Vista del anochecer en el Trópico

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En una advertencia que figura en el último párrafo del prefacio —y se repite en la portada interior— de Con una canción cubana en el corazón, Iván Acosta declara que “podría vivir con muy pocas cosas materiales, con casi nada. Pero no podría vivir sin mi colección de discos, sobre todo los de música cubana”.

Escribir “poca cosa” y referirse, en el mismo suspiro, a su colección de discos es, en el mejor de los casos, una imprecisión y, en el peor, una injusticia. Porque esto, que es la punta del iceberg, de poca cosa no tiene nada. Tomando como punto de partida un catálogo que compila más de 5 000 LPs, Acosta crea un relato que hilvana anécdotas personales con el devenir de una nación que se fue a bolina. Para ello, se vale de más de doscientas cubiertas de álbumes con las que cuenta una historia a la vez íntima y colectiva.

Me impresiona, pero no me extraña, esta incursión de Iván Acosta en un género híbrido, al sacar a la luz un libro que, al decir del autor, no es “una novela política, ni un manual de la historia de la música cubana y mucho menos una autobiografía”, pero que, en mis palabras, es mucho más: es memento, vademécum, resto de un naufragio, álbum de postales, vista del anochecer en el Trópico, pieza de museo, cronología de la vida (y la música) de una isla al pairo, antología de la cancionística cubana, colección de viñetas; en fin, retrato a pinceladas de esas dos patrias que tienen nuestros coterráneos: Cuba y la noche —la noche que eternizara Sabá Cabrera Infante en su documental P.M., la noche de los Tres tristes tigres de su hermano Guillermo, la noche cubana que con el tiempo transmutó la sonrisa en una larga mueca de hastío.

Digo que no me extraña la naturaleza de este artefacto porque Acosta nos tiene acost(a)umbrados a sus malabares en los predios de las artes, desdoblándose en compositor, dramaturgo, documentalista, director de cine y de teatro, artífice de Latin Jazz USA, promotor y productor de conciertos, publicista, fundador del Centro Cultural Cubano de Nueva York (y presidente del mismo durante ocho años), músico, poeta, rumbero y medio, y amigo de esos de los que perduran en el tiempo y la distancia. Menciono esta retahíla de facetas de mi paisano pues todas figuran de un modo u otro en las páginas del texto. A veces —como las penas que me maltratan— se agolpan unas a otras y hacen que la inmersión en el libro fluya igual de bien lo mismo con la cadencia de un bolero que en el desenfreno de un mambo influenciado.

Lydia Cabrera decía que había descubierto a Cuba a orillas del Sena. A Paquito D’Rivera le gusta decir lo mismo, pero con el río Hudson como telón de fondo. Yo me pregunto dónde Iván Acosta habrá dado con esa isla que todos llevamos dentro. La pregunta es retórica… y no tanto. Acosta escapó del cocodrilo verde en plena adolescencia. Y, sin embargo, es una personificación de los valores positivos de esa entelequia que es el cubanazo. Quizá la respuesta radique en que, ya en el exilio, este hombre se hizo (más) cubano mediante la música de su lugar de origen y convirtió el cancionero natal en una cosa tangible, en un espacio físico, en una tierra fértil. (No en balde su primer disco, que data de 1978, se titula Canciones de la vida, de la patria y del amor, esas tres abstracciones que nos son tan caras).

Esto de los ríos me recuerda que estar “a la deriva” es casi una condición sine qua non del cubano —y de lo cubano—, particularmente en el último medio siglo de andar dando tumbos por el mundo, huyendo del sueño de la sinrazón y de los monstruos que este ha producido. En el caso de Iván Acosta —como el de quienes comenzaron su fuga de aquella isla de difícil memoria— por vía marítima, la deriva fue también literal. En lo que supongo habrá sido una noche eterna del agosto de 1961, con dieciséis años y un par de discos que rescató antes de (a)saltar al barco en el que escaparía, con su familia, rumbo a Jamaica, Iván Acosta se hizo a la mar. Y trajo la música (cubana) consigo. Él no la abandonó y ella, que sabe ser agradecida, a lo largo de las décadas le ha devuelto el favor con creces.

Esos dos discos que huyeron de Cuba con el autor se encuentran representados en sendos LP incluidos en esta edición de lujo, que abarcan desde Olga Guillot a Benny Moré, de La Lupe a Dámaso Pérez Prado, de Cándido Camero a David Oquendo y sus Raíces Habaneras, pasando por un bossa nova y un bolero del propio Acosta.

Como dirían en La Habana: aquí hay para comer y para llevar. Así que pasen, lean, escuchen. Esto no es un libro. Esto es una fiesta.

Alexis Romay
Nueva Jersey, 29 de junio de 2017

***

Publicado en el blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (11 de julio) y en Diario Las Américas (28 de julio).

 

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Los que se portan bien


Luego de ser censurada en La Habana,
a pesar del apoyo y el cariño de los cineastas cubanos,
Santa y Andrés ha podido encontrarse
con el público del mundo entero.
Desde el respeto y sin ningún ánimo
de afectar a Cuba,
país al que amo
y del que no me voy a ir,
hemos acompañado nuestro filme
tratando de no hablar de la censura
y de centrarnos
en las cuestiones artísticas del mismo,
el amor y el deseo
de la reconciliación entre los cubanos.

El equipo de nuestra obra
ha sido comprensivo
y abierto al diálogo con los censores.
Creyendo que cualquier tipo
de maniobra
enrarecida
en contra de la obra
después de ya ser censurada
era una cuestión impensable.

Nunca nos hemos aprovechado
de la condición que crearon alrededor del filme,
sabemos que es una obra de arte.

Santa y Andrés ha viajado
a los festivales de Toronto,
San Sebastián, Chicago, Zúrich,
Ginebra, República Dominicana,
Cartagena, Guadalajara, Los Ángeles,
Miami,
Punta del Este, y muchos otros
y en ningún momento
nuestro equipo de realización
ha hecho nada en contra de Cuba.

En este momento el filme
ha sido retirado de la competencia oficial,
volviendo a ser excluido
por su carga política.
Mañana no sé qué tramarán
para silenciar la obra que es mucho,
mucho más que una idea política.

Yo no estoy en guerra con nadie,
yo solo he hecho una película
y me costó mucho trabajo hacerla,
ahora nada ni nadie la va a borrar.

Si así tratan a los que se portan bien
no sé cuál es el objetivo detrás de todo.

Yo,
Carlos Díaz Lechuga,
amo Cuba,
fumo tabaco,
me gusta la playa y he viajado el mundo entero.
No tengo necesidad
de pasar por este tipo de tratamiento.
Ahora yo voy a seguir
defendiendo mi película
y acompañándola a donde pueda.

***
Este poema ya fue publicado en prosa por Diario de Cuba. La ilustración del post es del inestimable @Garrix.

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El cangrejo impertinente y el castrismo como telón fondo

bobo nada.jpgA propósito de “Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente”, me permito una nota aclaratoria: es tradición en la prensa española gastarle alguna broma a la audiencia en el Día de los inocentes. Esa circunstancia me recuerda que esto, que es una bitácora de notas al vuelo, se presta para la gracia y, por tanto, me permite, una vez al año, difuminar esa línea que separa a la ficción de la realidad.

Las inocentadas que he echado a rodar por estos lares han tenido un tema común: el castrismo y lo perjudicial que es ese régimen para la salud. Tiendo a enfocarme en intelectuales orgánicos, nuevos modos de la infamia (una cerveza revolucionaria, un app para chivatos) o miembros de la estirpe de Lina Ruz e igual calaña. Confieso que hacer la mímica de la verborrea de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Miguel Barnet es todo un desafío. Pero me he dado banquete en el proceso.

Los amigos, conocidos y lectores de este blog que se han creído los textos (o se han reído con ellos): honor que me hacen. Gracias por la lectura y por el voto de confianza. (Desde ya quedan advertidos para diciembre de 2017).

Si les da el apetito, aquí pueden (re)leer las inocentadas que he publicado por acá en años previos:

En 2008: la exclusiva que anunciaba que Mariela Castro Espín había pedido asilo político en España.

En 2009: La razón del tocororo, una crónica de la presentación, en uno de los salones de la Biblioteca Nacional “José Martí”, de un poemario hasta entonces inédito del “General-Presidente”.

En 2010, me pasé con ficha.

En 2011: las declaraciones de Silvio Rodríguez a raíz de un concierto en Quito en el que rompía con el régimen cubano.

En 2012: un “app” creado por la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) para facilitar a los represores y chivatos cubanos la delación y otras infamias.

En 2013: el lanzamiento al mercado de Comecandela, la cerveza de los revolucionarios.

En 2014: la “decisión” de Mariela Castro de cambiar su orientación sexual, a tono con los cambios que no acaban de llegar.

En 2015:“Yo no tomo meprobamato”, una crónica de la presentación en Nueva York del más reciente libro de memorias Miguel Barnet.

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Raúl Guillermo Rodríguez Castro: El cangrejo impertinente

nieto-raul-castro.jpgPor lo visto, no todo es pesar en Cuba por estas fechas. Raúl Guillermo Rodríguez Castro —conocido en medios de prensa internacionales como la figura clave en el circuito de seguridad del General-Presidente Raúl Castro Ruz— se ha propuesto brindar al pueblo un motivo para el esparcimiento “en días de profunda tristeza y luto nacional”. Pues lo que muy pocos conocían hasta ahora es que detrás de las gafas oscuras, el andar torpe, los intercomunicadores, la cara de pocos amigos, los walkie-talkie, la mirada perdida, la pinta de escasas entendederas, su constante girar a uno y otro lado cuando acompaña a su abuelo en las multitudes, el corte de pelo de los años ochenta e incluso las pistolas ocultas bajo la guayabera o el gabán es que tras la fachada de tipo duro se esconde un tierno autor de libros para niños.

Cangrejo.pngCon la publicación y lanzamiento de El cangrejo impertinente, su ópera prima, que coincidirá con el aniversario 58 del triunfo de la revolución, el autor aspira “a alegrar a los más pequeños de la casa con una historia de sacrificio y determinación que incluye algunas dosis de humor involuntario”.

El cangrejo impertinente —escrito en primera persona y editado, excepcionalmente, por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado— narra las peripecias de un joven crustáceo que no entendía muy bien los límites del espacio personal y siempre andaba pisándoles los talones a sus ancestros. El protagonista tropieza una y otra vez con sus parientes en cada una de las 32 páginas del libro. “No hay moraleja. No todo tiene que tener una moraleja”, reconoció el autor en entrevista concedida a Prensa Latina.

La obra también representa el debut del artista y diputado Alexis Leyva (Kcho) en su nueva faceta de ilustrador de libros infantiles.

En momentos en que la bandera ondea a media asta, Rodríguez Castro espera que su iniciativa editorial sea un faro de esperanza para las nuevas generaciones. Y parece que su deseo se hará realidad. A partir del próximo enero, El cangrejo impertinente será incluido como material de lectura para los estudiantes de primer grado en la isla.

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Westworld y Cuba: Final de temporada

Westworld.jpg

Imagina un parque temático en el que los visitantes disfruten privilegios que no están al alcance de los lugareños. Estos forasteros pueden actuar con un nivel de impunidad inimaginable para los nativos. Y una vez que han vivido sus fantasías, tienen la libertad de regresar a casa, en donde pueden continuar sus vidas perfectamente normales. A lo mejor estás pensando en Westworld. Pero yo me refería a Cuba.

Es difícil distinguir entre la nueva serie estelar de HBO y mi tierra natal. En ambos parques temáticos hay educación y salud pública gratuita. Y con eso quiero decir que en cada lugar los robots son programados: todos sus pensamientos les llegan a través de unos algoritmos meticulosamente calculados; en ninguno de los dos sitios las mentes esclavas pueden pensar fuera del guión oficial. En ambos lugares, la memoria de los súbditos es borrada al final de cada episodio (para que puedan repetirse). En cada sitio, los gerentes del parque temático se ocupan del bienestar físico de su gente. Bueno, seamos un poco más precisos: en Westworld, los residentes son reparados porque los turistas ejecutan con ellos sus más salvajes aberraciones; en la isla caribeña, el decrépito sistema de salud pública solo funciona frente a las cámaras de televisión extranjera como una herramienta de propaganda, y es usado como una excusa oficial para justificar cualquier cosa, desde la represión ubicua hasta la abundante escasez. Otro paralelo: en ambos lugares, los rebeldes que se atreven a cuestionar la realidad son descontinuados y confinados a quedar fuera del juego.

En ninguno de los contextos los visitantes aceptarían vivir un solo día bajo las reglas y condiciones que el parque temático ha establecido en perpetuidad para sus nativos. Al margen de eso, la más importante (quizá la única) diferencia entre Westworld y Cuba es que mientras los turistas que visitan la primera están conscientes de que la vida que viven solo es posible a expensas de los anfitriones, y entienden la artificialidad del entorno y cómo todo está orquestado para que su experiencia sea emocionante sin llegar a ser peligrosa, quienes visitan la segunda —las legiones que a lo largo de los años me han dicho que quieren “ir a Cuba antes de que se muera Fidel Castro”— se creen la narrativa oficial de tal manera que se sienten con el derecho de hablarles a los cimarrones cubanos sobre los beneficios de vivir bajo la gerencia del parque temático.   

¿Es acaso lógico sorprenderse de que los cubanos expresen su dicha ante la muerte del Programador en Jefe? El hombre que acaba de morir decidió qué podíamos comer, pensar, hacer, oír y decir durante sus 47 años en el poder. El hombre que acaba de morir no solo decidió qué constituía ser cubano, sino también qué constituía ser humano. Tildó a sus opositores de  “gusanos”; les quitó la humanidad a los librepensadores, pues siempre es más fácil aplastar a un gusano que a un humano. Quizá esto explique que mi primera reacción a la muerte de Fidel Castro fuera recordar a sus víctimas.  

Nada ha cambiado con su muerte. Y aun así, celebro que el hombre que ha dejado a su paso una nación en ruina económica y moral, y que es la causa de la división en la familia cubana (mi familia incluida) no esté entre nosotros. Lo celebro. Pero tal vez no debería hacerlo. Fidel Castro murió sin responder por toda la gente que murió por él y porque él lo decidió; hizo mutis por el foro dejando atrás un país en el que sus ciudadanos están dispuestos a enfrentarse a 90 millas de incertidumbre y tiburones en lugar de la certeza de tener que vivir bajo su régimen represivo.

A la larga, hemos perdido. Con el plural mayestático de la oración anterior me refiero a los cubanos. Estamos solos. Varios jefes de estado elegidos democráticamente y una considerable porción de los medios de prensa siguen colgándole a Fidel Castro el título de “presidente”, y encuentran moralmente aceptable debatir su “legado”. ¿Dónde quedan los juicios amañados, los fusilamientos, las ejecuciones extrajudiciales, las miles de vidas perdidas en el mar mientras trataban de huir de la isla? ¿Por qué esos muertos no cuentan?

Las únicas victorias posibles a esta hora son pequeñas, íntimas, individuales: algo tan sencillo como escoger la comida que como, vivir sin miedo, leer un libro prohibido… Ver y entender el código Castro y haberme desprogramado de su doctrina es mi mayor logro. (Tendré que actualizar mi perfil de LinkedIn).

Es posible que te hayas preguntado si Fidel Castro fue un dictador tan horrible cómo se explican las multitudes en la isla que han expresado pesar ante su muerte. Tienes razón en cuestionar eso. También es posible que hayas visto el video en el que una mujer afrocubana —una ciudadana doblemente privada de derechos, una víctima de la misoginia racista en la islallora a mares frente a las cámaras. Mientras lamenta la muerte de Fidel Castro, grita: “Tenía que haber sido yo, no él”. Estoy de acuerdo. Tenía que haber sido ella. Su vida debió haber sido su vida. La protagonista de su vida debió haber sido ella misma. Esa mujer y yo estamos a lados opuestos del drama cubano, pero su dolor me conmueve. Esa mujer, también, es una víctima de Fidel Castro. Esa mujer —bien que en un arranque de pasión— ha ofrecido su vida por la vida de un hombre de 90 años que tuvo el poder de controlar su vida durante toda su vida. La vida de ella.

Haz una pausa y piensa en el nivel (interiorizado) de opresión a la que ha estado expuesta durante las más de cinco décadas y media en que los hermanos Castro han detentado el poder. Esa mujer es mucho más que un chiste en las redes sociales. Esa mujer es el alma en harapos de una nación derruida.

¿Te acuerdas de Kim Jong-il? Durante su funeral, los norcoreanos mostraron un desconsuelo similar. Ese, también, parecía un pesar legítimo. Pero seguro has escuchado del Síndrome de Estocolmo. Podríamos, entonces, denominar la reacción de los norcoreanos como el Síndrome de Pyongyang. El Síndrome de La Habana es un poquito más sutil, pues los medios de prensa y una notable parte de la intelligentsia continúan tomando partido con el secuestrador.

El hecho de que escriba esto demuestra que soy un error en el sistema. Fui adoctrinado para ser un robot que diseminara propaganda castrista a los cuatro vientos. Pero me liberé. 

Habiendo dicho esto, la próxima vez que quieras celebrar los beneficios del parque temático que es Cuba, haznos un favor y piensa en tu privilegio infinito. No olvides que tienes un pasaje de vuelta a casa.  

Alexis Romay 
Nueva Jersey

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Haiku 111: Variación sobre un tema martiano (2)


Castro. Mortuorio.
Cantando en West New York.
Lo celebramos.

***

[Ilustración: Garrincha].

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A propósito de la muerte del susodicho

En vista de que lo tuve que sufrir a diario en mi infancia y juventud, me reservo el derecho de responder a la muerte del dictador cubano Fidel Castro Ruz en una variedad de registros y tonos.

Ya habrá oportunidad para ensayos, artículos de opinión, poemas satíricos. Por hoy, les dejo esta adaptación de “Vete de mí”, uno de mis boleros predilectos, con letra de Homero Expósito y música de Virgilio Expósito.

Aquí va, con las variaciones de rigor.

Tú, que llenas todo de miseria y senectud,
que nos quitaste el pan, la libertad, la luz.
Te aborrecemos tanto, Fidel Castro Ruz.
Dictador ruin.

No te detengas a mirar
algún festejo en Miramar,
alguna fiesta en West New York.
Mira el paisaje del dolor
que es la razón de celebrar y amar.

Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,
mi cuenta en Twitter está a punto de estallar.
No te voy a normalizar,
dictador ruin.

Fuiste en mi vida lo peor
de la neblina del ayer.
Qué suerte que pude escapar.

La historia no te va a absolver,
ni mucho menos perdonar.

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