
Una semana después de la visita de Yoani Sánchez a Nueva York —de la que he sido testigo privilegiado y, en menor medida, partícipe—, me apuro a dejar por escrito algunas impresiones que no quiero confiar a mi capacidad de memorioso. Primero, quiero nombrar ese estado alterado de la conciencia (cubana) que se desató con el ciclo de conferencias. Pero ya la dramaturga y actriz Carmen Peláez se me adelantó el viernes pasado acuñando un término en inglés (que yo traduje y eché a rodar por las redes): Cubasm. Sí, fue un cubasmo colectivo.
Varios amigos y parientes me han pedido que les cuente esta experiencia. Pero resulta que de las charlas y presentaciones de Sánchez en la gran manzana se ha escrito con bastante tino y no menor frecuencia. Así que antes de sugerir algunos textos, abro un paréntesis para advertir que voy a darles a estas líneas un toque más personal. Aquí no cabrá aquello de que no lo dijiste por modestia, por no hablar de ti mismo. Perdónenme. Cierro el paréntesis, y recomiendo las notas que ha publicado Enrique del Risco en su blog (aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí), así como un excelente ensayo de Gerardo Muñoz que resume el tono del debate intelectual y la naturaleza de los temas tratados desde una perspectiva académica y que, sin embargo, se deja leer muy bien. El sin embargo de la oración anterior es intencional. Tengo mis reparos con el acercamiento académico a la cosa cubana pues entre la epistemología y el cloruro de sodio, los catedráticos a veces olvidan que se habla de vidas concretas, de seres humanos, no de ratones de laboratorio.
En su ensayo, Muñoz tuvo la delicadeza —que agradezco— de mencionar como uno de los momentos más memorables del panel celebrado en la mañana del sábado una intervención mía desde el público. Mi pregunta ya estaba flotando en el aire desde el día anterior, en una variante cercana y en palabras de Del Risco. Si mi amigo había indagado por la responsabilidad de la academia norteamericana en la construcción del mito fidelista, yo preguntaba qué tenía que pasar para que esa academia cómplice despertara del encantamiento y viera la realidad cubana por lo que es, no por lo que cuenta —la imagen que sigue es de Orlando Luis Pardo Lazo— la ficción de Estado.
Mi pregunta, como todas las que se hicieron, iba precedida de una breve introducción. Aproveché para dar las gracias a Coco Fusco y a Ted Henken, artífices del encuentro, y a New York University y The New School por traer a tierras neoyorquinas un debate sobre el presente y el futuro de la isla que por el momento no puede tener lugar en la Cuba totalitaria, pues los panelistas ya habrían sido arrestados. Desde la audiencia, una compañera —que par de horas más tarde participaría en el acto de repudio a Yoani Sánchez— me gritó: «Eso es ridículo». Le dije: «Lo sé, pero este es mi minuto para ser ridículo, así que tenga la bondad de callarse». Hubo carcajada general, aplausos, y yo tuve oportunidad de regalarle una reverencia a mis congéneres y una sonrisa a la vieja bruja.
Una hora más tarde, me tocó sentarme al lado de Yoani Sánchez para servirle de intérprete. Ya el viernes, Sánchez me había cautivado con la fluidez de su oratoria: había hilvanado una presentación de 24 minutos sin valerse de una muletilla, sin consultar un cuaderno de apuntes, sin perder el hilo temático, sin trastabillar; tenía la sensación de estar en presencia de una concertista que, instrumento en mano, ejecutaba un solo de casi media hora sin repetir ni desafinar una nota. Y que esto no suene a fanatismo, que de lo único que soy hincha es de un equipo de fútbol.
José Martí, ese alpinista, decía que subir montañas hermana hombres. Yo añadiría que recibir actos de repudio también. Si antes de que la turba castrista reventara el coloquio —con la consabida y folclórica rabieta— mi cariño, admiración y respeto por Yoani Sánchez eran grandes, en ese instante se consolidaron. Me llamó mucho la atención su ecuanimidad cuando comenzaron los gritos en su contra. Claro, ella ha visto y vivido cosas peores en la isla. De ahí que cuando el castrismo mostraba su cara fea —el pobre, la única que tiene— yo le dijera a nuestra visitante ilustre que ya que una minoría la estaba injuriando me iba a tomar la libertad de darle un abrazo, que era también el abrazo de la mayoría del público que coreaba su nombre. Conversando de cualquier cosa, pasamos el resto del acto de repudio como quien mira llover, con la ventaja de que desde el proscenio estábamos a salvo del torrente de la violencia castrista, ese rubro de exportación tan empleado por la dinastía que le negó a la bloguer veinte veces el derecho de salir de su país.
El domingo también fue día de paneles, pero no llegué al de la sesión matutina, ahorrándome así el espectáculo de los amantes de dictaduras ajenas que volvieron a soltar espuma por la boca. En la tarde, un norteamericano a quien el vocablo idiota le quedaría grande rompió el protocolo de preguntas y respuestas para pedir que le explicaran de dónde salían los fondos para mantener la plataforma que alberga y traduce a varios idiomas al blog Generacion Y y a otros tantos. Sánchez dijo que prefería que esa pregunta la respondiera la encargada de ese proyecto. MJ Porter, ingeniera de transporte y quien ha redefinido el trabajo voluntario, tomó el micrófono, se presentó desde la audiencia y dijo lo que muchos sabemos: las traducciones las hace o las coordina ella, con una red de colaboradores a quienes jamás se les ha pagado un centavo y que lo hacen por amor al arte. (Me consta. Soy parte de esa red, como lo es mi amigo Ernesto Ariel Suárez, quien viajó desde Kansas City para ser intérprete de Yoani Sánchez en el panel de marras). Cuando Porter concluyó, llegó el aplauso del respetable y el abrazo de este hombre dichoso, que estaba sentado junto a ella.
En la noche del domingo hubo fiesta en casa amiga. Ahí aproveché para regalarle a Yoani un CD de Boris Larramendi, un libro de Paquito D’Rivera y otro mío. Al final de la velada, me despedí de la huésped de honor como si ya no nos fuéramos a ver de nuevo durante su periplo. Pero el lunes, al llegar al trabajo, pedí un día de vacaciones para estar en el panel del jueves que la incluiría, junto a Del Risco, Pardo Lazo y Ernesto Hernández Busto, con Geandy Pavón tras el lente, tomando fotos y filmando a su antojo. Llegué a esa presentación con el tiempo justo para que ofrecieran mis servicios de intérprete para un pequeño grupo de angloparlantes. Les traduje simultáneamente las ponencias de los cuatro blogueros, así como las respuestas que estos dieron a la audiencia. Luego me enteré de que dos de mis oyentes provenían de una organización no gubernamental y sin fines de lucro que promueve los derechos humanos. (Por cierto, ese panel fue coordinado por el Centro Cultural Cubano y Walfrido Dorta. Mi entrada al recinto —sin reservación previa— se la debo a Dorta y a mi querida Axana Álvarez. A ambos, desde estos confines de Nueva Jersey, ¡gracias!). Al concluir el panel, me volví a despedir de la premio Ortega y Gasset como si no nos fuéramos a ver más.
Una amiga, cuya identidad no revelo para no comprometerla, me había hablado de la posibilidad de asistir a la conferencia de prensa de Yoani Sánchez en las Naciones Unidas. Yo había respondido que por supuesto, pero no me lo creería hasta estar parado en el lobby del recinto. Una vez adentro, me enteré de que la delegación de Castro ante la ONU estaba boicoteando la conferencia de prensa de Sánchez. Pero me alivió escuchar que esta se daría ya fuera en el elevador. Quiso la justicia poética que la asociación de corresponsales en la ONU sacara la cara por su colega cubana y la invitara a un improvisado salón de conferencias a compartir impresiones con la gente del gremio. Entre los periodistas presentes, destaco y saludo a Stefano Vaccara, editor de America Oggi, quien le dio una calurosa acogida, fue moderador de la charla y le ha dedicado hoy una columna en su diario.
Al llegar al espacio reducido en el que transcurriría el intercambio, recordé que Prensa Latina —ese vocero del castrismo, experto en pasar papa por malanga— tiene personal acreditado en la ONU. Di un vistazo rápido entre los presentes y le comenté a la periodista Karen Caballero: «Ya sé quién es el del aparato». «¿Cómo lo sabes?», preguntó. «La infamia tiene rostro», dije, aunque bien pude haber dicho: «se le ve en la cara». El tipo nos sacaría de dudas minutos después al preguntarle a la invitada su opinión sobre Posada Carriles. Con esa gracia y naturalidad que no hay que tomar por sentadas, Sánchez contestó que ella está contra todo tipo de violencia: desde la que pone un explosivo en un hotel hasta la que asalta un cuartel en plena madrugada. El representante del castrismo volvió a su estado natural, la sombra, y me cuenta una amiga que el susodicho pasó el resto de la charla con un visible temblor en las manos. Esto puede ser mito o realidad. En ambos casos, suena prometedor.
Al concluir el evento, filmado por las cámaras del New York Times y Tele Martí y mi teléfono, Yoani Sánchez tuvo que salir a la carrera rumbo a su próximo compromiso, su próximo periplo. Con la premura, me quedé con ganas de darle otro abrazo, así que aquí se lo envío, mediante esta blogosfera que propició su viaje y que nos acorta la distancia.
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[Foto: Frank Zimmerman].