Debe ser bueno lo que piensen en Japón (pon)

Me complazco en anunciar la presentación en New York del más reciente libro del incomparable Enrique Del Risco. Ya que estamos, le doy la palabra al autor:

Queridos amigos:

Por este medio quiero avisarles que el próximo 17 de abril (viernes), presentaré mi libro de relatos ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, ganador del V Premio de Relatos Cortes de Cádiz el año pasado. La presentación tendrá lugar en la librería McNally & Jackson (52 Prince St., entre Lafayette y Mulberry) en Manhattan, a las 7 p.m. Les agradeceré que inviten a cualquiera que pueda estar interesado en el libro y que hagan circular este mensaje como estimen conveniente. Un abrazo a todos de, Enrique (Del Risco).

Un par de comentarios sobre el libro:


¿Qué pensarán… ? traza el recorrido de unas vidas fuera de lugar, de personajes que pudiéramos llamar atópicos. Y no porque persigan el tan manoseado “no hay tal lugar” que designa la utopía, sino porque son ellos los que no tienen lugar en cualquiera de las plazas realmente existentes de este mundo. Bregados en el arduo heroísmo de la supervivencia; con sus situaciones límite y a la vez cotidianas, extraordinarias y al mismo tiempo vulgares. Outsiders que, junto a la ganancia que les concede el exilio, son portadores de una pérdida que los aligera y, por eso mismo, les deja un vacío que no puede rellenarse. (…) Humanos, demasiado humanos, en la batalla de esa épica menor asfixiada una y otra vez por las Grandes Causas”.
Iván de la Nuez

“En Cuba usamos la frase ‘sacar un sable’ para referirnos a una sorpresa que llega envuelta en palabras. Termino de leer estos cuentos y quedo con la sensación de haber paseado por una impresionante galería de armas blancas. En este libro —además de sables que cuelgan en las paredes— hay una Katana que corta enloquecida en el metro de Nueva York, una navaja que salva vidas, y un cuchillo que apunta, con dudas, al viejo dilema de ser libres matando. La sorpresa más grata, sin embargo, que dejan estas historias es la comprobación de un viejo adagio: nada corta mejor que una página bien escrita. La prosa de Enrique del Risco destella honestidad y elegancia, tiene el filo de una hoja forjada sin excesos, hecha con golpes de inteligencia y puesta a enfriar con un gran respeto por el lector. La risa que salta en cada uno de estos relatos tiene la rara cualidad de dar alegría sin caer en la burla o el cinismo, de hacernos creer que en el Japón los machetes son un despilfarro de acero”.
César Reynel Aguilera

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Cubanidad es…

Artista: Raychel Carrión; título: “La claridad del mediodía”
serie: Ignominia; grafito sobre papel; 30 x 22 cm

Cada cubano, un soldado;

cada cubano, un balsero;

cada cubano, un bisnero;

cada cubano, arrestado;

cada cubano, alienado;

cada cubano, a la espera;

cada cubano, una fiera;

cada cubano, quién sabe;

cada cubano, al casabe

y a formar el salpafuera.

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Apuntes de tío Matt, el viajero

El levantamiento de las restricciones de viajes a Cuba —como era de esperar— ha generado un debate sobre la pertinencia de las mismas y sobre los efectos que éstas tendrán en el futuro de la isla y el tan necesario y postergado tránsito a la democracia de ese régimen despótico, teocrático y centralizado (tres adjetivos que se usaban —en las escuelas de mi niñez y en ese orden— para describir al Egipto de aquella antigüedad faraónica).

Tengo varios amigos que viajan a la isla y que, por supuesto, regresaron a ella en los años de restricciones de viajes, al margen de éstas. No los juzgo. O intento no hacerlo. Todos han tenido motivos tan disímiles como poderosos que van desde aguantarle la mano a un ser querido mientras expira su último aliento, pasan por la necesidad de llevarle el nieto recién nacido a la abuela que añora darle besos y bendiciones y culminan en el folclórico, trivial y jamás admitido empeño de demostrar en tierra propia lo bien que se prospera en la ajena.

A mí, el levantamiento de las restricciones de viajes a la isla que ha implementado la administración Obama no me beneficia en lo más mínimo. Esto es: no tengo pensado poner un pie en Cuba mientras exista un preso político; mientras se acose y margine a diario a un sector de la población —sin importar su tamaño— por sus convicciones políticas; mientras se ejecuten esos pogromos —coordinados y aprobados a nivel gubernamental— en contra de los miembros de la oposición pacífica; mientras —como documenta el blog Evidencias— los cubanos tengan que pasar por la humillación que presupone pedirle permiso para entrar y salir de su país al gobierno que lo ha secuestrado —y que viola la mayoría de los artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos; a la sazón, el 13.2, que estipula: «Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país»—; mientras el régimen continúe pisoteando alegremente la libertad de expresión, a la par de otras libertades básicas —de asociación, de movimiento (dentro de la misma isla), ay, y otras tantas—; mientras se le niegue al pueblo cubano la posibilidad de labrarse su destino mediante las urnas, en elecciones justas y pluripartidistas…

Mi lista de objeciones al regreso es larga. Belascoaín y Neptuno —entre otras cosas— es un intento de compilarlas y sacarlas a la luz. Sin embargo, una objeción crucial, al margen de las antedichas, es que sospecho que viajar a Cuba —aun cuando se tengan las mejores intenciones— es una manera de recordarles (o echarles en cara) a los cubanos que la habitan que quienes vivimos en países democráticos tenemos derechos que les son vedados. Hay un refrán que recuerdo de mi infancia: «no hay que contar el dinero en casa del pobre». Viajar a Cuba, a mi juicio, es su equivalente.

Lo cierto es que soy escéptico en cuanto a la utilidad de estos viajes en aras de la democracia. Sin embargo, dadas las circunstancias, no puedo no desear que ojalá contribuyan a la caída del régimen. No olvido que los muros de Jericó se derrumbaron cuando «los siete ángeles que tenían las siete trompetas se aprestaron a tocarlas». (Claro, Cuba no es Jericó, y está por ver si tenemos a los ángeles de nuestra parte).

A los que decidan viajar a la isla les deseo —sin sarcasmos que hoy no profeso— un feliz reencuentro con la tierra que los vio nacer y huir de ella. También les recuerdo que, como apunta Milan Kundera en La ignorancia: «Quien echa a perder sus despedidas, poco puede esperar de sus regresos».

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Oda a un muro lejano

Malecón, lindo y querido,
tantos años de no verte
—vaya desgracia, ¡qué suerte!—
y no te embarga el olvido,
ni a tus olas, ni al rugido
de tu salitre omnisciente,
del Golfo y de la corriente
que nos indicaba el norte
(sin visa ni pasaporte):
no te apartas de mi mente.
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Rosa y el ajusticiador del canalla… en Miami

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Rosa y el ajusticiador del canalla… en Miami

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Fábula del pintor canciller y viceversa

Robertico, Robertico,
que te dio por la pintura,
¡tienes la cara tan dura
como de oro era tu pico!
Tú vendes en Puerto Rico,
en Miami y en La Habana
tu
obra plástica malsana
¡y la compra alguna gente!
Mal pintor, mal dirigente,
me burlo y de buena gana.
___
Imagen:
Fotos desde Cuba.
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600

Poco después de pasarlas por alto, no se me ocurre otra mejor manera de celebrar —con asiduos y principiantes— las primeras 600 entradas de Belascoaín y Neptuno que con esta inolvidable versión de “Cucurrucú Paloma”, que existe por obra y gracia de Pedro Almodóvar.

La escucho una y otra vez y sólo me viene una misma frase a la cabeza: «Este Caetano me ha puesto los pelos de punta».

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Estampas habaneras (XXIII)

La Plaza de la Catedral en dos tiempos
(Primera parte)

Teresa Dovalpage

En su primera época (digo, primera para mi generación, los nacidos en los sesenta), la Plaza de la Catedral era el reino multicolor del kitsch criollo. Los sábados se poblaba de vendedores de hebillas plásticas, cinturones y huaraches de cuero, calabacitas —imágenes en yeso de la que mandaba a dormir a los niños por la televisión, no la que se echa en el ajiaco— macramés de soga y bolsas tejidas.

Estoy hablando del principio de los ochenta, de aquellos inocentes días en los que a nadie se le ocurría vender en la Plaza, ni en ninguna otra parte, pulóveres con la cara del Che. Es más, creo que la idea de comerciar con el susodicho se habría considerado hasta medio sacrílega. Eran los tiempos feraces y felices en que, después de gastarse veinte pesos en un collar de semillas y una blusa de lienzo allá en la Plaza, sintiéndose una rica con las adquisiciones, podía ir con toda tranquilidad a zamparse un bocadito de queso en los portales de El Patio. O a la Bodeguita del Medio si tenía antojo de arroz con picadillo, o a La Torre de Marfil, situada en Mercaderes, si le apetecía un plato de arroz frito.

Y todo se pagaba
—oh, virgen del Pilar—
en simple y bienhabida
moneda nacional.


Verdad es que a veces no había agua, o el arroz venía empegotado o había que esperar cuatro horas para entrar a cualquiera de estos restaurantes. Pero, como diría el carnicero de mi barrio cuando se acababa el “pollo de población” a mitad de la cola: todo no puede ser perfecto, ¿no?

Los únicos turistas extranjeros que caracoleaban por la Plaza provenían de Europa del Este. Rollizos rumanos, barbudos búlgaros, estólidos estonios y bolos barnizados por el sol. Se les veía pacíficos, callados, seriotes y siempre un poco sudorosos. No se interesaban en los nativos y los nativos no se interesaban en ellos. La mole de la Catedral los contemplaba —como contempla a todos— con un aburrimiento grave, emparedado en gris…
___
Foto:
Roberto Machado.

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Hay otro país más allá de tu oreja (actualizado)

Roma pide ciertos excesos. Desandarla de uno a otro confín es uno de ellos, así que ayer salí a caminar con mi reproductor de música en el bolsillo. Mientras pisaba los adoquines de la capital italiana, pensaba en los de mi ciudad natal. El motivo: Raúl Ciro. Escuchaba una docena de sus canciones.

He seguido la obra de Ciro quizá desde principios de los noventa. No recuerdo la fecha exacta, pero sí el lugar del hallazgo. Lo descubrí en un parque. No hablo de un parque cualquiera; era el de 13 y 8, donde por aquellos días se daba cita un grupo de cantautores y su público a matar el aburrimiento que parecía devorar a la capital y al resto de la isla de un extremo a otro.

De lo que se cocinaba en este parque derivarían Habana Abierta —que fue primero Habana Oculta—, la banda de Ciro y Alejandro Frómeta, llamada Superávit —ironía suprema en un país donde lo único que abundaba era la escasez—, así como otros memorables proyectos individuales y de grupo.

Llevo años buscando en Youtube —y en cualquier parte— un video de “Villa de París”, canción de Ciro que fuera todo un himno de los asiduos al olvidado parque. Di con una sesión de grabaciones, pero sigo sin encontrar esa villa que me es tan querida; igual, no desfallezco. Ya aparecerá y entonces prometo compartirla en Belascoaín y Neptuno con mis lectores, que devendrán oyentes.

Hoy, sin que venga mucho al caso y para festejar Passover —una fecha que celebra el éxodo a la libertad del pueblo judío, fuga que siento como mía—, en lugar de “Villa de París”, los invito a escuchar “Déjame cuidarte”, una exquisita canción de Ciro, interpretada por Yalica Jo, con Roberto Fonseca al piano.

La grabación data de 1998.

Postdata: Para completar los créditos, transcribo un fragmento del comentario que ha dejado Ciro en este post: «Ahora, no sólo participan Yalica, y Robertico, también están el gran Félix Lorenzo, y el gigante Abel Omar Pérez. Además, mi amigo Abelito González registró el audio en un casete cromado a la vieja usanza. Qué temperatura».

Ya que estamos, hago una breve pausa para recomendar una canción titulada “Natalia”, que es de donde saqué el verso que titula este post. Y, sin más, vuelvo a darle la palabra a Ciro: «Cambiando de tema… Escuchen, por favor, sobre todo el segundo tema de este vídeo a contraluz, de una presentación de Alejandro Frómeta en Sevilla. Escuchando esa versión de nuestra “canción de cuna patriótica”, uno entiende muchas cosas».

Y otra vez no pude evitar meter la cuchareta. Como apunta Ciro, el video de la presentación de Frómeta incluye dos canciones. La segunda —que empieza a partir del minuto 4— demuestra qué se puede hacer con un himno nacional cualquiera; en específico, el nuestro. Me ha puesto los pelos de punta.

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¡Coge tu Guamá aquí!

Publico la media página que me corresponde de la más reciente, hilarante y muy escatológica sedición especial del diario que no defiende principios ni personas… Ya lo dijo quien lo dijo: ¡Si es Guamá tiene que ser bueno!

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Chutzpah

Es la palabra del día. Chutzpah. Quizá se deba a la resaca de Passover, pero no me viene otro término más apropiado a la mente.

¿Cuál es el origen y que quiere decir la dichosa palabrita?

Ésta se usa con bastante frecuencia en inglés —en Nueva York y zonas aledañas o ciudades más proclives a una “sensibilidad judía”—; nos llega del yiddish y significa: tener “tabla”, “cara dura” o, para escribirlo mal y pronto, “cojones”. Un ejemplo socorrido de “chutzpah” es el del chico que luego de asesinar a sus padres pide clemencia a la justicia… ¡por ser huérfano!

Pues sí, hay que no tener vergüenza —atributo, por demás, típico del régimen de la isla— para pedir visas para los parientes de los cinco espías cubanos convictos en Estados Unidos, luego de juicios efectuados, nunca mejor dicho, con todas las de la ley.

Mientras redactaba esta nota, sin que viniera mucho a cuento, me puse a tararear la melodía de “Dos gardenias”. Y, como andaba de buen humor, imaginé al despótico y decrépito Fidel Castro entonando la siguiente canción para los muy despistados congresistas norteamericanos, en aras de que éstos, de paso, le fueran con el recado al Presidente.

“Cinco espías” (con la música de “Dos gardenias”)

Cinco espías para ti,
con ellos quiero pedir: ¡Dinero!
¡Malboro! ¡Comida!
Te harán subir la presión,
te darán hipertensión,
¡Qué lío!

Cinco espías para ti:
van a espiar con fervor
¡aun presos!

Los espías que te di
algún día los reclamaré
sencillamente por joder.

En tu tierra vivirán
y comerán
todo tu pan y tu trigo.
Se empacharán y pedirán…
¡plomeros!

Pero si un atardecer,
los espías del terror
se mueren,
es que se han indigestado
pues los he envenenado
porque yo no sé perder.

Es que se han indigestado
pues los he envenenado
porque yo no sé perder.

***
Imagen: Salms, en Flickr.
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La víspera de Passover

Passover es mi festejo judío preferido, pues celebra el éxodo de los israelitas, quienes —según designio divino— pasaron de ser esclavos del faraón egipcio a seguir los pasos de Moisés en busca de la tierra prometida.

Yo —que hui hace ya casi una década de mi despótico Egipto—, cada Passover levanto mi copa y hago el brindis por la libertad que suele anteceder a la cena en familia. (Dicho sea de paso, el brindis incluye un comentario que sospecho también nos llega de la tradición judía: «Hasta que todos no seamos libres, no disfrutaremos libertad plena»).

Este año —entre viajes y proyectos de trabajo— no probaremos las hierbas amargas, ni mencionaremos las diez plagas mientras untamos el dedo en vino y lo llevamos al borde del plato, ni preguntaremos por qué es especial esa noche —que por lo general pasamos en familia—, pues cenaremos con amigos a un océano de distancia. Sin embargo, para festejar con ganas, el escritor David Unger me anuncia que mi traducción de su cuento “Passover Eve” aparecerá en Ni chicha ni limonada, su próximo libro de cuentos que será publicado en breve por la editorial guatemalteca F y G Editores.

Extiendo mi gratitud a F y G Editores y David Unger por dar el visto bueno para publicar “La víspera de Passover” en Belascoaín y Neptuno; a este último —traductor entre traductores— le agradezco, por sobre todas las cosas, la invitación a traducir su texto.

***
La víspera de Passover
David Unger

Los cacahuetes, los trocitos de coco, el alioli, las pasas y el pozuelito con la salsa de mango esperan en la sala para acompañar al arroz hervido y el cordero con curry. Mi madre todavía está en la cocina. Desde su dormitorio me llega el sonido de las ráfagas que dispara Súper Mario en el Nintendo mezcladas con la risa alegre de mi sobrino Luis.

Suena el teléfono.

Pongo en la mesa mi Chivas a la roca y tomo el auricular. «Feliz Pascua», dice una voz al otro lado de la línea.

—Tiene el número equivocado —respondo con indiferencia, a punto de colgar.
—¡Espera! Es un mal chiste, lo sé. Soy yo, tío Abie.

La voz, antaño familiar, me saca una sonrisa:

—Debí suponerlo.
—Después de todos estos años de vivir con Sarita, he seguido su camino. Ahora llevo un crucifijo dorado y la acompaño a misa los domingos. Creo en el triste judío en la cruz. Fue terriblemente malinterpretado.
—No era mala gente. Desconfío más de quienes vinieron después.
—Sí, no deberías culparlo a Él por lo que han hecho sus seguidores.

Mi hermano Henry levanta la vista de la página de deportes, tratando de averiguar con quién estoy hablando. Tapo el auricular con la palma de mi mano.

—¿A quién se le ocurre llamar deseándonos una “Feliz Pascua” en Erev Passover?
—A tío Abie.
Touché.

Henry toma la botella de cerveza que tiene entre las piernas y se da un largo buche de St. Pauli’s Girl. Hace una mueca cuando la cerveza fría le llega a la garganta; luego traga un poco de aire para aliviar el efecto. «Ahora sí se puso la cosa buena», dice, sonríe y deja escapar un eructo.

—Oigo. Oigo —sigue la voz en el teléfono—. ¿Con quién de ustedes dos estoy hablando? Henry siempre tuvo la voz grave y profunda, como un pedo.
—Soy yo, Danny, tío —digo sonriendo.
—Ah, sí, mi querido Danielito. ¿Cómo esperas que te reconozca? ¡Tú no me has hablado en, al menos, veinte años!
—Yo más bien diría treinta.

Lo escucho toser alejándose del auricular. «¿Qué son otros diez años? El tiempo que le toma a una mosca en volar desde una plasta de mierda hasta tu plato».

—El mismo tío Abie de siempre —digo congraciándome con él. Sólo a él se le ocurriría algo así. Erev Passover. Pascua. Obviamente, el hecho de que vaya a la iglesia no ha afectado su manera de hablar ni ha mitigado su humor.
—No el mismo, Danny. El cuerpo me está fallando. Mis rodillas de tan hinchadas parecen tomates. Mi corazón, mi pobre corazón…
—Mi madre me dijo que has estado enfermo.
—Enfermo no es la palabra, sobrino. El doctor dice que estoy acabado. Bueno, casi. La mitad de mi corazón está muerta. Atrofiada. Y tengo enfisema. Los años de fumar me han destruido los pulmones. Están llenos de goteras. Y lo peor de todo: tengo el rabo flácido.
—Las chicas deben de estar de luto, ¿no?

Abie no contesta. Su silencio siempre fue el preludio de unas falsas tenazas emocionales. Casi puedo escucharlo sollozando. «¿Las chicas? ¿Eso es lo que tú piensas que es mi vida? ¿Chicas? Si yo ya estoy listo para el sepulturero».

—Tío, estaba bromeando —recuerdo un incidente en Guatemala. Quizá han pasado cuarenta años. Tío Abie quería llevarnos a mí y a Henry, que todavía no éramos adolescentes, a un prostíbulo cerca de la línea del tren. La sola idea hizo que nos temblaran las rodillas. Pudimos salvar nuestra virginidad al inventar que le habíamos prometido a la abuela que la llevaríamos a jugar a las cartas en casa de su cuñada. Más que preservar la virginidad, lo que hicimos fue evitar las ladillas, la gonorrea o lo que sea que coge la gente que, por cincuenta centavos el palo, se acuesta con putas en los arrabales pegados a los raíles del tren en Ciudad de Guatemala.

—Ya no pienso más en esas cosas, Daniel. Soy una sombra de lo que fui. Y, al margen de eso, tú me debes respeto. No debes olvidar que yo soy tu tío. A ti y a tu hermano siempre les ha costado trabajo respetarme. Y nunca han apreciado mi lado espiritual.

Soy un hombre hecho y derecho, ya en mis cincuenta. Me casé, tuve dos hijas, las crié, me divorcié y es probable que me case de nuevo. Mis decisiones no siempre han sido correctas, pero he aceptado responsabilidad por lo que he hecho: los garfios, las traiciones. Mi filosofía es simple. Desperdiciamos la vida, pero lo mejor es admitir las cosas: el crimen supremo es desviar la bala que te toca para que le vaya a joder la existencia a un pobre infeliz.

El tiempo se ha ido volando. Hubo un tiempo en que fui hijo y sobrino, pero ahora soy padre y tío. Trato a mis mayores con deferencia, pero sospecho que a tío Abie lo hemos respetado más de lo que merece. Los años me han ganado el derecho de expresar mis ideas, de pensar que mi tío Abie ha encontrado a Jesús porque se acerca el fin y se ha hecho espiritual para aprovecharse y robar mientras pasan el sombrero. Están lejos los días en que nos hacía a mí y a Henry sacarnos el pípis frente a sus amigos para ver si nuestros penes habían crecido un milímetro. Están lejos los días en que nos decía que nos pusiéramos mierda de gallina sobre el labio para que nos saliera el bigote. Están lejos los días en que el miedo nos amordazaba.

Henry es diferente; perdona con más facilidad. Para él, los recuerdos se han convertido en cuentos que pueden ser reciclados y recontados —la pólvora que enciende la mecha que da paso a la carcajada en una fiesta aburrida—. Yo disecciono los recuerdos, les hago la autopsia, trato de entender qué significados puedo sacar de ellos.

Apuro un trago de güisqui. «Recuerdo cuando nos dejabas después de la cena del Shabbat y te ibas al Puerto Barrios», me escucho decir y culpo al Chivas por mi soltura de lengua.

¿Es posible escuchar el silencio? El silencio de tío Abie está a tres mil kilómetros de distancia. A pesar de eso, puedo escucharlo. Y su corazón maltrecho debe estar hundiéndose más rápido que el peso mexicano durante la devaluación de 1983. ¿De veras piensa que sus escapadas con las putas pasaban desapercibidas?

Le echo un vistazo a Henry. Está leyendo tarjetas de béisbol que reflejan las estadísticas de la temporada de entrenamiento, a la par que disfruta el intercambio, mi porción del diálogo. No comparte mi desprecio y preferiría cambiarlo por fichas de póker en Reno o Las Vegas. Para él, la vida es una farsa. Disfruta realmente revivir recuerdos cruciales, uno a la vez, saboreando las mejores partes, como si fuesen mujeres opulentas.

Tapo el auricular: «¿Quieres hablar con él?».

—¿Qué? ¿Para que intente pedirme varios cientos de dólares? ¡Ni hablar! Dile que me fui a jugar a los bolos o que me lleve a los niños a la misa de medianoche —Henry es un judío no practicante, se casó con una católica, pero la religión no le importa. Lo mismo celebra Hannukah que Navidad, Pascua que Passover.

Abie ha seguido hablando.

—Tío, no escuché lo que dijiste.
—Dije que no puedes limpiarte el culo con toda una vida de memorias, Danielito. Un día te vas a encontrar el armario lleno de recuerdos. Espero que te permitan dormir.

Tío Abie tiene excelentes habilidades verbales. Gracias a su pico de oro, siempre ha sido capaz de sacarse de lugares a los que no pertenecía: una bronca de borrachos; una mesa de póker en la que debía miles de dólares; o cuando lo agarraron con las manos en la masa, en la cama con la esposa de su mejor amigo. Nunca he conocido a una persona que controle o intente controlar estas situaciones con tanta inteligencia. En los últimos treinta años ha vendido alfombras, relojes, mercancía falsa desde Guatemala hasta México DF, pasando por Chihuahua y Los Ángeles, todo esto después de pasar varias semanas en una cárcel hondureña. Se habría pasado el resto de su vida en Tegucigalpa de no haber sido porque sus hermanos lo sacaron de apuros. En lugar de mostrarse agradecido, los acusó de orquestar su encarcelamiento. Y ahora vive de la asistencia social y el seguro médico en California, o eso dice mi madre. Sólo puedo imaginarme los papeles que tiene que haber comprado para convertirse en un legítimo ciudadano estadounidense, hijo de un plomero en Tulsa o Norman, Oklahoma.

—Lo siento, tío. Me gustaría que hubiera algo que pudiera hacer por ti —una vez más, lamentándome por sus payasadas, cuando debería estar furioso.
—No le hagas caso, Danny. Terminamos cocinándonos en nuestro propio jugo. A nadie le importa que haya tenido que inventar una nueva forma de caminar para que no se me gasten los zapatos o que no cruce las piernas por temor a que se me gasten los pantalones. Cada semana hago una cola de tres horas para obtener una bolsa de arroz y un trozo de queso que me da la asistencia social. Pero al menos mi muñeco todavía puede orinar dentro del inodoro si me paro a un metro de distancia.

Mi madre sale de la cocina. «La cena está lista,» dice. A sus espaldas, escucho el arroz hirviendo en el agua, con la tapa dando golpecitos en la olla de presión. «¿Con quién hablas?», me pregunta suavemente.

—Espera un momento —le digo a mi tío y tapo el auricular.
—Es tu hermano, mamá.

Su cara extenuada se ilumina como si fuera una chiquilla: «¿David?».
—Ya quisiera yo.
—Es Abie, ¿verdad?
—Anjá.

La tristeza le cubre el rostro. «Ahora no puedo hablar con él. Puedes decirle eso de la manera más agradable posible». Ella es la única entre sus hermanos que aún se mantiene en contacto con Abie. «Sé bueno con él, Danny. Está tan solo».

Tiene razón. El debate de a quién culpar se termina cuando llegas a los ochenta. ¿Por qué guardar rencores? Siente lástima por los antiguos guardias nazis que están en sus ochenta; a Klaus Barbie le encantaban los perros y los niños y, además, su corazón estaba en las últimas. En la historia del Éxodo, tío Abie se describiría como Aaron, con una vara que se convirtió en serpiente y a quien su don de la palabra le posibilitó hablar en nombre de Moisés. Él siempre sería el hermano leal, el segundo fiel que nada tuvo que ver con el becerro de oro. En su punto de vista, él siempre es la víctima, aún cuando te prepara para el asador. Injustamente acusado de asesinato, aún cuando lo agarran saboreando felizmente tus deliciosas costillas.

—¿Dónde está tu madre?
—Salió de compras, tío Abie.
—Ya veo —sé que está cansado de hablar conmigo—. ¿Y tu hermano Henry?

Sigo con las mentiras: «Está abajo, en las canchas de tenis, jugando con sus hijos».

—Tenis —repite. La palabra debe recordarle el capítulo más glorioso de su vida. Cuando tenía poco más de veinte años, tío Abie tenía la constitución de un campeón de tenis. Estaba en el equipo nacional de Guatemala que compitió en Panamá en los Panamericanos de 1948.
—Tenías un revés endemoniado, tío.
—Eso es cierto. ¿Lo recuerdas, Danny?

Sonrío. «¡Si lo recuerdo! Una vez me dijiste que habías derrotado a Pancho Gonzáles en La Habana».

Tío Abie se ríe en el teléfono. «Eso es un cuento de camino. Margeaux y yo estábamos pasando la luna de miel en el Nacional. Gonzáles y yo, en realidad, sólo nos voleamos durante veinte minutos pues a su pareja le había dado un calambre». Hace una pausa. «Qué tiempos aquellos. Había alcohol y mujeres por todas partes. Yo estaba en el mejor de mis momentos», alardea.

—¿Con las mujeres o con el tenis? —las palabras se me escapan de la boca.

Este silencio es diferente; a la jocosidad de tío le ha caído un balde de agua, se le reventó el globo. «Danny, estás hablando de mi primera esposa, la madre de mis dos hijos. Ella siempre será tu tía. Si la vieras ahora con osteoporosis, caminando encogida, con la nariz hacia el suelo, entonces no hablarías así».

Claro que tiene razón. Pero lo detesto porque insiste en lavarse las manos con sus responsabilidades. Abandonó a sus dos hijos en México; así es como ellos lo ven. En un final, no puedo desplazar la imagen de tío Abie en sus cuarenta. Se mantiene intacta, como si no fuera otra cosa que café congelado.

—Danny, ¿tú miras el Weather Channel? —me pregunta.
—A veces, para echarle un vistazo al pronóstico del tiempo para la semana. ¿Por qué?
—Tienen un programa en el que puedes ver el efecto de los huracanes —dice y se anima un poco—. El viento es una cosa tremenda. Se lo lleva todo: techos, carros, edificios enteros. Este canal también muestra programas sobre tornados, tifones y maremotos. No hay escape, ni para las hormigas. Y nosotros somos menos que hormigas. Lo único que podemos hacer es morirnos.
—Tienes suerte de tener a Jesús.
—Todos nos queremos salvar.
—Lo siento, tío —digo distraídamente, con el corazón en pedazos pues mis dos hijas están celebrando la cena de Passover con su madre.
—Yo también… Danny, tú eras un chico tan dulce. ¿Qué te hizo tan amargo?

¿Qué me hizo tan amargo? Una parte de mí siente una lástima genuina por él; la otra, quiere armar un alboroto. Con tío Abie, nunca sabes qué hacer.

En realidad, no estoy amargado, pero es Erev Passover, no Yom Kippur —el Día de Expiación— y estamos a punto de sentarnos a cenar. Vamos a recrear la historia del Éxodo, que es, después de todo, una parábola de escape y liberación. De cómo nuestros ancestros huyeron de un tirano, vagaron por el desierto durante 40 años después de haber sido liberados de su esclavitud, rezaron ante la imagen de un becerro de oro, recibieron los diez mandamientos en el Monte Sinaí, y aprendieron a comportarse como un pueblo bajo un Dios. El más pequeño de los niños hará las cuatro preguntas y uno de los adultos esconderá el Afikomen.

El Éxodo es una gran historia de estrategia, sufrimiento, magia, destrucción, rebelión y salvación temporal. En ninguna parte habla de remordimiento o de perdón. Después han venido muchas más historias de los judíos y el final, como sabemos, aun está por escribirse.

Me gustaría poder decirle esto a tío Abie.

Quizá otra cosa que no sea el salvador le ayudará a aceptar la muerte.

Pero ya está despidiéndose de mí, aliviado, y con toda seguridad de sus ojos se le escapan unas lágrimas.

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El difunto Fidel C.

La noticia es oficial. Pero no, no se trata de ese Fidel que la mayoría de los cubanos deseamos ver muerto. El occiso, en este caso, es un entrañable personaje de Teresa Dovalpage, quien acaba de ganar el V Premio de Novela Corta de Rincón de la Victoria con El difunto Fidel C.

¿Qué decía? Ah, sí, que esta mañana tuve el enorme privilegio de leer —mejor aún, devorar— de un tirón el manuscrito de esta novela en el tren de Sinalunga a Arezzo (una media horita) y, luego, en una cafetería de dicha estación, mientras esperaba al monstruo metálico que me devolvería a la Ciudad Eterna. Para amenizar la lectura, el laptop se me quedó sin carga en algún momento, pero con algo de suerte encontré por ahí un tomacorriente redentor que colaboró con ese impostergable vicio que es leer a Teresa Dovalpage.

El difunto Fidel C. no permite pausas ni da tregua. Ya que estamos, el título es un guiño al lector pues la obra no trata de Fidel Castro, sino de Philip Carballo, un exiliado cubano, que se proclama “luchador por la libertad”, es dueño de una exitosa compañía de bienes raíces y, después de su muerte, en sucesivas sesiones con una espiritista pelirroja y sandunguera, revela que había sido dirigente en Cuba, que su compañía estaba a un paso de la quiebra y que, para colmo de males, su verdadero nombre era Fidel.

No añado más —para no arruinar las sorpresas (que son muchas)—, excepto lo obvio: recomiendo este desopilante libro con muchísimo entusiasmo.

Y cierro con un muy grato anuncio: Dovalpage me acaba de confirmar que en breve publicará algún fragmento de El difunto Fidel C. en Belascoaín y Neptuno. Ya verán entonces de qué hablo…

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Viajes a Cuba: entre las buenas intenciones y el mal gusto

Reproduzco un texto (*) de Teresa Dovalpage.
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Aquellos que dicen: “Me gustaría ir a Cuba antes de que cambie” no lo hacen con el objetivo de insultar. Es más, puede que incluso tengan buenas intenciones. A fin de cuentas, lo único que quieren es ver Buicks y Fords de los años cincuenta, esos que parecen haber salido de un episodio de Twilight Zone, como me dijo no hace mucho un profesor retirado —un profesor que porta una gorrita a la Che Guevara, por cierto—.

Generalmente los que así se pronuncian suelen prestarse, encantados de la vida, a echarles una mano a los nativos. Así le he mandando a mi madre, que todavía vive en La Habana, un montón de paquetes con amigos americanos. Americanos buenas gentes, nada feos, a quienes no se les ocurriría decir, por ejemplo: “Me gustaría visitar Guantánamo antes de que cierren la prisión”. Ni mucho menos: “Ojalá hubiera podido ir a Auschwitz antes de la liberación”.

Claro que estoy exagerando. Una no puede comparar a un país entero, no importan cuán represivo sea su gobierno, con una prisión o un campo de concentración. Y sin embargo, Cuba, los campos de concentración y las prisiones tienen algunas cosas en común. A saber: sus habitantes no pueden dejar el lugar sin permiso, comer los alimentos que prefieran, expresar sus opiniones ni practicar su religión libremente, por sólo citar unas cuantas.

Cuando mis amigos americanos me dicen que piensan visitar Cuba —ilegalmente en la mayoría de los casos— siempre les contesto: “Bueno, vayan y fíjense bien en cómo son las cosas por allá”. Mi esperanza es que mientras se pasean en esos carros del año del ruido noten también los edificios destruidos, los ómnibus repletos y malolientes bautizados como camellos, las bodegas vacías y el monótono tiquitiqui del discurso oficial.

Pero, ¿lo notarán? No es fácil atisbar a través de la cortina sanitaria que envuelve a los turistas extranjeros apenas aterrizan en la isla. Los turistas se quedan en hoteles en los que hasta el 2008 no se permitía a los cubanos alojarse ni siquiera una noche. (Ahora se les permite, suponiendo que puedan pagar por su estancia en moneda dura). Los turistas viajan en ómnibus con aire acondicionado y no en camellos apestosos. Van a cenar a El Floridita, a La Bodeguita del Medio o a otros restaurantes por dólares en que la mayoría de los nativos teme pisar. Y no tienen manera de saber, por ejemplo, que los niños cubanos pierden el derecho a comprar un litro de leche cuando cumplen los siete años.

Claro, se me dirá que lo mismo pasa cuando los extranjeros viajan a Haití, Jamaica y hasta a algunas regiones de Brasil. No se quedan en las chozas de Port-au-Prince ni en favelas como las que aparecen en Ciudad de Dios. Pero todavía no he escuchado a uno solo de estos viajeros decir: “Me gustaría ir a Haití (Jamaica, Brasil) antes de que cambie”. Esto es, antes de que las mencionadas chozas y favelas desaparezcan. Eso sonaría feo, ¿verdad? Sería algo políticamente incorrecto y, a no dudarlo, de mal gusto.
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* Este texto fue publicado originalmente en inglés en tumiamiblog.

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