada y la chealdad congénita.

Por fortuna, para el momento en que me escapé de aquella isla de difícil mención tenía bastante poca obra publicada; esa coyuntura me facilitó la fuga. La invisibilidad en el mundo literario local y ese no pertenecer a grupo, taller o generación presuntamente me alejaron de los radares de los compañeros que atendían a los escritores rodeados por la maldita circunstancia de la sospecha y el agua por todas partes.

Desilusionado y feliz —sobre todo feliz— de nunca haber tenido un compañero que me atendía, opté por participar en este compendio con un fragmento de mi novela La apertura cubana.

Si a pesar de este preámbulo resulta que sí tuve compañero que me atendía, ya que no me pudo persuadir, desde estas páginas le devuelvo el favor y le invito a cambiar de oficio y pasarse a uno del que no tenga que avergonzarse.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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