Pablo Medina: San Givin en la playa


San Givin
en la playa
Pablo Medina
Traducción de Alexis Romay

El olor a cangrejo de las playas invernales
es como el aliento de un político
que ha regido el país
durante meses sin un cepillo de dientes.
Ha dejado a la deriva a su esposa, a su hijo estupefacto,
a sus amantes furiosos que le creyeron el elegido.
El político tiene manos doradas,
ojos azules de pececillo, una voz que hace rechinar
las bisagras rotas del enero de 2017.
Toda la niebla de sus pronunciamientos
hace que el día se torne gris cual leche cortada.
Con el pecho erguido como el pavo
que acaba de perdonar, ahora habla
a las legiones que son su espejo:
voten por el acosador de menores, los ricos deben
enriquecerse más, haremos que llueva fuego sobre nuestro enemigo.
Una gaviota grazna en el viento.
Las olas rompen en un rojo neón y falso.

***
Publicado originalmente en Pen.org.

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¿Donde está el compañero que me atiende? 

el_compa_queLa primera vez que escuché la frase “el compañero que me atiende” fue de boca de mi madre. Acaso porque era todavía un adolescente o quizá porque vivía en el pueblo y no veía las casas, lo primero que me vino a la mente fue que se trataba de un eufemismo. Que lo era, solo que pensé en otro tipo de eufemismo. Ella recién se había divorciado y en el acto se me ocurrió que el circunloquio apuntaba a una atención más de la índole de “quién tiene tienda que la atienda y si no, que la venda”. Qué discreta esta madre mía, me dije. Qué manera de no querer involucrar a su hijo en asuntos del corazón.

La realidad, como acostumbra, era menos romántica. Mi madre, por aquellas fechas, era directora de una galería de arte que, dada su naturaleza y prominencia, la exponía a un intercambio directo y sistemático con toda suerte de turistas, que incluía desde a quienes se contentaban con regresar a su tierra con un paisaje del malecón y unas palmeras hasta a renombrados coleccionistas y dueños de galerías de diferente rango de un sinnúmero de países.

Por lo visto, el compañero de marras se le aparecía de vez en cuando a la autora de mis días para ver cómo iban las cosas por el trabajo, para indagar sobre la identidad de los extranjeros que visitaban la galería, o la de los empleados que tenían contacto con estos y, obvio, para cuestionar la intención de algún cuadro de tal o cual pintor, o de algún que otro comentario en un catálogo o en unas palabras de inauguración de alguna muestra individual o colectiva. Mi madre respondía con evasivas, subterfugios, vaguedades. Después de un tiempo de ese gardeo a presión, se decantó por irse con su música a otra parte y trabajar por cuenta propia como curadora y representante de artistas del patio. Y ahí sigue, tan campante, en Miami, con un único compañero que la atiende: su esposo.

Ahora le damos fast forward a la cinta y nos detenemos en el instante en que Enrique Del Risco me invitó a participar en El compañero que me atiende, esta antología que en su corta existencia ya ha demostrado lo mucho que se echaba en falta en la literatura nacional. Mi respuesta fue a partes iguales entusiasta, definitiva e inmediata. Ya que estábamos, le comenté que no tenía certeza absoluta, pero sospechaba —ah, la ubicuidad de ese verbo en la cosa cubana— que había tenido un compañero que me atendía: ciertas locuciones, gestos, silencios, muletillas, tics verbales, reticencias y recurrencias (me) indicaban que el tipo era del aparato represivo cubano y que hacía lo (im)posible por aconsejarme, intimidarme o reclutarme a la historia universal de la infamia. Del Risco me respondió que si no estaba del todo seguro entonces lo más probable fuese que no se tratara del compañero que me atendía; en ese caso, hablábamos de un comemierda o un comecandela, que, ya se sabe, son uno los dos, como el grupo Moncada y la chealdad congénita.

Por fortuna, para el momento en que me escapé de aquella isla de difícil mención tenía bastante poca obra publicada; esa coyuntura me facilitó la fuga. La invisibilidad en el mundo literario local y ese no pertenecer a grupo, taller o generación presuntamente me alejaron de los radares de los compañeros que atendían a los escritores rodeados por la maldita circunstancia de la sospecha y el agua por todas partes.

Desilusionado y feliz —sobre todo feliz— de nunca haber tenido un compañero que me atendía, opté por participar en este compendio con un fragmento de mi novela La apertura cubana.

Si a pesar de este preámbulo resulta que sí tuve compañero que me atendía, ya que no me pudo persuadir, desde estas páginas le devuelvo el favor y le invito a cambiar de oficio y pasarse a uno del que no tenga que avergonzarse.

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El castrismo o el arte de…

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• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar la cosa
• El castrismo o el arte de hablar de la cosa sin mencionar el miedo a la cosa
• El castrismo o el arte de cambiar de tema cuando se habla de la cosa
• El castrismo o el arte de la indiferencia
• El castrismo o el arte del relativismo simplón
• El castrismo o el arte del relativismo a secas
• El castrismo o el arte de buscar la paja en el ojo ajeno
• El castrismo o el arte de lo mío no es lo política
• El castrismo o el arte de yo no meto en eso
• El castrismo o el arte de peor están en ________________
• El castrismo o el arte de tú lo que eres un extremista
• El castrismo o el arte de silenciar al exilio cubano
• El castrismo o el arte de no me vas a negar que tuvo sus cosas buenas
• El castrismo o el arte de cuál es tu opinión de esos cubanos de Miami
• El castrismo o el arte de tú no serás uno de ellos
• El castrismo o el arte del intercambio cultural en un solo sentido
• El castrismo o el arte de los cubanólogos foráneos
• El castrismo o el arte de no pronunciar la palabra “dictadura”
• El castrismo o el arte de pronunciar la palabra “dictadura” para hablar de Batista, Pinochet, Perón…
• El castrismo o el arte de Silvio Rodríguez
• El castrismo o el arte de confundir la guapería con el valor
• El castrismo o el arte de conmemorar el castrismo
• El castrismo o el arte de la academia estadounidense y su fascinación con el castrismo
• El castrismo o el arte de organizar coloquios para celebrar la importancia histórica del castrismo
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo con curiosidad antropológica
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura
• El castrismo o el arte de hablar del castrismo como si no fuera una dictadura vigente
• El castrismo o el arte del artículo 39 (ch) de la Constitución de la República de Cuba que establece que “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución”
• El castrismo o el arte de no enterarse de que la “ch” es un dígrafo
• El castrismo o el arte de que los balseros que murieron en el mar huyendo del castrismo no provoquen compasión alguna
• El castrismo o el arte del olvido
• El castrismo o el arte del borrón y cuenta nueva
• El castrismo o el arte del cubano que emigra por motivos económicos
• El castrismo o el arte de despotricar contra el exilio cubano
• El castrismo o el arte de las falsas equivalencias
• El castrismo o el arte de en esta entrevista quiero hablar de música y de pelota
• El castrismo o el arte de los cortapisas frente a las cámaras
• El castrismo o el arte del (miembro del) público que prefiere escuchar la opinión de un experto norteamericano antes que la de un exiliado cubano
• El castrismo o el arte de idealizar las ruinas del castrismo
• El castrismo o el arte de convertir a un país en la finca privada de los Castro
• El castrismo o el arte de convencer a la prensa internacional de que en dicha finca privada todo es de todos
• El castrismo o el arte de elecciones para qué
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas a Fidel Castro
• El castrismo o el arte de exonerar de culpas al castrismo
• El castrismo o el arte de pretender que no se habla de una dinastía
• El castrismo o el arte de culpar al embargo de todos los males
• El castrismo o el arte de las antologías literarias cubanas en español e inglés que desconocen la escritura del exilio
• El castrismo o el arte de hablar de los cubanos de aquí y los cubanos de allá
• El castrismo o el arte de secuestrar el ideario martiano
• El castrismo o el arte de la cartilla de racionamiento trasmutada en libreta de abastecimiento
• El castrismo o el arte de delatar al vecino, al pariente, al amigo
• El castrismo o el arte de sospechar del vecino, del pariente, del amigo
• El castrismo o el arte de no despojarse del miedo luego de varios años de vivir fuera de Cuba
• El castrismo o el arte de evitar autodenominarse un exiliado
• El castrismo o el kitsch
• El castrismo o el arte de las camisetas del Che Guevara
• El castrismo o el arte de pasar por alto los muertos del Che Guevara
• El castrismo o el arte de destrozar a Cuba
• El castrismo o el arte de destrozar a Venezuela
• El castrismo o el arte de hablar de la dignidad mientras se vive sin ella
• El castrismo o el arte de te dije que no me preguntaras más sobre mi posición ideológica
• El castrismo o el arte de hablar en primera persona del plural
• El castrismo o el arte del hambre, la miseria y la represión compartidas
• El castrismo o el arte de tatuarse a un dictador octogenario en el hombro
• El castrismo o el arte de confundir a Cuba con el castrismo
• El castrismo y las infinitas mutaciones del castrismo
***
[Ilustración: Garrincha].

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Vista del anochecer en el Trópico

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En una advertencia que figura en el último párrafo del prefacio —y se repite en la portada interior— de Con una canción cubana en el corazón, Iván Acosta declara que “podría vivir con muy pocas cosas materiales, con casi nada. Pero no podría vivir sin mi colección de discos, sobre todo los de música cubana”.

Escribir “poca cosa” y referirse, en el mismo suspiro, a su colección de discos es, en el mejor de los casos, una imprecisión y, en el peor, una injusticia. Porque esto, que es la punta del iceberg, de poca cosa no tiene nada. Tomando como punto de partida un catálogo que compila más de 5 000 LPs, Acosta crea un relato que hilvana anécdotas personales con el devenir de una nación que se fue a bolina. Para ello, se vale de más de doscientas cubiertas de álbumes con las que cuenta una historia a la vez íntima y colectiva.

Me impresiona, pero no me extraña, esta incursión de Iván Acosta en un género híbrido, al sacar a la luz un libro que, al decir del autor, no es “una novela política, ni un manual de la historia de la música cubana y mucho menos una autobiografía”, pero que, en mis palabras, es mucho más: es memento, vademécum, resto de un naufragio, álbum de postales, vista del anochecer en el Trópico, pieza de museo, cronología de la vida (y la música) de una isla al pairo, antología de la cancionística cubana, colección de viñetas; en fin, retrato a pinceladas de esas dos patrias que tienen nuestros coterráneos: Cuba y la noche —la noche que eternizara Sabá Cabrera Infante en su documental P.M., la noche de los Tres tristes tigres de su hermano Guillermo, la noche cubana que con el tiempo transmutó la sonrisa en una larga mueca de hastío.

Digo que no me extraña la naturaleza de este artefacto porque Acosta nos tiene acost(a)umbrados a sus malabares en los predios de las artes, desdoblándose en compositor, dramaturgo, documentalista, director de cine y de teatro, artífice de Latin Jazz USA, promotor y productor de conciertos, publicista, fundador del Centro Cultural Cubano de Nueva York (y presidente del mismo durante ocho años), músico, poeta, rumbero y medio, y amigo de esos de los que perduran en el tiempo y la distancia. Menciono esta retahíla de facetas de mi paisano pues todas figuran de un modo u otro en las páginas del texto. A veces —como las penas que me maltratan— se agolpan unas a otras y hacen que la inmersión en el libro fluya igual de bien lo mismo con la cadencia de un bolero que en el desenfreno de un mambo influenciado.

Lydia Cabrera decía que había descubierto a Cuba a orillas del Sena. A Paquito D’Rivera le gusta decir lo mismo, pero con el río Hudson como telón de fondo. Yo me pregunto dónde Iván Acosta habrá dado con esa isla que todos llevamos dentro. La pregunta es retórica… y no tanto. Acosta escapó del cocodrilo verde en plena adolescencia. Y, sin embargo, es una personificación de los valores positivos de esa entelequia que es el cubanazo. Quizá la respuesta radique en que, ya en el exilio, este hombre se hizo (más) cubano mediante la música de su lugar de origen y convirtió el cancionero natal en una cosa tangible, en un espacio físico, en una tierra fértil. (No en balde su primer disco, que data de 1978, se titula Canciones de la vida, de la patria y del amor, esas tres abstracciones que nos son tan caras).

Esto de los ríos me recuerda que estar “a la deriva” es casi una condición sine qua non del cubano —y de lo cubano—, particularmente en el último medio siglo de andar dando tumbos por el mundo, huyendo del sueño de la sinrazón y de los monstruos que este ha producido. En el caso de Iván Acosta —como el de quienes comenzaron su fuga de aquella isla de difícil memoria— por vía marítima, la deriva fue también literal. En lo que supongo habrá sido una noche eterna del agosto de 1961, con dieciséis años y un par de discos que rescató antes de (a)saltar al barco en el que escaparía, con su familia, rumbo a Jamaica, Iván Acosta se hizo a la mar. Y trajo la música (cubana) consigo. Él no la abandonó y ella, que sabe ser agradecida, a lo largo de las décadas le ha devuelto el favor con creces.

Esos dos discos que huyeron de Cuba con el autor se encuentran representados en sendos LP incluidos en esta edición de lujo, que abarcan desde Olga Guillot a Benny Moré, de La Lupe a Dámaso Pérez Prado, de Cándido Camero a David Oquendo y sus Raíces Habaneras, pasando por un bossa nova y un bolero del propio Acosta.

Como dirían en La Habana: aquí hay para comer y para llevar. Así que pasen, lean, escuchen. Esto no es un libro. Esto es una fiesta.

Alexis Romay
Nueva Jersey, 29 de junio de 2017

***

Publicado en el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (11 de julio) y en Diario Las Américas (28 de julio).

 

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Los que se portan bien


Luego de ser censurada en La Habana,
a pesar del apoyo y el cariño de los cineastas cubanos,
Santa y Andrés ha podido encontrarse
con el público del mundo entero.
Desde el respeto y sin ningún ánimo
de afectar a Cuba,
país al que amo
y del que no me voy a ir,
hemos acompañado nuestro filme
tratando de no hablar de la censura
y de centrarnos
en las cuestiones artísticas del mismo,
el amor y el deseo
de la reconciliación entre los cubanos.

El equipo de nuestra obra
ha sido comprensivo
y abierto al diálogo con los censores.
Creyendo que cualquier tipo
de maniobra
enrarecida
en contra de la obra
después de ya ser censurada
era una cuestión impensable.

Nunca nos hemos aprovechado
de la condición que crearon alrededor del filme,
sabemos que es una obra de arte.

Santa y Andrés ha viajado
a los festivales de Toronto,
San Sebastián, Chicago, Zúrich,
Ginebra, República Dominicana,
Cartagena, Guadalajara, Los Ángeles,
Miami,
Punta del Este, y muchos otros
y en ningún momento
nuestro equipo de realización
ha hecho nada en contra de Cuba.

En este momento el filme
ha sido retirado de la competencia oficial,
volviendo a ser excluido
por su carga política.
Mañana no sé qué tramarán
para silenciar la obra que es mucho,
mucho más que una idea política.

Yo no estoy en guerra con nadie,
yo solo he hecho una película
y me costó mucho trabajo hacerla,
ahora nada ni nadie la va a borrar.

Si así tratan a los que se portan bien
no sé cuál es el objetivo detrás de todo.

Yo,
Carlos Díaz Lechuga,
amo Cuba,
fumo tabaco,
me gusta la playa y he viajado el mundo entero.
No tengo necesidad
de pasar por este tipo de tratamiento.
Ahora yo voy a seguir
defendiendo mi película
y acompañándola a donde pueda.

***
Este poema ya fue publicado en prosa por Diario de Cuba. La ilustración del post es del inestimable @Garrix.

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El cangrejo impertinente y el castrismo como telón fondo

bobo nada.jpgA propósito de “Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente”, me permito una nota aclaratoria: es tradición en la prensa española gastarle alguna broma a la audiencia en el Día de los inocentes. Esa circunstancia me recuerda que esto, que es una bitácora de notas al vuelo, se presta para la gracia y, por tanto, me permite, una vez al año, difuminar esa línea que separa a la ficción de la realidad.

Las inocentadas que he echado a rodar por estos lares han tenido un tema común: el castrismo y lo perjudicial que es ese régimen para la salud. Tiendo a enfocarme en intelectuales orgánicos, nuevos modos de la infamia (una cerveza revolucionaria, un app para chivatos) o miembros de la estirpe de Lina Ruz e igual calaña. Confieso que hacer la mímica de la verborrea de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Miguel Barnet es todo un desafío. Pero me he dado banquete en el proceso.

Los amigos, conocidos y lectores de este blog que se han creído los textos (o se han reído con ellos): honor que me hacen. Gracias por la lectura y por el voto de confianza. (Desde ya quedan advertidos para diciembre de 2017).

Si les da el apetito, aquí pueden (re)leer las inocentadas que he publicado por acá en años previos:

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la “decisión” de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

En 2015:“Yo no tomo meprobamato”, una crónica de la presentación en Nueva York del más reciente libro de memorias Miguel Barnet.

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Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente

nieto-raul-castro.jpgPor lo visto, no todo es pesar en Cuba por estas fechas. Raúl Guillermo Rodríguez Castro —conocido en medios de prensa internacionales como la figura clave en el circuito de seguridad del General-Presidente Raúl Castro Ruz— se ha propuesto brindar al pueblo un motivo para el esparcimiento “en días de profunda tristeza y luto nacional”. Pues lo que muy pocos conocían hasta ahora es que detrás de las gafas oscuras, el andar torpe, los intercomunicadores, la cara de pocos amigos, los walkie-talkie, la mirada perdida, la pinta de escasas entendederas, su constante girar a uno y otro lado cuando acompaña a su abuelo en las multitudes, el corte de pelo de los años ochenta e incluso las pistolas ocultas bajo la guayabera o el gabán es que tras la fachada de tipo duro se esconde un tierno autor de libros para niños.

Cangrejo.pngCon la publicación y lanzamiento de El cangrejo impertinente, su ópera prima, que coincidirá con el aniversario 58 del triunfo de la revolución, el autor aspira “a alegrar a los más pequeños de la casa con una historia de sacrificio y determinación que incluye algunas dosis de humor involuntario”.

El cangrejo impertinente —escrito en primera persona y editado, excepcionalmente, por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado— narra las peripecias de un joven crustáceo que no entendía muy bien los límites del espacio personal y siempre andaba pisándoles los talones a sus ancestros. El protagonista tropieza una y otra vez con sus parientes en cada una de las 32 páginas del libro. “No hay moraleja. No todo tiene que tener una moraleja”, reconoció el autor en entrevista concedida a Prensa Latina.

La obra también representa el debut del artista y diputado Alexis Leyva (Kcho) en su nueva faceta de ilustrador de libros infantiles.

En momentos en que la bandera ondea a media asta, Rodríguez Castro espera que su iniciativa editorial sea un faro de esperanza para las nuevas generaciones. Y parece que su deseo se hará realidad. A partir del próximo enero, El cangrejo impertinente será incluido como material de lectura para los estudiantes de primer grado en la isla.

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