
La guayabera —el atuendo
de burócratas infames,
de represores, de ñames
que enarbolan el estruendo
y ese destrozo tremendo
que nos dejará en su estela
fue la prenda nacional
que se apropió el General.
¡Pobre pedazo de tela!

La guayabera —el atuendo
de burócratas infames,
de represores, de ñames
que enarbolan el estruendo
y ese destrozo tremendo
que nos dejará en su estela
fue la prenda nacional
que se apropió el General.
¡Pobre pedazo de tela!

¿Cómo le explico esta foto
a un chileno, un argentino?
¿Entenderá que el destino
de Cuba, ese país roto,
no se decide en un voto?
Para ocultar la verdad,
hablan de continuidad
y muestran un vejestorio
que va camino al velorio
de su propia dignidad.

No son cuatro los jinetes
del Apocalipsis nuestro:
la nación está en secuestro
por un millar de zoquetes
que quieren, con sus machetes,
enmascarar la verdad
e imponer la voluntad
que les dicta el General
Basta de continuidad.

La calvicie, la gordura,
el cuerpo fofo, el cansancio
que da un ideario rancio
que apoya a la dictadura
se refleja en la postura
de esta estirpe bananera,
encorvada, pendenciera,
que respalda al General

Se llama Alejandro Gil
Fernández el compañero
que aplaude el estercolero
de la misma tiranía
que azuza a la policía
que acosa a la población

avejentada, vetusta,
que silencia la verdad
con una senilidad
sin humor, malhumorada,
de guayabera planchada
y barriga de cerveza,
nos embarga la certeza
de que la suerte está echada.

Y hablamos de traducciones,
del tiempo que vivió en Francia,
de nuestras conversaciones,
de las equivocaciones
que abruman al ser humano,
de su espacio cotidiano,
los libros que la han marcado,
del futuro, del pasado,
la añoranza y lo cubano.

tracatán del General
a quién le lames la bota
por un pomo de compota,
un diploma, una medalla
—¿por una casa en la playa?—,
dos o tres libras de arroz:
no será eterno, canalla.

Rumbo al título mundial
y sin perder el compás
—¡al compás del General!—,
pendientes a su señal,
con el paso acompasado,
al ritmo del buey cansado,
gozamos el retroceso,
le decimos “no” al progreso
¡y avanzamos al pasado!

«Caracas es una ruina
pintada de color gris».
En La Habana, ese matiz,
esa tristeza cansina
—que comienza en la cocina
hacen vivir al cubano
con la esperanza en la mano,
«con el cuchillo en los dientes».
***
A Jaime Bello-León, que me dio el pie forzado

Hoy que me siento virrey
veré si asusto a la audiencia
cautiva por la experiencia
«Seré juez, serás juzgado
cuál si fueras criminal».
(Lo aprendí del General.
Soy su alumno avejentado).

Yo soy un tipo dichoso.
Preferí quedarme en casa,
disfrutar de un buen reposo
policial en mi país
—que deja una cicatriz,
que es un dolor hondo y largo—
es por culpa del embargo.

Mira, hijo, la hipocresía
tiene en LASA a su exponente:
—bien sabe la progresía—
de Cuba y de su agonía
—en el exilio, en prisión,
es una cárcel gigante—,
da un aplauso al Comandante

Dicen, Humberto, que de mí murmuras,
pues pienso en mi país en la distancia
y veo con horror que en tu arrogancia
al arte de la represión te apuras.
En Cuba, en el exilio, en todas partes
que se menciona la isla repetida,
el pueblo pide —y canta— patria y vida,
desde las calles y desde las artes.
Tú, sin embargo, desde el noticiero
anuncias esos juicios en ausencia
y así complaces a tus superiores.
¡Diles, bribón!, que aquel estercolero
en el que te ganas la subsistencia
pronto conocerá días mejores.

La patria y mi humanidad
se fueron al campo un día
a gozar la cofradía,
pero la patria en verdad
se tomó la potestad
de crear un tribunal,
vestirse de General
y hablar en nombre de todos.
De esas lluvias, estos lodos
han formado un lodazal.