Fruta madura

al otro ladoTranscribo un fragmento de la novela Al otro lado, de Yanitzia Canetti.

Fruta madura

Camino apurada, los edificios pasan veloces ante mi vista, más veloces de lo que yo quisiera. Mis pasos me apuran, me dicen que llegue pronto, que no me debo tardar y que no puedo ver los edificios como yo quisiera. Mis pies quieren llegar al templo, pero yo no. Todavía no.

El vestido me aprieta, se me trepa por los muslos. Es el vestido rojo de mi madre, que alguna vez fue demasiado largo y que yo corté con una tijera roja y lo convertí en un vestido corto y rojo. Demasiado corto y demasiado rojo. Mi cara también debe estar roja, pero no competirá nunca con este vestido, por suerte.

La gente me mira porque la gente va muy lenta y yo voy muy rápido. ¿Adónde quieren llegar estos pies apurados? El vestido se me encarama por las caderas. Bájate, vestido —le digo—, bájate, vestido que todos te están mirando.

Mis tacones tacatacatacataca. Con tanto pica y repica van a ensordecer el tránsito. Cállense, tacones —les digo, pero ellos no obedecen, ellos siguen con su tacatacatacataca. La gente me mira y mi vestido se sube y mis tacones tacatacatacataca. Ya quiero llegar. Sólo unos pasos y ya estaré dentro.

Otro día más de arrodillarme y confesar, pienso mientras entro apurada. La iglesia está abarrotada de feligreses musitantes que se reparten el silencio entre todos, como buenos hermanos. No quiero enturbiar la misa con mis tacones rojos y ruidosos. Veo al Padre desde lejos, con su sotana blanca y su voz de azahar. Habla frente a un libro abierto. Dice algo de la manzana ¿roja?, del fruto prohibido ¿maduro?, y de una mujer que… ¿Yo?

Su voz empuja mi cuerpo hacia una esquina, no quiero que me vea. No sé si he llegado demasiado temprano o demasiado tarde, sólo sé que tengo prisa.

El Padre alza los brazos para decir que… ¿Me mira? Sí, me ha descubierto. Tiene los brazos en alto y no sabe qué sigue ahora. Trato de refugiarme tras la enorme figura de la Virgen María y comienzo a desear que a mi sacerdote no se le olvide la misa por mi culpa. Escucho un silencio que me ensordece. ¿Me habrán descubierto?

Escucho otra vez la voz anacarada del Padre, y exhalo un alivio. El Padre habla de la tentación de la serpiente… ¿Hablará con tal desenfado del sacerdote viejo? No, no. Creo que habla de otra serpiente. De una serpiente prehistórica del Paraíso Mesozoico.

Me asomo levemente y ya el Padre ha bajado los brazos. ¿Me mira? No dice nada. ¿Me mira? Los fieles persiguen la mirada del Padre, y piden algo a la Virgen. Yo escondo los tacones y también le pido algo a la Virgen: que me esconda, que no me descubra ante tantos ojos.

Soy algo más delgada que la escultura de María. Ella me cubre con su cuerpo ancho y benefactor. Logro ocultar incluso mis caderas. Ahora estoy a salvo del juicio inclemente de los fieles.

Mientras escucho la voz del Padre, miro las bóvedas de aristas y vuelvo a notar que son reforzadas por arcos empotrados en la mampostería. Yo también estoy empotrada tras el velo de la Virgen, con la mirada en el techo o en el suelo.

Me pregunto por qué me habré puesto unos tacones tan rojos.

Termina la misa, gracias a Dios. No me atrevo a asomarme todavía. Permanezco escondida tras la estatua bienhechora de la Santísima Madre… qué mejor refugio para mis tacones encendidos de rojo. Siento la mano anchurosa del Padre sobre mi espalda. Su mano blanca mano.

—Vamos, hija —me dice casi en un susurro.

Lo sigo, y odio la indiscreción de mis tacones que hacen un eco horrible tras mis discretos pasos. Yo parezco una prolongación de la alfombra roja con el rojo incisivo de mis zapatos. La alfombra parece excitada… descubro gotas de sangre sobre su felpa. ¡El Padre! ¡El Padre está sangrando! ¿Qué la pasa, Padre? Me muestra su mano cortada. Su mano es grande, sus dedos son largos y macizos, sus venas intranquilas, sus vellos impacientes. Nadie que vea estas manos habría creído que son de un cura. Nadie, absolutamente nadie se podría resistir a estas manos. Estas manos que lograrían escarbar el pudor de la luna. Estas manos que podrían sostener el mundo y agarrar cuanto se le antojasen. Estas manos blancas que ahora están heridas y muestran sangre seca… como un río que existió hace siglos y del que sólo queda una huella desdibujada.

—Me corté con la sangre del Señor —dice, y me muestra la copa de vino con la que acostumbra a beber en misa. La copa de plata tiene sus bordes como dientes de metal, y al fondo se ven aún los residuos de uvas pisoteadas. Dice el Padre que en esa copa está bebiendo la sangre del Señor. Yo ya le he perdonado. Y también he perdonado al Señor por dar a beber su sangre a tanta gente y dejarlos sin sangre propia.

Mi vista vuela hacia las heridas del Cristo crucificado. Lágrimas de sangre corren por su cuerpo de hilo. Estoy llorando sin saber por qué. El Padre entra al confesionario. Yo caigo de rodillas y dejo que mi llanto desemboque en mis labios. El Padre suspira. Tal vez soy yo quien suspira. No sé.

Cristo y el Padre siguen goteando lágrimas de sangre e inundan la iglesia. La sangre llega a mis rodillas. ¿O sale?

Descubrí la sangre entre mis piernas. La toqué. Roja. Oscura. Con olor a volcán. Ya estaba preparada, pero incluso así, sentí que el corazón me empujaba de un lado al otro. Tenía sangre en las manos, en la cara, en la boca, en el pelo. Sentí la sangre que corría lenta desde el interior de mi cuerpo y desembocaba entre mis muslos. Me habían dicho que aquello era una señal: ya era mujer.

La verdad, Padre, no sé en qué cambié. Con sangre o sin ella, yo aún no era mujer; digo, no estaba lista para cargar otro ser dentro de mí. Pero traté de comportarme lo más adulta que pude y de no ser tan expresiva como antes. Ahora las miradas de los hombres parecían adivinar que mi vientre ya estaba apto para engendrar y me rondaban como moscas en almíbar.

Era difícil mantenerme adulta todo el tiempo… pronto seguí jugando y correteando como en la escuela. Pero ahora corría por las calles. Mientras corría, los pechos me daban brinquitos, Padre. Yo ni siquiera llevaba sostén porque no tenía nada que sostener. En mi piel sólo habían nacido dos botones de costurero. Mi abuela me ponía más encajes en el corpiño para que yo luciera más mayorcita, pero ni así. Aquello no crecía. Cuando me duchaba, yo dejaba que el agua tibia me corriera por el pecho y pedía en silencio y tenazmente: “que me crezcan que me crezcan que me crezcan que me crezcan”. Repetía aquel conjuro cada día y con más fervor. Pero aquel par de botones no aumentaban ni un milímetro. Yo veía a las madonnas de los cuadros florentinos y… qué envidia, Padre. A mis amigas de la escuela ya se les notaba algo abultadito debajo de la blusa, que reforzaban con sostenes esponjados o un poco de algodón; y hasta se sentían señoronas cuando se percataban de las miradas indiscretas de los varones o cuando yo las miraba reclamándoles la fórmula mágica de aquel progresivo pecho. Había una niña que tampoco llevaba sostén, sino corpiño de encaje como yo. Supondrá, Padre, que nos hicimos amigas de causa. Nuestras madres, por pura coincidencia, también se hicieron grandes amigas, lo que nos facilitó intercambiar comentarios sobre el por qué de nuestra desventaja corporal.

—Es que no hemos desarrollado todavía —me dijo mi nueva amiga.

—¿Y por qué? —me lamenté.

—Porque es así, unas desarrollan más rápido que otras. A nosotras todavía no nos toca —me dijo como si supiera de lo que estaba hablando.

—No podemos hacer nada para apurar el desarrollo —pregunté, con la vaga esperanza de que mi amiga tuviera la respuesta.

Entonces a ella se le ocurrió que su tía, que sí había desarrollado velozmente y usaba una talla muy grande de sostén, tal vez conociera alguna forma.

—¿Crees que nos la diga? —dudé.

—Claro que no nos lo va a decir —aseguró mi nueva amiga—. Esas cosas no se le cuentan a nadie. Pero podemos averiguarlo por nuestra cuenta.

Esa tarde subimos a la azotea de casa de Anubis —que así se llamaba mi nueva amiga—, aprovechando que nuestras madres estaban viendo un programa humorístico de televisión y que la tía de Anubis, que había venido de otra provincia a pasarse unas vacaciones en la capital, se había metido al baño con la intención de ducharse.

Cuando sentimos que la llave de la ducha se abría y caía el chorrote de agua, Anubis y yo nos acercamos por el techo hasta la ventana del baño, cuidando que nuestros pies descalzos no hicieran el menor ruido. Nos acostamos en el techo de cemento y fuimos dejando que nuestras cabezas colgaran hasta alcanzar la altura de las persianas de madera. Era riesgoso, pero estrictamente necesario para nosotras. Una misión de vida o muerte. El destino de nuestros pechos dependía del éxito de aquella peligrosa misión. Y creo que estábamos dispuestas a todo.

La tía no podía sospechar que dos cabezas colgantes la estuvieran espiando desde el techo, y mucho menos que esas cabezas fueran las nuestras. Casi nos caemos cuando la tía se zafó el sostén de seda negro y un par de bolas gemelas, retocadas con una manchita marrón, se dejaron caer holgadamente, inconformes de haber permanecido amordazadas bajo las ataduras del sostén —que para colmo era una talla más pequeña. Creo que Anubis y yo nos sentimos minúsculas y atrofiadas al ver tan despampanantes mellizas. La tía ignoraba que acababa de reducirnos a dos lagartijitas sin ganas ya de competir. Pero seguíamos mirando la forma majestuosa en que la tía de Anubis, con desenfado campestre, se restregaba un brazo y luego el otro. No apartábamos los ojos de sus senos.

—¿Viste qué grandes? —me susurró Anubis.

—A lo mejor eso no es normal —opté por susurrar para no sentirme tan desplazada de la competencia.

—Sí son normales. Son tetas de verdad —aseguró Anubis con un susurro más autoritario.

—Si tú lo dices… —yo ya tenía ganas de llorar. ¿De qué me servía estar lista para ser madre si no iba a poder amamantar a mis hijos? A mis doce años me atormentaba la idea de ver a cuatro hijos desgañitándose para que yo les diera leche. Me los imaginaba prendidos a mi piel, chupándome con desesperación y sin sacar ni una gota.

Pensando en eso estaba el día en que Anubis me pidió que la dejara ver mis senos. Al principio me avergoncé de que viera que yo no tenía ni una ínfima parte de lo que cargaba su tía. Pero luego me di cuenta que Anubis también era plana como tabla de planchar. Le mostré mis senos, y le dije que pronto iba a tenerme que poner sostén porque ya me habían crecido un poco. Yo mentía, Padre. Mis conjuros con el agua tibia no habían funcionado. Pero cuando sí no pude aguantar, Padre, fue cuando Anubis se quitó su blusa y me echó en cara que ella tenía más que yo. Mentira y mentira. Tenía menos. Muchísimo menos.

Discutimos y discutimos sin que nos pusiéramos de acuerdo. Pero en un momento, cuando Anubis estaba a punto de perder la discusión con mi alegato de que a mí me lucían menos porque era más flaquita pero que yo estaba más desarrollada porque ya no tenía que ponerles encajes a los corpiños, ella me salió con que el desarrollo no se medía por el tamaño de los senos, sino por los pelos.

—¿Eeeeh? —abrí los ojos.

—Sí, por los pelos de allá abajo, chica —me dijo Anubis, señalándome debajo de la barriga, justo donde quedaba el pipi.

Perdí la discusión, Padre, yo no tenía ni un pelo. Ni uno. Ahora tenía otro nuevo problema para mi cabeza y más dioses que evocar debajo del agua tibia: que me crezcan que me crezcan que me crezcan que me crezcan.

A los niños de mi clase, sin embargo, no parecía importarles si yo usaba corpiño o sostén, si yo tenía uno o dos pelos, ellos me pedían que fuera su novia. Yo me reía y miraba a Anubis, quien no lograba ni un solo enamorado con sus cinco pelos de ventaja.

Con mis senos sin nacer y mi pubis desértico me iba a la calle muy oronda, como si cargara par de pelotas de ping pong y un bosque tropical. Saltaba por la acera, risueña y campante, como si nada pudiera pasarme a mis doce felices años.

Un día un hombre apareció ante mí y rompió mi desenfreno con una sonrisa. No supe más. Sólo después, cuando debimos regresar junto a mi madre, fue que supe qué había pasado.

No, Padre, no me hizo el amor. Tan sólo me besó de una manera desconocida. Me besó como si me estuviera haciendo el amor. Lo peor es que ambos lo sentimos a pesar de la distancia que nos separaba. Yo tenía doce años y él tenía veintidós.

No ocurrió nada, Padre. Yo creía saber lo que no debía ocurrir. Todo lo que no me dejara con un niño adentro —yo me repetía una y otra vez. El muchacho se llamaba Donaciano Sade, pero todos lo apodaban “el marqués”; quizás por la estirpe de su madre, una de las consentidas del gobierno en mi isla. ¿Yo? Me llamaba Teresa, Teresita, Teresita del niño Jesús, y andaba descalza con sólo doce años de mirar el mundo.

Entonces él me dijo que le mostrara lo que había debajo de mi blusa, y tocó un botón del ascensor en el que me había dicho que íbamos a subir hasta la azotea de su edificio para contar las estrellas que tan bonitas se veían desde allá arriba. Y yo que no, y él que sí. Y yo que espérate, y él que sí. Y yo que… y yo que, bueno, ya sabe, Padre, yo que sólo un poquito. Y él que dame más que esto no es malo, que ya paré el ascensor y que ya tú eres mujer. Y yo, que ya era mujer, le dije que sí, que me mirara debajo de la blusa. Él halló mi piel enlunada y se pasó la lengua por el labio superior que era muy ancho. Yo también miré lo que él miraba tanto.

Padre, ahí estaban mis pechos diminutos. Asomaditos y empinados como queriendo asustar a alguien, pero no me asustaban ni a mí. Seguían tan pequeños como semillas de guayaba. Con el frío del ascensor se habían vuelto espinitas. Y entonces el marqués me dijo déjame probar. Y yo que no, que no y que no. Y él que sí, que no seas niña, que esto no es malo. Y yo que, ya sabe, Padre, y luego que tampoco aquello me iba a dejar con un niño adentro. Y el marqués me pasó su lengua roja por mis espinas rosadas y me asombré de que no se pinchara. Y yo sentí que algo se me destornillaba, que algo se me estaba deshaciendo… Miré para un lado de los cuatro lados iguales que tenía el ascensor verde frío. Miré para otro lado, y luego para otro y finalmente para el lado donde estaban todos los botones. Y uno de los botones estaba apretado y era rojo… rojo… rojo…

Él me miró de pronto, y su cara de melón sonrió como quien acaba de darse un banquete. Me di cuenta que mi espalda sudaba, que mi blusa sudaba, que mis piernas sudaban, que mi boca estaba húmeda, que mis ojos lloraban, que mi pelo lloraba. Y él me vio así, jugosa como fruta a punto de caer del árbol, y me quiso comer de un sólo bocado.

—Déjame ir —le dije.

—No ahora —me dijo.

—Por favor, mi mamá puede darse cuenta —le dije.

—Ya tú eres una mujer —me dijo.

Yo pensé que sí, que ya yo era una mujer y tenía que portarme como una mujer, no como una niña miedosa. Y que, total, los hombres no muerden, y que, total, todo era cuestión de saber lo que tenía que saber, que no podía dejarme hacer un niño adentro porque luego quién lo va a cuidar y yo estoy muy chiquita para cargar un niño que puede pesar nueve libras y que luego sigue creciendo y creciendo hasta ser de mi mismo tamaño y no lo voy a poder cargar así tan grande y que los estudios son lo primero para…

—Déjame —le dije.

Y entonces él me enseñó lo que traía. Y yo puse cara de mujer que ya sabía lo que era aquello, pero la verdad es que nunca me lo había imaginado así. Y él me dijo, Padre, él me dijo que, bueno, Padre, usted ya sabe.

—Déjame —me dijo—. Sólo un poco.

Y yo que no, rotundamente que no, que eso sí que no. Y él me dijo que sólo un poco, un poquito, que no me iba a doler, que ya yo no era una niña, que yo era una mujer, y…

—¡Que no! —y apreté el botón y se abrió la puerta y allí estaban unos señores muy serios que hacía rato estaban esperando el ascensor y que no querían subir la escalera porque vivían en un onceno piso y que qué desfachatez, tan chiquita y haciendo esas cosas, y miraron al marqués que se subía el pantalón y mostraba sus dientes de zíper, y otra vez los señores me miraron a mí y que qué barbaridad, que niña tan perversa si lo que tiene serán diez años y que qué se habrá creído esta mocosa que ni siquiera levanta tres cuartas del piso y mírala con esa carita de yo no fui y lo que estaba haciendo, que así es como estas mosquitas muertas envuelven a los hombres y los llevan a juicio, que dónde estarán los padres de esta chiquilla que no la vigilan mejor, y que esto y que lo otro. Y yo me puse rojísima y salí corriendo corriendo corriendo…

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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8 respuestas a Fruta madura

  1. Laberintos dijo:

    Buen ritmo en esta de Yanitzia, parece que promete.

  2. Es uno de los mejores libros que he leido!! Y la iglesia, le comentaba a Yanitzia cuando lei ela novela, que tengo grandes sospechas que se trate de la de Reina, jejeje…Es maravilloso y te transporta a realidades un tanto…alternativas! Awesome!

  3. mayda dijo:

    Tienes el chic para rodearte de buenas escritoras, gracias por el fragmento, felicitaciones a Yanitzia.

    Saludos

  4. Camilo Alexandre dijo:

    He sido censurado.

    Alfredo Triff si en 20 minutos no es publicado mi comentario lo tomare como una ofensa personal y censura comunista.

    Camilo Alexandre.

    He sido censurado en Tumiamiblog.

    Comunistas…..! Marxistas, Procastristas!

  5. alina brouwer dijo:

    coincido con mayda…tu siempre rodeado de buenas escritoras..que lindo esto…y enhorabuena a yanitzia canetti…
    una admiradora..
    a.b.

  6. Niurki dijo:

    Tengo que leer ese libro………. muy lindo, he quedado embrujada………. Gracias mi hermanito por compartirlo. Besos
    Niurki

  7. Niurki dijo:

    Felicidades para Yanitzia….. Niurki

  8. Lo divertido de la internet es estar buscando la cubierta de mi libro, que curiosamente no la tengo, y encontrarme con la sorpresa de que Alex puso esto en su blog, frescamente y sin permiso… como hacen mis buenos amigos. 🙂 Gracias por los comentarios y disculpen que no los agradecí antes, me estoy enterando ahora. Un abrazo desde Boston.

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