Con espíritu deportivo

Ese terror olímpico que inspiras
en el lado interior de tu muralla
no me deja sentarme a la pantalla
a seguir el torneo (y tus mentiras).

¿A quién le importa un oro en el clavado,
el vuelo recto de una jabalina,
o el corredor de fondo que culmina
su infinito trayecto desmayado?

Oh, gran imperio donde el sol renace,
toda la gloria que hay en la Olimpiada
no justifica un ciberdisidente

ni un ciudadano de segunda clase
ni el Tíbet, ni la plaza masacrada,
ni el silencio ominoso de Occidente.

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Zapatero a su zapato

(a Eufrates del Valle e Isis Wirth, que saben hablar de La Cosa sin caer en el monotema)

Hace un par de meses, mientras caminaba las calles de Toronto, mis pasos y el azar me llevaron al Museo del Calzado. Lo que prometía ser una visita monótona —«¿qué tanto se puede decir de un zapato?», me preguntaba antes de entrar— resultó un fascinante paseo por la historia de este terrenal e imprescindible artefacto. La sorpresa y la premura no me impidieron tomar fotos y apuntes. Acá los comparto, en el orden caótico en que figuran en mi libreta de notas…
***
El primer calzado del que se tiene noticia perteneció al hombre de Ötzi. El zapato —hecho de una combinación de pieles (de oso y ciervo)— libraba al portador de ampollas y lo protegía en medio de temperaturas de entre -5 y -10 grados centígrados.

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Los egipcios acostumbraban a enterrar a sus muertos con zapatos, para que no anduvieran descalzos en el má
s allá. En las suelas de los zapatos de los faraones y miembros más prominentes de la sociedad pueden hallarse representaciones de esclavos y enemigos. El significado de dichas inscripciones es literal: no sacarles el pie de encima; mantenerlos bajo sus zapatos.

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La “caliga” era un tipo de sandalia usada por los soldados y oficiales del ejército romano. El emperador Cayo Julio César Augusto Germánico las llevaba de niño. Este señor pasaría a la historia con su más renombrado apodo: Calígula, que significa “botas pequeñas”.

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Las primeras evidencias del uso del calzado en el hemisferio occidental provienen de la
cultura anasazi (procedente de los territorios que ahora ocupan Utah, Colorado, Arizona y Nuevo México). El material que usaban para cubrirse los pies: fibra de la hoja de yuca.

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La cultura asante llegó al poder a principios del siglo XXVIII y durante doscientos años dominó el comercio de oro (que encontraba en minas de su territorio). Dicta la tradición asante que los pies del líder no han de tocar el suelo. A tal fin, éste se hace acompañar de varios “porta-sandalias”. Las suyas —como muestra la foto— van adornadas en oro.

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En China se estimaba que el tamaño ideal en el pie de una mujer era “san zu” (7.62cm). Los pies que alcanzaban ese tamaño eran denominados “sin lian”: lotos dorados.

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En 1463, el Rey Edward IV de Inglaterra proclamó un edicto que limitaba el largo de la punta del calzado: éste debía corresponderse con el estatus social y los bienes del portador.

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Durante el reinado de Henry VIII, se pasó de los zapatos puntiagudos a los de punta ancha. La figura del monarca —quien gustaba de la buena comida— marcó la pauta en el cambio de moda.

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En la cultura judía ortodoxa, si una mujer enviuda sin haber tenido hijos, su cuñado está obligado a casarse con ella y reproducirse. Si el pariente opta por evadir el matrimonio, se realiza la ceremonia “halizah” en la que la viuda quita los cordones y luego el zapato a su cuñado, librándolo así del compromiso. En el acto, también ella queda libre de casarse con quien desee. Esta tradición fue abandonada desde tiempos inmemoriales, aunque todavía subsiste en algunas comunidades ortodoxas.

En el judaísmo hay una plegaria que se dice en el momento de ponerse los zapatos. Y, por otra parte, cuando muere un ser querido, durante el periodo de luto (“shiva”), los familiares no usan zapatos, lo que es símbolo de pobreza e indica que son pobres sin su presencia.

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En el hinduismo, la figura del pez por lo general está relacionada a Vishnú. De lo que se desprende que estas sandalias (“paduka”) pudieron haber tenido significación religiosa.

En la India, el calzado refleja(ba) el estatus del portador. Estos ejemplos de “calzado aristocrático” todavía se estilan en bodas y ocasiones especiales.

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Los monjes budistas usan calzado que refleja la cultura de donde provienen. Las botas blancas con la cinta amarilla pertenecieron a Shi Suxi, abad del templo de Shaolín. (Le fueron entregadas en su cumpleaños 68. Shi Suxi fue el abad número 30 del templo). Este tipo de zapatos era reservado para ocasiones especiales. Para el día a día, usaban calzado gris o negro. La cinta quizá era una referencia al color azafrán de su vestimenta.

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Las suelas de estos zapatos dejan huellas a la inversa (o sea, que si uno camina al norte, indican que uno ha caminado al sur). Dichos zapatos eran usados por contrabandistas holandeses poco después de la Segunda Guerra Mundial para traficar bienes racionados a través de la frontera con Bélgica.

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Ya a un par de cuadras del museo, cuando me creía libre del asedio de la peletería universal, el Dios del Calzado me volvió a sonreír. En una reja cualquiera, y sin la menor explicación, dormitaba, a sus anchas, un zapato.

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El orden de los factores

No es lo mismo sacarle partido a las fotos que sacarle fotos al partido.
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Pornogración

¿Qué es la revolución? Pornografía
simulacro, rutina, desperdicio,
vértigo, mareo, precipicio,
estos años de oprobio y bobería.*

¿Quién quiere distracción más pasajera?

La ex novia del hijo del Comandante,
con una mano atrás y la otra alante,
sale a explorar su
vocación de hetera.

Mientras la ex nuera por su gusto cobra
y la atención en su pelvis se posa
y el novio desdeñado se masturba,

Castro se congratula: ¡Qué maniobra!
No ha cambiado el estado de La Cosa…
pero ¡qué erotizada está la turba!

____
* Carlos Alberto Montaner atribuye la frase a Borges.

Nota (in)necesaria
Estimado lector: como siempre, puedes visitar los enlaces con confianza. Son —respectivamente— a un texto mío en Letras Libres —perdona la auto-cita; en el mismo, desgrano mi teoría de la distracción—, a un post en Penúltimos días y a un artículo de Carlos Alberto Montaner.

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Carne de identidad

La carne de jutía, a veintisiete.

La carne de caballo, casi a treinta.

(Las carnes de mi prima están en venta

y El Morro y La Cabaña y El Templete…).

La carne de cañón, a la trinchera:

a Nicaragua, Angola, Etiopía…

La mala carne, a la carnicería.

La carne de tiñosa, a quien la quiera.  

La carne de primera, al Comandante.

La carne de segunda, a sus secuaces.

La carne de tercera, a los cuarteles.  

La carne es débil, cara y agobiante

y hace de los esclavos, capataces.

La carne de René, a los anaqueles.  

***

[Instalación: Xavier Cortada: Título: Masa cárnica; Técnica: Carne cruda sobre fuente; Año: 2000].

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Bronquita en el Patricio Central Yacht

Transcribo un fragmento de R.U.Y., de César Reynel Aguilera.

***

Empieza la bronca; si quieres un detalle bonito te puedo decir que el sol caía sobre el mar con un tono de sangre mezclada con polvo de oro. Sólo se escuchaba el sonido del agua lamiendo las ciguas de la playa, ni un alma por los alrededores. Te juro que fue así, no estoy inventando nada, si quieres le pongo un poco de imaginación, una brisita y el susurro lejano de los cocoteros, pero hasta ahora he sido fiel a la verdad.

Hay muchas cosas que podría decirte sobre ese primer trastazo que me regaló el Moro. Podría abundar sobre la relación que hay entre ciertos hábitos cosméticos y el abuso; estoy pensando en las uñas de las manos y los pelos de la cabeza, casi todos los abusadores que he conocido se cuidan con esmero esos anejos, aunque lleven gorra. Podría hablar del sentido de la distancia, del error que cometí al discutir con un energúmeno al alcance de sus garras; regla de oro: con esos enemigos se debe tratar más allá de la longitud de sus brazos, de sus piernas o de las armas de sus secuaces. En fin, lo mejor es no lidiar con gente así. Podría irme, también, por la tangente del bofetón. ¿Por qué no me dio con el puño? La respuesta es muy simple: El sueño del ganado es marcar. Fíjate que tenemos un montón de palabras para describir esa acción que intenta dejar su huella en la piel de los rostros ajenos. Así al vuelo te digo: galleta, galletaza, gilda, galúa, mancuerna, bufa, torta, tortazo, viracuello, piano y avión, si hago un esfuerzo saco unas cuantas más. Conozco la historia de un tipo que ganó su bronca limpiamente, sin lugar a dudas, le dio tremenda pela al contrario y lo puso a dormir. Sin embargo, mira tú, el único golpe que recibió fue un bofetón, y nada fuerte, que conste, pero era un tipo de piel muy blanca. El caso es que terminó su bronca y tenía cinco dedos dibujados en la mejilla. Suficiente para que haya tenido que cargar con esa cruz por el resto de su vida. Le dicen “guante en cara”, “quince dedos”, “rupestre”, “superhuella”, “dedos macabros” y otros etcéteras, la gente es cruel, Bro, la gente es cruel y le gusta marcar.

Yo tuve suerte, el bofetón que me dio el Moro fue con los dedos pegados, la única marca que me dejó fue un morado en el maxilar inferior, esta zona de la cara que está aquí. Tremenda galúa, me levantó en peso y aterricé en casa de las quimbambas; caí contra el muro del Club con un mareo de tres pares, cuando fui a incorporarme sentí mi mano izquierda sobre una de esas piedras que llamamos chinas pelonas. Un objeto que merece cierto detenimiento. Son esos cantos que han rodado por el fondo del mar desde tiempos inmemoriales, han resistido miles de golpes; la arena los ha pulido hasta que brillan con un destello aceitoso; un buen día logran llegar intactos hasta la playa, a pesar de los muros de concreto y la furia del último norte. Se puede decir que son la esencia de la dureza probada bajo múltiples circunstancias. Eso fue lo que los dioses pusieron bajo mi mano izquierda y, ya sabes, soy zurdo.

Me levanté en cámara lenta y le lancé la china pelona a uno de los tres Moros que estaba viendo; quizás por eso no abrí los dedos y me quedé con la piedra en la mano. El socio se agachó pensando que la dejaba pasar por encima de su cabeza y, sin detenerse, me embistió como un toro, los brazos estirados para agarrarme por la camisa. Extraña tauromaquia, Bro, agarré el pelo del Moro como si fuera el tarro de la bestia, el tipo empujando para arriba de mí y yo reculando, con cada paso le machaqué la frente hasta que la piedra se hizo arena entre mis dedos. Entonces empezó la pelea.

Más de cuarenta minutos prendidos, el Moro intentando partirme la columna con un invento japonés, y yo dándole en el arco superciliar derecho cada vez que podía. Ganando tiempo para que el sangramiento hiciera su trabajo. Ese es el problema de las artes marciales, están hechas a partir de una filosofía, tienen un código de honor, se combate con reglas que a nadie se le ocurre violar, y pobrecito del que lo haga, le espera el harakiri, bueno, si es verdad lo que dicen las películas. ¿Te das cuenta de la contradicción? El tipo me chocó la cara sin avisar y después quiso pelear según las reglas de su arte. Se fundió, metió para corto circuito, y le puse un par de cables que en cualquier competencia oficial me habrían costado la descalificación inmediata. Los cables son una forma intuitiva de anular la distancia, se trata de estirar los brazos lo más que se pueda, la idea es evitar que el contrario entre en la zona de combate, es como el agarre en el boxeo, pero al revés, impedir el espacio óptimo para la ejecución. Esa es la cosa, en el combate callejero no hay reglas, solo trampas. El socio quiso jalarme por la camisa y lo dejé con la prenda en la mano, me le escapé con el torso desnudo, agárrame si puedes. Se desesperó, le di un brazo, lo atrabancó y quiso entrarme con un Uchi Mata, pero volví a resbalarme entre sus dedos y le solté un coscorrón en la furnia sangrante que tenía encima de la ceja derecha. En su desesperación empezó a tirar zarpazos, lo dejé que me agarrara por el cinturón del Jean, tiré un pasito para atrás y le encajé unos cuantos ganchos en la herida, la sangre corría tibia y rutilante. El miedo se fue a bolina, la cosa se estaba poniendo buena, me di cuenta que las fuerzas se equilibraban, ya no era el Moro fuertote que podía cargarme en peso, ya no me llevaba seis años de ventaja, le entró flojera y caímos en la misma división. El tipo empujó y me eché hacia atrás; un, dos, tres, cha-cha-cha, y me puse a hablarle como si fuera mi pareja de baile, cositas dulces al oído, Morito, ahora que estamos solos, todo lo que tengo es tuyo, se desconcertó, eso iba en contra del código samurai. Moro, la noche se hizo para… pelear, se ofuscó y volvió a hacer movimientos innecesarios, gastaba aire y soltaba sangre a borbotones, le recordé que nadie iba a venir a separarnos, la cosa era hasta que uno de los dos cayera, una ola de miedo le corrió por el cuerpo, quiso acorralarme contra una pared y tanto empujó que me dio una idea. Enfilé hacia la baranda, ofreciendo resistencia, pero en dirección a la baranda, cuando estuve cerca cedí al empuje y me eché a un lado, el socio se fue de boca contra el tubo y casi se cae solito al agua, lo agarré por una trabilla y por los bajos del pantalón, pero antes de darle el último empujoncito cometí un error, le hablé del mar, lo invité a jugar con los pececitos de colores. Yo no sé de dónde sacó tanta fuerza, pero se dio una revirada asombrosa. El tipo tenía su trauma con el océano. Me pasó por hablantín. Cuando vine a darme cuenta lo tenía parado frente a mí, tirándome unos pescozones que si los llega a soltar desde el principio me habrían matado. Pero llevaban poca fuerza; y así fuimos cayendo, el Moro tirando guantazos y yo parándolos a como fuera. Caímos sin aire, el socio se acordó de su amor exagerado por el Judo y quiso meter para Ne Waza, se puso a ensayar inmovilizaciones, estrangulamientos y cosas de esas, volvió a enloquecer y tuve que repetirle el tratamiento. Agarré un caracol tibio que tenía cerca y se lo clavé en la herida. El grito llevó nuestra localización hasta la caseta del vigilante. La linterna se acercó con mareo. Cuando nos encontraron, el Moro estaba en el piso y yo de pie, me entretenía en patearle la cabeza con cierta dulzura, como hace uno cuando se encuentra una lata vacía en la calle, un toque suave, que ruede un poco, a ver el ruido que hace.

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Réquiem por el 5 de Agosto

Yo no tiré una piedra ni un insulto
cuando el pueblo salió a quemar el cielo
y hermano contra hermano en pleno duelo
daban cuenta de un rencor insepulto.

No formé parte de la barricada
que clamó libertad de cuerpo y mente…
(¿Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue La Habana ensangrentada?).

El miedo, tan endémico a la tierra
que vio nacer a esbirros ilustrados,
me hizo quedarme en casa, cabizbajo,

perdiéndome esta despiadada guerra
de un contingente de «obreros» armados
contra los desvalidos, los de abajo.

***
Artista: Eugène Delacroix; título: «La libertad guiando al pueblo» (1830, Museo del Louvre, París)

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Paisaje sin río

No hace mucho, en su visita a Venezuela, Sean Penn declaró ante las cámaras que le han dado fama y fortuna: «Vine en busca de un gran país y he encontrado un gran país». La sinceridad de Penn me deslumbró: el actor optó por esconderse delante de sus prejuicios. No dijo que había ido a Venezuela a conocer el país. Penn fue, como las gallinas, directo al grano. ¿Quién tiene tiempo para conocer un país extranjero si ya decidió de antemano que es un “gran país”? Pasó por el pueblo, pero no vio las casas.

A propósito de ilusiones ópticas, hace un par de días leí un texto de Wendi Guerra titulado “La Habana y sus rutas interiores”. Por más que le di vueltas no logré reconocer esa ciudad que Guerra describe a manera de guía turística. Me llamó la atención que en el párrafo de cabecera la autora enfatizara que «no es el prisma turístico, no es el lado oficial, pero puedes decir que en sólo unos días tú sí que conociste la capital cubana». Discrepo. Siempre he pensado que La Habana ―esta Habana que describe Guerra y, ya que estamos, el resto de la isla― es una gran pecera colorida y antiséptica, diseñada para que los turistas que van ―como Sean Penn a Venezuela― en busca de un “gran país”, lo encuentren. Al margen de las cámaras desechables y los martinis a la roca quedarán los apagones, la represión, las miserias humanas, las colas del pan, los balcones al borde del colapso, la desidia que se come a la isla hambrienta mientras los neocolonialistas degustan un plato de camarones y admiran el paisaje.

El texto de Guerra contrasta con la carta que me enviara hace una semana Francesca Sammartino ―traductora de mi novela al italiano y hermana mía; no en ese orden―. Con su autorización, la reproduzco abajo, convoyada de unas fotos que tomara en el periplo mi sorella.

***
Hermano:

Aquí estamos. Acabamos de volver crecidos, diferentes, de nuestro viaje a la isla verde. Es difícil describir todo el viaje, y complejo decir lo que vimos y aprendimos, pero en fin, lo intentaré. Llegamos a La Habana por la noche, nadie nos estaba esperando y la primera cosa que me pareció rara fue que fuera del aeropuerto casi no había luces. De hecho, mientras esperábamos la guagua para el hotel, hubo un apagón (el chofer diría con un impresionante sentido del humor, un “alumbrón”, ya que parece ser la norma esa y no al revés). Nos chocó ver la gente que andaba por las calles oscuras a las tantas de la noche, tranquilitos o sentados fuera de las casas esperando no se sabe bien qué. Llegamos al hotel y nos desmayamos del cansancio.

Al día siguiente nos llamó nuestro guía que resultó ser un ambiguo personaje de casi 70 años que trabajaba para Cubatour, prácticamente el único tour operador que existe en la isla. La cosa más bonita fue saber que sólo éramos Luciano y yo los del “grupo”, eso quería decir que teníamos a un chofer y a un guía solo para nosotros.

Aquí va brevemente el tour que hicimos:
12- Llegada a La Habana
13- La Habana, Santa Clara, Trinidad
14- Trinidad
15- Trinidad, Sancti Spiritus, Camagüey
16- Camagüey, Bayamo, Santiago
17- Santiago
18-19- Santiago, La Habana
20- La Habana
21- La Habana, regreso

No sé por qué quisieron enseñarnos como primera ciudad Trinidad que sí que es bonita, muy coloreada y colonial, pero increíblemente pobre. La verdad es que durante toda la estancia no me podía creer que fuera tan pobre. Y lo que más me fastidiaba era pensar que hay un montón de gente (entre los mismos políticos que tenemos aquí) que siempre hablan de Cuba como del paraíso perdido. Y la verdad es que por naturaleza y maravilla de la gente lo es, pero no se puede esconder una pobreza tan descarada cuya motivación parece gritada a voces. Tuvimos miles de experiencias impresionantes para nosotros: ver plantas de café (¡que por lo visto no crece en paquetes de lavazza!), comer mangos desde el mismo árbol, oler el aire que sabía a flores de unos pueblitos de la montaña, ¡ver montañas con palmas! (¿pero la montaña no era aquella cosa con rocas y nieve?), ver cebúes, cocodrilos, iguanas, cangrejos que cruzaban las calles desafiando las ruedas sin piedad de nuestro chofer (uno se coló en nuestra habitación y dormimos con él), océanos de caña de azúcar, mares de personas a los lados de cualquier carretera esperando para que alguien los llevara a algún lugar, un mar preciosísimo salado y cálido, plátanos y bananas de formas y colores nunca vistos, todos los carros de los años 50 ―que no caben ni en un museo de carros de los años 50― apañados con cualquier tipo de ajuste, casas de estilo “estático-milagroso”, puros inverosímiles, niños, niñas, muchachos y hombres de una belleza despampanante de los que te preguntas si en serio no son actores o algo, tormentas tropicales que pensabas que iban a acabar con el ser humano, casas coloreadas que parecían pintadas por niños alegres (verdes, azules, rosas, rojas amarillas, como debería ser pintado el mundo), mariposas y lagartos de colores inquietantes, ridículos cambios de guardia a unos 32 grados centígrados con humedad tropical que derretían los cuerpos majestuosos de hombres en uniforme, tumbas de patriotas de guerras y patriotas del son, casas de la trova de un azul esperanzoso, culos olimpiónicos de negras generosas, ceguera hipócrita de blancos aturdidos, pavos reales, soportales decrépitos, pies hambrientos de zapatos, edificios de un pasado prometedor, amigos de primos hermanos de abuelos del que una vez prestó un bolígrafo a Hemingway para apuntarse la lista de la compra, banderas nacionales del primer tipo y del segundo, carteles de propaganda escritos por niños adultos y niños pequeños, colas para el abastecimiento, eufemismos crueles, controles ridículos de guardias en el aeropuerto, fuera del aeropuerto, cinco veces por la misma persona, aviones con hélices, falta de información, periódico de papel reciclado de solo dos colores, banderas del 26 de julio, océano aullante, hojas de todas las formas y tonalidades de verde, blanco de sonrisas, piel caoba, semillas que nunca crecerán en esta parte del charco, orgullo…

Lo que no hemos visto: libertad.

Sé que es parcial e incompleta la descripción y que llevaré bastantes cartas sobre el mismo asunto, pero en fin, por algún lado quería empezar.

Pues, nada, he de ir. Volveré a contarte cosas de la isla verde. Por ahora te dejo algunas fotos que nos costaron un maravilloso aguacero… Llegamos a Belascoaín y Neptuno y sacamos éstas; espero reconozcas algo.

***

Fotos: cortesía de Francesca Sammartino

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Oda al de los pies ligeros

Un excelente reportaje publicado en la más reciente edición de The New Yorker trae a la palestra a Alan Rogers, mayor del U.S. Army y ―según evidencia el artículo― una de las mentes más brillantes de la Inteligencia norteamericana. Su muerte, en enero de este año, ha desatado un debate entre quienes optan por ocultar la inclinación sexual de Rogers ―una legión en sentido literal: el ejército― y un grupo de activistas que ha decidido usarlo como punta de lanza contra la política de “Don’t Ask, Don’t Tell” (no preguntes, no digas), que establece que en tanto los miembros del ejército norteamericano no manifiesten abiertamente una “conducta homosexual”, no se les preguntará al respecto y aquí no ha pasado nada.

Hasta la presidencia de Clinton, la homosexualidad estuvo prohibida en las filas del ejército. El demócrata intentó echar por tierra esta regla, pero ante la oposición que recibiera por parte de las altas esferas del Army tuvo que conformarse con pactar ese término medio de “Don’t Ask, Don’t Tell”, que establece una diferencia ―muy borrosa, todo sea dicho― entre la homosexualidad (la cual no es prohibida en teoría) y la conducta homosexual (que conlleva expulsión inmediata del ejército).

El reportaje de The New Yorker me hizo pensar en Aquiles ―quien sostuviera una estrecha relación con Patroclo, descrita en ocasiones como profunda amistad o amor― y en el sobrenombre que le endilgara Homero en ese libro dedicado a describir la cólera del héroe “de los pies ligeros”. En la década del cuarenta del siglo pasado, el eufemismo al uso en Estados Unidos para denotar que un hombre era gay era precisamente definirlo como alguien de “pies ligeros”. No me consta que el origen de la frase sea la Ilíada y el supuesto romance entre Aquiles y Patroclo, pero el paralelo me llevó a imaginar esta política de “Don’t Ask, Don’t Tell” durante el sitio de Troya. Las líneas que siguen se desprendieron solas.

Aquiles, semidiós de pies ligeros
―desolador de la ciudad sitiada―,
decidió compartir la madrugada
con uno de sus más fieles guerreros.

No digas ni preguntes al respecto.
No toques ese tema peliagudo.
Hermánate a tu lanza y a tu escudo,
que Patroclo es su hermano predilecto.

Mañana en la batalla lloraremos
cuando el talón mortal sea perforado
y el más veloz sucumba a su destino

y en las exequias no mencionaremos
su preferencia por el bien amado.
No siempre hay que llamar al vino, vino.

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Plegaria a San Enrique y San Francisco

(a Francisco García y Enrique Del Risco)

Cuéntame el cuento de la buena pipa
desde Hatuey hasta Elián y Pérez Roque
y la génesis del birlibirloque…
Muéstrame pata, corazón y tripa

de ese pueblo tan culto que no sabe
(o no se acuerda de) los ingredientes
del buen ajiaco o la pasta de dientes
y que nunca jamás probó el casabe.

¿Qué pasó con las páginas perdidas
de aquel diario del hombre del busto?
Cuéntalo en broma, pero con aplomo:

los desembarcos y las despedidas,
la risa y luego el llanto del Gran Susto,
la leve historia de una isla de plomo.

***
Y dice Jorge Salcedo:

Déjame que te cuente de esa Leve
Historia y su veraz anecdotario,
del orgullo risueño y solitario
de Mabuya, que esconde el doble nueve.

Acércate a observar desde la acera
la innoble imbricación de tu destino:
la muerte misteriosa de un cochino
y una cochina muerte marinera.

Comparte con trompetas, milicianos,
alzados, trepadores, rasca-panzas,
agentes del azar y de las chanzas.

Toca las vértebras de los cubanos.
Comprueba como sangran sus tetillas.
Viven a plomo. Mueren de cosquillas.

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Saturnalia

Lo triste no es que devores
a tus hijos y a tus nietos
y que siembres de esqueletos
cada sitio donde mores.
Lo triste es la persistencia
del oprobio y de la afrenta.
Lo triste es que la tormenta
lleva tu hedor y tu esencia.
Lo triste de esta tristeza
es su innegable certeza.
***
Y dice Jorge Salcedo:
Lo triste de esta tristeza
es no saberla llevar,
cambio La Habana y el mar
por llegar a esta certeza:
soy de allí y no soy de esa
única veta creado.
Huérfano, no devorado
voy aprendiendo a nacer
entre mi hoy y mi ayer:
entre aquí y el otro lado.

Huérfano, no devorado,
voy aprendiendo a nacer.

***
Lo triste de esta tristeza
acueste lado del mar
es tener, aún, que aceptar
este dolor. La certeza
de que a nadie le interesa
de nuestro pueblo el destino,
que aún impere el desatino
que nos obliga a emigrar
y que arrojarse a la mar
sea el único camino.
______
título: Saturno devorando a sus hijos
artista: Francisco Goya
año: 1819-1823
técnica: óleo sobre lienzo
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La serpiente se muerde la cola

Barbuda, brutal y desenfrenada
la gran revolución de pacotilla
diseñó al Hombre Nuevo con arcilla,
plomo, miedo y sangre coagulada.

Y el Hombre Nuevo, en balsa improvisada,
salió a buscar la luz de la otra orilla,
cansado ya de guerra y de guerrilla,
hediondo de consigna y marejada.

El Hombre Nuevo —golem de un sistema
que (cual Saturno) devora a sus nietos—
se echó a la mar y encomendó su suerte

a Dios, al viento y cualquier teorema
y aferrado a recuerdos y amuletos
gritó su redundante: «¡Patria o muerte!».

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Lectura en Montclair, Nueva Jersey

Damas y caballeros: tengan la bondad de correr la voz.

Mañana, miércoles 30 de julio, a las 7pm, en Cha Ma Gu Dao —una casa del té ubicada en 212 Glenridge Avenue, Montclair, NJ 07042—, compartiré panel con mi amigo (el poeta y traductor) Nicholas Benson. Benson leerá fragmentos de su traducción al inglés de Viaggio d’inverno y “algo de la chiflada obra de Aldo Palazzeschi”. Por mi parte, leeré esquirlas de mi traducción al inglés de Al norte del infierno, una divertidísima novela de ese animal de galaxia que es Miguel Correa Mujica. Juegos de palabras, tráfico entre lenguas, traiciones literarias y otros tópicos afines saldrán a colación.

Como dijera Obi-Wan-Kenobi: «la literatura es buena para el colesterol». Además, es probable que los asistentes al evento pierdan —o ganen, según sus necesidades— un par de libras, en el noble acto de beber té.

Dos notas al margen:

1- Esta presentación será en inglés.
2- Gracias, querida Isis. Me sumo a tu anhelo. Ojalá pudieras estar ahí.

Nos vemos.

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Castro en la red de las maravillas

«¿Qué cosa es el hipertexto?»,
le pregunta el comandante
a su bovino ayudante
y éste le explica el contexto:
«La vida en la red de redes
se parece a aquel espejo
de Alicia, la del conejo:
laberinto sin paredes…».
Y el loco entendió solito:
Internet: el infinito.

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Del primer objeto de su lujuria

Transcribo un cuento de Teresa Dovalpage.
***

Del primer objeto de su lujuria

La Víbora es un barrio con personalidad propia, diferente de cualquier otra zona de La Habana. La Víbora es cristiana, santera y metafísica. Tiene su Centro Rosacruz y su Loma del Burro repleta de matorrales entre los que se pudren plátanos manzanos amarrados con lazos rojos. Tiene la iglesia católica Los Pasionistas, donde las espiritistas locales les piden a los curas agua bendita para darle un toque ecuménico a su mediunidad.

San Anastasio es una calle viboreña que huele a sol y a asfalto derretido. Una calle bordeada de yerbitas que crecen en la acera por donde se pasea el gato de la carnicería —un gato gordo y negro, que responde al nombre de Musulungo. Cuando cae un aguacero de esos tropicalmente rápidos, el vaho de la tierra mojada envuelve a la calle como lluvia de semen. Así es.

En el año setenta (cuando la zafra de los Diez Millones) Teófilo vivía allá en San Anastasio, casi esquina con Vista Alegre. La casa era grande, con las paredes apagadas y musgo en los rincones. En el patio trasero crecían un árbol de naranjas agrias y un jazmín anémico cuyas pálidas florecitas sin olor cubrían la tierra cuando soplaba el viento de Cuaresma.

En el primer cuarto dormían Teófilo, Mami y el recuerdo de Papaíto. En el segundo se encerraba el abuelo, sesentón todavía fuerte y poseedor de una barriga empinada que le inflaba la camiseta como si tuviera debajo un barril de cerveza Hatuey. Lo llamaban Papá Pipón. De noche, por las rendijas de su puerta salía humo de tabaco y peste a ron.

El tercer cuarto era el último, el de allá atrás, transformado por la pronunciación barriotera del viejo y la infantil de Teófilo, en Allatrá. En Allatrá no dormía nadie, pero los ojos de un Jesucristo desteñido se enroscaban con rabia en los ojillos maliciosos de una mujer. Ésta vivía en un cuadro polvoriento que alguien había colgado frente por frente al del Sagrado Corazón.

La mujer alardeaba de unas piernas muy largas que asomaban por debajo de una falda muy corta. Tenía cara de no romper un plato, pero su sonrisita de modestia mentida no engañaba a nadie, mucho menos a su vecino de pared. En su mejilla izquierda negreaba un lunar falso y desteñido por los años. Las miradas incendiarias del Cristo censuraban en silencio a aquella flapper detenida en el tiempo, que lo retaba así a la descarada con el nacimiento del muslo.

Delante de la mujer montaba guardia un sucio vaso milagrero, para envidia del Jesús iracundo, cuya sed nadie se preocupaba de apagar. Cuando un rayo de sol del patio se deslizaba serpenteando hasta Allatrá encendía chispas polvorientas en el agua dormida. Sólo el vuelo de los moscones rasgaba la tranquilidad del cuarto, hasta el día en que Teófilo descubrió a la mujer.

A Teófilo le habían puesto así por empeño de su padre, que era loco al boxeo. Para que nos salga un campeón como Stevenson, con los cojones bien macizos, había decretado en cuanto el chiquillo nació. A la madre no le gustaba mucho el nombre, pero quien manda, manda. Su marido la convenció.

Los primeros recuerdos del futuro campeón se perdían entre besos con olor a cebolla y pellizquitos en las nalgas, prodigados por Mami. Papaíto ya no estaba. De él no quedaban más que una medalla, un par de botas viejas con huellas de tierra africana, y un uniforme verde olivo. Mi papá se murió en Angola, decía Teófilo sin pena y sin miedo. Yo no me acuerdo de él.

Los besos encebollados solían enredarse con extrañas preguntas, cuyas respuestas le habían sido dictadas al chiquillo con antelación suficiente. ¿De quién es este rabito? Beso en la frente y apretón allá abajo. De mi Mami. ¿Y de quién son estos huevitos? De mi Mami también. Beso en la barbilla, y más masacoteo. ¿Y tú me quieres mucho, nada más que a mí? Ay. Sí.

Hasta que Papá Pipón, incomodado, advirtió un día que aquello sonaba muy mal. Sentó a Teófilo en sus rodillas y, apretujando con su mano terrosa los órganos ya mencionados, le informó muy serio que debía contestar “de las muchachas” a las dos primeras interrogantes. Después fue a buscar a su hija y la puso de vuelta y media:

—¡A ver si traumatizas al chamaco con tus comemierderías, sanaca! ¿Cómo lo vas a dejar que diga que su pichita es tuya? ¿O lo quieres tener toda la vida pegado a ti, para que termine maricón?

Quizás temiendo que “las muchachas” llegasen en manada para arrebatarle su legítima propiedad, una tarde Teófilo, a solas en el cuarto, se estrujaba el rabito entre los dedos cuando Papá Pipón lo descubrió. Instintivamente, el niño soltó el cuerpo del delito y se sentó en la cama muy derecho.

—¿Qué estaba haciendo usted ahí? —preguntó el viejo con voz ácida y ojos de sapo exasperado—. ¿Qué estaba haciendo, eh?
—Nada —musitó Teófilo, poniéndose coloradísimo.
—¿Y por qué estás tan sofocado?
—Porque… me puse a saltar en el colchón.
Las arrugas de Papá Pipón se acentuaron en un visaje de simio socarrón.
—¡No seas mentiroso! ¿Te crees que yo me chupo el dedo? Si todavía tienes el pantalón abierto… ¡A los cinco años, carajo! ¡Los chiquillos de hoy nacen sabiendo sinvergüencerías!
Teófilo improvisó un puchero.
—No, no tengas miedo —el abuelo, sorpresivamente, endulzó la voz y la bajó hasta un ronroneo—. Yo no te voy a castigar, bobito. Seguro que tú no sabes bien cómo se hace. Mira, échate pa acá.

El viejo tenía dedos largos y expertos en hurgar las intimidades de hierro de los carros. Había sido mecánico de lujo, especialista en Fords, hasta que un goteo aceitoso de los lagrimales lo mandó de cabeza al patio de chatarra del mundo laboral. Con una mueca cómplice, Papá Pipón se levantó el capó de su propio carromato y le empezó a enseñar al nieto cómo mecaniquear.

A partir de ese día, Papá Pipón y su aprendiz se encerraban con engañosos pretextos en el cuarto del viejo o en Allatrá. Mientras tanto, Mami se ajetreaba en la cocina o cabeceaba inocente frente al televisor, absorta en las telenovelas o en Cocina al Minuto, de Nitza Villapol.

Pero Teófilo presentía que había algo apócrifo en aquel masajeo frenético. Adivinaba que a él le fallaba la mecánica, aunque no sabía dónde. Pues ¿por qué su rabito no explotaba en catarata cálida como el surtidor que brotaba de la tubería de Papá Pipón?

—Paciencia, hijo —lo tranquilizaba el viejo—. Dale tiempo al tiempo, que todo llega. Un día te vas a sorprender.

Aquello lo consolaba un poco, aunque, por las noches, lo perseguía la imagen del apéndice del abuelo. Éste crecía, llenando la penumbra del cuarto y eclipsando con su potencia al avergonzado rabito, diminuto y tan pálido como los jazmines anémicos que crecían en el patio.

El viejo Pipón no era malo. Pero eso sí, mejor ponerse a salvo cuando se encabronaba porque solía cegarse como un potro cerrero. Le sacó dos muelas de un bofetón a su hija Luisa, la menor, cuando ésta se enredó con un joven barbudo, un teniente rebelde recién bajado de la Sierra. El tal teniente, tronco de mulatón camagüeyano, deslumbró a la habanera ingenua y la dejó preñada, para perderse luego en la marea creciente de la burocracia militar.

A Luisa le quedó de recuerdo una mulatita de pelo malo y piel azafranada que acudía dando brincos cuando la madre berreaba ¡Algohá! A los que se interesaban por la génesis del nombre, Luisa les contestaba encogiéndose de hombros que algo había que llamarla, ¿no?

Pese a la mulatita y al marinovio evaporado, una vez que a Luisa le bajó la hemoglobina hasta las chancletas por causa de un aborto, su padre fue a cuidarla. Al fin es que la sangre es la sangre. Y estas hijas mías han estado sin la guía de una madre desde que murió mi mujer, que en paz descanse, cuando ellas eran unas señoritas. ¿Qué culpa tienen las pobres si me salieron un par de huevos cluecos en esta rebambaramba que se nos armó aquí?

—Yo me voy a pasar un par de días con su tía Luisa y su primita. Usted es ahora el hombre de la casa, así que compórtese —le advirtió Papá Pipón al nieto antes de irse.

Lucía el viejo muy serio, con un paquete bajo el brazo. En el paquete había cuatro libras de carne de tercera que el carnicero le acababa de cambiar por un ventilador americano del año cuarenta y dos.

Teófilo se quedó solo. Era sábado y Mami había ido, con resignación bolchevique, a hacer trabajo voluntario en las afueras de La Habana. El muchacho se dedicó al ilícito goce de registrar las pertenencias de los mayores. Entre las de su madre encontró una bolsa llena de blúmeres que despedían efluvios acres y una caja forrada de terciopelo rosa en la que se ocultaban adornos decadentes. Se probó una gargantilla, dos collares de perlas falsas, un pasador dorado y un corsage muy ajado de violetas marchitas.

El corsage era recuerdo piadoso de un baile al que asistieran Mami y Papaíto en el Casino Español, a finales de los años cincuenta. Papaíto estudiaba el tercer año de medicina en la universidad y compraba, cuando tenía dinero, algún bono del 26 de julio. Se había enamorado a primera vista de Mami, dependienta simpática de la Farmacia Taquechel. Ilusionado, la invitó a una cena de Noche Buena en el Casino Español. Se hicieron novios mientras compartían una pechuga de pavo y media botellita de champagne.

Aquél fue uno de los últimos bailes del Casino Español. Luego la Navidad fue desterrada por contrarrevolucionaria, el pavo por burgués y el champagne por imperialista. Mami pasó a decirles a los clientes de Taquechel (convertida en Unidad Farmacéutica número 2341) que no había ni aspirinas, y a ponerles cara de estreñimiento. Papaíto, enviado a Angola con la primera oleada de internacionalistas, trató de remendar los cuerpos destrozados de sus compañeros de armas hasta que la ráfaga del AKM ruso de un angoleño despistado lo cortó en dos a él.

Pero Teófilo, ajeno al pedazo de historia familiar que tenía delante, se aburrió pronto y pasó al cuarto del abuelo. Encontró una nube de cajetillas de cigarros vacías, un enjambre de cabos de tabaco, una botella mediada de ron y dos gavetas llenas de camisetas ripiadas y calzoncillos orinados mil veces y secados al sol del patio. Bah. Pateó con rabia un mocho de tabaco y fue al patio a jugar.

Por la tarde se metió en Allatrá, último reducto de su esperanza. Al entrar se fijó por primera vez en el retrato de la mujer, al que hasta entonces había mirado sin prestarle atención. Detrás de su vaso de agua, la flapper se levantó la falda hasta la cadera haciéndole una mueca putesca. El descubrimiento de que no llevaba blúmeres se le reflejó a Teófilo con un cosquilleo grato en la entrepierna.

De quién es este rabito y empezó a masajearlo suavemente, como Papá Pipón le había enseñado. Pero en mala hora se le ocurrió dar media vuelta, y, al tropezar su vista con el Jesús del cuadro, le pareció notar una chispa colérica en sus ojillos verdemar.

Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas, le había advertido Mami una vez. Los niños malos van derechito pal infierno, pero no hables de eso en la escuela porque puede perjudicar. Y si alguien te pregunta si aquí somos creyentes o si tenemos cuadros de santos o de vírgenes, tú le dices que no.

Teófilo ya sabía que con el rabito no se jugaba delante de Mami, a no ser que ella iniciara el toqueteo. Seguro que tampoco se podía manosear delante de Papá Dios. Las miradas ardientes de aquel señor tan serio lo desconcertaron y se volvió otra vez de espaldas a él, concentrándose en las piernas de la mujer, que seguía guiñándole el ojo y hurgándose con perverso placer en la pelusa oscura que tenía entre los muslos.

Pícara suerte que sonó la cerradura en ese momento y el chiquillo tuvo que salir de Allatrá echando un pie. Era la madre, que venía en mala hora a interrumpirle la ceremonia púbica y el de quién es este rabito, eh.

Por la noche se comieron la raspa empelotada del arroz, que llevaba dos días escarchándose en el refrigerador, y una tortilla de cebollas.

—Mañana voy a preparar frijoles negros, hoy estoy demasiado cansada para ponerme a cocinar —dijo Mami al servirle.
Se notaba agotada y de mal humor, después de haber pasado el día recogiendo tomates en una finca allá por Luyanó. Al filo de las nueve, la luz dijo adiós Lola y el barrio completo se ensombreció.

Teófilo masticaba callado la raspa del arroz, tan gomosa que se le adhería a los dientes como si fuera chicle. Empezó a improvisar versitos bobos:

La peste gris y blanca de la luz brillante me hace cosquillas.
¿Por qué era tan chiquita la tortilla?
Mami tiene las tetas gordas como una nube
cuando va a llover.
Pero me gustan más las otras, las de aquella mujer.

Unos bichitos de alas finas rondaban lentamente la esfera luminosa del quinqué. El niño los miraba rozándose las ingles. A cada rato desviaba la vista para escrutar los pechos de su madre, cuyos pezones se transparentaban debajo de la bata de casa.

Al levantarse de la mesa se lanzó en una carrerita de galgo hasta Allatrá. Lo paró en seco el temor a que Mami lo descubriera allí, a usted qué hace metido en ese cuarto, renacuajo, y a la oscuridad que amortajaba la casa. Se echó en su cama opaca con la promesa de mañana sí, tú verás que mañana sí.

Al fin mañana se convirtió en hoy, un hoy que era domingo rojo. Mami volvió a tener trabajo voluntario. Esta vez se trataba de barrer las calles viboreñas, que no se limpiaban desde que el ciclón Flora descuajeringó a todos los árboles que las bordeaban. El viento de Cuaresma, que soplaba implacable desde hacía una semana, contribuía al reguero desparramando polvo, hojas, ramas rotas, papeles sucios y hasta ropa que conseguía arrancar de las tendederas entre silbiditos de burla.

Teófilo se tomó la leche fría porque el gas se había ido y Mami andaba demasiado apurada para encender el reverbero.

—Pórtate bien y no salgas hasta que regrese tu abuelo —le advirtió su progenitora, que seguía de un humor de perros—. ¡Mira que te pongo de penitencia como no andes al hilo!

De penitencia puso Teófilo al Cristo, por librarse de sus miradas. Lo viró cara a la pared, apoyándolo en una mesa vieja. Y ya puesto a descolgar cuadros, descolgó también el de la mujer para observarlo a gusto, sosteniéndolo con cuidado entre los dedos de apretar el rabito. Después de soplar una capa de polvo, Teófilo pegó la nariz al cristal. Entonces percibió claramente el aroma de un perfume desconocido. Je Reviens.

—Tú eres mi novia —resolló casi ahogándose, en tanto que el rabito se le elevaba vertiginosamente hacia el techo despintado de azul—. Nosotros vamos a casarnos, eh.

Se anegó en el sofoco que le nacía en lo más profundo de la entrepierna, en la ola cálida que prometía esta vez no disolverse, sino explotar gloriosa entre sus dedos. Ahora sí, jadeaba, ahora sí, y los ojos se le cerraban para abrirse a un teatro interior donde, a colores y en plena animación, la mujer del cuadro movía rígidamente sus piernas de modelo y le mostraba con descaro la chocha peluda. Ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon, cantaba la sonsacadora y Teófilo oía el estribillo repiquetear dentro de su cabeza. Ponme la mano aquí que la tengo fría. Pon.

—¡Degenerado, haciéndote una paja a costillas de mi señora difunta! —le desbarató la tonada el grito de Papá Pipón—. ¡De tu propia abuela! ¡Tan rebejío y tan cabrón!

Un puñetazo lanzó al niño de bruces contra el suelo. El retrato cayó con él, haciéndose añicos y entintándole la frente con los pedazos rotos del primer objeto de su lujuria.

¿Cómo va a ser mi abuela? Las abuelas son viejas y tienen canas, espejuelos y las piernas flacas y jorobadas. Las abuelas no andan por ahí enseñando la florimbamba. Cómo va a ser mi abuela si yo no tengo abuela, yo no tengo papá, yo no tengo nada.

Papá Pipón envenenaba el aire quieto de Allatrá con maldiciones viboreñas. El viento de Cuaresma, afuera, seguía haciendo volar el polvo gris sobre San Anastasio. Jesucristo, triunfante, le sacó medio palmo de lengua al chiquillo asustado. Eso es para que aprendas. ¿No sabías que Papá Dios lo ve todo y te castiga si haces cosas feas? Merecido que te lo tienes, ¿eh?

Teófilo se incorporó con el corazón desbocado. Le ardían en el mismo centro de la vida los insultos del viejo, la burla de Jesús y las cortaduras que le laceraban dedos y frente.

—Cuidadito con decir nada de esto a nadie, porque le arranco la lengua con un alicate y se la pico en la máquina de moler —le advirtió el viejo, tremebundo—. Si su madre se entera de lo que estaba haciendo, lo bota para la calle, ¿sabe? Lo manda para una beca, para Rusia, para la casa del carajo. A ella le vamos a decir que jugando con el cuadro se cayó y se cortó.

Que me manden para el infierno. Total.

El domingo rojo se cerró con las lamentaciones de Mami que regresó hambrienta, llena de polvo hasta las cejas y otra vez, por variar, con el humor emponzoñado.

—¡Ay, que por estar yo ocupándome de lo que no me importa mi hijo casi se saca los ojos! ¡Ay, que se rompió el único retrato que conservaba de la pobre mamá! ¡Ay, que se acabó el agua y ahora no me puedo bañar hasta mañana!

Media hora más tarde la luz siguió los pasos del agua. Aquella noche tampoco hubo tiempo para cocinar los frijoles. Lo único que comieron fue pan con aceite y ensalada de coles.

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