Habanas frente al Malecón

Transcribo una viñeta de Teresa Dovalpage.
***

Todas las tardes, cuando se pone el sol, La Habana se sienta en el muro de su propio Malecón y flirtea con la idea de contemplarse a sí misma desde el otro extremo del Estrecho de La Florida. Desde el extremo cuyas luces se ven a veces, en las noches más claras, resplandecer como un lejano árbol de Navidad.

Hay una Habana que ve el mar como una tabla líquida de salvación. En las noches de apagón saborea su saliva salina y sueña con la verga enhiesta de un galeón español, con el mástil de una goleta inglesa, con el remo de una chalupa indígena que la aleje definitivamente de éste, su litoral de camarones sólo para el consumo de turistas. El mar la atrae, la seduce con cantos de sirena. Pero el reclamo de la aventura acuática no es siempre tan potente que la haga abandonar su languidez congénita y su laisser faire.

La segunda Habana, la que se queda en el Malecón tranquila, sedadita, tiene múltiples caras. Es Ave y Eva. Comulga muy piadosa en la iglesia de los jesuitas amén, Jesús. Le ofrece una papaya madura a la Virgen del Cobre Oshún, dame tu aché. Caderea frente al hotel Capri a la caza del pene exótico oye, papito, pst.

Y hay otra Habana más que está en el medio. La que, obligaba por la necesidad, se vende al extranjero en contrato matrimonial o de empresas mixtas. La que arrienda legalmente su vagina o la playa de Varadero para el exclusivo disfrute del forastero que viene de allende los mares envuelto en el prestigio de sus dólares, vulgo fulas.

Las tres se funden en candente metrópoli con su gente, sus voces, sus sabores y olores. Algunos no son agradables, otros simplemente te harán taparte la nariz. ¿Qué quieres? No es su culpa. La Habana no se creó a sí misma. Nosotros la creamos, y puede que muy pronto la tengamos que recrear.

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Divertimento post-modernista

(a R. Darío, E. González Martínez y G. Valencia)

Tuércele el cuello al cisne. Al cisne. El cuello
haz de torcerle al puro cisne manso.
En su leve garganta, el fiel garbanzo
hazle atorar. ¡Un cisne muerto es bello!

Ven a la cofradía del camello,
al vendaval de arena del desierto.
(No olvides desterrar al cisne muerto,
su graznido, sus plumas, su destello).

Y si algún día el cisne resucita,
con su delicadeza soberana,
su pedigrí de radiante criatura

y aquella potestad de ave infinita,
déjale ver el alba, la mañana…
¡y tuércele el pescuezo con ternura!

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Idolatría

Transcribo un soneto de Néstor Díaz de Villegas.
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Tengo miedo a anunciar con mis palabras,
a conjurar la suerte con un verso:
el bardo invoca con sílabas y hueso
brujerías sublimes o macabras.

Creador de los mundos paralelos
anda engañado y sabe que le habla
al oído un demonio del subsuelo,
y un dios parrandero y cascarrabias.

¿Quién su alegría y su dolor advierte?
¿Quién su letargo rompe con un beso?
¿Quién le adjudica ingratitud y muerte?

Idólatra que carga con las tablas.
Mesías que reniega de su suerte.
Profeta que su propia tierra labra.

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Email a Néstor Díaz de Villegas

(a propósito de Por el camino de Sade/ Sade’s Way)

Néstor, he transitado tu camino,
la vereda de Sade y sus sonetos:
sabrosura, dolor y vericuetos,
tu verso es jodedera y remolino,

es historia mitómana y certera:
Dostoievsky de rumba por el Prado,
Maradona, el sheriff del Condado,
Janis Joplin en trusa y guayabera,

Sara Mago bajándose del bote,
Mark Rotcko, cual daltónico fantasma
y un Idiota, un Chivato, un plato roto…

Describes la razón del despelote:
la eternidad ahora sí murió de asma,
asfixiada en un lúdicro alboroto.

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Diferencia horaria


Hace un par de meses, una pareja de amigos viajó a Cuba. Ambos vinieron a Estados Unidos en la más temprana infancia, se conocieron por estas tierras… y, hasta marzo de este año, ninguno había regresado a la isla. Los motivos del viaje no me incumben; lo que sí sé es que, en aras de enseñarle el lugar donde tienen enterrados sus muertos y —con el perdón de Lewis Carroll— para que viera de cerca como luce la luz de una vela cuando está apagada, se llevaron a cuestas a su hijo, un (casi) adolescente que habla las dos lenguas en pugna con igual desenfado. Minutos antes de aterrizar en el Aeropuerto Internacional José Martí, el muchacho les preguntó si había diferencia horaria entre Nueva York y La Habana, para ajustar el reloj. Los padres respondieron al unísono, dándole, sin querer, dos versiones: una, literal, la otra, no tanto. Me quedo con la segunda: «Sí, en Cuba tienen 50 años de atraso».

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Alfa y Omega

Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido,
y, apenas iniciado, ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana,
y así el primer terceto malgastamos.

Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver con experiencia vana
que se acaba el soneto… Y que nos vamos.

Manuel Machado

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Retrato expresionista de una isla

Una isla: una mascota, un esperpento,
un traidor, un sociópata, un amigo,
una esquina, una lápida, un testigo,
un crimen, un recuerdo, un monumento,

un rencor, unos miedos, una playa,
una brisa, un dolor, un libro abierto,
una sombra, unos gritos, algún puerto,
una madre, una balsa, una batalla,

unas tardes acaso irrepetibles,
un olvido, una fuga, una silueta,
un pariente, unos golpes, una infancia,

una culpa, un perdón ineludibles,
un desmayo, una celda, una glorieta,
un adiós y por siempre una distancia.

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Una isla: definiciones

Transcribo un fragmento de Furia del discurso humano, de Miguel Correa Mujica.
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Una isla: definiciones

Una isla: porción de tierra rodeada de agua por todas partes
Una isla: un toque de queda en la costa
Una isla: principio y fin del mundo
Una isla: brisa estival y encierro infinito
Una isla: lugar donde el culipandeo es un modo de vida
Una isla: y la monstruosidad
Una isla: reducto milenario de la infamia
Una isla: vengan a verla
Una isla: caras, cachetes, bollos y lentejas
Una isla: estropajos, bugarrones, una iglesia
Una isla: fanguero, fandango, fantoches
Una isla: un mismo espacio para héroes, canallas y mariquitas
Una isla: espérate que te estoy buscando una definición
Una isla: mil islas
Una isla: olas que, deliberadamente, la apartan de las tierras gloriosas
Una isla: viejo infierno tropical
Una isla: en ella vivo
Una isla: y tú
Una isla: y tú
Una isla: ya veo que te parece hermosa
Una isla: ya lo veo
Una isla: todavía crees que la isla es buena
Una isla: pero no lo es
Una isla: como isla al fin contiene millones de otras islas como celdas insulares
Una isla: el martirio de saber que en todas partes queda la isla
Una isla: el martirio de saber que el mundo verdaderamente existe
Una isla: se dice y a uno le da por estrangular a una anciana
Una isla: se dice y a uno le da por perseguir unos culos
Una isla: y qué otra cosa se podría hacer en este desamparo
Una isla: en esta isla
Una isla: el calor haciéndonos la vida imposible
Una isla: blanco de auras, turistas, dictadores y demás alimañas terrestres
Una isla: una picazón en las verijas
Una isla: salpullido, rabia, dolor de muelas
Una isla: horror cercado por los mares
Una isla: yo te escupiera
Una isla: sitio donde puedes perder la vida sin un ventilador
Una isla: sitio donde los condenados claman
Una isla: sitio donde podrían reimplantar, en cualquier momento, la esclavitud y el grillete
Una isla: sitio aparentemente hermoso hecho para que el resto del mundo pueda vivir en paz
Una isla: sitio pródigo en criaturas infernales
Una isla: sitio donde hasta la Madre Teresa podría enseñar, en el mismo centro de la plaza, sus blúmers rotos
Una isla: sitio donde resulta imposible sobrevivir sin unos espejuelos ahumados
Una isla: sitio donde hasta el Papa sería una lacra más
Una isla: sitio donde podrías enloquecer si descubres de pronto qué cosa es una isla
Una isla: sitio más o menos conocido lleno de goteras
Una isla: en ella vivo
Una isla: en ella
Una isla: ¡ay, muchacho, una isla!
Una isla: sitio donde una palabra puede adquirir 50,000 significados diferentes
Una isla: sitio donde a Alfonsina Estorino se le prohibiría, terminantemente y para que sufra, la reventazón de tortillas
Una isla: una especie de bloqueo espiritual
Una isla: sitio donde de rodillas se le ruega a Dios que nos dé más fuerzas en la tarea de asesinar más gente cada día
Una isla: sitio donde lo más trascendente y valioso es precisamente la intrascendencia
Una isla: un sitio real donde habita la irrealidad
Una isla: sitio fabricado por Dios para encerrar a las ratas
Una isla: sitio donde moriremos a cabezazos
Una isla: una quemazón y unas tetas
Una isla: lo último después de lo último
Una isla: yo: mírenme: una isla
Una isla: un sitio donde puede nacerle a una señora del interior un hijo egipcio
Una isla: un sitio que tenemos que llamarlo patria
Una isla: un sitio que toda criatura inteligente tratará de abandonar a cualquier precio
Una isla: una erisipela en la mano
Una isla: sitio rocoso y puntiagudo que no va a desaparecer nunca
Una isla: la fatalidad de una isla
Una isla: respiro y me nutro de la isla
Una isla: si cojo un mango es de la isla
Una isla: si bebo agua es de la isla
Una isla: lo que pasa es que tú mismo eres la isla
Una isla: ¿y podría desaparecerme de esta isla?
Una isla: no podrías
Una isla; ¿y por qué?
Una isla: porque una isla es un círculo perfecto: dondequiera que te encuentres estarás a la misma distancia de su centro, que eres tú mismo
Una isla: círculos…
Una isla: concéntricos y cada vez mayores
Una isla: sólo en una isla pudiste haber nacido tú
Una isla: te lo digo yo que soy la isla
Una isla: ¿y si salgo huyendo y me escondo en Abisinia?
Una isla: serías la misma isla en Abisinia
Una isla: Dios mío…
Una isla: no es cosa de juego
Una isla: es una isla…

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Paseíllo diurno por Toronto

No hago más que llegar a una ciudad y ya quiero adentrarme en sus librerías independientes. (Admito que me hacen sentir un poco voyeur: los hábitos de lectura de sus vecinos tienden a reflejarse en los anaqueles). A unos pasos del China Town y la Universidad de Toronto, encontramos una en la que se precian de “reciclar” libros. Me gusta su atmósfera, su olor a páginas leídas una y otra vez, la perra que tira un pestañazo en el mostrador y no se inmuta con el trasiego de gente y volúmenes… Fiel a mis vicios, compro un libro de ajedrez (envuelto en nylon, editado en los noventa). Horas después, en el hotel, notaré que ―como debí sospechar―, el texto está escrito en “notación descriptiva”. Entonces resolveré un par de problemas y lo olvidaré a un lado de la cama. Pero por el momento no hay queja. El clima es ideal. La compañía, perfecta.

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Away

Artista: Margaretha Bootsma
Título: Away
Año: 2008
Formato: Técnica mixta sobre panel
Tamaño: 24 x 48 pulgadas
(Cortesía de Bau-Xi Gallery Toronto)
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Vista del amanecer en Toronto

Después de un suculento desayuno, nos encaminamos al Art Gallery of Ontario (AGO). Al llegar, nos sacan del paso los andamios que rodean el edificio; el vaivén de los constructores y una valla que anuncia que Frank Gehry ―demiurgo del Museo Guggenheim de Bilbao y el Walt Disney Concert Hall, entre otros― es partícipe del proyecto de renovación son suficientes para captar el mensaje: cerrado hasta noviembre de 2008. En esas, vemos una galería pequeña. Me atrae su nombre: Bau-Xi Gallery Toronto. Pienso que hay ser de otro planeta para intentar sobrevivir en el mundo del arte a escasos metros de tamaña institución. «A falta de pan, casabe», me digo y cruzo el umbral de Bau-Xi no con poca resignación. El impacto es grato. La exposición central es de Margaretha Bootsma. Conocemos a la artista; es natural de Vancouver, acaba de llegar a Toronto y nos invita a la inauguración de su muestra, el sábado 7 de junio, de 2 a 4pm. Le confieso que me fascina su estilo. Domina la técnica mixta como pocos. De sus piezas, una, “Away”, me hace recordar lo lejos que estoy de distantes riberas. En las salas secundarias me aguardan otras sorpresas: Andre Petterson, Bratsa Bonifacho, Peter Hoffer y Steven Nederveen.

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Toronto: primeras impresiones

Pongo un pie fuera del avión y casi se me amarga la sonrisa: acabo de llegar y ya me persiguen a todas partes los carteles que promueven viajes a Cuba; no a la Cuba profunda en la que reprimen a Yoani Sánchez, sino a la antiséptica pecera desde la que los extranjeros observan ―y se enamoran de― la isla. Decido no dejarme perturbar con la maquinaria turística del régimen.

Recogemos las maletas y enrumbamos a Aduana. El oficial nota ―en mi pasaporte norteamericano― que nací en la ciudad de las columnas. Le da por preguntarme motivo y duración del viaje y mis respuestas me hacen ver que bailamos un vals estipulado. Cuando terminamos la coreografía, me da la bienvenida a Canadá. Como dicta el guión, le doy las gracias.

Cambiamos moneda. Lo sabía, pero corroborar en persona que el dólar canadiense es más fuerte que el norteamericano no deja de preocuparme.

Andamos un par de minutos hasta que veo las puertas de cristal veteado. Intuyo el reencuentro. Trago en seco. Mi madre nos espera a la salida. Cuatro años de no vernos no caben en estos apuntes.

Vamos al hotel. Cenamos. Bebemos. Hablamos hasta que nos vence el cansancio. Mañana será otro día. Los entendidos terminarían el comercial de la siguiente manera: «si empieza con Bacardí: sano, sabroso y cubano».

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Paranoia III

Estos regalos te vigilan el insomnio:
la postal de un pájaro volando al sur,
frascos de vitaminas, jabones,
botellas vacías, ceniceros,
un piano silente y solidario
y el ladrido oportuno de tu perro.

Regresas a la cama.
En cualquier latitud, mentir
sigue siendo un derecho absoluto.

El azar repite su rutina inigualable.

Y otros regalos te vigilan mientras duermes.

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (IV)

Me desordeno, amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno,
cuando veo en la tumba embalsamada
tu silueta de momia enamorada
de la buena comida y el ron bueno.

Mi lujuria se acerca a tu figura,
conspira con mi desamparo triste.
Te fugas sin saber lo que perdiste:
dejo un beso en tu tierna sepultura.

Y mi suerte de musa derrotada,
como una mal promesa de verano,
no sabe ya a tu muerte poner freno.

Lloro sobre la tumba más turbada:
tú serás patrimonio del gusano.
¡Me desordeno, amor, me desordeno!

***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Oliver Labra, Carilda. “Me desordeno, amor, me desordeno”.

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (III)

Patrón_de_pruebas.pngAnciano en pijama

Así pues, durante cuarenta años destrozarás Cuba. A lo más, cuarenta y cinco si decae el viento.

Si de algo estás seguro es que en tu hora final la atmósfera estará llena de curiosos e insultos. No faltarán los salivazos, pero, por motivos obvios, escaseará la granizada de huevos y verduras podridas. Habrá quien intente afeitarte la barba o rasguñarte la cara. Allí te arrojarán sus culpas y resentimientos el bodeguero y el vago, la periodista, el cuatrero, la niña de su casa, el maniquí y el sastre. Lo más triste de todo es que, entre la muchedumbre, estarán tus protegidos de siempre que te señalarán sin saber lo que hacen. Liberadas sus mentes, todos verán en ti un sujeto indecoroso, un ejemplo reprobable; jamás un amigo. Bien que conoces sus gritos acusadores. Los has promovido a lo largo de la isla de Cuba.

A pesar de que has visto lo que has visto en la tierra, no acabas de acostumbrarte al ansia de libertad del género humano, sobre todo tratándose de gentes educadas. Tu pasado ha sido minuciosamente estudiado, discutido y censurado a fin de que tu ejemplo no se repita; ejemplo demasiado peligroso para un mundo que ha retrocedido cincuenta años en sus ideas. Así, tu mentira ―lo único que posees― quedará enterrada con tus huesos en algún cementerio aciago. Y todo volverá a empezar dentro de tres días, quizá cuatro. Y ahora que te imaginas vejado por la muchedumbre, que te ves implorar con la cabeza casi rapada y el uniforme de convaleciente que te han puesto, herencia de los tantos que murieron condenados por tus designios, sabes que no puedes resistir más. Has llegado a tus límites. Pensaste quitarte la vida en el hospital. Lástima que no te decidieras a hacerlo allá, en tu celda única y primaria, en la Isla de Pinos, antes de que con tu afán transformador le cambiaras el nombre.

***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Benítez Rojo, Antonio. Mujer en traje de batalla. Madrid: Alfaguara, 2001.

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