Combinen tiempos verbales. No olviden el subjuntivo. No usen el mismo adjetivo ni equivoquen las vocales. Demuestren que son geniales y comenten las razones, circunstancias, situaciones por las que esta obra cubana ha sido espejo y ventana con sus cincuenta lecciones.
Dejé allá tantas cosas que acaso la memoria —sosegada y distante, roída por los años (¡décadas ya!) entre olores y paisajes extraños— no sabrá devolverlas ni teñirlas de gloria.
Me traje mis poemas. Traje lo que tenía: un sinfín de recuerdos, la foto de mi abuelo, ¡dos barras de guayaba!, aquel pedazo de cielo, y un deseo de labrarme una vida más mía.
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[Nota bene: «Mis 22 años (de exilio)» fue publicado en Hypermedia Magazine el 31 de octubre de 2021. La imagen que encabeza este post fue tomada en Maine, que es lo más lejos que he estado de Cuba en todos los sentidos. En la foto, mi esposa y yo nadamos en aguas abiertas en un lago. Eso también es la libertad].
Ponle corazón al palo que se romperá en la frente de tu vecino de enfrente. ¡Pégale duro, Gonzalo! Ese será el varapalo que lo hará entrar en cintura y entender que la cultura de la violencia es tan nuestra por partidaria y siniestra. Cuba es una dictadura.
En 2016, en el salón de clases de marras, comentando «El guardagujas«, de Juan José Arreola.
DainerysMachado Vento tuvo la gentileza de incluir mi voz en el segundo número de la revista argentina Desmadres, de la cual es editora invitada. De tal suerte —¡y vaya suerte!—, salió este ensayo sobre las cosas que uno se encuentra en los salones de clase de mi Nueva Jersey, ese estado del ser que a estas alturas ya me admite el pronombre posesivo.
Abajo les dejo los párrafos iniciales del texto. Si les abren el apetito, tengan la bondad de visitar el siguiente enlace.
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Hallazgos literarios en un salón de clases en Nueva Jersey
Me invitaron a escribir un ensayo sobre literatura latinoamericana actual. Pero ¿en qué consiste la literatura latinoamericana actual? O mejor aun: ¿qué entiendo yo al escuchar esa definición tan abarcadora? En sus Exorcismos de esti(l)o, Guillermo Cabrera Infante declara: “Literatura es todo lo que se lea como tal”. (A mí me gusta añadir: todo lo que se escriba como tal). Esa ha sido mi premisa durante décadas, y me pareció justo tenerla de brújula al redactar este texto. Lo próximo: ¿dónde empiezan y terminan las fronteras a las que alude la voz latinoamericana? ¿Cruzan el Atlántico o el Pacífico con los respectivos exilios a los que han sido forzados intelectuales provenientes de nuestras tan fértiles dictaduras de izquierda y de derecha?
Por otra parte, donde el adjetivo latinoamericana establece límites geográficos, actual dibuja mapas temporales. ¿Me limito a escritores vivos? (Esto, por ejemplo, excluiría a Roberto Bolaño y a Jorge Luis Borges, ese padre putativo que tantos nos hemos atribuido). ¿A la gente que vive y escribe en las Américas, sobre las Américas? ¿Y caben aquí quienes viven y escriben en las Américas y nos legan obras que se abstraen del territorio físico o espiritual del continente? ¿Y qué idiomas entran en ese listado? Habría que comenzar con el español, esa lengua franca que con el mismo entusiasmo que nos une nos divide. Pero ¿hay espacio para las lenguas originarias del continente, que ignoro por negligencia propia y ajena, y cuya producción literaria de estos días desconozco? ¿Y qué hago con quienes escriben en inglés? ¿Sandra Cisneros? ¿Jennine Capó Crucet? ¿Angie Cruz? ¿Y quienes lo hacen en ambas lenguas? ¿Teresa Dovalpage? ¿Anjanette Delgado? ¿Gustavo Pérez Firmat? ¿Forman parte de esa literatura latinoamericana actual? ¿Acaso quieren formar parte de ella?