De GAESA y otros demonios (V)

Díaz Canel y el sentir del pueblo (foto: Twitter/@ElRuso4k)

¡Qué belleza la pintada
en ese muro! Al cartel
que acusa a Díaz Canel
lo cubrieron con lechada
esta misma madrugada,
mientras el pueblo dormía
con la barriga vacía.
Yo sueño con un festín
cuando se acabe la pin…
GAESA y su policía.

***
Nota bene
: Desde el 30 de noviembre de 2020, he publicado a diario en Belascoaín y Neptuno. Te invito a leer la décima de este día hace exactamente un año. Si sientes que me repito, recuerda que más se repite la realidad cubana.

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De GAESA y otros demonios (IV)

Díaz Canel y el sentir del pueblo (foto: Twitter/@ElRuso4k)

¿Qué pasó en la pintoresca
Revolución sanguinaria
que importó a Cuba la claria,
esa criatura grotesca
que ha acabado con la pesca
por orden de un charlatán?
Triste es la cola del pan
y el canto del tomeguín,
pero más triste es la pin…
GAESA hoy come faisán.

***
Nota bene
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De GAESA y otros demonios (III)

Díaz Canel y el sentir del pueblo (foto: Twitter/@ElRuso4k)

¿Qué hicieron con la pintura
para cubrir la fachada
frágil y destartalada
tras la que esta dictadura
aplasta con mano dura
a un pueblo desesperado?
¿Qué pasó con lo soñado
de un confín a otro confín
de este pueblo y con la pin…
GAESA sirve al Estado.

***
Nota bene
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De GAESA y otros demonios (II)

Díaz Canel y el sentir del pueblo (foto: Twitter/@ElRuso4k)

Qué hermosa la pincelada
de olvido y de desmemoria
con que maquillan la historia:
lo que ocurrió en el Moncada,
los éxodos, cada oleada
de destierro y represión,
hoy que esta Revolución
está llegando a su fin.
¡Qué hermosura aquella pin…
GAESA hoy come lechón.

***
Nota bene
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De GAESA y otros demonios (I)

Díaz Canel y el sentir del pueblo (foto: Twitter/@ElRuso4k)

¿Qué hicieron con el pincel
de convertir en victorias
los reveses y en “escorias”
a quiénes dijo Fidel
y también Díaz Canel
(que a la represión se presta
con arpón y con ballesta
pues para algo es el delfín)?
¿Y qué pasó con la pin…
GAESA hoy está de fiesta.

***
Nota bene
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Retrato triunfalista de una isla (VII)

Díaz Canel con el pueblo contra el que dio la orden de ataque (Foto: Cubadebate)

Quieren un pueblo silente,
quieren un pueblo aterrado,
con un terror bien fundado
por orden de un “presidente”
a quien no eligió la gente
que subsiste en esta hambruna,
rogándole a la fortuna
o al hijo que está en España…
Se sale de esta patraña
como de Fuente Ovejuna.

***
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Retrato triunfalista de una isla (VI)

Díaz Canel con el pueblo contra el que dio la orden de ataque (Foto: Cubadebate)

Quieren borrar la memoria
de la violencia infinita
con olvido y dinamita.
Quieren ocultar la historia,
aquellos gritos de “escoria”,
los destierros, las traiciones,
los golpes, las vejaciones
—sin que mediara preludio—
y estos actos de repudio
que aterran los corazones.

***

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Retrato triunfalista de una isla (V)

Díaz Canel con el pueblo contra el que dio la orden de ataque (Foto: Cubadebate)

«Trabajen como si un día
la «jornada laboral»
no fuese frase banal
sino frase con valía.
Como si la policía
no les causara pavor.
Lo pedimos de favor
—¡limosna con escopeta!—,
aunque aquí no se respeta
el fruto de su labor».

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Retrato triunfalista de una isla (IV)

Díaz Canel con el pueblo contra el que dio la orden de ataque (Foto: Cubadebate)

«Trabajen con estoicismo.
Trabajen con entusiasmo.
Echen a un lado el sarcasmo,
la apatía, el consumismo.
No olviden que con su mismo
pantalón y el mismo traje
de campaña irán de viaje
a la cola en la bodega
a aplacar el hambre ciega
de seis décadas de ultraje».

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Réquiem por Nueva York

Estuve al menos media hora en uno de los vagones del metro N, en mi trayecto rumbo al sur de Manhattan, varado en algún punto impreciso entre las estaciones de la calle ocho y la calle 14. En aquel entonces no tenía teléfono móvil. (A decir verdad, no creía en los teléfonos móviles: me irritaba sobremanera la gente que andaba arriba y abajo en cuchicheo perenne con Dios sabe quién al otro lado de la línea). Horas después, aclaradas las dudas, comprendería que de poco me habría valido una conexión celular. Casi todos los circuitos telefónicos en ese momento estaban incapacitados.

Al principio no nos dijeron nada. Por suerte o por desgracia, mis años en Cuba me habían familiarizado con la vaguedad como método de información, así que intenté ignorar aquel desconocimiento que nos mantenía, en su forma más literal, bajo tierra: las autoridades ferroviarias habían optado por preservar la calma en el submundo. Ya al cabo de cinco minutos, cuando la parada irregular se había extendido mucho más de lo acostumbrado, empezaron a anunciar por el sistema de altoparlantes que debido a una congestión al sur de Manhattan estaban demorando —y hasta desviando— los trenes que iban al área de Wall Street.

¿De qué tipo de congestión hablaban? Se referían al hecho como algo que ocurría “above ground”. La manera en que decían “above ground” me pareció un poco melodramática: más apropiada para una película taquillera del Hollywood más comercial. «Estos americanos», pensé. Por otra parte, ¿cómo era posible que un disturbio sobre tierra pudiera afectar a quienes viajábamos —ajenos a todo— en sus entrañas? La claustrofobia empezó a generar preguntas que, por el momento, iban a caer en saco roto. Sin otra alternativa, regresé a la lectura de turno, que era, con toda probabilidad, algún escritor del Boom latinoamericano, a quienes tuve que (re)leer para (mi desdicha y) la maestría en esta olvidada lengua que cursaba por aquel entonces.

Pasado un tiempo incalculable, le dieron luz verde al tren. Recuperó el ritmo y en par de minutos se puso en la estación de la mentada calle ocho. Bajaron varios pasajeros, pero —esto debió haberme sorprendido— el flujo fue unidireccional: no subió nadie a repoblar mi vagón. No presté atención al detalle. ¿Qué se podía esperar de un martes común y corriente?

El tren siguió su curso como si nada hubiese pasado; como si la media hora que nos retuvo en ese limbo subterráneo perteneciera a otra vida, a otro tiempo. Casi automáticamente empecé a ensayar la excusa que le daría a mi jefa para amortiguar la tardanza. ¿Me creería? ¿Media hora atascado en tierra de nadie? A otro perro con ese hueso. La próxima parada era la mía. Me quedaba en Prince, esquina a Broadway. Mi trabajo por aquellos días estaba a unos pasos de la boca del metro: en la calle de los teatros, entre Prince y Spring. Por lo general, salía como un sonámbulo del tren, inmerso en las páginas de algún libro —cualquier libro—, con pleno conocimiento de la distancia entre cada peldaño de la escalera del Subway, dueño de cada olor que emanaba del superpoblado Downtown neoyorquino, experto en evitar a todo tipo de transeúntes sin despegar la vista de las páginas que me ocupaban.

Esa mañana, a la salida del metro, tropecé con un escalón a desnivel —esta imagen la insertaría en mi novela—; levanté la vista y di con una multitud corriendo rumbo norte por Broadway. Eran poco más de las nueve de la mañana. No supe qué pensar ante el panorama. Así que regresé al libro. Pero la lectura duró un segundo, quizá menos: esta vez fue el olfato y no el tumulto lo que me devolvió a la realidad: nos rodeaba un olor intenso, como a ¿pelo quemado? Luego vi una columna de humo que subía desde algún punto que no pude determinar, a unas veinte cuadras de la esquina a la que me habían llevado el metro y mis desorientados pasos.

Lo primero que me vino a la mente —en ese instante me pareció lógico y ridículo a la vez— fue que estaban filmando alguna película de ciencia ficción. Parecía una escena sacada de Godzila: un pánico generalizado que se mezclaba con mi desconcierto: ¿de qué huía la gente en desbandada? ¿Y por qué había otros que iban en dirección contraria, rumbo al humo y la debacle, aferrados a sus teléfonos, marcando números que ya habían recibido su última llamada? Dale con Hollywood y su empeño en hacer que las cosas parecieran reales. Por lo menos podían haber avisado, que uno sale del tren y no tiene ni idea… Pero no vi cámaras por ninguna parte. «¿Qué pasa?», pregunté al azar. «Nos atacan», me gritó uno sin detenerse.

Eché a correr al norte del infierno. (Coincidencia irónica: unos meses más tarde, traduciría una excelente novela que lleva ese título). No me detuve hasta el entronque de la calle 14 y la sexta avenida. Hasta ese momento no sabía de qué me alejaba; corría por inercia, como si fuera un extra de esa película que aún no lograba comprender; tampoco, hasta entonces, habría imaginado que podía correr tanto. En la esquina de la 14 y la sexta, la gente se estaba congregando para ver el fin de una era. Ya se había desplomado la primera torre. Alguien mencionó que la segunda caería en breve. Aparté la vista. (Hay imágenes que prefiero evitar). Escuché un suspiro general. Un grito aquí, una maldición allá y una conmoción en la atmósfera me confirmaron lo que ya temía: la segunda torre se estaba desmoronando.

Caminé al oeste por la calle 14 hasta llegar a Lectorum, la librería que me había recibido en mil y una ocasiones felices desde mi llegada a Manhattan; me recibieron con caras largas; pedí el teléfono; llamé a casa y hablé con la amiga que había vivido intensamente mi fuga de Cuba, dos años de noviazgo conmigo y que en unos meses se convertiría en mi esposa. Le dije que, salvo causa mayor, no se moviera de ahí. Que iba a su encuentro. Deambulé hasta la calle 50 y la undécima avenida: por esa zona la gente había formado un cordón en la acera y saludaba —¿despedía?— con carteles de apoyo, lágrimas, comida, botellas de agua y cuanto artículo pudiera ser útil a los bomberos, policías y voluntarios que se aventuraban a la Zona Cero.

Seguí andando. Llegué a casa poco antes del mediodía. Aún a esa altura de Manhattan no era difícil oler la muerte. Los helicópteros sobrevolaban la isla, las sirenas aullaban ininterrumpidamente, los teléfonos (que aún servían) no paraban de sonar. Mi novia me recibió con una tristeza desconocida. No puedo precisar cuándo empecé a llorar ni dónde culminó el llanto. El resto del día fue un letargo intranquilo. Empezamos a hacer planes emergentes: a quién llamaríamos en caso de urgencia si no nos podíamos comunicar entre nosotros; dónde nos reencontraríamos si la vida nos lanzaba otra vez ante un escenario (casi) post-apocalíptico… La incomunicación había sido siniestra. La angustia de aquellas horas en que no supimos el uno de la otra fue una de las sensaciones más intensas que había experimentado hasta la fecha. (¿Debo recordar que provengo de Cuba, la tierra de las sensaciones más intensas?).

Esa tarde murieron mi inocencia —gigantesca, no olvidemos que crecí en La Habana— y mi incredulidad y disgusto ante la telefonía celular, y me nació un escepticismo que a ratos me sirve de brújula. El 12 de septiembre de 2001 compré mi primer teléfono móvil. El aparato es lo que en mis años en Cuba era el carné de identidad: una suerte de salvoconducto. Lo llevo a todas partes.

Reza el lugar común que a los amigos se les reconoce en los malos tiempos. La fatalidad tiene ese don de sacar a flote —en alguna gente— los buenos instintos. Hasta el 11 de Septiembre de 2001, la Gran Manzana —con sus aires de capital del mundo, su ritmo acelerado, sus clubes de jazz, su diversidad variopinta, sus barrios segregados, sus tragos cosmopolitas, su rivalidad entre los lados este y oeste, su West Side Story y su Metropolitan, sus viñetas de Woody Allen, su ruido infernal, sus taxistas descabellados, su coexistencia pacífica entre Chelsea y Hell’s Kitchen, su Central Park con la estatua ecuestre de José Martí, sus cubanos de todos los credos y todas las latitudes— no me era indiferente, pero tampoco me era particularmente entrañable: era una ciudad más, desde donde vivía mi destierro con el mayor decoro posible.

Esa tarde —quizá sin proponérmelo—, dejé de ser habanero de un golpe.

Desde entonces, no importa dónde viva, sé que soy natural de Nueva York.

***
Alexis Romay
11 de Septiembre de 2008

Publicado en el número 21 de la revista Replicante.

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Retrato triunfalista de una isla (III)

Díaz Canel con el pueblo contra el que dio la orden de ataque (Foto: Cubadebate)

«Trabajen como si fuera
importante su trabajo.
Cultiven tomates y ajo
para la industria extranjera.
Ensucien la guayabera
en cualquier cañaveral,
y aplaudan al General,
mas no le pidan jabón,
porque esta Revolución
es bazofia y lodazal».

***

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Retrato triunfalista de una isla (II)

Díaz Canel se da un baño de pueblo (Cubadebate)

Vino a inundar de promesas
a un pueblo desesperado,
con más de un hijo arrestado
y un montón de madres presas,
mientras el hambre en las mesas
merodea cada día,
y mientras la policía
siembra y fecunda el terror
con su cuerpo represor
contra la ciudadanía.

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Retrato triunfalista de una isla (I)

Díaz Canel se da un baño de pueblo (Cubadebate)

Una tarde, el Mayoral
—con su clan de delincuentes—
fue a hablar con los residentes
del barrio La Federal,
que no es barrio marginal,
sino barrio marginado.
Les dijo el muy descarado
que tienen que trabajar.
Él se ocupa de orquestar
a diario el terror de Estado.

***

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El deporte nacional (VII)

El vallista Lázaro Taylor Fernández (foto: Juventud Rebelde)

Saltó la valla un vallista;
se escabulló un pelotero
con fama de jonronero;
huyó una jabalinista;
se fugó un ajedrecista
que agarró su pasaporte
y pidió asilo en el Norte;
se fue a nado un nadador
rumbo a un futuro mejor…
En fin, ¡que ganó el deporte!

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El deporte nacional (VI)

Cartel: Ricky Castillo

El deporte que florece
en Cuba cuál calabaza
es el terror, la amenaza,
es ese miedo que crece
en un pueblo que merece
mejor futuro y destino,
mejor pan y mejor vino…
Ese temor visceral
es culpa del General
y el pelele jacobino.

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