
A propósito de las recientes iniciativas ciudadanas capitaneadas desde el exilio en uno y otro caso por Ernesto Hernández Busto y Jorge Salcedo —esto es: la carta abierta a Pablo Milanés (que le pedía al cantautor oficialista que intercediera por la libertad del rockero Gorki Águila) y la carta abierta a los gobiernos de Cuba y Estados Unidos (en la que se solicitaba que, al menos temporalmente, ambas partes levantaran las restricciones a la ayuda humanitaria a la isla)—, me ha venido a la mente una escena que figura en la primera película de Harry Potter: la casa de la familia Dursley —donde malvive el protagonista de la serie— es inundada de cartas en donde se le notifica al futuro mago que ha sido aceptado en Hogwarts, una prestigiosa escuela de hechicería. Al principio, el despótico tío Vernon —que milita, ya se entiende, en el bando de los que odian y destruyen— ignora el insistente aluvión de sobres que parecen salir de todas partes, e intenta continuar su existencia al margen de lo que acontece, pero por más que hace el malvado pariente para echar a un lado la abrumadora realidad, más pronto que tarde y muy a su pesar —ya una vez que su casa se asemeja a una sucursal de cualquier oficina de correos—, éste se ve obligado a acceder a que su sobrino matricule en dicha institución.
He aquí un paralelo impreciso respecto a la situación en Cuba, pues Castro —cualquiera de los dos— no es el malhadado y torpe tío Vernon, sino el mismo Lord Voldemort, Aquél-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Pero al margen de la ligera discrepancia, algo tienen en común los dos contextos: tanto el tío Vernon como el gobierno cubano son expertos en desentenderse de cuanto sucede a su alrededor, en aras de mantener una pretendida normalidad. «Aquí no ha pasado nada» parece ser su más importante axioma y se aferran a él con enternecedora devoción.
Pero el quid de la cosa es que sí ha pasado y mucho. La persistencia de las cartas —abiertas unas, selladas las otras— a Potter, Milanés, los gobiernos de Cuba y Estados Unidos… demuestra aquella consabida noción de que tanto da el cántaro en la fuente hasta que se rompe.
Es hora de continuar brindando nuestro apoyo (simbólico y concreto) al pueblo de la isla —el mismo pueblo que nos cubre de epítetos, que es el mismo pueblo que ha sido devastado física y emocionalmente por dos huracanes y medio siglo de barbaridad, atropello, nepotismo y negligencia—; es hora de seguir presionando al régimen para que acabe todas y cada una de sus arbitrariedades destinadas a entorpecer (y envilecer) la vida del cubano de a pie; es hora de inundarlo con misivas que exijan que se respeten los derechos de los habitantes de la isla. El régimen, tarde o temprano, ante la intensa presión y la mirada soñolienta de la prensa internacional, se verá obligado a responder.
La voz está dada: carteros de todos los países, ¡uníos!