Arrivederci, Roma

Los cinco minutos que hoy me son dados para ocuparme del blog —es día de aeropuertos, de despedidas—, los aprovecho para agradecer a la American Academy in Rome, en cuyos predios he vivido, junto a mi esposa —ambos en calidad de visiting artists— seis semanas más memorables que el pegajoso estribillo de los Van Van.

Además de haberme otorgardo el tiempo y el espacio para terminar mi segunda novela y, de paso, lanzarme de a lleno a otro par de proyectos —que por el momento me reservo—, este mes y medio me brindó la oportunidad de codearme con una fabulosa treintena de artistas y académicos norteamericanos, sobre quienes escribiré en días y meses venideros. Ahora, de un plumazo, me sale esto: gente linda y talentosa, muy a tono con la ciudad que nos dio tan grata acogida.

A este grupo inolvidable, a la Academia Americana en Roma y a la Ciudad Eterna, sin tiempo para más y con gratitud infinita: quienes vamos a viajar, os saludamos.

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Décima del (des)agravio

Paisano que te acongojas
con
mi metáfora llana
sobre viajar a La Habana,
te sugiero que no cojas
el rábano por las hojas,
ni te vayas por las ramas,
que eso que dices que tú amas
ni es precioso ni es sagrado
y está visto y comprobado
que nuestro llano está en llamas.

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Los inocentes

Regreso de una visita que, por conveniente, había sido pospuesta hasta el infinito y más allá. Me refiero al Mausoleo Ossario Gianicolense, ubicado en la colina que debe su nombre a Jano bifronte.

Entro al recinto. Le doy una vuelta a la plazoleta. Me cuelo entre sus muy rectangulares columnas. Tomo fotos que servirán de monumento al monumento y recuerdo que el origen en latín del término que aquí repito es, precisamente, “recordar”. Me entretengo mirando esas siglas que alguna vez indicaron la pertenencia al senado y al pueblo de Roma —SPQR— y no puedo evitar que me sobrecoja un poco el carácter marcadamente fascista de este tipo de arquitectura.

Me siento en un banco y me distraigo (aunque no en ese orden). Para darles un respiro a los problemas de ajedrez, resuelvo un ejercicio de sudoku y se me va el tiempo entre números que encajan y desencajan. Cuando salgo del puzle matemático, la rigidez de las columnas y la pesadez del memorial a los caídos en la defensa de Roma me empaña la mañana, que, por lo demás, es en extremo luminosa. Pienso en los inmolados —de la bota italiana, del caimán caribeño—, en quienes dieron la vida en nombre de la Causa, cualquiera que ésta fuese. Y me viene a la memoria aquella fatídica y redundante consigna que me persiguió desde que tuve conciencia hasta que me fugué de la isla.

Se me ha nublado el día. Busco refugio en las áreas verdes que rodean al complejo arquitectónico y entonces los veo. Son dos —como la canción del general—, dos perros que juegan en la hierba, al margen de la ciudad y su historia, desentendidos de todos y de todo: desde la ambulancia que sube la colina a revientacaballo hasta mis ganas de divulgar por todos los confines las víctimas de ese proceso que algunos llaman “revolución cubana”.

Miro a los cachorros mataperrear, ajenos al cubaneo, a la maldita suspicacia por todas partes y a la sombra nefasta de ese régimen que sigue detentando el poder en mi tierra. Entonces pienso en los cientos de miles de compatriotas que viven en países democráticos y en el no minúsculo por ciento de ellos que prefiere no meterse en política para garantizarse la entrada y la salida en su tierra natal y, en términos generales, una vida más llevadera.

Me entran un cansancio y un desánimo difíciles de describir. Sé que pasarán y que en breve estaré escribiendo alguna décima burlona, desgranando un soneto satírico, buscando una nueva manera de mofarme de los hermanos Castro y su decrépita dictadura cincuentenaria. Pero admito que en un instante de flaqueza, añoro ese candor animal —de los cachorros, de los cubanos que prefieren desentenderse de la realidad de la isla—, esa inocencia, por suerte, ya irrecuperable.

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Estampas habaneras (XXV)

De extraterrestres, apagones y croquetas de ave (para Daína Chaviano, con cariño y admiración)

En su página de Facebook, Daína Chaviano ha propiciado un diálogo interesantísimo sobre los extraterrestres, diálogo que me inspira la esquinita de hoy. Aunque nunca he tenido un encuentro verdaderamente cercano, sí pasé por una experiencia que ahora relato por primera vez. Ocurrió en la esquina de Carlos III y Espada, junto al hospital de Emergencias, en la azotea del edifico donde viví hasta el 96.

Era una noche de apagón programado y mi socia Mercedes y yo habíamos decidido que no la íbamos a pasar ahogándonos de calor metidas en casa. Antes de que se fuera la luz nos pertrechamos con una botella de agua, un par de panes con croqueta de ave… averigua tú de qué cosa eran y una cajita con tres fósforos. Apenas la oscuridad nos cayó encima sentí como si me hubiera trasladado a otra ciudad. Los desconchinflados edificios centrohabaneros, vistos en la penumbra, parecían salidos de un universo que no tenía nada que ver con el de las colas de cuatro horas, los camellos nauseabundos y las consignas apabullantes de aquel en que me había tocado nacer. Algún que otro quinqué fantasmeaba allá abajo, en las ventanas. Los televisores estaban mudos y los radios amordazados. Y el resultado de todo aquello era un sentimiento de paz completa, de elevación, de tranquilidad casi Zen.

Fue entonces que lo vimos. Era ovoide, mediría quizá cinco metros y se hallaba justo encima de la azotea. Es difícil asegurar cuán cerca, pero sí lo bastante como para que distinguiéramos sus contornos, iluminados levemente por una reverberación interior. No puedo recordar ningún sonido. Y de fijo lo habría escuchado porque la ciudad, cuando empezaba el apagón, se sumergía en un pozo mudo en el que hasta las toses sonaban como pistoletazos.

Al cabo de unos diez minutos el OVNI, o lo que fuese, se alejó envuelto en el mismo silencio en que había llegado. Mercy y yo, al recuperarnos del susto, soltamos las chancletas escaleras abajo, en medio de la oscuridad. Hasta nos olvidamos de la caja de fósforos y de las provisiones. Cuando subimos por ellas al día siguiente ya habían desaparecido, aunque las pongo en la cuenta de algún vecino descarao, no de los visitantes espaciales. Pero quién sabe. A lo mejor alguien por allá arriba está todavía examinando las croquetas y haciendo hipótesis sobre el sistema digestivo de los cubanos de finales del siglo XX.

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Show secreto

Traigo buenas noticias: Alina Brouwer toca este viernes en un evento exclusivo en Coconut Grove. Para informarse de los detalles, pueden escribir a onesecretshow@gmail.com.

H/T: Penúltimos días.

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Sobre el permiso de salida



H/T: Evidencias cubanas.

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Sobre el permiso de salida



H/T: Evidencias cubanas.

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El titiritero

Aunque para algunos suele ser tan impredecible como el vuelo de una mosca, Fidel Castro no logra sorprenderme. Y —acostumbrado como estoy a esperar de él siempre lo peor— tampoco consigue defraudarme. Volveré a este tópico más adelante. Ahora se impone un paréntesis.

No es secreto que el tantas veces tomado por un tubérculo y recientemente defenestrado Felipe Pérez Roque hizo carrera en la diplomacia cubana dada su capacidad de “interpretar el pensamiento del Comandante en Jefe”. Su estrella se apagó un día después de la demonstración en pro de los derechos humanos realizada en Nueva York, sacando así —muy eficientemente— del ciclo noticioso el clamor que comenzara un mes antes en Madrid y Barcelona y cuya antorcha recogiéramos en las calles de La Gran Manzana. A ambos lados del Atlántico pedíamos cambio. El régimen cubano respondió con más de lo mismo.

Que nadie crea que hago leña del árbol caído. El abyecto Pérez Roque lo merece, pero no me alcanza el tiempo para esos menesteres. Si lo traigo a colación es porque ha aparecido un personaje en la palestra cubana que de forma subrepticia se ha echado en los hombros su antigua tarea. Me refiero nada más y nada menos que a… ¡Fidel Castro! La evidencia está a la vista: en su más reciente reflexión, el convaleciente advierte a Obama que ha malinterpretado “las declaraciones de Raúl”. Y, para aclarar lo que le concierne, se erige en el mejor intérprete de su terrible hermanito. «Donde dijo esto, quiso decir esto otro».

Es revelador el hecho de que ese siniestro personaje que no ocupa ningún cargo oficial en el actual gobierno de la isla diga, desdiga y contradiga a su antojo todo lo que su heredero dice y hace. Cuba, ya se sabe, es una dinastía. (Esto es fácilmente constatable: en el último medio siglo, en la esfera de poder no ha cambiado el apellido). Mientras ocupó el trono, el primero de los Castro era incuestionable. Sin embargo, en estos penúltimos días hemos aprendido que la infalibilidad no es transferible.

Pero decía que Fidel Castro no me sorprende. Y añado que tampoco hay que tener rayos ultravioleta para adivinar el próximo paso del rey desnudo. El motivo es simple: siempre que alguna administración norteamericana ha hecho amago de acercamiento al régimen, el susodicho ha reaccionado como mulo que se sienta en avispero: tirando coces a diestra y siniestra. ¡Que nadie vaya a hablarle de diálogo con el enemigo, que él sólo florece en la trifulca!

Raúl puede haber heredado el cetro de poder, pero sigue a la sombra de su gran hermano. Fidel Castro —cual titiritero inexperto— mueve los hilos, ya sin preocuparse de que éstos sean vistos por la audiencia.

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De la estupidez humana y otros demonios

Queridos lectores: Hoy casi no tengo tiempo para dedicarle al blog, así que, en su lugar, les dejo este desopilante video sobre la cosa cubana. Regreso mañana.



H/T: Ulises Álvarez, en Penúltimos días.

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De lectura obligatoria

La sangre de la América Latina
gotea en el best-seller tendencioso,
que aquel golpista —amigo del baboso
viejo que reflexiona y dictamina

en la isla secuestrada por la inquina,
donde el tirano vetusto y odioso
no le da paz al pueblo ni reposo—
le ha regalado con mucha pamplina

al Presidente del tremendo imperio…
Ya que recomendamos al dilecto
mandatario lecturas de verano,

¿qué tal otra visión del hemisferio?
Mi sugerencia: el Manual del perfecto
idiota latinoamericano.

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Cuando se alza el telón

Publico en exclusiva un texto de Teresa Dovalpage.
***

Mi relación con el Teatro Aguijón de Chicago empezó en 2006, cuando Rosario Vargas dirigió la puesta en escena de La hija de La Llorona. Aquélla fue la primera vez que vi un texto mío representado y el sabor de la experiencia me gustó tanto que me convertí en una adicta. Porque sin dudas es muy agradable que alguien venga y te diga: “Leí tu novela tal y me gustó como describes al personaje de Fulanito”. Pero es sin dudas más gratificante el ver a Fulanito, encarnado en un actor (aunque a lo mejor éste no tenga nada que ver con cómo te figuraste a Fulanito) diciendo las palabras que tú te imaginaste sentada frente al ordenador. Ésa es parte de la magia del teatro. Otra parte es estar entre el público cuando se alza el telón y sentir de primera mano el efecto de tus chistes (bueno, pujos a veces) o de tus parlamentos dramáticos en la gente que te rodea. Eso no tiene desperdicio, vaya.

Por tales razones, cuando Rosario Vargas me sugirió tomar el tema de “La muerte de un viajante” y adaptarlo a la realidad latina en Estados Unidos, di brincos de alegría. Willy Loman se encarnó en un cubano bautizado como Fidel, rebautizado como Philip. Un agente de bienes raíces que, al formarse el reciente despelote con las hipotecas, se encuentra arruinado y sin saber para dónde tomar. Y con miedo a caerse de nalgas, que el suelo está lleno de clavos. El título de la obra es Hasta que el mortgage nos separe, por el bilingüismo nuestro de cada día. Se presentará en mayo de este año en el Teatro Aguijón de Chicago.

De esta pieza salió El difunto Fidel, una novela corta que acaba de recibir el premio Rincón de la Victoria en Málaga. La novela comienza donde la obra (que tiene un final abierto, intencionalmente ambiguo) termina. No sé si me sentía en deuda con mis personajes por no haberlos tratado muy bien o si ellos, como los de Pirandello, habían decidido no dejar en paz a la autora hasta conseguir sus propósitos. En cualquier caso, aquí están. Me despido con una escenita de Hasta que el mortgage nos separe…

¡Y nos vemos en Chicago!

Acto I
Escena I
Un día cualquiera de octubre, 2008. La sala, amueblada con bastante elegancia, de una familia cubana en Miami. Sofá, mesa de centro, una butaca frente al televisor de pantalla ostentosamente grande. Sobre la butaca, un gato gordo y lanudo. Mesa de comedor con cuatro sillas. A la izquierda, una puerta que da a los cuartos; a la derecha, la de la cocina. Al fondo, un buró con una computadora.

Son las seis de la tarde. Entra Philip, impecablemente vestido con traje y corbata. En una mano trae un maletín y carpetas de Coldwell Banker y en la otra la correspondencia del día. Examina apresuradamente los sobres, abre uno, arruga el papel y se queda mirándolo aturdido.

Philip (para sí, con cara de preocupación): Otro más. Nada, que estamos reventaos…
Dalila (desde el interior de la cocina): ¿Eres tú, viejo?
(Philip guarda el papel en el bolsillo del pantalón, pero se da cuenta de que le abulta demasiado. Entonces lo esconde debajo del sofá, incorporándose justo en el momento en que entra su mujer a la sala. Dalila le da un beso maquinal y él le corresponde de igual manera).
Dalila: ¿Qué se te perdió por el piso?
Philip (disimulando): Nada, nada.
Dalila (con desconfianza): ¿Cómo que nada, si te sorprendí ahí agachado? ¿Qué te traes entre manos?
Philip: No me traigo nada. Lo que miraba es que todo está lleno de pelos. Como siempre. Esta casa parece una barbería por culpa del bicho ese (señala al gato).
Dalila: No empieces a meterte con Flo desde que llegas. (Va hasta la butaca y acaricia al gato): No haga caso, mi amor. Usted es aquí el pet number one.
Philip (levantando la voz): Un día me voy a encabronar, voy a agarrar al gato por la cola y lo voy a botar pal medio de la calle.
Dalila: Y detrás de él vas tú. ¿Cómo te cae?
Philip (suspira con alivio, pues gracias a la discusión su mujer se ha olvidado de lo que puede haber bajo el sofá): Ya, deja, deja eso.
Dalila (también olvidada del incidente): ¿Quieres café?
(Sin esperar respuesta va hacia la cocina. Philip entra a su cuarto. Un momento después llegan Bill y Kathy de la calle).
Kathy (continuando una conversación interrumpida antes de entrar): Bill, pierde el miedo. Piérdelo o no vas a tener tranquilidad nunca en tu vida. Aprende a defender tu derecho a ser quien eres.
Bill: Eso se dice fácil.
Kathy: Y se hace. Mírame a mí. ¿No tuve yo a mi hija por producción independiente y la estoy criando sola? Chico, lo tuyo es agua de borrajas al lado de mis problemas.
Bill: Pero tú eres distinta. Tú naciste en Cuba.
Kathy: ¿Y desde cuando ser cubano es una ventaja?
Bill (canta, imitando a Albita Rodríguez): “¿Qué culpa tengo yo de haber nacido en Cuba? ¿Qué culpa tengo yo de que mi sangre suba?”.
Kathy (riendo): ¿A qué viene eso ahora, mi hermano?
Bill: A que ustedes, los cubanos, tienen la sangre caliente. Son valentones, vaya.
Kathy: En ese caso considérate cubano honorario, chico. Al fin, es que tenemos los mismos genes, ¿no?
Bill: Mejor dejamos a los genes tranquilos que ya los míos me han dado bastantes líos.

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Sobre la relatividad de la belleza

No se equivocan los optimistas. El árbol es precioso. Pero está tras las rejas.

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Estampas habaneras (XXIV)

La Plaza de la Catedral en dos tiempos
(Segunda parte)
Teresa Dovalpage

En su segunda época —la de los años noventa, post-dolarización—, el kitsch alcanzó niveles estratosféricos en la benemérita Plaza. Las tardes sabatinas se inundaron de cocodrilos de papier maché, monitos construidos con la mitad de un coco seco y horribles acuarelas, tropicalmente típicas. La bisutería plástica cedió ante el avance guerrillero de la imagen del Che. Ésta se adueñó heroicamente de pulóveres, gorras, sellos, llaveros, ceniceros y hasta monedas, las mismas que el susodicho soñó con abolir cuando era presidente del Banco Nacional. Y luego digan que la historia no tiene sentido del humor.

En este tiempo árido, las calabacitas plásticas se desaparecieron de la Plaza y las vegetales de los agromercados. El Patio, la Bodeguita del Medio, La Torre de Marfil y todos los restaurantes situados alrededor de la Catedral y en barrios adyacentes se dolarizaron y se extranjerizaron a alta velocidad. Con la moneda nacional no se compraba ni un café aguado por aquellos contornos. Y para usar la dura, había que recurrir a los sobornos. Con rima y todo, sí.

Los hijos de la Europa socialista le dejaron vía libre a españoles, italianos, canadienses y hasta a algún que otro americano. Pero los nuevos visitantes sí se interesaban en los nativos. Y los nativos —¡cómo no!— vaya si se interesaban también en ellos. La Plaza dio cobijo a un quid pro quo de dólares y ron; dólares y langostas; dólares y parafernalia che-guevariana; dólares y negritas baratas —muñequitas de trapo, so malpensados.

A estos turistas, igual que a los otros, la mole de la Catedral los observaba estoica, con un aburrimiento grave, emparedado en gris…
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Foto:

Roberto Machado.

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Estira y encoge

Corto y pego. Texto e imágenes cortesía de Guamá:

Hay tantos pretextos para viajar como motivos para no volver.

Guamá presenta la opinión libre y soberana de varios aldeanos de las dos tribus dominantes del batey: los Taínovas y los Taisívas. No están todos los que no vamos, pero sí todos los que van, menos EL APOLÍTICO, los que no se meten ni en apolítica.

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Orden en el caos (y viceversa)

Un compositor ultramoderno sube al escenario, habla durante cinco minutos de su pieza —que dura siete—, de cómo está estructurada, de por qué escribe como escribe y cuál es la razón por la que esta pieza que en breve escuchará el respetable público cita a otra que le antecede, también de su autoría. Habla de su hipótesis personal del caos y de lo importante que es para él que todos los instrumentos del octeto interpreten solos simultáneamente y coincidan aquí, allá y acullá, y cómo incluso en algunos instantes tocarán desafinando, como si hubieran querido alcanzar una nota, pero el esfuerzo fuese en vano. La audiencia aplaude. El maestro toma la batuta, empieza a conducir y yo me quedo en Babia. Quiere el Altísimo que en esos siete minutos infinitos no me rinda al sueño. Las notas que desafinan y la puesta en práctica de la teoría del caos me lo impiden.

Después del intermedio, los músicos regresan a escena y tocan el concierto número 115 de Johannes Brahms, que consta de cuatro movimientos: allegro; adagio; andantino-presto non assai, ma con sentimento; con moto. Nadie presenta la pieza. Nadie explica el contexto histórico en que vino al mundo. Nadie diserta sobre la composición musical en el siglo XIX. Nadie habla de teorías de vanguardia. Ni falta que hace.
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Imagen: Shigeo Fukuda.
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