Al habla con Paquito D’Rivera

En diciembre de 2007, el Centro Cultural Cubano de Nueva York organizó un concierto-homenaje a Paquito D’Rivera en el Carnegie Hall. El evento, entre otras cosas, incluyó la entrega de la medalla Ignacio Cervantes y me brindó la oportunidad de hacerle algunas preguntas al hombre-orquesta, que luego, para mi fortuna y sorpresa, aparecerían ―en traducción al inglés― en el programa de la función. Hasta ahora la entrevista estaba inédita en castellano. Aquí la comparto con mis lectores (ahorrándoles el párrafo de presentación del músico; me cuesta creer que entre quienes me leen haya alguien que no sepa de quién estamos hablando).
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Alexis Romay (AR): La medalla Ignacio Cervantes es el más alto reconocimiento otorgado por el Centro Cultural Cubano de Nueva York a individuos cuya labor sobresale en el ámbito de la música clásica. A usted se la otorgan tanto por compositor como por intérprete. ¿Qué significa para Paquito D’Rivera recibir esta distinción?

Paquito D’Rivera (PD’R): Salvando las distancias, al igual que Lizt, Ellington, Kousevitsky o Dizzy Gillespie, mi carrera como compositor va estrechamente ligada a la de intérprete, sobre todo en el jazz, donde cada improvisación sobre un tema propio o ajeno es a su vez una nueva (e irrepetible) composición. ¡Gracias a Dios que nos dio un Thomas Alba Edison!, ¿verdad? En cuanto a la medalla Cervantes, dicen que nadie es “mofeta” en su propia tierra, y para colmo, en nuestra tierra no existen esos olorosos animalitos ni en el zoológico, pues me han contado que los dos que había, se los comieron los vecinos de Bola de Nieve (que vivió sus últimos años en aquel barrio). Pero fuera de bromas, sin importar todos los premios que haya uno podido recibir en el mundo entero, recibir el reconocimiento de los paisanos es como regresar a casa después de un largo viaje.

AR: En sus memorias, describe su vida saxual, desde que empezó a tocar hasta estos días. ¿Hay algún recuerdo de su infancia que resuene en particular? Entre tantos músicos profesionales, ¿tenía amigos de su edad? ¿Tuvo una infancia, digamos, “normal”? ¿Recuerda su primera inclinación a la música?

PD’R: Sí que tuve una infancia feliz, tenía amiguitos de mi edad, y era temido por mis bromas pesadas, algunas que no me atrevo ni a comentar. Pero eso, junto al amor por la música, los animales y los libros, lo heredé de Tito, mi padre, que fue un notorio bromista en su juventud. Una vez le puso mantequilla al teclado del piano a Rafael Ortega, que salía vestido de frac al escenario del Cabaret Sans Souci a tocar un complicadísimo impromptu de Chopin. Vivíamos muy cerca de Tropicana, así que pasé gran parte de mi niñez y de mi vida adulta entre bailarinas, periodistas, cantantes, domadores de fieras, coreógrafos, luminotécnicos y músicos amigos de mi viejo, que era además importador de instrumentos y accesorios musicales. Ernesto Lecuona, Cachao, Pedrito Knight, Bebo Valdés, Gonzalo Roig, Luis y Pucho Escalante, Generoso Jiménez, Chocolate Armenteros y Chico O’Farrill visitaban frecuentemente su oficinita de Virtudes y Prado, y al paso de los años muchos se fueron convirtiendo en mis propios colegas y amigos.

AR: Cuando se sienta a componer, ¿sabe de antemano qué tipo de música será: clásica, jazz, etc.? ¿Trabaja en más de una pieza a la vez?

PD’R: Por lo general, trabajo en una sola pieza a la vez, aunque a veces tengo que dejar a un lado lo que estoy haciendo para terminar algo más urgente o inmediato. Casi siempre sé de qué se trata lo que estoy componiendo, aunque pocas veces (casi nunca) tengo la menor idea de cómo va a terminar la cosa. Compongo igual que improviso, y de la misma forma “jazzística” escribo cuentos, cartas, notas para discos y espectáculos, ensayos, periodismo y otros géneros literarios.

AR: Me pica la curiosidad: ¿qué música escucha en el carro?

PD’R: Casi siempre, la llamada música clásica, preferiblemente de compositores desde el romanticismo europeo hasta los contemporáneos. Stravinsky es uno de mis favoritos, aunque disfruto mucho a Brahms, Falla, Ravel, Franzetti, Jobim, Piazzolla, Lecuona, Billy Strayhorn y Chic Corea.

También escucho jazz, música brasileña y cualquier cosa interesante que me caiga en las manos. La orquesta de Count Basie me pone a saltar. Me emocionan Bola de Nieve, Carlos Embale y Rolando Laserie. Me fascinan Las Hermanas Márquez y la orquesta Aragón. También me apasiona el silencio; no entiendo que si no hay nada decente en el radio, para que escuchar cosas irrelevantes, cuando no desastrosas. Yo prefiero en casos análogos sintonizar el silencio y dejar descansar el oído. Y recordar, que es volver a vivir, como dice la letra del bolero que cantaba Blanca Rosa Gil.

AR: En 2007, fue compositor residente del Festival de Música Clásica de Caramoor. A petición de Caramoor, compuso “Conversaciones con Cachao”, un híbrido de música clásica y música popular que constituye un recorrido por la trayectoria artística de su amigo y colega Israel López Cachao, a la vez que todo un paseo por la historia musical de su país. La obra consta de tres movimientos (“Israel”, “Guajira en la nieve” y “El regreso”) compuestas a orillas del río Hudson y que, sin embargo, son profunda, tremendamente cubanas. ¿Puede decirnos algo de esta suite? ¿Cómo hace para componer guajiras en la nieve? ¿Tiene en planes grabar estas “Conversaciones”?

PD’R: “Yo descubrí a Cuba a orillas del Sena”, dijo Lydia Cabrera, exiliada en París casi desde que nos llegó la “liberación” castrista y castrante en 1959. Yo podría expresar algo similar con relación al río Hudson y la música cubana. La patria se agiganta en la distancia. Cachao ha sido una constante en la vida de muchos, pero sólo se conoce una parte muy limitada de su carrera. Yo quise rendir tributo a su versatilidad, desde su contribución al danzón y otros géneros musicales cubanos, hasta sus años como músico de variedades, operático y sinfónico. Hay en la pieza hasta una pequeña alegoría a los chinos, pues Cachao, como casi todos los músicos habaneros, siempre hablaba del restaurante “El Pacífico” en un quinto y ventilado piso cerca de la calle Zanja, y de la famosa sopa china de madrugada en la Plaza del mercado, al salir de los cabarets. Aunque muchos contrabajistas se han interesado en tocarla, nadie habla aun de grabar la obra, pero a propósito de grabar conversaciones, Fidel es un verdadero experto en eso; ¡sino que le pregunten a Vicente Fox!

AR: Usted nunca ha sido Paco, ni Francisco, sino Paquito, un diminutivo que anuncia su personalidad juguetona, gustosa del trato familiar y siempre presta a gastar una broma… Por otra parte, su más reciente nominación al Grammy fue como mejor solo en el tema “Paq-Man” del disco “XYZ”. Paq-Man es además el sobrenombre con el que firma su correspondencia. Sin embargo, de Paquito a Paq-Man no hay mucha distancia: uno es un niño; el otro tiene pinta de superhéroe. Todo este preámbulo para decir que goza de un humor estupendo. ¿Qué lo saca de sus casillas?

PD’R: Las camisetas, t-shirts, pullovers, remeras o como quieran llamarle, del Che Guevara. Es curioso (e indignante) que la gente use la imagen de un ser tan lamentable, del que no sabe absolutamente nada.

AR: ¿Qué proyecto(s) tiene entre manos?

PD’R: “Cecilio Valdés, Rey de La Habana”, una ópera cubana que usa voces operativas, jazzísticas, populares, de rap y rumberas, en ocasiones al mismo tiempo, en la misma canción.

AR: ¿Por qué se inspiró en una zarzuela cubana de principios del siglo XX para recrear esta obra?

PD’R: Yo leí la novela de Villaverde varias veces, y también La Loma del Ángel, de Reinaldo Arenas. Ambas me impresionaron de diversas formas. Por otra parte, trabajé desde niño con el maestro Gonzalo Roig, autor de la zarzuela del mismo nombre, cuya música es sumamente inspirada, mientras que el libreto deja mucho que desear. Por muchos años entretuve la idea de escribir una versión contemporánea de la historia, pero tenía lagunas que me impedían reconstruir la etapa de los ochenta y sobre todo la de los noventa, que no las viví en Cuba. Yo no vi nunca una jinetera, o un “paladar” por solo citar un par de ejemplos. Es ahí cuando llamo a Enrique del Risco ―a quien he admirado como escritor y humorista por algunos años― le explico mi idea, que Patricia Gamboa es la hija de un general cubano que la quiere casar con un gallego sobrino de su socio en el negocio del turismo. Pero ella se enamora de Cecilio Valdés, un popular mulato cantante. Hablamos de los demás personajes y le pido que me ayude a co-escribir el libreto. A los tres o cuatro días se aparece “Enrisco” en casa con el libreto armado casi completamente y me propone invitar a Alexis Romay ―a quien yo no conocía entonces― a colaborar en las letras de algunas canciones. Esto es a grandes rasgos en lo que estamos, y esta noche se estrenan algunas canciones de este proyecto, que ya ha logrado interesar a los del Teatro Real de Madrid, que inclusive vinieron desde la capital española a reunirse con nosotros.

AR: Es autor de un par de libros: las antedichas memorias y ¡Oh, La Habana!, una novela con tintes autobiográficos. Recientemente ha mencionado que está escribiendo un tercer libro: ¿nos adelanta un fragmentillo?

PD’R: Bueno, ¡Oh, La Habana!, (que es también el título de una conga), es realmente una visión humorística y romántica de La Habana artística de los cuarenta y cincuenta, donde casi todos los personajes ―Ernest Hemingway, Caruso, Las Hermanas Márquez, Tommy Dorsey, Fulgencio Batista, Georges Raft, Chico O’Farrill, Tony Bennet, Celia Cruz, Desi Arnaz, Dámaso Pérez Prado, y hasta su protagonista, el trombonista guantanamero Pucho Escalante― son reales. Pero después de pasear al lector desde Uganda y El Cairo hasta Buenos Aires y El Cuzco, poco a poco la otrora hermosísima ciudad de las columnas se va convirtiendo en el personaje central de la novela.

Ahora trabajo (en mis escasas horas libres) en “Paisajes y Retratos”, un libro de viajes y gente interesante que conocí en ellos. Ya tengo algunos “retratos” de Juana Bacallao, Dizzy Gillespie, Astor Piazzolla, German Pinelli, Bola de Nieva y el compositor Fernando Mulens, que tenía fama de ser muy entretenido y cierta vez paró un carro patrullero de la policía para que lo llevara a Radio Progreso, creyendo que era un taxi. Es muy divertido, sobre todo un capítulo que se llama “Sherlock Holmes en La Habana”, sobre la primera visita de Dizzy Gillespie a Cuba…
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Foto: © Lane Pederson

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A de América

Hace un par de noches, saltando de un canal a otro, di con V for Vendetta. El cansancio me hizo verla de nuevo. Mi opinión, dos años después de reseñarla para The Jersey Journal, no ha cambiado un ápice. Abajo reproduzco una traducción posible.
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Al salir del cine en la noche de estreno, una amiga me comentó que le había gustado muchísimo V for Vendetta, a pesar de tratarse de un filme de ciencia ficción. Estoy en completo acuerdo y desacuerdo con ella. Sí, me gustó mucho la película. No, no es ciencia ficción.

Para muchos de los espectadores en las lunetas, la trama se desenvuelve “en una futurística (sic) Gran Bretaña totalitaria”, una sociedad devastada por la crueldad y la corrupción gubernamental. Para mis compatriotas, el mismo miedo a la crueldad y la corrupción del gobierno, el mismo canal de TV transmitiendo sin cesar las ideas y opiniones del Canciller Infalible, la misma eterna omnipresencia de la policía política y esa necesidad de mostrar una cara que diga “sí”, mientras todo adentro dice “no”: todos estos elementos “futuristas” son parte de la vida diaria y lo han sido durante 47 [ahora 49] largos años.

Lo adivinaron. Soy cubano.

Los paralelos entre la ficción tan brillantemente dirigida por James McTeigue y la maquiavélica realidad orquestada por Fidel Castro son múltiples.

Al igual que el Canciller Adam Sutler en la Inglaterra del futuro, Castro controla todos los medios de comunicación en Cuba. Al igual que Castro, el Canciller Sutler tiraniza con mano dura a una sociedad altamente militarizada. El Canciller Sutler tiene un archienemigo declarado, al que sólo se le conoce un seudónimo: “V” (de vendetta). Por su parte, Castro ha movido cielo y tierra para convencer tanto a la población bajo su yugo como a la prensa internacional de que la causa de cualquier problema, desde los apagones diarios hasta la escasez de sal (¡en una isla!) o la creciente disminución de su capacidad oratoria ha de ser culpada a su adversario favorito, su doctor Moriarty, a quien podríamos llamar “A” (de América: sinécdoque, en el mundo anglo, de Estados Unidos de América).

Las similitudes abundan entre el dictador cubano y su homólogo británico: ambos profesan un gusto desmedido por la estética fascista en general y por Adolph Hitler en particular. El Mein Kampf de Castro se titula La historia me absolverá —frase tomada de uno de los primeros discursos de Hitler. A ambos les encantan las consignas fáciles de recordar: “Inglaterra vencerá” puede ser un equivalente directo del redundante “Patria o muerte”. Ambos señores son homofóbicos y racistas: en la alborada de la Revolución, Castro instituyó las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción): campos de concentración a los que eran enviados —y una vez allí, forzados a trabajar— homosexuales, rockeros, testigos de Jehová y toda suerte de personas acusadas de exhibir “diversionismo ideológico”; todavía en la actualidad es ínfima la presencia de hombres o mujeres de la raza negra en posiciones de poder en la isla.

El Canciller Sutler y su gemelo cubano tienen otras cosas en común: ambos gozan de una audiencia “cautiva”; los dos adoran gritar ante las cámaras de la TV y esconden el rostro tras variaciones sobre un mismo tema: una barba de chivo o “candado”, en Sutler, una barba rala, en Castro.

Dadas estas coincidencias, a pesar de su muy convincente acento británico, no hubo una escena en toda la película en donde no viera a una mujer cubana en Evey, el personaje que tan magistralmente encarna Natalie Portman. Dejando a un lado la escenografía, los costosos trajes y los efectos especiales, por momentos me pareció que estaba mirando un documental.

La esencia del filme es resumida en una poderosa frase que el rebelde “V” le dispara a Evey a bocajarro: “Los pueblos no deben temer a sus gobiernos. Los gobiernos deben temer a sus pueblos”. Desafortunadamente, las últimas cuatro décadas y media de Castro y su absoluto control sobre el destino de Cuba demuestran que esta bella frase, como todo, es mucho más fácil pronunciarla que llevarla a la práctica.

Recomiendo la película muy encarecidamente. V for Vendetta es un comentario muy atinado sobre qué puede pasar cuando los pueblos temen a sus gobiernos. Todo ser humano necesita aprender esta lección. Y es mucho más conveniente aprenderla a través del confort y el glamour de la pantalla de cine, sumado a la combinación de talentos de Natalie Portman, el visceral, vengativo, valiente y volátil vigilante “V” y los creadores de la trilogía Matrix.

Si han leído este texto, ¡vayan a ver V for Vendetta! Pero recuerden algo: la película no tiene nada de futurista.

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Ah, que tú te sientes…

En La Finca de Sosa, festival de sonetos a esta sublime paradoja.
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Plegaria al hombre del parque

(a Manuel Sosa, que desde su Finca, inspiró este post)

Lennon nuestro que estás allá en La Habana
—capital de todas las prohibiciones,
donde antaño vetaban tus canciones
por hippie, drogadicto, tarambana—,

no sufras una embolia al enterarte
que ahora eres bienvenido en el concierto.
Ya le darán tu nombre a un aeropuerto
y te diseñarán un estandarte.

Sentado en el banquillo de la Historia
de un parque del profético Vedado
recibes a la lluvia y al sereno.

El tiempo pasará, como la euforia.
Tus canciones: vestigios del pasado.
Tus verdugos: gozando de lo bueno.

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Retrato a mano alzada del Enfermo

Delira el comandante reincidente
huyéndole a la muerte que le espera.
Lo ayudan a salir de la bañera,
le ponen su chándal convaleciente.

Entre argumentos, se le va un bostezo;
entre bostezos, suelta una mentira.
¡Qué ingrata su nariz cuando se estira!
¡Qué pellejudo luce su pescuezo!

¡Qué sosas sus palabras mentecatas!
¡Qué irreflexivas son sus reflexiones!
¡Qué secretos de estómago y de estado!

De su barco, saltan todas las ratas.
No lo salva un trasplante de riñones.
Baja el telón. Su show ha terminado.

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Fragmento de un diálogo entre adolescentes en la Cuba de 2059

―(…) con cualquiera del Buena Vista Social Club.
―¿Y te acuerdas de Fidel Castro?
―¿De quién? Ah, del dictador que estuvo casi medio siglo en el poder y llevó al país a la ruina económica y moral; aquél que quiso alterar el metabolismo de las mujeres en la isla regulando la venta de toallas sanitarias cada tres meses; el que puso al pueblo a dieta perpetua y dejó que sus ciudades lucieran una estética de posguerra; el que cuando tomó el poder convirtió a las putas en profesionales y años más tarde trocó a las profesionales en putas; el experto en la siembra y cultivo del odio, la represión y el marabú; el que dejó una inmensa estela de muertos; el máximo provocador de éxodos masivos; el padre de la intolerancia; el que concibió el monólogo como vía de intercambio de ideas; el agente encubierto de la CIA; aquella metástasis que hizo la isla hace un siglo… Pues si supieras que no, no lo recuerdo.

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Vainilla y mantecado: reflexiones heréticas ante una foto de Lezama

Transcribo un cuento de Teresa Dovalpage, que aparece en el libro Aldabonazo en Trocadero 162.
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Vainilla y mantecado: reflexiones heréticas ante una foto de Lezama
Para Ena Columbié

Carísimo Maestro:

Desde ahora te confieso que esta carta tiene una oculta, muy frívola finalidad. Y te pido perdón. Hasta me dispongo a hacer penitencia si me lo mandas, vaya. Ay, Lezama… Todo amoscado miro esa foto tuya que tengo aquí, en mi cuarto (es decir, en el cuarto que comparto con la que me echó al mundo) y enrojezco como si tú, en persona, me estuvieras mirando.

Y me viene a la mente la escena aquella de Fresa y chocolate en que David, machista-leninista convencido y guajirito dizque ingenuo, le pregunta a Diego —la mega loca— señalando a una foto idéntica a ésta colgada en la pared: “¿es tu papá?”. Comemierda… Por cierto, me he preguntado muchas veces qué habrías dicho tú de la peliculita. ¿Cómo habrías reaccionado ante la exaltación cinemática del langostino retozón? ¿Qué te habría parecido el banquete lezamiano pagado en dólares y preparado por la experta mano de Diego para el calientahuevos de David?

Un amigo mantiene que te habrías insultado. Otro, que te habría gustado la lisonja pasada por el celuloide. ¿A quién le amarga un dulce, eh? Un tercero advierte que la pregunta de por sí es un imposible, una paradoja como las que presentan los viajes en el tiempo, ese patrá y palante del hoy al mañana a lo H. G. Wells. Porque de estar tú vivo no habría habido Fresa y chocolate. Ni vainilla con mantecado. En fin, si me preguntaran a mí, yo me atrevería a afirmar que tú no le habrías hecho el más mínimo caso a la peliculita. Pero quizá me estoy justificando, poniendo el parche antes de que salga el grano. O la almohada en las nalgas antes de que me des la merecidísima patá.

Por supuesto, no te estoy escribiendo para contarte de Fresa y chocolate ni para hacer méritos porque tengo una foto tuya en mi mesa de noche. Uno es guataca y lambiscón, pero no tanto. Disculpa la candanga, viejo.

Son los nervios. Es que siento las manos como amarradas cada vez que intento continuar esta epístola, que de paulina nada tiene. Lo cual no es nuevo para mí. Las manos amarradas, digo. Mi madre me las ataba con sus ligas (unas ligas elásticas, grises, feísimas) cuatro o cinco veces a la semana y me dejaba así por horas: la circulación detenida, el fondillito en carne viva después de la paliza y mis chillidos atronando el apartamento. Niño, deja esos manierismos, berreaba la muy sádica. Los hombres no hablan con las manos. ¿Cuántas veces te lo voy a decir, puñeta? Ah, pero yo te quito esa mala maña a chancletazos, eh.

Es más bruta que una tinaja camagüeyana. La única vez que me atreví a hablarle del barroco me dio un bofetón que todavía me duele. Barroco ni barroco, se insultó, sigue atracándote de mierda y de libritos que vas a terminar siendo un verraco. Quién hubiera tenido una madre como la Rialta. La mía se llama Bárbara y tiene muy bien puesto el nombre. Es una bárbara sin bridas, ay.

Mirándote a los ojos no puedo evitar el pensar en los parecidos entre tú y yo, que algunos hay. De ellos extraigo (penosamente, como quien saca el agua a cubos de una cisterna sucia) la fuerza de cara necesaria para escribirte. Fíjate, como tú, cuento con dos hermanas. El único problema es que las mías no guardan la menor semejanza con Rosita, la Violante de Paradiso, y menos aún con Eloísa. Vaya, las tuyas no serían ángeles tampoco. Allá tendrías tus encontrones con ellas porque no hay familia perfecta. Aunque pocas habrá tan disfuncionales (ésa es una palabra muy de moda ahora, ¿sabes?) como la mía, cuyos miembros nos clavamos un dardo vocal emponzoñado cada vez que cruzamos tres palabras.

En nuestra centrohabanera vivienda son también constantes las discusiones en la mesa, como en Prado número 9. Aunque algo menos cultas, eso sí. Aquí carajos y coños vuelan como ícaros verbales sobre los platos y caen en picada sobre el picadillo de soya. No aterrizan encima del langostino en el frutero porque en este apartamentico (Avenida Carlos III esquina a Espada, junto al hospital de Emergencias) no hay frutero. Gracias a que comamos en platos que son, descansadamente, diez años más viejos que yo. Tampoco hay langostinos, desde luego.

Volvamos a los parecidos. Tu padre murió pronto. El mío también, aunque más tarde, cuando yo era ya adolescente. Y no se le ocurrió nada mejor que hacerlo en casa de una mulatona, en medio de un soberano tarro pegado a mi progenitora. De allí hubo que sacarlo, lavarlo, vestirlo (porque estaba en pelota y con el aguijón leptosomático todavía de punta) y llevarlo para la funeraria Rivero. El pobre de papá. Nunca entendió, ni quiso darse cuenta de que el cuacuá del violinista de levita morada brotaba de mi boca. Y quizá fue mejor así.

En cuanto al real propósito de mi mensaje… Bueno, debo informarte que las cartas siempre han tenido una gran trascendencia en mi familia. Gracias a una esquelita dirigida a la sección de intereses americana, mi hermana Catalina (que in illo tempore era más comunista que los calzoncillos de Fidel) se ganó una visa hace siete años. Ahora come bistés y queso de Brie a tutiplén en California. Lo gracioso del caso es que no fue ella quien escribió la carta, sino mi otra hermana, la flaca. La pobre Elsa, que después de plumear cartitas para toda la estirpe no se sacó ni un viaje en la lancha de Regla. Así es el mundo.

Tanta historia familiar ya no viene al caso. Pasemos mejor a la literatura, que al fin es el motivo de esta carta mal hilvanada. Creo redundante el referir que me leí Paradiso. El cubano que aspire a ser escritor hoy día y no se haya leído Paradiso es, cuando menos, un ignaro y un charlatán. En eso estoy seguro que coincides conmigo.

Sí, yo quiero escribir… Y ya llegamos al asunto. Asunto que no es otro que un concurso barcelonés en que me gustaría participar. Un concurso de cuentos abierto “a todos los autores de habla hispana” y con premio en metálico de mil quinientos euros para el ganador. Casi tres mil dólares, imagínate. (Yo no puedo ni imaginármelo. Nunca he visto semejante cantidad junta, ni en sueños.) A ti esas cosas te darían asco, Maestro. Pero a la fuerza ahorcan. Para mí, el certamen de marras se ha convertido en una literaria tabla de salvación.

Pues como te decía, para inspirarme, para aprender los trucos del oficio, me leí tu obra de cabo a rabo. Y lo hice desde antes de que volvieras a la gracia pública, en los tiempos anteriores a Fresa y chocolate. Cuando de Paradiso había un solo ejemplar en la Biblioteca Nacional, más manoseado que tetas de puta. Y que además estaba siempre (casualidades de la vida) prestado o perdido. Yo soy tu fan ab ovo, que te quede bien claro.

No obstante, te confieso que aquella escena del bien dotado Farraluque templándose a la españolita y a la mulata no me emocionaba lo mínimo. Será porque el cuadrado de las delicias, cercado de dientes, peludo y peliagudo, nunca me ha llamado la atención. Miro de nuevo tu foto y me parece que me haces un guiñito cómplice, jodedor. A ti tampoco te hacía mucha gracia, eh…

Ah, sí. Como Cemí tuve dos amigos, mi Fronesis y mi Foción. Éramos los tres mosqueteros, la trinidad efébica en plenilunio. Pero, más que filosofar, nos perdíamos en fálicos retozos y zambullidas en el pozo negro de que hablaba Fronesis, citando a Rabelais. No nos interesaba el tomismo, ni Odiseo, ni mucho menos las Leyes de Manú.

Aquella terna se nos hizo trizas. Fronesis se lanzó al mar en una balsa, en el noventa y cuatro, y nunca más volvimos a saber de él. Hizo fosa, como dirías tú. Fosa acuática. Vaya, que se ahogó en el Caribe o que se lo merendó un tiburón. Cualquiera sabe. Foción se casó con una Lucía que en los duros noventa ofició part time de jinetera, muy maleconilmente. Ahora tienen dos hijos y viven con la madre, los dos medio hermanos de ella y un ceremil de gente más. Es decir, que Foción hizo fosa también, a su manera. Y me quedé yo solo. Naturalmente, desde aquellas tertulias tripartitas hasta hoy ha llovido bastante, y no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después.

Pero ya se me acaba el papel (que en La Habana del 2008 no está lo que se dice muy abundante) y todavía no te he dicho por qué diablos te escribo. Y es que me muero de vergüenza. Maestro, mi carta no es tal carta: es un cuento que voy a presentar al concurso barcelonés. Estas letras son alas postizas con las que pretendo volar, desvergonzado Ícaro, lejos de mi laberinto insular. Te estoy utilizando, viejo. Perdóname. Merezco que Onesppiegel me entre a fustazos. O me amarre las manos a la manera de mi madre. Pero ya es demasiado tarde. Se ha perdido el ritmo hesicástico y no creo que de nuevo podamos empezar.

Tu discípulo,
Erny

P.S. Mi señor padre se emperró en llamarme Ernesto en honor a Guevara. Dios lo haya perdonado. Con ése, la única semejanza que tengo es ser asmático. Por cierto, ¿no lo eras tú también?

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Gazapos en El País y banquete en otra parte

El diario español trae la noticia: La Unión Europea acuerda levantar las sanciones contra Cuba. No con poca decepción leo el titular. Así que no me sorprende encontrarme hurgando cada palabra del texto. La búsqueda da frutos amargos…

El párrafo de cabecera comienza con estos truenos:

«La Unión Europea ha acordado este jueves levantar las sanciones diplomáticas contra el régimen cubano y abrir un diálogo político incondicional, decisión cuya efectividad será revisada dentro de un año, según ha conformado (sic) el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Angel Moratinos».

Acto seguido, aparece un bocadillo de Moratinos:

«Los ministros de Asuntos Exteriores de los veintisiete hemos decidido unánimemente levantar definitivamente las medidas de 2003 e iniciar una etapa de diálogo que no esté condicionado ni limitado por unas medidas que el gobierno español cree que nunca habían servido para gran cosa y habían sido incluso contraproducentes».

Lo que omite Moratinos ―y el consejo de redacción del diario pasa por alto― es que la “etapa de diálogo” sí está condicionada. Las condiciones ―que impone el régimen cubano― ya se habían hecho explícitas precisamente al final del primer párrafo, antes de la cita al ministro de Exteriores:

«La Habana ha considerado hasta ahora indispensable que Bruselas elimine completamente las sanciones, antes de aceptar las ofertas de diálogo de la UE».

La nota de El País es breve y rezuma cierto entusiasmo. Ya en las postrimerías del texto ―y tal vez en aras de lograr ese toque de objetividad tan caro al periodismo― se menciona que «la entrada en prisión de los opositores estuvo en el origen de las sanciones impuestas por la UE en 2003 y congeladas en 2005». Sin embargo, hay un detalle que brilla por su ausencia. La decisión de la Unión Europea fue tomada en medio de una cena en Bruselas.

Traigo el contexto a colación pues mientras los miembros de la UE ―con la salvedad de los representantes de la República Checa― se regodeaban en festines, en rubios caldos y en fragantes pomas, los mismos opositores cubanos que fueron encarcelados hace un lustro seguían languideciendo en sus mazmorras, pidiendo ¡oh tristes! al aire sordo modo de libertar de su infortunio al siervo y de su infamia a cuanto entusiasta del totalitarismo habite aquende y allende los mares.

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Escultura: Contrasentido. © El Borni.

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Al buen Pedro

Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
porque tras mis orejas el cabello
en crespas ondas su caudal levanta.
¡Diles, bribón, que mientras tú en festines,
en rubios caldos y en fragantes pomas,
entre mancebas del astuto Norte,
de tus esclavos el sudor sangriento
torcido en oro descuidado bebes,
pensativo, febril, pálido, grave,
mi pan rebano en solitaria mesa
pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
de libertar de su infortunio al siervo
Y de tu infamia a ti!
Y en estos lances,
suéleme, Pedro, en la apretada bolsa
faltar la monedilla que reclama,
con sus húmedas manos el barbero.

José Martí

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El invierno del patriarca

Ahora que algunos lo daban por muerto, Castro I se ha visto forzado a dar otra prueba de vida, lo mismo al corresponsal de El País que a sus súbditos (los de Castro). Quizá lo hizo con la esperanza de comprarle unos meses más al trono de sangre que —cual personaje de Shakespeare o Mifune— creara hace medio siglo y que a estas alturas boquea como pez fuera del agua.

El estilo mesiánico que estrenara a finales de los cincuenta —cuyos pináculos, a mi juicio, lo constituyen los doce hombres que en un momento conformaron su ejército y la dichosa paloma blanca que se le posó al hombro— regresa por fin a cerrar el círculo perfecto. Como las imágenes de la Virgen que a ratos se insinúan en tortillas de maíz, puentes derruidos, pizzas, cicatrices y demás lugares insólitos, la figura de Castro ha entrado al terreno de lo fantasmagórico. Cada nuevo acto de presencia es ostentado al público cual milagro. Sus apariciones son apariciones.

En esta ocasión, para justificar su comparecencia ante el lente que no perdona, el Innombrable mandó llamar al golpista venezolano. Chávez, que sabe cumplir órdenes, se montó en un avión (que petróleo le sobra), salió rumbo a la isla y allá, frente a las cámaras, en un descampado, se reunió con los hermanos a hablar de temas dizque trascendentales.

“Dizque”, pues en el video Castro I aparece gesticulando (erráticamente, todo sea dicho), pero ya ni siquiera se atreven a incluir el sonido. A estos efectos, el locutor Randy Alonso se ocupa de resumir lo hablado en el monólogo tripartito. Randy —que, dicho sea de paso, es un divertidísimo adjetivo en inglés— usa palabras que quieren transmitir la energía de los interlocutores y la convicción de lo pactado. Entre estos compañeros no se afirma. Se reafirma. Y Randy lo constata. Y lo reconstata.

Al margen de las reafirmaciones, en este video de la que podríamos denominar La Etapa Silente de Castro I sólo se puede apreciar a un anciano ya demacrado que gesticula y se mueve de forma inconexa. Se mesa la barba. Se barba la mesa.

Del encuentro, las autoridades cubanas sólo se dignaron a reproducir la voz de Chávez, cuando se despide, con saludo militar ahogado en un mar de pleitesías.

Y es así que el hombre que durante 49 años se apropió de los micrófonos en la isla y reprimió cualquier voz que no replicara lo que dictaba la suya tiene que conformarse con dos escasos minutos —y sus míseros quince segundos, de contra— para demostrar, a duras penas, que aún vive.

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (V)

Patrón_de_pruebasEl reino del ripio

En medio de la tarde, que ya es de un intolerable violeta, el viejo, de pie en el podio, casi se confunde con las últimas hojas de la escasa vegetación del rombo en sus charreteras. Hace años que permanece inmóvil, mirando sin ver la gente que calcina en las aceras. En el preciso instante en que el sol desaparece, el viejo rompe a hablar, cubriéndose todo el cuerpo. Son las siete, el viejo con los ojos muy abiertos mira a la multitud enajenada. Son las ocho, el viejo, que desvaría a chorros, no se decide a abandonar el micrófono. Son las nueve, el viejo piensa que debe ser de madrugada. Son las doce de la noche. La audiencia luce todos sus estandartes característicos. Los seguidores de primera magnitud (a sus espaldas) bostezan, sus ideas giran raudas como las ascuas de un molino gigantesco. El público variable, los aplausos insignificantes y el destello de las ideas que ya no existen deslumbran la Plaza. La Gran Nebulosa de Andrómeda reluce en esta hermosa noche, transparente y sonora. Entonces, sin previo aviso (y para el agrado de muchos), el viejo y su lenguaje ebrio de poder mueren.

***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Arenas, Reinaldo. “El reino de Alipio”. Antología del cuento hispanoamericano. Ed. Fernando Burgos. México: Porrúa, 2002. 608-12.

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (V)

El reino del ripio

En medio de la tarde, que ya es de un intolerable violeta, el viejo, de pie en el podio, casi se confunde con las últimas hojas de la escasa vegetación del rombo en sus charreteras. Hace años que permanece inmóvil, mirando sin ver la gente que calcina en las aceras. En el preciso instante en que el sol desaparece, el viejo rompe a hablar, cubriéndose todo el cuerpo. Son las siete, el viejo con los ojos muy abiertos mira a la multitud enajenada. Son las ocho, el viejo, que desvaría a chorros, no se decide a abandonar el micrófono. Son las nueve, el viejo piensa que debe ser de madrugada. Son las doce de la noche. La audiencia luce todos sus estandartes característicos. Los seguidores de primera magnitud (a sus espaldas) bostezan, sus ideas giran raudas como las ascuas de un molino gigantesco. El público variable, los aplausos insignificantes y el destello de las ideas que ya no existen deslumbran la Plaza. La Gran Nebulosa de Andrómeda reluce en esta hermosa noche, transparente y sonora. Entonces, sin previo aviso (y para el agrado de muchos), el viejo y su lenguaje ebrio de poder mueren.

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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Arenas, Reinaldo. “El reino de Alipio”. Antología del cuento hispanoamericano. Ed. Fernando Burgos. México: Porrúa, 2002. 608-12.

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De monstruos y piruetas

En Al norte del infierno, Miguel Correa Mujica logra definir en pocas palabras todo un modo de vida: «Nosotros sólo hablamos en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación».

Recuerdo que así hablábamos en casa, siempre alertas al más mínimo descuido. Toda precaución era necesaria: nuestro apartamento tenía un patio interior abierto que hacía que las voces ―que eran eso, aire caliente― subieran, con el resto de los vapores, a los vecinos de los altos, gente buena y amable entre quienes se contaba un oficial del Ministerio del Interior.

Quizá por eso no me era difícil hablar en código y tenía cierta habilidad a la hora de encontrar alternativas para referirme a la cosa cubana. Los vericuetos que me inventaba iban desde las más oscuras e inextricables referencias literarias hasta el guiño pop que una tarde feliz me hizo renombrar al más despiadado de los Castro con el imperecedero “Godzilla”.

Había su lógica en esto. Al denominar al tiranosaurio cubano de tal manera, me la servía en bandeja de plata para colgarle a su hermanito menor el apodo ideal: “Godzuki”. Godzuki ―en el animado japonés que nos llevó estos monstruos a la isla― correspondía a una versión caricaturesca y asustadiza del dinosaurio mayor.

Sin embargo, por estas fechas en que detenta el poder en Cuba, destaco un error de cálculo en mis bautizos: Godzuki no resultó ser ni alivio, ni cómico, ni los dos elementos combinados.

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Posesas de La Habana

Transcribo un fragmento de Posesas de La Habana, de Teresa Dovalpage.
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Puedo entrar, profesor, y me tiemblan las piernas al abrir despacito la puerta de su oficina. Ahí está él y se me ponen frías las manos y ya me empiezan a sudar. Penca que soy de nacimiento.

En el umbral me inmovilizo, detallándolo. Es alto y carmelita, con los hombros cuadrados. Un Apolo mulato vestido de mezclilla azul. Él me mira también, pero no creo que me encuentre parecido con una de las Musas. Seguro que le he puesto una cara de pescado en tarima como para morirse de la risa. No es culpa mía. El problema es que yo tengo menos salsa que un frijol seco. Y Apolo que sonríe claro que sí, Elsa, adelante. Pasa y cierra.

Paso, cierro y choco con los ojos eléctricos de un Che que me observa con mala cara. Desvío la vista del póster y le miro el bigote al profesor. Recortado y espeso, se le derrama por las comisuras de los labios. Si le pudiera dar un beso ahí mismo. Demorado y con lengua.

Tiene razón mi socia Yarlene, se le nota un poquito el tic nervioso. Un poquito no, se le nota bastante. Al verlo bien de cerca me doy cuenta de que el párpado izquierdo le brinca igual que el péndulo de un reloj de pared. Bueno, y qué.

Y qué querías tú, Elsa, pregunta el profesor. Le suelto mi mentira temblando como papel de China en el balcón. Es que no entendí bien lo de la plusvalía que usted explicaba esta tarde, si me lo puede aclarar otra vez, le digo limpiándome con disimulo las manos encharcadas. Me acerco a su buró. Y de pronto me atrevo. Le enseño la lengüita como aprendí de Yarlene, me la paso así por los labios. Me imagino que le estoy dando un beso en el bigote o comiéndome un helado de chocolate en la barra del Coppelia.

Está bien, me contesta, siéntate aquí conmigo. Por la calle pasa un carro con el radio puesto a todo lo que da y la música se me mete por los oídos y me envuelve como la mirada caramelo quemado del profesor. Unos que nacen, otros morirán. Me gusta Julio Iglesias aunque no tanto como el profe. Y le sonrío con unos que ríen, otros llorarán, y me siento a su lado. En la oficina huele a papel viejo y a cigarro acabado de encender.

Hey, el profe se está tocando la pinga por arriba del pantalón. Es idea mía o aquí se trata de Febo en erección. Mira, Elsa, la plusvalía es lo que queda después de. Haciéndome la boba me subo más la saya para que me vea bien la punta de los muslos. Las piernas son lo máximo en tu cuerpecito, niña, me ha dicho Yarlene que sí tiene los muslos gordos y las tetas enormes y bellísimas. Las mías son chiquitas y lacias. Que el dueño le pague al trabajador, termina el profesor, comprendes.

Comprendo que se le está parando la vara de Dionisios. Por el mismísimo Baco que yo no pensé que esto fuera tan fácil. Es tan fácil que me da miedo, como un examen a libro abierto donde tú sabes que te van a coger de atrás para alante, pero no te imaginas cómo ni con qué. Y él me explica algo más sobre los medios de producción pero ya no lo oigo porque me está apretando la mano. Fuerte. Ay.

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Justicia poética

Tomé las fotos hace un par de horas, en el Upper East Side de Nueva York.
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