Réquiem por Michael Jackson

Michael Jackson

En medio de la homofobia rampante
y del racismo ubicuo y desmedido
y de las directrices del Partido,
tú fuiste el bailarín que fue cantante

que imitaríamos en lo adelante:
«¡Se te cayó la trusa, distraído!».
Tirabas tu pasillo colorido
con ese atuendo cursi y delirante.

Tu piel cambió de piel, ¡como un lagarto!
Tu nariz chata, respingada y fina
devino de la noche a la mañana.

Tu afiche, en las paredes de mi cuarto.
Tu música, sonando en la cocina.
Adiós, oh, Rey del Pop y de La Habana.

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Misceláneas: Irán, Twitter, El País, la Copa y el otro país

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En estos días en que la situación en Irán ha sido y es tan desoladora, no he tenido tiempo, ni oportunidad de mirar a la arena cubana. He activado una cuenta en Twitter, desde donde sigo a varios twitteros que actualizan sus mensajes con una sistematicidad y un valor inconmensurable. De todos, recomiendo: LaraABCNews, Tehran Bureau (“el Huffingtown Post de Irán”, editado en Newton), dailydish, NetRevolution… Muy recomendable también es la categoría titulada Green Revolution que ha creado Penúltimos días, así como los análisis de Ernesto Hernández Busto sobre las similitudes entre la nación islámica y el socialismo pachanguero.

2

De vez en cuando hago un parte para leer sobre otros tópicos y, hoy, por poner un ejemplo, qué me encuentro en El País: ese antiamericanismo  que no sabe ni puede ocultar el diario español. En inglés se dice que el diablo está en los detalles. De tal suerte, no suelo pasar por alto esas pinceladas tan ínfimas y que, sin embargo, son tan reveladoras.

El artículo en cuestión versa sobre la inesperada victoria en la Copa de las Confederaciones —la antesala del Mundial de Fútbol de 2010— del equipo estadounidense ante la hasta entonces imbatible maquinaria española, que en fecha anterior había impuesto récord de victorias consecutivas y tiene una banca que ya quisieran otros equipos entre sus jugadores titulares. Y, en medio de la nada, luego de dejar caer la opinión de un “aficionado mexicano” anónimo que alega que el team de Bradley perdió «en todas las estadísticas», excepto «en la de los goles» (que es, por supuesto, la que cuenta), el reportero le presta otra vez el micrófono y el hincha añade: «Este país no cambia en casi nada».  ¿Pero no estábamos hablando de fútbol? ¿A santo de qué viene este comentario?

El equipo número 14 en el ranking mundial —una oncena que no tiene ni la tradición ni el perfil mediático ni la constelación de estrellas que se apiña en “la Roja”— derrota al número uno y detiene su racha imparable y, sin embargo, a El país no se le ocurre otra cosa que citar a una fuente anónima con vocación de aguafiestas: «Este país no cambia en casi nada». Esa oración, ese resentimiento tan tenue, tan gratuito, tan arrollador, tan predecible.

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Esta noche, al teatro, a ver la puesta en escena de “Cosas que encontré en el camino”, escrita y dirigida por Iván Acosta. A las 8, en el Times Square Arts Center. Para reservaciones de último minuto, llamen al (212) 252 2037.

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Regreso al trabajo.

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El Che y otras animaladas

nieta del che, vegetarianaHay ironías que lo sacan a uno del marasmo. Por ejemplo, la noticia de que la nieta del sanguinario Ernesto “Che” Guevara protagoniza una campaña a favor de la dieta vegetariana. Con la boina del argentino y un arnés de zanahorias que le cubre el busto, la susodicha se ha desnudado y posa para el afiche de la organización “Personas por la Ética en el Trato a los Animales” (PETA).

Yo, que crecí leyendo a Jack London, soy omnívoro y siempre he tenido perros, agradezco cualquier gesto en defensa de los animales, venga de donde venga. Sin embargo, me llama la atención el hecho de que esta joven parece no haber leído los diarios de campaña de su abuelo.

Resulta que el Che no sólo no tenía escrúpulos a la hora de matar a sus congéneres, sino que su falta de respeto por la vida se extendía a otras especies. Acaso debo repetir que el mal gusto —como la noche, la estupidez, la crueldad o la ignorancia— carece de límites y, en ocasiones, amenaza con ser hereditario. Para demostrarlo —y en vista de que la vegetariana no ha tenido tiempo para leer los mamotretos de su ancestro—, me tomo la libertad de transcribir un fragmento que extraigo de sus Pasajes de la guerra revolucionaria y que lleva por título, precisamente, “El cachorro asesinado”.

Damas y caballeros, sin más dilación, los dejo con Ernesto Che Guevara:  

«Todo hubiera estado (sic) perfecto si no hubiera sido por la nueva mascota: era un pequeño perrito de caza, de pocas semanas de nacido. A pesar de las reiteradas veces en que Félix lo conminó a volver a nuestro centro de operaciones —una casa donde quedaban los cocineros—, el cachorro siguió detrás de la columna. En esa zona de la Sierra Maestra, cruzar por las laderas resulta sumamente dificultoso por la falta de senderos. Pasamos una difícil «pelúa», un lugar donde los viejos árboles de la «tumba» —árboles muertos— estaban tapados por la nueva vegetación que había crecido y el paso se hacía sumamente trabajoso; saltábamos entre troncos y matorrales tratando de no perder el contacto con nuestros huéspedes. La pequeña columna marchaba con el silencio de estos casos, sin que apenas una rama rota quebrara el murmullo habitual del monte; éste se turbó de pronto por los ladridos desconsolados y nerviosos del perrito. Se había quedado atrás y ladraba desesperadamente llamando a sus amos para que lo ayudaran en el difícil trance. Alguien pasó al animalito y otra vez seguimos; pero cuando estábamos descansando en lo hondo de un arroyo con un vigía atisbando los movimientos de la hueste enemiga, volvió el perro a lanzar sus histéricos aullidos; ya no se conformaba con llamar, tenía miedo de que lo dejaran y ladraba desesperadamente.

Recuerdo mi orden tajante: «Félix, ese perro no da un aullido más, tú te encargarás de hacerlo. Ahórcalo. No puede volver a ladrar.» Félix me miró con unos ojos que no decían nada. Entre toda la tropa extenuada, como haciendo el centro del círculo, estaban él y el perrito. Con toda lentitud sacó una soga, la ciñó al cuello del animalito y empezó a apretarlo. Los cariñosos movimientos de su cola se volvieron convulsos de pronto, para ir poco a poco extinguiéndose al compás de un quejido muy fijo que podía burlar el círculo atenazante (sic) de la garganta. No sé cuanto (sic) tiempo fue, pero a todos nos pareció muy largo el lapso pasado hasta el fin. El cachorro, tras un último movimiento nervioso, dejó de debatirse. Quedó allí, esmirriado, doblada su cabecita sobre las ramas del monte».

H/T: Enrisco.

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A media máquina

Patrón de pruebaVarios amigos y asiduos de este espacio me han preguntado qué está pasando que en días recientes Belascoaín y Neptuno no ha mantenido la frecuencia diaria que llevaba hasta hace muy poco.

La respuesta es sencilla: ando bastante atareado y tengo muy poco tiempo (o ganas, a qué negarlo) para meter la cuchara —ay, otra cuchara más— en el desabrido plato de la cosa cubana.

En vista de que el aluvión de trabajo en lugar de aminorar en estos días de crisis se ha incrementado, vaticino que durante el próximo par de meses este blog andará a media máquina. Mírese como se mire, esto es bueno. Se darán los lectores un descanso de mis desvaríos. Me daré un descanso yo de este placer que ha devenido compromiso. Y nos encontraremos nuevamente a principios de septiembre, con nuevos bríos y quizá también con nuevos temas.

Pero no se pierdan del todo. Entre lo que queda de junio y el final de agosto publicaré semanalmente fragmentos de libros de buenos amigos que tienen el buen gusto de ser, además, buenos escritores. Dichos fragmentos estarán archivados en la categoría “Libros”, en la que ya se pueden encontrar textos —aclaro, no míos— capaces de abrirle el apetito al lector más reluctante.

Como dirían las estaciones de radio: gracias por sintonizarnos y gracias por la preferencia.

Es todo por hoy. Hasta muy pronto, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos.

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Los apologistas

Transcribo un texto de El libro de las parodias, de Radamés Molina.

 ***

Los apologistas

Los apologistas discuten cómo redactar un libro interminable que justifique todo. En esencia las discusiones son apasionadas. La desgracia de los apologistas está en que mientras discuten, el tiempo los aniquila.

Luego las historias, al mencionarlos, explican con interminables y apasionados argumentos que el empeño que los consumió estaba justificado.

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Dolores M. Koch, in memoriam

Me acaba de llegar una muy triste noticia. Ha muerto Dolores M. Koch, una bellísima persona a quien tuvo el lujo de conocer. Que en paz descanses, querida Lolita.

Dolores M. Koch

Reproduzco su obituario e invito a los lectores y amigos a participar en su memorial:

Dolores Mercedes Koch, PhD, conocida como Lolita entre familia y amigos, murió en su casa el 11 de junio de 2009. Lolita fue académica independiente, traductora, analista literaria y profesora. Lolita se mantuvo activa desde los veinte años hasta el final. Publicó estudios sobre literatura latinoamericana, y desde 1981 fue la primera en nombrar y analizar el microrrelato, un nuevo género literario. Su última obra en 2009 fue como editora de la Revista Hostosiana #6 (Hostos Review, CUNY) dedicada enteramente al microrrelato. Entre sus traducciones, las obras más significativas para Lolita fueron los de su amigo Reinaldo Arenas, el escritor cubano, especialmente sus memorias, Antes que anochezca. Su última traducción al inglés, de El Castillo de las Estrellas (The Book of God and Physics) por Enrique Joven, se publicó también en 2009, con crítica favorable. Profesora, maestra y mentora de talento, Lolita formó lazos de toda la vida con estudiantes, colegas y escritores. Su carrera académica fue notable también porque Lolita volvió a los estudios después de que sus hijos habían  terminado su educación, y empezó a publicar antes de recibir su doctorado en 1986 a los 57 años.

Dolores Mercedes Gonzalez nació en La Habana, Cuba, en 1928, y contrajo nupcias con su compañero de clases Gerardo R. Koch en 1949. Celebraron 60 años de matrimonio el 4 de junio. Emigró con su familia a la ciudad de Nueva York en 1961. Su hija Gloria Koch vive en San Francisco y dirige el Golden Gate Park. Su hijo Jerry Koch-Gonzalez vive en Amherst, Massachusetts, y es consultante sobre la comunicación no violenta. Su nieta mayor, Julia Koch termino su primer año de preparación para doctorado en psicología. Lolita será extrañada por su esposo Gerardo, su familia, sus fieles amigos, colaboradores y colegas. Vamos a recordar su penetrante y ágil mente, su bondad, sus flores miramelindas, su sonrisa, y sus “momentos mágicos”.

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El aprendiz de mago

Transcribo un texto de El libro de las parodias, de Radamés Molina.

***

El aprendiz de mago

Un joven desea aprender magia, se dirige al alquimista y le pide que sea su maestro.

El alquimista lo escucha mientras ordena a su criada que prepare unas perdices para la cena. Accede y empieza por convertir una mesa en un reloj.

En unos días el discípulo aprende la ciencia del alquimista y se empeña en convertir a su maestro en una mesa. Discuten, el maestro se resiste y le dice que nadie podrá nunca convertirlo en una mesa, y entonces apela a su último recurso: llama a la criada y las perdices son servidas.

La trama parece haber transcurrido durante los instantes que tarda la criada en cumplir la orden del alquimista.

El alquimista ha engañado a su discípulo. Con una serie de sucesos ilusorios ha descubierto sus propósitos y le dice que se vaya.

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Cosas que encontré en el camino

Cosas que encontré en el camino

El teatro es off off Broadway; tiene capacidad para 100 personas, así que apúrense con las reservaciones. Luego no digan que no les avisé con tiempo.

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Rudezas y cursilerías

rudo y cursiDespués del cafecito de rigor y una agradable sobremesa, salimos con los perros a dar un paseo que de tan largo devino caminata.

Quiso el azar que nuestros pasos nos llevaran al cine del barrio y oh, sorpresa. ¿Quién nos esperaba en el cartel de estreno? ¡Nada menos que Gael García Bernal! Resulta que el susodicho ha regresado a la pantalla grande de protagonista del largometraje “Rudo y cursi”.

Como ha de resultar obvio, lo que me llamó la atención fue el hecho de que a pesar del título y el actor, la película  en cuestión no se trate de una biografía del Che Guevara.

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Fruta madura

al otro ladoTranscribo un fragmento de la novela Al otro lado, de Yanitzia Canetti.

Fruta madura

Camino apurada, los edificios pasan veloces ante mi vista, más veloces de lo que yo quisiera. Mis pasos me apuran, me dicen que llegue pronto, que no me debo tardar y que no puedo ver los edificios como yo quisiera. Mis pies quieren llegar al templo, pero yo no. Todavía no.

El vestido me aprieta, se me trepa por los muslos. Es el vestido rojo de mi madre, que alguna vez fue demasiado largo y que yo corté con una tijera roja y lo convertí en un vestido corto y rojo. Demasiado corto y demasiado rojo. Mi cara también debe estar roja, pero no competirá nunca con este vestido, por suerte.

La gente me mira porque la gente va muy lenta y yo voy muy rápido. ¿Adónde quieren llegar estos pies apurados? El vestido se me encarama por las caderas. Bájate, vestido —le digo—, bájate, vestido que todos te están mirando.

Mis tacones tacatacatacataca. Con tanto pica y repica van a ensordecer el tránsito. Cállense, tacones —les digo, pero ellos no obedecen, ellos siguen con su tacatacatacataca. La gente me mira y mi vestido se sube y mis tacones tacatacatacataca. Ya quiero llegar. Sólo unos pasos y ya estaré dentro.

Otro día más de arrodillarme y confesar, pienso mientras entro apurada. La iglesia está abarrotada de feligreses musitantes que se reparten el silencio entre todos, como buenos hermanos. No quiero enturbiar la misa con mis tacones rojos y ruidosos. Veo al Padre desde lejos, con su sotana blanca y su voz de azahar. Habla frente a un libro abierto. Dice algo de la manzana ¿roja?, del fruto prohibido ¿maduro?, y de una mujer que… ¿Yo?

Su voz empuja mi cuerpo hacia una esquina, no quiero que me vea. No sé si he llegado demasiado temprano o demasiado tarde, sólo sé que tengo prisa.

El Padre alza los brazos para decir que… ¿Me mira? Sí, me ha descubierto. Tiene los brazos en alto y no sabe qué sigue ahora. Trato de refugiarme tras la enorme figura de la Virgen María y comienzo a desear que a mi sacerdote no se le olvide la misa por mi culpa. Escucho un silencio que me ensordece. ¿Me habrán descubierto?

Escucho otra vez la voz anacarada del Padre, y exhalo un alivio. El Padre habla de la tentación de la serpiente… ¿Hablará con tal desenfado del sacerdote viejo? No, no. Creo que habla de otra serpiente. De una serpiente prehistórica del Paraíso Mesozoico.

Me asomo levemente y ya el Padre ha bajado los brazos. ¿Me mira? No dice nada. ¿Me mira? Los fieles persiguen la mirada del Padre, y piden algo a la Virgen. Yo escondo los tacones y también le pido algo a la Virgen: que me esconda, que no me descubra ante tantos ojos.

Soy algo más delgada que la escultura de María. Ella me cubre con su cuerpo ancho y benefactor. Logro ocultar incluso mis caderas. Ahora estoy a salvo del juicio inclemente de los fieles.

Mientras escucho la voz del Padre, miro las bóvedas de aristas y vuelvo a notar que son reforzadas por arcos empotrados en la mampostería. Yo también estoy empotrada tras el velo de la Virgen, con la mirada en el techo o en el suelo.

Me pregunto por qué me habré puesto unos tacones tan rojos.

Termina la misa, gracias a Dios. No me atrevo a asomarme todavía. Permanezco escondida tras la estatua bienhechora de la Santísima Madre… qué mejor refugio para mis tacones encendidos de rojo. Siento la mano anchurosa del Padre sobre mi espalda. Su mano blanca mano.

—Vamos, hija —me dice casi en un susurro.

Lo sigo, y odio la indiscreción de mis tacones que hacen un eco horrible tras mis discretos pasos. Yo parezco una prolongación de la alfombra roja con el rojo incisivo de mis zapatos. La alfombra parece excitada… descubro gotas de sangre sobre su felpa. ¡El Padre! ¡El Padre está sangrando! ¿Qué la pasa, Padre? Me muestra su mano cortada. Su mano es grande, sus dedos son largos y macizos, sus venas intranquilas, sus vellos impacientes. Nadie que vea estas manos habría creído que son de un cura. Nadie, absolutamente nadie se podría resistir a estas manos. Estas manos que lograrían escarbar el pudor de la luna. Estas manos que podrían sostener el mundo y agarrar cuanto se le antojasen. Estas manos blancas que ahora están heridas y muestran sangre seca… como un río que existió hace siglos y del que sólo queda una huella desdibujada.

—Me corté con la sangre del Señor —dice, y me muestra la copa de vino con la que acostumbra a beber en misa. La copa de plata tiene sus bordes como dientes de metal, y al fondo se ven aún los residuos de uvas pisoteadas. Dice el Padre que en esa copa está bebiendo la sangre del Señor. Yo ya le he perdonado. Y también he perdonado al Señor por dar a beber su sangre a tanta gente y dejarlos sin sangre propia.

Mi vista vuela hacia las heridas del Cristo crucificado. Lágrimas de sangre corren por su cuerpo de hilo. Estoy llorando sin saber por qué. El Padre entra al confesionario. Yo caigo de rodillas y dejo que mi llanto desemboque en mis labios. El Padre suspira. Tal vez soy yo quien suspira. No sé.

Cristo y el Padre siguen goteando lágrimas de sangre e inundan la iglesia. La sangre llega a mis rodillas. ¿O sale?

Descubrí la sangre entre mis piernas. La toqué. Roja. Oscura. Con olor a volcán. Ya estaba preparada, pero incluso así, sentí que el corazón me empujaba de un lado al otro. Tenía sangre en las manos, en la cara, en la boca, en el pelo. Sentí la sangre que corría lenta desde el interior de mi cuerpo y desembocaba entre mis muslos. Me habían dicho que aquello era una señal: ya era mujer.

La verdad, Padre, no sé en qué cambié. Con sangre o sin ella, yo aún no era mujer; digo, no estaba lista para cargar otro ser dentro de mí. Pero traté de comportarme lo más adulta que pude y de no ser tan expresiva como antes. Ahora las miradas de los hombres parecían adivinar que mi vientre ya estaba apto para engendrar y me rondaban como moscas en almíbar.

Era difícil mantenerme adulta todo el tiempo… pronto seguí jugando y correteando como en la escuela. Pero ahora corría por las calles. Mientras corría, los pechos me daban brinquitos, Padre. Yo ni siquiera llevaba sostén porque no tenía nada que sostener. En mi piel sólo habían nacido dos botones de costurero. Mi abuela me ponía más encajes en el corpiño para que yo luciera más mayorcita, pero ni así. Aquello no crecía. Cuando me duchaba, yo dejaba que el agua tibia me corriera por el pecho y pedía en silencio y tenazmente: “que me crezcan que me crezcan que me crezcan que me crezcan”. Repetía aquel conjuro cada día y con más fervor. Pero aquel par de botones no aumentaban ni un milímetro. Yo veía a las madonnas de los cuadros florentinos y… qué envidia, Padre. A mis amigas de la escuela ya se les notaba algo abultadito debajo de la blusa, que reforzaban con sostenes esponjados o un poco de algodón; y hasta se sentían señoronas cuando se percataban de las miradas indiscretas de los varones o cuando yo las miraba reclamándoles la fórmula mágica de aquel progresivo pecho. Había una niña que tampoco llevaba sostén, sino corpiño de encaje como yo. Supondrá, Padre, que nos hicimos amigas de causa. Nuestras madres, por pura coincidencia, también se hicieron grandes amigas, lo que nos facilitó intercambiar comentarios sobre el por qué de nuestra desventaja corporal.

—Es que no hemos desarrollado todavía —me dijo mi nueva amiga.

—¿Y por qué? —me lamenté.

—Porque es así, unas desarrollan más rápido que otras. A nosotras todavía no nos toca —me dijo como si supiera de lo que estaba hablando.

—No podemos hacer nada para apurar el desarrollo —pregunté, con la vaga esperanza de que mi amiga tuviera la respuesta.

Entonces a ella se le ocurrió que su tía, que sí había desarrollado velozmente y usaba una talla muy grande de sostén, tal vez conociera alguna forma.

—¿Crees que nos la diga? —dudé.

—Claro que no nos lo va a decir —aseguró mi nueva amiga—. Esas cosas no se le cuentan a nadie. Pero podemos averiguarlo por nuestra cuenta.

Esa tarde subimos a la azotea de casa de Anubis —que así se llamaba mi nueva amiga—, aprovechando que nuestras madres estaban viendo un programa humorístico de televisión y que la tía de Anubis, que había venido de otra provincia a pasarse unas vacaciones en la capital, se había metido al baño con la intención de ducharse.

Cuando sentimos que la llave de la ducha se abría y caía el chorrote de agua, Anubis y yo nos acercamos por el techo hasta la ventana del baño, cuidando que nuestros pies descalzos no hicieran el menor ruido. Nos acostamos en el techo de cemento y fuimos dejando que nuestras cabezas colgaran hasta alcanzar la altura de las persianas de madera. Era riesgoso, pero estrictamente necesario para nosotras. Una misión de vida o muerte. El destino de nuestros pechos dependía del éxito de aquella peligrosa misión. Y creo que estábamos dispuestas a todo.

La tía no podía sospechar que dos cabezas colgantes la estuvieran espiando desde el techo, y mucho menos que esas cabezas fueran las nuestras. Casi nos caemos cuando la tía se zafó el sostén de seda negro y un par de bolas gemelas, retocadas con una manchita marrón, se dejaron caer holgadamente, inconformes de haber permanecido amordazadas bajo las ataduras del sostén —que para colmo era una talla más pequeña. Creo que Anubis y yo nos sentimos minúsculas y atrofiadas al ver tan despampanantes mellizas. La tía ignoraba que acababa de reducirnos a dos lagartijitas sin ganas ya de competir. Pero seguíamos mirando la forma majestuosa en que la tía de Anubis, con desenfado campestre, se restregaba un brazo y luego el otro. No apartábamos los ojos de sus senos.

—¿Viste qué grandes? —me susurró Anubis.

—A lo mejor eso no es normal —opté por susurrar para no sentirme tan desplazada de la competencia.

—Sí son normales. Son tetas de verdad —aseguró Anubis con un susurro más autoritario.

—Si tú lo dices… —yo ya tenía ganas de llorar. ¿De qué me servía estar lista para ser madre si no iba a poder amamantar a mis hijos? A mis doce años me atormentaba la idea de ver a cuatro hijos desgañitándose para que yo les diera leche. Me los imaginaba prendidos a mi piel, chupándome con desesperación y sin sacar ni una gota.

Pensando en eso estaba el día en que Anubis me pidió que la dejara ver mis senos. Al principio me avergoncé de que viera que yo no tenía ni una ínfima parte de lo que cargaba su tía. Pero luego me di cuenta que Anubis también era plana como tabla de planchar. Le mostré mis senos, y le dije que pronto iba a tenerme que poner sostén porque ya me habían crecido un poco. Yo mentía, Padre. Mis conjuros con el agua tibia no habían funcionado. Pero cuando sí no pude aguantar, Padre, fue cuando Anubis se quitó su blusa y me echó en cara que ella tenía más que yo. Mentira y mentira. Tenía menos. Muchísimo menos.

Discutimos y discutimos sin que nos pusiéramos de acuerdo. Pero en un momento, cuando Anubis estaba a punto de perder la discusión con mi alegato de que a mí me lucían menos porque era más flaquita pero que yo estaba más desarrollada porque ya no tenía que ponerles encajes a los corpiños, ella me salió con que el desarrollo no se medía por el tamaño de los senos, sino por los pelos.

—¿Eeeeh? —abrí los ojos.

—Sí, por los pelos de allá abajo, chica —me dijo Anubis, señalándome debajo de la barriga, justo donde quedaba el pipi.

Perdí la discusión, Padre, yo no tenía ni un pelo. Ni uno. Ahora tenía otro nuevo problema para mi cabeza y más dioses que evocar debajo del agua tibia: que me crezcan que me crezcan que me crezcan que me crezcan.

A los niños de mi clase, sin embargo, no parecía importarles si yo usaba corpiño o sostén, si yo tenía uno o dos pelos, ellos me pedían que fuera su novia. Yo me reía y miraba a Anubis, quien no lograba ni un solo enamorado con sus cinco pelos de ventaja.

Con mis senos sin nacer y mi pubis desértico me iba a la calle muy oronda, como si cargara par de pelotas de ping pong y un bosque tropical. Saltaba por la acera, risueña y campante, como si nada pudiera pasarme a mis doce felices años.

Un día un hombre apareció ante mí y rompió mi desenfreno con una sonrisa. No supe más. Sólo después, cuando debimos regresar junto a mi madre, fue que supe qué había pasado.

No, Padre, no me hizo el amor. Tan sólo me besó de una manera desconocida. Me besó como si me estuviera haciendo el amor. Lo peor es que ambos lo sentimos a pesar de la distancia que nos separaba. Yo tenía doce años y él tenía veintidós.

No ocurrió nada, Padre. Yo creía saber lo que no debía ocurrir. Todo lo que no me dejara con un niño adentro —yo me repetía una y otra vez. El muchacho se llamaba Donaciano Sade, pero todos lo apodaban “el marqués”; quizás por la estirpe de su madre, una de las consentidas del gobierno en mi isla. ¿Yo? Me llamaba Teresa, Teresita, Teresita del niño Jesús, y andaba descalza con sólo doce años de mirar el mundo.

Entonces él me dijo que le mostrara lo que había debajo de mi blusa, y tocó un botón del ascensor en el que me había dicho que íbamos a subir hasta la azotea de su edificio para contar las estrellas que tan bonitas se veían desde allá arriba. Y yo que no, y él que sí. Y yo que espérate, y él que sí. Y yo que… y yo que, bueno, ya sabe, Padre, yo que sólo un poquito. Y él que dame más que esto no es malo, que ya paré el ascensor y que ya tú eres mujer. Y yo, que ya era mujer, le dije que sí, que me mirara debajo de la blusa. Él halló mi piel enlunada y se pasó la lengua por el labio superior que era muy ancho. Yo también miré lo que él miraba tanto.

Padre, ahí estaban mis pechos diminutos. Asomaditos y empinados como queriendo asustar a alguien, pero no me asustaban ni a mí. Seguían tan pequeños como semillas de guayaba. Con el frío del ascensor se habían vuelto espinitas. Y entonces el marqués me dijo déjame probar. Y yo que no, que no y que no. Y él que sí, que no seas niña, que esto no es malo. Y yo que, ya sabe, Padre, y luego que tampoco aquello me iba a dejar con un niño adentro. Y el marqués me pasó su lengua roja por mis espinas rosadas y me asombré de que no se pinchara. Y yo sentí que algo se me destornillaba, que algo se me estaba deshaciendo… Miré para un lado de los cuatro lados iguales que tenía el ascensor verde frío. Miré para otro lado, y luego para otro y finalmente para el lado donde estaban todos los botones. Y uno de los botones estaba apretado y era rojo… rojo… rojo…

Él me miró de pronto, y su cara de melón sonrió como quien acaba de darse un banquete. Me di cuenta que mi espalda sudaba, que mi blusa sudaba, que mis piernas sudaban, que mi boca estaba húmeda, que mis ojos lloraban, que mi pelo lloraba. Y él me vio así, jugosa como fruta a punto de caer del árbol, y me quiso comer de un sólo bocado.

—Déjame ir —le dije.

—No ahora —me dijo.

—Por favor, mi mamá puede darse cuenta —le dije.

—Ya tú eres una mujer —me dijo.

Yo pensé que sí, que ya yo era una mujer y tenía que portarme como una mujer, no como una niña miedosa. Y que, total, los hombres no muerden, y que, total, todo era cuestión de saber lo que tenía que saber, que no podía dejarme hacer un niño adentro porque luego quién lo va a cuidar y yo estoy muy chiquita para cargar un niño que puede pesar nueve libras y que luego sigue creciendo y creciendo hasta ser de mi mismo tamaño y no lo voy a poder cargar así tan grande y que los estudios son lo primero para…

—Déjame —le dije.

Y entonces él me enseñó lo que traía. Y yo puse cara de mujer que ya sabía lo que era aquello, pero la verdad es que nunca me lo había imaginado así. Y él me dijo, Padre, él me dijo que, bueno, Padre, usted ya sabe.

—Déjame —me dijo—. Sólo un poco.

Y yo que no, rotundamente que no, que eso sí que no. Y él me dijo que sólo un poco, un poquito, que no me iba a doler, que ya yo no era una niña, que yo era una mujer, y…

—¡Que no! —y apreté el botón y se abrió la puerta y allí estaban unos señores muy serios que hacía rato estaban esperando el ascensor y que no querían subir la escalera porque vivían en un onceno piso y que qué desfachatez, tan chiquita y haciendo esas cosas, y miraron al marqués que se subía el pantalón y mostraba sus dientes de zíper, y otra vez los señores me miraron a mí y que qué barbaridad, que niña tan perversa si lo que tiene serán diez años y que qué se habrá creído esta mocosa que ni siquiera levanta tres cuartas del piso y mírala con esa carita de yo no fui y lo que estaba haciendo, que así es como estas mosquitas muertas envuelven a los hombres y los llevan a juicio, que dónde estarán los padres de esta chiquilla que no la vigilan mejor, y que esto y que lo otro. Y yo me puse rojísima y salí corriendo corriendo corriendo…

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Instintos animales

cebrasHoy quería escribir sobre el estado de ebullición de la blogosfera cubana, pero me entretuve mirando fotos. En esas, di con el álbum de mi reciente visita a Chicago y, en específico, con una secuencia de imágenes que capturé a la entrada del zoológico de la Ciudad de los Vientos (llamada así tanto por su clima político como por sus famosas ventoleras).

El ciclo en cuestión lo tomé mientras descansábamos —¿cinco, diez minutos?— de lo que ya era una larga caminata y muestra a un par de cebras que —durante el lapso en que estuve de espectador— se daban la espalda concienzudamente.

Corrían los minutos —y los niños a mi lado de la cerca—, pero en la jaula se vivía una eternidad en la que ambos cuadrúpedos se excluían el uno al otro con una testarudez que no era del todo equina. De vez en cuando uno soltaba un rebuzno que el otro ni se molestaba en responder.

Fascinado ante esta escena, me puse a hurgar en las fábulas, desde Esopo hasta Monterroso, intentando hallar la moraleja, cuando en su lugar vi el cartel que advertía que uno de los animales estaba siendo vigilado constantemente pues producto de no recuerdo cuál aflicción solía caer en estados catatónicos que podían desembocar en ataques apopléjicos. «Ah», me dije, «eso lo explica todo». Resuelto el misterio, seguimos andando sin prestarle más atención al microcosmos de los animales blancos con rayas negras o viceversa.

Perdí el hilo. Hoy quería escribir sobre el estado de ebullición de la blogosfera cubana, pero me entretuve mirando fotos.

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Un arca en las calles de New York

Nota del artista:

“El Arca de No Él (fábula del caballo Delfi)” es un “performance” que tendrá lugar en áreas del “Midtown District”, en Manhattan, Nueva York. El evento será realizado en el presente mes de junio y será documentado como Dios manda. Este “performance” no está destinado a un publico “avisado”, si no a los transeúntes que casualmente deambulan por las concurridas calles de la ciudad. Esta obra es parte de un proyecto mas abarcador y que lleva como nombre “Habana en Alta y Baja FIDELlidad”. Si desea tener mas información escriba a info@alejlopez.com o visite www.alejlopez.com.

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Llamamiento al gobierno cubano y al mundo

 

llamamiento al gobierno cubano y al mundo

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Los hombres de Pánfilo

Mula_Palma_MontechiaroEl periódico Granma —órgano oficial del imaginario represivo en Cuba— lleva varios días intentando demostrar, con esa lógica que lo caracteriza, una relación directa entre la más reciente crisis cíclica del castrismo y la caída de los precios del níquel, la falta de turismo, o los ciclones que vendrán.

Los cubanos de la isla saben, sin embargo, que una buena parte de esa crisis se debe a una drástica caída de las remesas que envían sus compatriotas desde el exterior. Esa caída, a su vez, tiene dos razones fundamentales: una es el efecto que la recesión mundial ha tenido sobre la economía de los cubanos libres y otra, no menos importante, es la toma de conciencia por parte de estos de un hecho muy simple: cada dólar que envían a la isla termina siendo utilizado para costear la gigantesca maquinaria represiva del castrismo (que incluye, entre otras cosas, al periódico Granma).

Después de pensar mucho sobre ese dilema nuestros compatriotas han llegado a encontrar, al menos por ahora, una solución salomónica. Y para hacérnosla llegar han decidido modificar la letra de nuestro hermoso himno nacional.

Al paquete volved, miamenses,
que la patria os contempla orgullosa;
no temáis la tarifa onerosa,
que surtir a la patria es vivir.

Sin remesas vivir, es vivir;
es afrenta y oprobio fundidos.
Olvidad el clarín del olvido,
¡a las mulas, parientes, volved!

¡Ta, tatá!

***

César Reynel Aguilera
Montreal

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Variaciones sobre un mismo tema

satellite_dish_hidden_sqish_2La campaña del régimen cubano contra los antenas parabólicas —y por consiguiente los canales extranjeros— ha producido una cita para enmarcar. La subscribe, en El País, un pintor cubano que se hace llamar Cuty:

«Yo no tengo antena, pero creo que soy capaz de resistir estoicamente ese veneno, descubrir las sombras del capitalismo y conservarme impoluto ante esas tentadoras secuencias extranjeras».

Lo que más me gusta de este tierno disparate es que es una fórmula perfecta. Basta con cambiarle tres palabras —y modificar el género a par de sustantivos y adjetivos— y el texto puede reciclarse infinidad de veces. Como ando de muy buen humor, me distraigo con sus múltiples variantes y me tomo la libertad de transcribir mis favoritas. Así, la próxima vez que le pregunten su opinión sobre cualquier tema medianamente polémico, el pintor tendrá a mano un arsenal de respuestas.

(No me tiene que dar las gracias. Me gusta ayudar al prójimo).  

«Yo no tengo pinceles, pero creo que soy capaz de resistir estoicamente esa carencia, descubrir las sombras del capitalismo y conservarme impoluto ante esos tentadores pigmentos extranjeros».

«Yo no tengo comida, pero creo que soy capaz de resistir estoicamente esa hambruna, descubrir las sombras del capitalismo y conservarme impoluto ante esos suculentos manjares extranjeros».

«Yo no tengo vergüenza, pero creo que soy capaz de resistir estoicamente ese desgracia, descubrir las sombras del capitalismo y conservarme impoluto ante esas juzgadoras miradas extranjeras».

«Yo no tengo imaginación, pero creo que soy capaz de resistir estoicamente ese suplicio, descubrir las sombras del capitalismo y conservarme impoluto ante esas alucinantes ideas extranjeras».

Y así, ad infinitum. Invito a los lectores a modificar la fórmula a su antojo. Dejen sus versiones en comentarios.

H/T: Penúltimos días.

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