A propósito de “Patria y vida”

En una lectura de poesía, en La Habana, circa 1997.

Sarah Moreno, periodista de El Nuevo Herald, me invitó —junto a un grupo de intelectuales cubanos— a responder unas preguntas relacionadas con la reacción del régimen de la isla a “Patria y vida”. En vista de que me extendí demasiado para una entrevista coral, publico por acá el intercambio.

Sarah Moreno: Uno de los ataques que ha usado el gobierno cubano y sus representantes es sacar la raza de Yotuel Romero, y llamarlo “negrito limpiabotas” y “jinetero”. Me interesa tu opinión sobre este tema y poner un poco en contexto para quienes no son cubanos la discriminación que viven los negros cubanos en la actualidad. 

Alexis Romay: Vayamos por partes: el castrismo, desde sus inicios ha sido un régimen racista, sexista, homófobo y, simultáneamente, poseedor de un inmenso talento para vender —dentro y fuera de la isla— un producto específico: la “Revolución Cubana”, así con mayúsculas. Creo que su único cambio radical ha sido en materia lingüística y en el campo de la propaganda. (Sirva de ejemplo el hecho de que aún muchos de sus detractores, para marcar un antes y un después, se refieran “al triunfo de la Revolución” o que gran parte de la prensa internacional todavía use el título de “presidente” al hablar de Fidel Castro, Raúl Castro o su delfín, Miguel Díaz Canel). Por cierto, ese “negrito”, endilgado a un hombre hecho y derecho que pone el pecho —simbólica y literalmente— para reemplazar el funesto “patria o muerte” con “patria y vida”, recuerda al término racista “boy”, usado, en inglés, por los supremacistas blancos estadounidenses para referirse a los afroamericanos y negros de este país. Cuando no te quitan la humanidad, te infantilizan. Y, si pueden hacer ambas a la vez, se quedan más felices.  

Hago este preámbulo pues no tengo recuerdos de mi vida anteriores a la primera vez en que me lavaran el cerebro con ese cuento de la buena pipa. Durante toda mi infancia, crecí sabiendo que, si no fuera por Fidel —porque insistían en que usara su nombre de pila, que el apellido castrador creaba distancia—, mi destino estaría por siempre conectado al betún y el cepillo. Entiéndase que no denigro la profesión de zapatero o limpiabotas; la denigraban —y aún lo hacen— quiénes me la presentaban cual círculo del infierno dantesco. Fíjate si eso de asustarnos a los cubanos negros y mestizos con aquello de que sin Castro seríamos limpiabotas es sistémico y más viejo que el hambre que lo incluí en “Apuntes en blanco y negro”, un ensayo publicado en 2009 en la revista Caleta, gracias a la gestión de Enrique Del Risco, editor de aquel número especial dedicado a Cuba.

Ese racismo revolucionario me ha acompañado desde que tuve uso de razón: mi padre biológico —quien ocupara una variedad de cargos de alto rango en la diplomacia cubana— se separó de mi madre durante su embarazo porque su familia “no quería hacer trenzas” y no les hacía ninguna gracia criar al negrito. (Ya que estamos: Romay es mi apellido materno; el paterno lo usé en mi escritura hasta 1998 y me lo extirpé —ya sé que suena melodramático— al obtener la ciudadanía estadounidense hace unos 15 años).

Seguimos: en la universidad, el padre de mi novia —otro comunista declarado que pasaba por blanco, como mi padre biológico— prohibió nuestra relación por igual motivo. No en balde, mi primera novela —que, a pesar de lo que piensan muchos de sus lectores, no es autobiográfica— tiene de protagonista a un joven cubano que comparte conmigo generación y raza y malvive con su sueldo de profesor de secundaria, mientras es acosado por la policía, que lo tilda de «ciudadano con características», el eufemismo que usaban conmigo, a diario, desde el patrullero para llamar «a la planta» y verificar si yo —o el protagonista de Salidas de emergencia— le debía cuentas a la justicia. Esto jamás lo hicieron con mis amigos blancos, a quienes ni les pedían el carné de identidad.

Uso estos ejemplos anecdóticos pues los sufrí en carne propia y ni los perdono ni los olvido. Pero de racismo estructural está llena la historia del totalitarismo cubano. Esa “deuda de gratitud”, ese “impuesto revolucionario” que se nos aplica a los afrodescendientes de la isla es de una crueldad sin límites.

Esto no tendría que ponerlo en letra de molde, pero lo hago: a mí el castrismo no me hizo persona, como tampoco hizo persona a ningún negro cubano o a ninguna negra cubana. Nadie te puede hacer persona, del mismo modo que nadie puede hacer a un limón un cítrico. Esto es una perogrullada, pero, por lo visto, hay que aclararlo: naciste siendo persona. Si luego el régimen se encarga de quitarte tu humanidad o limitarla o silenciarla, eso dice más del gobierno que de ti. (Por igual motivo, ahora en los programas escolares en Estados Unidos se habla de “esclavizados” en lugar de “esclavos”).

Salgo del ámbito personal y te recuerdo varios ejemplos descorazonadores de este siglo. No olvidemos a Lorenzo Copello, Bárbaro Sevilla y Jorge Martínez, los tres jóvenes negros enjuiciados, sentenciados (en 2003) a muerte y fusilados, nueve días después de su infructuoso intento de secuestrar una lancha para escapar de la isla, en un hecho en el que no se derramó una gota de sangre y nadie resultó herido.

Ahí está Carlos González, alias Pánfilo, a quién el régimen condenó (en 2009) a 2 años de prisión por decir frente a una cámara que en Cuba «lo que hace falta es “jama”». También parte el alma el caso de Orlando Zapata Tamayo, quién se declaró en huelga de hambre exigiendo que esa dictadura racista de la que tú y yo pudimos escapar lo tratara con dignidad. Zapata Tamayo murió luego de pasarse 85 días sin comer en una mazmorra de Fidel Castro y sus mayorales.

Presta atención también a cómo el régimen de Díaz Canel se ha ensañado con el Movimiento San Isidro, compuesto en su mayoría visible por jóvenes negros y mestizos, todos nacidos después de 1959. Este dato es importante pues el régimen los marginalizó y ahora los critica por considerarlos “marginales”. Mira la violencia con la que el aparato policial y sus secuaces, a decir de Maykel “Osorbo” Castillo, en la canción del momento, «violaron [su] templo».

Pero con esto no creas que hay que declararse abierta, oblicua o tangencialmente opositor para que la maquinaria represiva castrista te pase por encima si eres negro y tocas una nota discordante. Ahí tienes el caso de Roberto Zurbano, quién perdió su empleo estatal por escribir (en 2013) un artículo de opinión en el New York Times en el que declaraba que: «En el siglo XXI, ha quedado en evidencia que la población negra está insuficientemente representada en universidades y en las esferas de los poderes políticos y económicos, y sobrerrepresentada en la economía informal, en la esfera criminal y en los barrios marginales» en Cuba.

Por último y precisamente por la prevalencia de lo que en inglés se conoce como misogynoirportmanteau que combina misoginia y el vocablo francés noir (negro)—, más allá del acoso constante a la activista Berta Soler, los casos de represión y violencia contra mujeres negras y afrocubanas no han tenido la misma difusión en los medios de prensa que los de los hombres.

Habiendo dicho eso, piensa en los miles de mujeres negras cuyas vidas fueron arruinadas porque se les acusara de “jineterismo”, en un país en el cual quienes leen este texto viven al margen de la legalidad pues no les alcanza el mísero salario estatal para poner un plato de comida en la mesa y, por tanto, se ven obligados a delinquir de un modo u otro. (En los noventa, yo vendía —a cinco dólares— unos cakes de cumpleaños, que hacía en olla de presión, en los bajos de mi edificio en Belascoaín y Neptuno. También vendía pinturas de mis amigos de la facultad de arte del Pedagógico a turistas babosos que venían a la isla buscando paisajes de cocoteros y mulatas).

Ya que estamos: quiero dejar claro que el único jinetero aquí es el castrismo, que se la ha pasado mendigando al mejor postor —desde la distante y extinta Unión Soviética a la derruida Venezuela— y que ha coqueteado a conveniencia con cualquier país capitalista que le dé crédito o se preste a mirar para otro lado cuando acusamos, con justa razón, al régimen de una lista de desmanes que tiene más dígitos que el mismísimo carné de identidad.    

SM: Otro argumento que me llamó la atención, lo usó Carlos Alzugaray. Dijo que esos músicos «habían sido educados en Cuba». Un tema que, tanto tú como yo, que nos educamos allí, hemos visto esgrimir cuando se trata de alguien que piensa diferente. Igualmente quisiera escuchar tu opinión sobre esta cantaleta.

AR: En un artículo que me publicara el Nuevo Herald (en 2016), comparé a Cuba con Westworld, aquel “documental” de HBO. No exageré. Ambos parques temáticos tienen en común varios aspectos, pero destaco que los pensamientos de sus nativos «les llegan a través de unos algoritmos meticulosamente calculados; en ninguno de los dos sitios las mentes esclavas pueden pensar fuera del guión oficial. En ambos lugares, la memoria de los súbditos es borrada al final de cada episodio (para que puedan repetirse)».

Con esto —me cito una vez más y— te digo «que ver y entender el código Castro y haberme desprogramado de su doctrina es mi mayor logro». «El hecho de que escriba esto demuestra que soy un error en el sistema. Fui adoctrinado para ser un robot que diseminara propaganda castrista a los cuatro vientos. Pero me liberé». Mi mayor proeza intelectual ha sido, precisamente, desaprender aquella «educación gratuita» del castrismo, que, dicho sea de paso, ni nos educó ni nos salió gratis.

Tu pregunta está conectada también a esa potestad que se ha atribuido el régimen de la isla de decidir quién es cubano y quién no, prerrogativa que, en este caso, se extiende a quién es artista y quién no. En un noticiero reciente, uno de los locutores, de cuyo nombre no quiero acordarme, refiriéndose a Maykel Osorbo y El Funky —ambos residentes en la isla— dice que “no tienen obra reconocida”. Esto lo hizo a modo de insulto, pero debería tomarse como un cumplido.

Con igual entusiasmo y similar borrador, hace veinte días, la página web de Casa de las Américas eliminó de su portal los artículos y la existencia de Legna Rodríguez Iglesias y Abel Sierra Madero. Como mismo eliminaron a Celia Cruz del diccionario de música cubana y a Guillermo Cabrera Infante de las bibliotecas en toda la nación. (Producto de estas prohibiciones estatales, a ambos los descubrí en el exilio y eso es otra de las tantas cosas que jamás le perdonaré al castrismo).   

SM: Por último, “Patria y Vida” qué significa para ti como escritor cubano exiliado. 

AR: “Patria y vida” me ha provocado un sinfín de alegrías. Las enumero según me vienen a la mente. Pero, en la premura, sospecho que cuando te envíe esto recordaré otras tantas. Lo primero y más importante: no cuenta una mentira, no suelta una palabrota. Y esos dos elementos me permitieron incluirla en mi currículo.

El próximo lunes, comenzaré todas mis clases con: «Eres tú mi canto de sirena». (Del mismo modo que el castrismo se ha encargado de colarse en cuanto programa universitario le dé cabida, desde que regresé a la docencia, me puse la tarea de presentar a mis estudiantes «la historia verdadera, no la mal contada»). Bueno, tanto me gustó la canción que inmediatamente la saqué en la guitarra y di un breve tutorial —en mi blog y en Instagram— de cómo tocar los acordes y sus respectivos arpegios.  

Otra cosa que me encanta es que tiene a Díaz Canel y sus amanuenses echando espuma por la boca, porque ésta no se la esperaban, luego de décadas de adoctrinamiento y terror de estado. 

Los tiene muy mal ver a siete negros —para quienes, en teoría, se hiciera esa “revolución”— enfrentándoseles públicamente y reclamando sus derechos, el fin de la dictadura y ese anhelo de una Cuba en la que prime la idea de “patria y vida”, que es la antítesis de su funesto “patria o muerte”. No en balde, Granma, Cubadebate y el resto del avispero castrista andan tan revueltos. ¡Mira toda la tinta que han gastado en demonizar a sus autores!

Por último: les agradezco infinitamente a Yotuel RomeroDescemer BuenoGente de ZonaMaykel OsorboEl Funky y Luis Manuel Otero Alcántara que hayan usado sus respectivas plataformas para darle voz a ese sueño de todos: una Cuba posible, un país del cual no haya que huir por desavenencias ideológicas con su gobierno.

***

Publicado originalmente en Hypermedia Magazine.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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