Antonio Rodiles: la razón cautiva

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El activista cubano Antonio Rodiles —artífice del proyecto Estado de SATS, un magnífico espacio de debate en el cual confluyen arte y pensamiento, radicado, pese a la represión rampante, en la capital cubana— lleva varios días encerrado en una mazmorra habanera por pensar por cabeza propia e invitar a sus compatriotas a hacer lo mismo. Sin embargo, según la fiscalía, después de que los gendarmes del régimen lo molieran a golpes, lo tiraron tras las rejas por “resistirse al arresto”. Pero ese es un cargo ficticio que muestra a la serpiente mordiéndose la cola. No hay que ser experto en leyes para comprender que resistirse al arresto es una condición posterior al hecho de que ya lo iban a arrestar.

Hoy, que es Día de Acción de Gracias, doy gracias por esta libertad que tengo para clamar por la libertad de Antonio Rodiles.

***
[Cartel: El Guamá].

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Retrato hiper-realista del General-Presidente Raúl Castro (segunda versión)

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Ya que es corto de luces y que tiene
por cerebro un boniato medio hervido.
Ya que es torpe y también empedernido.
Ya que oprimir al pueblo lo entretiene.

Ya que hace solo lo que le conviene.
Ya que el vaso de leche prometido
en discurso a los miembros del Partido
por más que se le anuncie nunca viene.

Ya que de cambios, solo los pañales
del hermano mayor, de vez en cuando…
Ya que genera angustia y despelote.

Ya que sabe oprobiar a los mortales
quitándoles la luz y encarcelando,
“Apagón General” será su mote.

***
[Ilustración: Garrincha].

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Retrato hiper-realista del General-Presidente Raúl Castro

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Ya que es corto de luces y que tiene
por cerebro un boniato medio hervido.
Ya que es torpe y también empedernido.
Ya que oprimir al pueblo lo entretiene.

Ya que hace solo lo que le conviene.
Ya que el vaso de leche prometido
en discurso a los miembros del Partido
por más que se le anuncie nunca viene.

Ya que de cambios, solo los pañales
del hermano mayor, de vez en cuando…
Ya que reprime y esa es la señal

de que las cosas siguen tan iguales:
sin electricidad y encarcelando,
le tengo un mote: Apagón General.

***
[Ilustración: Garrincha].

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Juan de los muertos, Juan sin nada

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Un hombre en una balsa mira al cielo. El verso anterior es endecasílabo. Pero no me gusta solo por eso.

Hubo una época en la historia nacional cubana en la que la oración inicial de este párrafo no tenía otra connotación que la que sugiere la lectura literal: uno podía pensar en las vacaciones, en un buen bronceado, en lo fácil que es dormir con el arrullo de las olas. Pero después de medio siglo de oleadas de fugitivos que han preferido la incertidumbre del mar y la muerte a la certeza del socialismo o muerte, la imagen de un hombre sobre una balsa tiene una innegable carga subversiva en el contexto cubano.

Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2010) comienza con esa imagen del hombre en la balsa mirando al infinito intercalada con una toma desde abajo que le hace un guiño a Tiburón sangriento. Claro que en ese instante inicial el protagonista es Juan a secas, un habanero vividor que cuando su compinche regresa del fondo marino sin peces en el jamo, sabe tranquilizarlo diciéndole: “Esto no es de cuánto se coja, sino de pasarla bien”.

Nihilista convencido, cuando su amigo le pregunta si a veces no le dan ganas de irse a Miami, responde que allá tendría que trabajar. (De hecho, en varias ocasiones en la película, Juan deja claro que prefiere La Habana del fin del mundo que la tierra prometida de Miami).

[Continúe la lectura en Diario de Cuba].

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Siempre nos quedarán los amigos

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Reitero que ya está disponible en Amazon un texto entrañable de autor ídem: Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias en el que Enrique del Risco relata sus venturas, aventuras y desventuras de emigrante en la España de mediados de los años noventa, desde los preparativos de la salida en su Cuba natal, hasta el momento en que deja la capital española para embarcarse camino a los Estados Unidos. Siempre nos quedará Madrid ha sido publicado por Sudaquia Editores, radicada en la ciudad de Nueva York. Aquí, aquí, aquí, aquí y aquí pueden leer algunos adelantos del libro, cuya portada incluye un fragmento de una obra al óleo del artista Geandy Pavón.

Repito también lo que escribí para la contraportada del libro: Fugarse de la isla es un reflejo innato de la mayoría de los cubanos. Subsistir fuera del terruño natal es una habilidad que los fugitivos adquirirán sobre la marcha. El arte de narrar esas peripecias con la dosis exacta de humor y melancolía es un don raro. Siempre nos quedará Madrid lo usa para lograr un imposible: que el lector ría con la nostalgia ajena.

Y les dejo otro fragmento.

Amistades
Si eres inmigrante indocumentado en el Madrid de 1995 te recomiendo no ser muy selectivo a la hora de elegir amistades. Ten en cuenta que nadie se va a pelear por ser amigo tuyo. No todo el mundo está interesado en ver el gesto sufriente con que sacas un billete de dos mil pesetas para pagar la cuenta común en el bar. O a sobreentender que un inmigrante no está psíquica ni financieramente preparado para gastarse el equivalente a medio día de trabajo (o el de un mes completo en su país de origen) en unas cuantas cañas y tapas sólo para aceitar una conversación entre iguales. Porque de eso se trata. De buscar la amistad entre iguales, gente que entienda ―y comparta― ese rictus amargo cuando llegue la factura o vea en esas cervezas y esas tapas el mismo desmesurado banquete. A los Otros ―los nativos― tu desesperación o tu asombro les puede hacer gracia la primera vez, pero no es algo que produzca entretenimiento perpetuo, como no lo produce el recuento de penurias en tu país de origen y la comparación de estas con el derroche de placeres que descubres en las rutinas de ellos.

Por lo demás, la amistad entre inmigrantes funciona del mismo modo que entre cualquier otra variante de la especie humana: un intercambio de chequeras en blanco con la esperanza de que el otro sabrá valorar apropiadamente el gesto. Es el acuerdo tácito de que ninguno escribirá en los cheques cifras desorbitadas y que cada cual proveerá sus respectivas cuentas de fondos suficientes para que los cheques no reboten. Porque en realidad se trata de eso. De la amistad como intercambio infinito de confianzas en el que se hablará de todo menos de las deudas que aumentan en ambas direcciones, a menos que los cheques empiecen a rebotar, señal inequívoca que la cuenta del otro se halla sin fondos. Entonces, al conjuro del mantra “Y yo que creía…”, se descubrirá que todo lo entregado con aparente descuido no ha escapado a una contabilidad tan cuidadosa como inconsciente. Se recuerda ahora cada muestra de confianza, cada favor, con la rabia destinada a las traiciones y se coteja con las inversiones del otro. Mantener una amistad ―ya se trate de emigrantes acabados de conocer o antiguos condiscípulos de la escuela primaria― consiste en evitar por todos los medios acercarse a ese punto. Llamar al amigo como si realmente te interesara saber cómo les va y no preparando el terreno para ―en caso de emergencia— pedirles que te dejen quedarse en su apartamento dentro de dos meses. Como si no existiera la propia idea de transacción.

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Enrique del Risco en el programa de María Elvira

El escritor Enrique del Risco compareció ayer en el programa de María Elvira. Y esta noche presenta su libro de memorias Siempre nos quedará Madrid, a las 7:30 pm, en Delio Photo Studio (2399 Coral Way, Miami).

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Un mensaje de Pupo y Bebo

El artífice de estos personajes es el Guamá. ¡Cooperen con el artista cubano!

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Reflexiones del Comandante: Cultivo moringa blanca

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Cultivo moringa blanca,
el castigo del obrero.
Si me llaman “moringuero”,
los tiro por la barranca.

Y si un cubano me arranca
el suero con el que vivo,
pasará un tiempo cautivo
sembrando moringa blanca.

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Del insomnio, la represión y Cuba

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La persistencia y brutalidad represiva del régimen cubano me quita el sueño. Lo digo a las 2 de la mañana.

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Siempre nos quedará Madrid, en Miami

***
[Book trailer: Ernesto G.].

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Siempre nos quedará la prosa de Enrique del Risco

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Me complace anunciar al electorado que ya está disponible en Amazon un texto entrañable de autor ídem: Siempre nos quedará Madrid, libro de memorias en el que Enrique del Risco relata sus venturas, aventuras y desventuras de emigrante en la España de mediados de los años noventa, desde los preparativos de la salida en su Cuba natal, hasta el momento en que deja la capital española para embarcarse camino a los Estados Unidos. Siempre nos quedará Madrid ha sido publicado por Sudaquia Editores, radicada en la ciudad de Nueva York. Aquí, aquí, aquí y aquí pueden leer algunos adelantos del libro, cuya portada incluye un fragmento de una obra al óleo del artista Geandy Pavón.

Para mí salir del aeropuerto de Barajas aquella mañana era como salir de la caverna del griego. Como pasar de la oscuridad del cine al sol del mediodía. De una película silente en blanco y negro a otra en colores. Ya sospechaba de la existencia de los colores, pero hay una distancia esencial entre la sospecha y el saber, más o menos la misma que separa a los que permanecen en la cueva y los que salen. Yo iba dispuesto a dejarme encantar. No todos los días se viene al mundo por primera vez.

Llegar a España fue una revelación para Del Risco, del mismo modo que leer su obra es siempre una grata sorpresa para mí. Y no debería sorprenderme, a fuerza de tanto conocer al escritor y al amigo. Pero lo sigue haciendo. En esta ocasión —como en otras— tuve el privilegio de leer el texto en la fase de manuscrito. No hay nada como el olor y la textura del pan recién horneado. De ahí que redactara la siguiente nota que —para mi alegría— figura en la contraportada:

Fugarse de la isla es un reflejo innato de la mayoría de los cubanos. Subsistir fuera del terruño natal es una habilidad que los fugitivos adquirirán sobre la marcha. El arte de narrar esas peripecias con la dosis exacta de humor y melancolía es un don raro. Siempre nos quedará Madrid lo usa para lograr un imposible: que el lector ría con la nostalgia ajena.

Decir más sería extenderme en vano. Los dejo con un fragmento del libro, cortesía que agradezco al autor y la editorial.

Para la depresión teníamos otro antídoto: el bar “Los Caracoles” de Amadeo. A Cleo el alcohol no le interesa más allá del vino en las comidas, pero aquel sitio era mucho más que un bar. Era un sanatorio de almas. (El bar estaba situado frente a la plaza de Cascorro que debía su nombre a Eloy Gonzalo, llamado el Héroe de Cascorro por haberle prendido fuego a una posición insurrecta en la guerra de Cuba durante el sitio a un pueblo de ese nombre. Allí estaba erguido en bronce, frente al bar con su lata de petróleo bajo un brazo y el fusil en la otra mano. La plaza de Cascorro y la de Vara del Rey, otro héroe de la misma guerra a menos de cien metros de distancia. No es difícil imaginar cien años atrás todo el barrio discutiendo a gritos las noticias que llegaban de Cuba, viviendo aquella guerra con más apasionamiento que sus propias vidas. Y lo difícil que fue ser cubano en ese barrio por aquellos días). Al bar nos llevó Ana por primera vez anunciando al dueño, Amadeo, como un tabernero pintoresco, una especie de poeta silvestre al que le gustaba declamar versos mientras servía los tragos. A la larga resultó bastante más que eso. La segunda vez ―era domingo por la tarde y el bar estaba bastante lleno― habló poco, aunque a ratos dejaba entrever chispazos de lo que descubriríamos después. Por supuesto que no íbamos sólo por la conversación. El vino era ligero y la cerveza ni más ni menos buena que la de cualquier bar de barrio. Pero los chorizos cocidos en la hervidura de los caracoles que daban nombre al bar compartían con Amadeo esa cualidad de delicia brusca que nos fue creando vicio. Al principio los precios vistos desde nuestro presupuesto de vinos envasados en cajas de cartón nos parecieron caros. A medida que nos fuimos convirtiendo en clientes habituales y nos fue tomando confianza ―no la confianza ligera que compartía con casi todo el que entrara en el bar sino una más sutil y morosa―, la cuenta por consumir más o menos las mismas cosas se iba reduciendo en proporción inversa a los monólogos que nos dedicaba.

No se puede decir que Amadeo fuera un gran conversador pues aunque de verbo fácil le faltaba esa otra mitad que es la disposición a escuchar. Tampoco hacía falta. La locuacidad que se le despertaba sobre todo entre semana. Cuando en el bar apenas quedaban tres o cuatro clientes ―como lo pudimos comprobar a fuerza de visitarlo una y otra vez― no necesitaba de otro estímulo que el asentimiento y la sonrisa. Siempre que su interlocutor pareciera lo suficientemente interesado desenvolvía sus temas obsesivos: la falta de amor entre las personas y las virtudes redentoras de este; el egoísmo y la falta de comunicación en la vida moderna; el sentido profundo y material de ciertas palabras (“hacinados estamos en la ciudad. El origen de esa palabra, ‘hacinar’, viene de ‘haz’ que como bien debes saber son esos atados de cáñamos que se ponen a secar junto a la estufa. Pues así apretados como cáñamos vivimos en este mundo moderno sin espacio para movernos con libertad”); la importancia de acercarnos a la naturaleza; y la de disfrutar los placeres sencillos de la vida, de aprovechar cada instante y aprender a ser libres. Nada que no aparezca en cualquier libro de autoayuda o en boca de un gurú graduado en un curso on line. Era el ímpetu con que apretaba el puño mientras hablaba, el brillo de sus ojillos azules enmarcado por cejas de pelos largos y desorientados, la cara enrojecida por la emoción y la dicción precisa y exaltada lo que hacía pensar a todo el que lo oyera que esas palabras repetidas una y otra vez iban dirigidas al sitio menos expuesto del espíritu, como linterna que señala una butaca desocupada en el cine.

“Vamos a ver a Amadeo”, me decía Cleo cuando terminábamos de comer en el apartamento de Carlos Arniches y lo tomaba como una señal de aviso de que necesitaba zafarse de algo que la oprimía. Ya teníamos televisor (un aparato diminuto que nos había prestado la amiga de Santander y al que se le sintonizaban los canales como se busca una estación en el radio o la combinación correcta en una caja de caudales), pero el aparato era incapaz de resistir la competencia de Amadeo, de insuflarnos el ánimo que el tabernero nos comunicaba con sus palabras, chorizos y vinos.

Con el tiempo descubrimos cuánto de ficción tenía la autenticidad de Amadeo. Supimos, por ejemplo, que las evocaciones de Amadeo de la vida en el campo tenían más de medio siglo de añejo: a los diez años se había mudado a la ciudad para trabajar tras el mismo mostrador en el que lo habíamos encontrado. Eso explicaba que volviese una y otra vez a la sensación de pisar la tierra recién regada con los pies descalzos con una exaltación que nunca tendrá el que debe hacer eso el resto de su vida. Todas esas imágenes con las que enriquecía su vida tras el mostrador eran una manera de decirnos que lo auténtico no es andar desnudo sino buscar la ropa que mejor te acoteje sin falsear del todo quien eres. Y Amadeo era ante todo un viejo que no se resignaba a que su vida se redujese a despachar cervezas y pinchos.

“Vamos a ver a Amadeo”, le digo a cualquier amigo cada vez que viajo a Madrid y siempre terminan agradeciéndomelo. Sobre todo los abstemios que, sin las distracciones del vino, disfrutan mejor la perorata del viejo. Su cuerpo aunque robusto se le ha ido aflojando con el tiempo y la cojera es ahora más pronunciada. Muchas veces no lo encuentro tras el mostrador y es Maritza, la hija que se ha ido haciendo cargo del bar, quien lo manda a buscar. Y aparece Amadeo sonriente sirviéndome un poco de caldo de caracoles y una cestita de pan del que alaba sus poderes elementales mientras el vino aparece y desaparece en mi vaso. “Tú sabes que algún día Amadeo ya no va a estar ahí”, me dijo una vez alguien alarmado por mi insistencia y le expliqué que por eso mismo trato de verlo cada vez que visito la ciudad. Porque sé que Amadeo no es eterno aunque él y su conversación lo parezcan.

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Yo elijo, tú eliges, él y ella eligen

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Ah, claro tú votaste por [inserte su candidato] porque tienes familia en Cuba, porque no tienes familia en Cuba, porque creciste en la isla, porque eres cubano de Miami, porque te fugaste en balsa, porque te escapaste en avión, porque eres de izquierda, de derecha, de centro, latino, cubano, de tal generación, porque eres heterosexual, homosexual, adventista, judío, musulmán, protestante, católico, agnóstico, ateo, hombre, mujer, hermafrodita, licenciado en historia del arte, técnico medio en reparación de equipos electrodomésticos, poeta, plomero, hijo de presos políticos, hijo de miembros del cuerpo diplomático, apolítico, exiliado, emigrante económico, ciudadano, visitante, residente, madridista o culé.

Uno de los motivos que hace que no me guste identificarme con ningún partido político es porque las denominaciones partidistas tienden a oscurecer el debate y facilitan viejos trucos de la retórica como el ataque ad hominem o la distracción. Cualquier argumento que se presente corre la suerte de ser pasado por el tamiz de quién lo dice y las posibles intenciones ocultas de su interlocutor.

Por poner dos aristas que no tienen que ser mutuamente excluyentes: mi postura en favor del matrimonio de personas del mismo sexo no me hace demócrata, del mismo modo que mi apoyo a una política menos permisiva con el régimen —vale, la dinastía— de los Castro tampoco me hace republicano.

Hoy me declaro feliz de haber participado, por segunda vez en mi vida, en elecciones presidenciales, en un proceso limpio, sin fraudes, que se definió poco después de la medianoche de la fecha en que pasé por la urna. Me alegra saber que tanto el voto popular como el electoral fueron al mismo candidato. Y otra vez me felicito por aquella elección —primaria, primordial— de quemar las naves, cruzar el charco, dejar atrás una dictadura y echar raíces en un país democrático.

Y que a nadie le quepa duda: de haber ganado Romney, habría escrito lo mismo.

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Confesiones de un votante

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Mi amigo Enrique del Risco ayer desgranó sus razones para que no lo intenten convencer de que se una a la masa azul o a la masa roja. Le escribí una nota diciéndole que las suscribía; también le di las gracias pues me había ahorrado redactar algo de la misma índole. Hay poco que añadir a lo que tan elocuentemente alega Del Risco. Aun así, le dije que buscaría colar algún comentario en los resquicios que deja entre párrafo y párrafo de argumentos irrefutables. Aquí van mis apuntes.

No solo no quiero que intenten convencerme. Tampoco quiero convencer a nadie. Allá cada cual con su designio.

Cuando anuncien el próximo inquilino de la Casa Blanca, no habrá ganado ni habrá perdido mi candidato. La razón es sencilla: no tengo candidato. Voy a votar por uno de los dos, obvio. Pero —ojo— quien se lleve mi voto no es mi candidato.

No me importan los argumentos por los cuales mis amigos, vecinos, colegas, parientes y conocidos decidieron votar por el demócrata o el republicano. Están en su derecho.

De los motivos que me hicieron decantarme por uno de los dos, expongo el más genérico (que, sin embargo, no es baladí): el otro candidato me gusta menos.

Hoy, en larga caminata al trabajo, vi neoyorquinos madrugadores que llevaban prendidos a la solapa botones de Obama (los más) o de Romney (los menos). Los miraba, les sonreía y pensaba: “otra cosa que no haré en mi vida”.

No importa quién gane las elecciones presidenciales. Después de darle la espalda a la urna luego de votar, habré ganado yo. Participar en el proceso democrático es, en sí, mi victoria. (Quien crea que exagero, remítase a mi cara de alegría).

¿Por qué me alegra tanto este ejercicio mundano? Por haber crecido en la tierra del partido único. En Cuba no hay elecciones y eso lo sabe hasta mi perra. Pero en 1999 me tocó elegir. Elegí escaparme. En aquella ocasión voté con los pies.

No me pregunten por quién he votado hoy. El candidato de mi elección es asunto mío y de la urna.

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Nueva York y la elástica lengua de Cervantes

Hoy las carpetas vacuno
y le anuncio al mundo entero
que en el rufo hay salidero.
Descargué en el desayuno
con mi bróder. Ya habrá alguno
que querrá decir liqueo
al describir el goteo
que desde el rufo nos llega.
Mi abuela era una gallega
que criticaba el hangeo.

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A causa de #Sandy, hago constar

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Que un gajo —o rama, según se mire— se llevó el tendido eléctrico con la ventolera del lunes.
Que ya perdí la cuenta de los árboles caídos en mi vecindario.
Que en el momento de mayor apogeo de los vientos de Sandy, lo que se escuchaba era un mar bravo en medio de una tormenta.
Que fui a Starbucks a usar el wi-fi y había una cola que ni en el consulado español de La Habana cuando anunciaron la “Ley de nietos”.
Que en nuestra zona se fue la luz desde la noche del día antes citado.
Que no tenemos ni cable (de fibra óptica), ni servicio telefónico, ni internet.
Que NJ Transit ha suspendido los trenes a Nueva York hasta nuevo aviso.
Que nuevo aviso es un eufemismo y este horno no está para esos pastelitos.
Que la cola en la gasolinera de mi pueblo se alargaba a más de quince cuadras.
Que me encontré a mi instructor de guitarra en dicha cola y me dijo que llevaba dos horas y media en esa espera desesperante.
Que la compañía eléctrica que nos mantiene a oscuras no ha notificado cuándo estima que pueda restablecer el servicio y devolvernos a las bondades y privilegios del siglo XXI.
Que en la primera plana de la edición del jueves del semanario de este pueblo advierten que el restablecimiento de la electricidad puede tardar entre ocho y diez días.
Que varios de mis vecinos y amigos han empacado los matules y se han ido a capear el temporal al sur o tierra adentro.
Que en el jardín de la entrada de la casa de unos parientes que viven en la zona de la playa —la tristemente célebre Jersey Shore— hay peces muertos y un bote.
Que dichos parientes viven a más de un kilómetro del mar.
Que las dos cláusulas anteriores se ajustan estrictamente a los hechos y no exageran un ápice.
Que el martes próximo son las elecciones.
Que a santo de qué menciono las elecciones si eso es asunto mío y de la urna.
Que para el miércoles han anunciado un frente frío.
Que los estragos que ha causado Fidel Castro en Cuba no se pueden comparar con ningún fenómeno natural.
Que aunque el motivo de este post es New Jersey, por supuesto que tenía que mencionar a ese hijo de puta luego de cinco días de apagón.
Que no me estoy quejando. Que aun así esta es vida privilegiada.
Que va mi solidaridad a las víctimas de #Sandy en todos los confines del mundo y en especial en el oriente de Cuba.
Que, como decían las espiritistas de mi tierra, deseo a quienes lean esto “luz y progreso”.

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