Cuba: el breve espacio en que ni eres ni estás

Alexis_Romay_Aldea La primera vez que me incluyeron en una antología de poesía fue en el verano de 1997. Por aquellos días, vivía en Cuba y el libro había sido publicado en España. Hasta ese momento, solo había aparecido en oscuras revistas literarias, leídas únicamente por los familiares más cercanos de los editores y tres o cuatro gatos. Este libro luego sería crucial en mis futuros planes de escaparme de la isla, pero entonces no podía imaginarme cómo. Sólo estaba loco de contento de ver mi nombre y mi poema entre las cubiertas de una bella edición en tapa rústica.

Cuando el libro llegó a mis manos en Cuba, vino convoyado de una nota que listaba los ocho poetas cubanos que habían sido incluidos en ese increíblemente internacional caleidoscopio del verso. Yo había contado nueve en el índice, pero no le presté mucha atención a la falta de destreza matemática del funcionario cultural que había escrito la carta con el error tipográfico.

Dos de los poetas incluidos en la antología trabajaban en instituciones culturales en sus respectivos pueblos. Eso explica por qué, para enero de 1998, habíamos coordinado una suerte de gira que nos llevaría al oriente del país a leer y dar conferencias en un festival de música y poesía. Nos pasearon por la ciudad como la reencarnación del mesías. La otrora tranquila ciudad de Guantánamo cobró vida con actividades culturales por espacio de una semana. Y ya que muchos de nosotros veníamos de La Habana, la capital, el hecho de andar por las calles de una de las poblaciones más empobrecidas de la isla nos daba cierto estatus de estrellas de rock. En cuestión de días, nuestros poemas fueron musicalizados. Nos llevaron a una estación de televisión local para leer poesía —repito, leer poesía— ante las cámaras. Me recuerdo parado, sin saber muy bien qué hacer, al lado de un trovador que había puesto música a mi poema, mientras yo murmuraba la letra que de algún modo, con sus acordes, ganaba y perdía significados. Hay un video de este programa. De todo corazón espero que nunca llegue a YouTube.

***

En 1999, me pude escapar de la isla, y comencé mi nueva vida. Me lancé a escribir ficción desde el minuto en que toqué suelo norteamericano. Luego de haberme liberado de la mordaza de la censura gubernamental y del efecto paralizador del miedo, escribí mi primera novela, Salidas de emergencia, con relativa facilidad, particularmente para alguien que nunca había experimentado el salto a las turbias aguas de la prosa.

En 2001, conocí a la novena poeta de la antología. Se había escapado a España justo antes de la publicación del libro. Ella y su esposo devinieron colegas, amigos, familia, mon semblable, mon frère.

Juntos desciframos el misterio de su omisión durante la gira poética que había constituido nuestros quince minutos de fama. No fue tan difícil dar con el código: ella se había ido. Se había escapado. Había traicionado al país. Según las instituciones culturales, ya ella no era cubana. La condición exiliada la había vuelto invisible.

Fue borrada de la vida pública. Su obra ya no sería patrimonio de la nación. La gran ironía de todo esto es que su poema era un cuestionamiento nostálgico de esa decisión. «¿Es que hice bien en salir de Cuba (…)?», se preguntaba en verso. Para el momento en que nos conocimos, ya sabíamos la respuesta.

***

Hace un año, me descubrí diciendo que soy originalmente de Cuba. ¿Cuándo inserté el adverbio en esa declaración? Yo solía ser de Cuba. Ahora provengo de esa isla. Una década y media de asimilación en los Estados Unidos ha convertido mi pasado en mi origen.

Hace casi 10 años, al comienzo de mi primer trabajo editorial en New York, conocí a Leslie. Tenemos muchas cosas en común, pero destaco nombre y lugar de nacimiento. Éramos y aún somos un combo peculiar: dos cubanos con nombres tradicionalmente percibidos como femeninos en este país. Nos hicimos amigos de inmediato. Él había nacido en Cuba, pero había crecido en Boston, adonde arribó con sus padres a la tierna edad de tres años.

Nuestra amistad era complementaria en muchos sentidos: habíamos vivido la Guerra Fría desde lados opuestos de la Cortina de Azúcar, así que podíamos comparar notas. El inglés era su lengua natal; el español, la mía. Por tanto, nos corregíamos mutuamente cuando destrozábamos nuestro segundo idioma. Leslie fue crucial en mi aprendizaje de muchas expresiones de la lengua vernácula norteamericana, mientras yo le pasaba frases que no encontrarían un lugar apropiado en medio de una cena familiar. También traducíamos contextos culturales, y descargábamos con la melodía estilo Hendrix de su guitarra combinada con mis sincopados ritmos afrocubanos. Era una asociación perfecta.

Una tarde, antes de salir del trabajo, el azar me puso a hablar con su supervisora. Yo tenía un acento difícil de identificar. (Cuando mis interlocutores adivinaban, el resultado era un variopinto inventario de patrias potenciales: Israel, Marruecos, Perú… La lista suma y sigue). Así que, su jefa tuvo que preguntar. Cuando respondí que era de mi malhadada isla caribeña, la mujer se puso eufórica.

Comenzó a hacerme las preguntas que los bienintencionados habitantes de la Costa del Este les hacen a los cimarrones cubanos. Algunas de esas preguntas, por cierto, no pueden desprenderse de un aroma colonialista, racista incluso. Lo mismo es aplicable a la frase: “quiero ir a Cuba antes de que Castro muera”. Pero ese es otro tema. (Quedan invitados a leer mis libros, o mi blog, si quieren que me expanda).

Antes de que nuestra conversación se tirara en picado hacia la política, le mencioné que si estaba tan interesada en mi isla natal siempre que quisiera podría hablar con mi amigo, quien, de hecho, trabajaba con ella. Él se había mantenido silente durante el intercambio, parado justo al lado de nosotros. Yo quería enmendar la exclusión.

Lo miró de arriba abajo. Él había crecido cerca de Fenway Park. Era probablemente fanático de los Red Sox. Era blanco. No tenía en su frente un anuncio neón que lo identificaba como El Otro.

—Bueno —dijo—. Él no es un cubano de verdad.

Esto fue seguido de un incómodo viaje en elevador y una conclusión inmediata: según nuestra colega, mi amigo no existía. No era lo suficientemente cubano. Era invisible pues le faltaba esa condición cubana.

Durante las últimas cinco décadas y media, la condición cubana ha sido una prerrogativa de la familia Castro. Este linaje dinástico ha decidido quién es y quién no es cubano. Te vas de la isla: estás fuera del juego. Eres disidente: ya no puedes ser patriota. Esto es sal en la herida. Al dolor de tener a un tirano que decida por ti tu origen, tienes que añadirle el insulto de tener que escuchar de un extranjero que no eres suficientemente cubano. O que no eres cubano en absoluto.

Pero ni Castro y sus sensores ni las legiones de condescendientes y sus ideas románticas de mi tierra natal pueden definir quién soy. Soy cubano. Y cimarrón. Y apruebo este mensaje.

***

Alexis Romay
Nueva Jersey

PD: Este texto fue publicado originalmente en inglés en NBC.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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9 respuestas a Cuba: el breve espacio en que ni eres ni estás

  1. dovalpage dijo:

    ¡Qué buen post sobre estereotipos, exclusiones y variadas jodiendas a que nos enfrentamos, o no, los cubanos! Me lo llevo a Facebook.
    Sobre “cómo lucimos los cubanos” también he tenido experiencias muy cucas. Una vez me invitaron a una charla como “writer of color” y ya te imaginas la cara que pusieron al verme. En otra ocasión un escritor (¡cubano!) que me fue a recoger al aeropuerto no me podía reconocer, aunque yo era la única persona parada como pendeja en la acera. Al fin me dijo.”coño, yo estaba esperando a una mujeronga y lo que llegó eras tú.” Palabras textuales. Después nos hicimos amigos. ¡Feliz 2015!

    • Isbel dijo:

      No sé con que me he reido más, si con tu post o con la anécdota de Teresa. Me encantó, Ale! Me hiciste recordar a mis primos cubano-americanos. Un abrazote.

  2. Alexis Romay dijo:

    Sí, Is (ja, un palíndromo), la anécdota de Tere es un vacilón. Esto demuestra lo buena gente que es ella. Porque mira que perdonar al bárbaro que le dijo eso en el aeropuerto.

    Abrazos a las dos ¡y feliz 2015!,
    A

  3. Anónimo dijo:

    Me gusto mucho hijo, gracias

  4. Anónimo dijo:

    Me gusto mucho, Alex, gracias

  5. Octavio Cuellar dijo:

    Interesante reflexión. No obstante (para mí) son “más” coordenadas para sentirse objeto semiflotante en el mar (en cualquier mar). Me hubiera gustado desaprender prudentemente. Pero, el tiempo es ágil, y yo, agilmente efímero.

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