Publico en exclusiva un texto de Teresa Dovalpage.
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Mi relación con el Teatro Aguijón de Chicago empezó en 2006, cuando Rosario Vargas dirigió la puesta en escena de La hija de La Llorona. Aquélla fue la primera vez que vi un texto mío representado y el sabor de la experiencia me gustó tanto que me convertí en una adicta. Porque sin dudas es muy agradable que alguien venga y te diga: “Leí tu novela tal y me gustó como describes al personaje de Fulanito”. Pero es sin dudas más gratificante el ver a Fulanito, encarnado en un actor (aunque a lo mejor éste no tenga nada que ver con cómo te figuraste a Fulanito) diciendo las palabras que tú te imaginaste sentada frente al ordenador. Ésa es parte de la magia del teatro. Otra parte es estar entre el público cuando se alza el telón y sentir de primera mano el efecto de tus chistes (bueno, pujos a veces) o de tus parlamentos dramáticos en la gente que te rodea. Eso no tiene desperdicio, vaya.
Por tales razones, cuando Rosario Vargas me sugirió tomar el tema de “La muerte de un viajante” y adaptarlo a la realidad latina en Estados Unidos, di brincos de alegría. Willy Loman se encarnó en un cubano bautizado como Fidel, rebautizado como Philip. Un agente de bienes raíces que, al formarse el reciente despelote con las hipotecas, se encuentra arruinado y sin saber para dónde tomar. Y con miedo a caerse de nalgas, que el suelo está lleno de clavos. El título de la obra es Hasta que el mortgage nos separe, por el bilingüismo nuestro de cada día. Se presentará en mayo de este año en el Teatro Aguijón de Chicago.
De esta pieza salió El difunto Fidel, una novela corta que acaba de recibir el premio Rincón de la Victoria en Málaga. La novela comienza donde la obra (que tiene un final abierto, intencionalmente ambiguo) termina. No sé si me sentía en deuda con mis personajes por no haberlos tratado muy bien o si ellos, como los de Pirandello, habían decidido no dejar en paz a la autora hasta conseguir sus propósitos. En cualquier caso, aquí están. Me despido con una escenita de Hasta que el mortgage nos separe…
¡Y nos vemos en Chicago!
Acto I
Escena I
Un día cualquiera de octubre, 2008. La sala, amueblada con bastante elegancia, de una familia cubana en Miami. Sofá, mesa de centro, una butaca frente al televisor de pantalla ostentosamente grande. Sobre la butaca, un gato gordo y lanudo. Mesa de comedor con cuatro sillas. A la izquierda, una puerta que da a los cuartos; a la derecha, la de la cocina. Al fondo, un buró con una computadora.
Son las seis de la tarde. Entra Philip, impecablemente vestido con traje y corbata. En una mano trae un maletín y carpetas de Coldwell Banker y en la otra la correspondencia del día. Examina apresuradamente los sobres, abre uno, arruga el papel y se queda mirándolo aturdido.
Philip (para sí, con cara de preocupación): Otro más. Nada, que estamos reventaos…
Dalila (desde el interior de la cocina): ¿Eres tú, viejo?
(Philip guarda el papel en el bolsillo del pantalón, pero se da cuenta de que le abulta demasiado. Entonces lo esconde debajo del sofá, incorporándose justo en el momento en que entra su mujer a la sala. Dalila le da un beso maquinal y él le corresponde de igual manera).
Dalila: ¿Qué se te perdió por el piso?
Philip (disimulando): Nada, nada.
Dalila (con desconfianza): ¿Cómo que nada, si te sorprendí ahí agachado? ¿Qué te traes entre manos?
Philip: No me traigo nada. Lo que miraba es que todo está lleno de pelos. Como siempre. Esta casa parece una barbería por culpa del bicho ese (señala al gato).
Dalila: No empieces a meterte con Flo desde que llegas. (Va hasta la butaca y acaricia al gato): No haga caso, mi amor. Usted es aquí el pet number one.
Philip (levantando la voz): Un día me voy a encabronar, voy a agarrar al gato por la cola y lo voy a botar pal medio de la calle.
Dalila: Y detrás de él vas tú. ¿Cómo te cae?
Philip (suspira con alivio, pues gracias a la discusión su mujer se ha olvidado de lo que puede haber bajo el sofá): Ya, deja, deja eso.
Dalila (también olvidada del incidente): ¿Quieres café?
(Sin esperar respuesta va hacia la cocina. Philip entra a su cuarto. Un momento después llegan Bill y Kathy de la calle).
Kathy (continuando una conversación interrumpida antes de entrar): Bill, pierde el miedo. Piérdelo o no vas a tener tranquilidad nunca en tu vida. Aprende a defender tu derecho a ser quien eres.
Bill: Eso se dice fácil.
Kathy: Y se hace. Mírame a mí. ¿No tuve yo a mi hija por producción independiente y la estoy criando sola? Chico, lo tuyo es agua de borrajas al lado de mis problemas.
Bill: Pero tú eres distinta. Tú naciste en Cuba.
Kathy: ¿Y desde cuando ser cubano es una ventaja?
Bill (canta, imitando a Albita Rodríguez): “¿Qué culpa tengo yo de haber nacido en Cuba? ¿Qué culpa tengo yo de que mi sangre suba?”.
Kathy (riendo): ¿A qué viene eso ahora, mi hermano?
Bill: A que ustedes, los cubanos, tienen la sangre caliente. Son valentones, vaya.
Kathy: En ese caso considérate cubano honorario, chico. Al fin, es que tenemos los mismos genes, ¿no?
Bill: Mejor dejamos a los genes tranquilos que ya los míos me han dado bastantes líos.