Sé poco más que su nombre
y sé que se llama Humberto,
que su mente es un desierto
de ideas. Que no te asombre
cómo se comporta este hombre que agrede a una ciudadana
que lo filma en la mañana
a él, que difama en la noche
y es testaferro y fantoche
que empaña el alma cubana.
Se construye una utopía con un sinfín de ingredientes: un montón de delincuentes formarán la policía, luego acusas a la CIA por el hambre, un maremoto, un derrumbe, un terremoto… (No en balde estamos jodidos). Culpas a Estados Unidos si se te rompe la moto.
Con la isla de la utopía no se sueña —no es un sueño ni es un anhelo pequeño mi deseo cada día: que pare la policía, que a nuestra nación mancilla, de fomentar la rencilla, dar pábulo a la violencia y dar palo, que es su ciencia—. Cuba es una pesadilla.
2.- El cese de la represión contra la libertad de creación.
3.- La devolución e indemnización de sus obras.
Como a ese régimen racista y soberbio le importa más perpetuarse en el poder que la vida de un cubano —y ante el escandaloso silencio de organismos internacionales y líderes y países de los cuatro confines del planeta—, la intención de la junta militar de la dinastía Castro parece ser dejar morir a Luis Manuel Otero Alcántara, como mismo dejaron morir a Orlando Zapata Tamayo hace más de una década, en una huelga de hambre que se prolongó por 86 días.
A mí me desvela el azar de Luis Manuel —me permito llamarlo por su nombre y no sus apellidos porque, aunque no nos hayamos conocido, lo quiero como a un hermano; no me ha dejado otra alternativa— y porque esto es personal: porque el suyo es el azar de la nación. Yo no quiero una Cuba sin Luis Manuel. Yo no quiero una Cuba sin Cuba.
Con este pesar, pensé en quiénes salieron ayer a la calle Obispo, con la intención de acercarse a la casa de Luis Manuel. Me conmovió su resistencia pacífica ante el aparato policial que desplegó la dictadura de Díaz Canelpara cortarles el paso e impedirles que ejercieran la solidaridad y con ella su derecho a la libertad de expresión, de asociación y de movimiento. Me impresionó también que entre sus reclamos por la vida del artista gritaran “Patria y vida”.
Entonces recordé que en la canción —que se ha convertido, con todo derecho, en himno—, Maykel Osorbo dice: “Aquí vivimos con la incertidumbre del pasado”. Y pensé que, además de la ubicuidad del monolito oficial de la Historia, en Cuba se vive con las amenazas del presente. Entonces me tomé la libertad de actualizar —ay, desde Nueva Jersey— lo que cuentan Maykel Castillo y El Funky. Respeté la métrica en todo momento y, siempre que pude, las rimas consonantes y asonantes. Dejé intactos unos versos.
Como me resulta difícil cantar con un nudo en la garganta, acá los recito y se los dejo —con subtítulos y de puño y letra— a los autores y a quienes los quieran, para que los coreen en el vientre de la ballena.