El Caballero y yo
Teresa Dovalpage
Hoy se me había ocurrido hablar sobre la librería de L y 27. Era una de mis preferidas porque tenía más variedad (relativa, se entiende) que la que queda en esa esquina que por un lado da al Habana Libre y por otro al Coppelia. Como desde niña yo era ya comelibros, guardaba urracamente el dinero que me daban en casa para comprarme algo que leer los sábados, cuando mis padres me llevaban a tomar helados. Supongo que a ellos les enorgullecía el encontrarme tan aplicadita, pero a la vez, mi comportamiento fortalecía la opinión de bicho raro que se habían formado de mí.
Bueno, ésta era la idea original del post, pero me llegó otra. Pues ¿cómo estar escribiendo sobre las esquinas habaneras y no mencionar a un personaje que frecuentó tantísimas de ellas? Qué va, eso es imperdonable. Así que aquí les traigo una anécdota sobre José María López Lledín, el Caballero de París.
De éste corrían un montón de historias: que si su familia se ahogó durante el naufragio del Valbanera, que si lo acusaron injustamente de robo y en la cárcel perdió la razón… Que si era gallego, que si era de Oviedo. En fin. Mis primeros recuerdos de él son olfativos: el pobre Caballero no olía bien, acto disculpable si se tiene en cuenta que carecía de hogar y que no mantenía estrechos vínculos con el agua y con los jabones. Se sentaba en quicios o en el suelo, envuelto en una capa oscura. Hablaba solo. Y yo, que nunca he sido muy valiente, le tenía terror.
Solía encontrarlo en los portales de la iglesia del Carmen, en Infanta, durante los mencionados paseos familiares a la recherche del helado. Una de aquellas tardes, venciendo la mieditis, me acerqué a él y le di (no sé por qué, fue un impulso instantáneo) un peso de los que guardaba para mi provisión bibliófila. El Caballero lo aceptó y me regaló una pluma adornada con hilitos de estambre.
Lo tomé como aviso de lo alto. Naturalmente, el destino me quería decir con tan extraño mensajero que yo debía ser escritora. ¡Si estaba más claro que el agua…! Aquella tarde pasé con gran prosopopeya delante de la librería y anuncié a mis padres que ya no necesitaba comprar más libros, pues pensaba escribirlos yo.
Mucho más tarde supe que el Caballero regalaba plumas a casi todo el mundo. Pero en aquel momento me hizo sentir una chica especial. Predestinada para las palabras.
El Caballero murió en 1985 en el hospital psiquiátrico de Mazorra. Ojalá que descanse en paz, haciendo plumas mágicas en el otro mundo. O quién sabe si escribiendo con ellas, ¿no?