Transcribo una viñeta de Teresa Dovalpage.
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Todas las tardes, cuando se pone el sol, La Habana se sienta en el muro de su propio Malecón y flirtea con la idea de contemplarse a sí misma desde el otro extremo del Estrecho de La Florida. Desde el extremo cuyas luces se ven a veces, en las noches más claras, resplandecer como un lejano árbol de Navidad.
Hay una Habana que ve el mar como una tabla líquida de salvación. En las noches de apagón saborea su saliva salina y sueña con la verga enhiesta de un galeón español, con el mástil de una goleta inglesa, con el remo de una chalupa indígena que la aleje definitivamente de éste, su litoral de camarones sólo para el consumo de turistas. El mar la atrae, la seduce con cantos de sirena. Pero el reclamo de la aventura acuática no es siempre tan potente que la haga abandonar su languidez congénita y su laisser faire.
La segunda Habana, la que se queda en el Malecón tranquila, sedadita, tiene múltiples caras. Es Ave y Eva. Comulga muy piadosa en la iglesia de los jesuitas amén, Jesús. Le ofrece una papaya madura a la Virgen del Cobre Oshún, dame tu aché. Caderea frente al hotel Capri a la caza del pene exótico oye, papito, pst.
Y hay otra Habana más que está en el medio. La que, obligaba por la necesidad, se vende al extranjero en contrato matrimonial o de empresas mixtas. La que arrienda legalmente su vagina o la playa de Varadero para el exclusivo disfrute del forastero que viene de allende los mares envuelto en el prestigio de sus dólares, vulgo fulas.
Las tres se funden en candente metrópoli con su gente, sus voces, sus sabores y olores. Algunos no son agradables, otros simplemente te harán taparte la nariz. ¿Qué quieres? No es su culpa. La Habana no se creó a sí misma. Nosotros la creamos, y puede que muy pronto la tengamos que recrear.





Anciano en pijama



