No sé si están al tanto, pero el fin de semana pasado, en medio de una demostración a favor del respeto a los derechos humanos en Cuba, llevada a cabo en Oslo (Noruega), la cónsul del régimen de la isla salió del consulado cubano, cruzó la calle, insultó a una de las manifestantes y luego le mordió una mano. Hasta ahí la situación es terrible y terriblemente cómica. (Ya imagino un nuevo lema: “Patria o muerte: ¡morderemos!”). Pero antes —o después— de reírnos, separemos al todo de las partes.
No hablo muy bien el noruego —de hecho, no lo hablo en absoluto—, sin embargo la curiosidad fue más fuerte que la ignorancia, así que vi el reportaje que hizo un canal de televisión de ese país respecto a tan disparatado incidente. En el video se puede ver a la cónsul y al embajador reprimiendo y justificando la represión. Quienes lean esto desde la isla, no pasen por alto el hecho de que el periodista noruego presenta la versión de lo ocurrido desde los dos puntos de vista, como indica la ética periodística y como debe ser. Destaco la antípoda de esa actitud: el régimen cubano dedica infinidad de recursos y horas de su programa “Mesa Redonda” a acusar, difamar e insultar a los miembros de la oposición y la sociedad civil sin jamás concederles el derecho a réplica. Pero, bueno, eso es en Cuba. En Oslo, el periodista les da el micrófono a ambas partes; recoge la versión de la agredida y la de la agresora. Y además incluye la opinión del embajador, esposo de esta última, según AFP. (Me consta el parentesco, conozco al matrimonio: fui amigo del hijo de ellos, amistad que quedó trunca, ay, por cuenta de la ideología, esa eterna entrometida).
Quien quiera conocer la esencia del castrismo tendrá suficiente con estos cuatro minutos de reportaje. Tampoco hay que entender noruego; con inglés básico —que es lo que hablan los representantes del régimen cubano— basta.
En primer lugar: el castrismo miente. El embajador alega que los manifestantes estaban violando las leyes noruegas al bloquear la entrada al consulado. Sin embargo —como apunté anteriormente—, el altercado entre la cónsul y la joven que recibiera mordida de colofón, tuvo lugar en la acera de enfrente. La cónsul salió del territorio consular cubano, cruzó la calle y enfrentó a una mujer cuyo crimen consistía en sostener una cámara y filmar lo que acontecía.
En segundo lugar: el castrismo cree que puede llevar la impunidad que le caracteriza más allá de las fronteras territoriales de la isla. (De los ejemplos más recientes, destaco el acto de repudio perpetrado contra los peregrinos que recorrieron el Camino de Santiago promoviendo la liberación de los presos políticos cubanos).
En tercer lugar: no satisfecho con encarcelar a quienes sostienen opiniones contrarias al régimen en la isla —y con esa vieja manía de confiscar y decomisar a su antojo—, el castrismo se siente con la potestad de quitarle la cámara —o el micrófono— a cuanta persona intente documentar, mares allende, lo terrible de su modus operandi. Es lo que intenta hacer la cónsul luego de cruzar la calle. Quizá lo aprendió de Vilma Espín, autora de un papelazo enternecedor durante una visita a Nueva York.
En cuarto lugar: por mucho que pretenda ocultarlo escudándose en Mariela Castro —descendiente de la dinastía que por medio siglo ha detentado el poder en la isla, directora del CENESEX y cortina de humo que intenta tapar la sistémica y sistemática represión que han sufrido los homosexuales en Cuba—, el castrismo es homófobo. La cónsul le dice a la manifestante: “maricona”. Quizá lo aprendió de su comandante: “¿Caí de qué, mariconzón?,” espeta el dictador cubano a un locutor radial que le corrió máquina soberana hace ya casi un lustro.
En quinto lugar: el castrismo no reconoce a la oposición. Tanto la cónsul como el embajador —con un día de por medio— le hacen la misma pregunta a la manifestante: “¿Tú quién eres?”, dice la cónsul. “Who are you?”, repite su esposo ante las cámaras de la televisión noruega. Es llamativo el interés de los representantes del régimen por la identidad de la manifestante.
En sexto lugar: por más amagos que haga, el castrismo carece de voluntad de diálogo. Una dentellada es eso: como las palabras sobran, te muerdo. Pero, por si el mensaje de la cónsul no fue lo suficientemente claro, durante la breve e improvisada entrevista con el embajador, éste, luego de preguntarle en tono de agravio a la que fuera mordida que quién es ella, le niega la palabra al decir que no está hablando con ella, que “habla con estos señores”, refiriéndose a los periodistas.
Por último: cuando de reprimir se trata, el castrismo opta por la desmesura. Esta mordida —y los argumentos que esgrimen los diplomáticos cubanos— me hace pensar en los aviones Cesna de “Hermanos al Rescate” derribados por la fuerza aérea cubana el 24 de febrero de 1996. Ante el crimen imperdonable, el régimen siempre se ha justificado especulando que “sobrevolaban aguas nacionales”. A mí en realidad me importa poco si volaban sobre la línea roja que delimita el territorio insular o si lo hacían a uno u otro lado de la raya divisoria: no acepto ni aceptaré jamás una explicación para este irreversible uso y abuso de fuerza desmedida que dejó como saldo cuatro muertos perdidos en las aguas que patrullaban con la intención de salvar vidas. De igual modo, no encontraré justificación para esa dentellada en mano ajena.
Esto debía ser un texto más dado al humor. (No en balde lo he ilustrado con foto de Benicio del Toro, quien interpretara, en ese orden al sanguinario Che Guevara y, en franco proceso evolutivo, al menos sanguinario Hombre Lobo). Después de todo, debemos admitir que es desopilante el hecho de que una persona dedicada a la diplomacia se deje obnubilar por la rabia y recurra al mordisco como forma de comunicación. Pero recuerdo a la cónsul —a quien conocí como madre de un amigo—, en cuya casa festejé algún cumpleaños de su hijo y pienso en ese país poblado de gente dispuesta a morder al prójimo para imponer su ideología y, por hilarante que sea la situación y sin que pueda evitarlo, me embarga una extraña tristeza.











