¿Belascoaín y Neptuno?
El #212 de la calle Belascoaín, esquina a Neptuno, fue mi última residencia en Cuba, de donde me fugué en 1999. En vista de que perdí ese espacio en el mundo real, me lo he apropiado en el éter nuestro que está en todas partes.
Aquí se comenta lo leve en tono grave, lo grave, en tono leve y se (di)versifica (y hasta se musicaliza) el monotema. Tópicos típicos: Cuba, literatura y otras dolencias crónicas. En resumen: desvaríos y divertimentos de Alexis Romay.
(Advertencia: English spoken here).
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Crónica electoral
En lo que respecta a participación ciudadana, no me queda duda de que el 4 de
noviembre de 2008 el panorama ha sido bien distinto: a pesar de que no me encontré con la multitud enardecida —ni el gato en casa, ¡todos a la Plaza!—, cocinándose a fuego lento en una cola que le daría dos vueltas a la manzana, me alegró constatar que entre mi entusiasmo por ejercer el voto y la urna que me acogería para tal efecto mediaba una modesta fila india que hizo que, desde el momento en que entré al recinto hasta mi salida, tardara media hora para adentrarme en la cabina improvisada a señalar con una cruz quien a mi juicio ha de regir los destinos de esta tierra (que es azul y también es roja) durante los próximos cuatro años.
En las afueras del colegio, se me acercó una periodista del Star Ledger que estaba involucrada en la famosa encuesta de salida (exit poll, para los anglófilos). La atrajo mi innegable cara de cumpleaños y el hecho de que mi esposa me tomaba fotos a la entrada del recinto. Cuando supo que éstas eran mis primeras elecciones presidenciales, me comió a preguntas. La primera: ¿a quién le había dado mi voto? A lo que contesté preguntándole si era legal lo que me preguntaba. Verán: el voto, además de secreto, tiene sus reglas y una de ellas establece que en un determinado perímetro de los colegios electorales queda prohibido hacer campaña a favor de ningún candidato —lo que incluye mencionar por quién se vota—, para evitar ejercer influencia en quienes no saben si decantarse por el pollo medio crudo o la mierda con vidrio molido —la analogía es del desopilante David Sedaris; Enrisco ya la desmenuzó con su acostumbrada gracia y buen tino—.
La periodista me explicó lo obvio: que ya no me podía influenciar pues había votado. (Debí haberle dicho que no lo decía por mí, que para mí, nada para mí, camaroncito; ¿qué he de querer yo?, pero Masicas y el resto de los votantes que venían acercándose, en teoría, podían haber escuchado mi respuesta y haber cambiado de opinión en los últimos diez metros, que por acá, al parecer, somos muy volátiles. Pero era una bella mañana de otoño, así que le dejé pasar la perogrullada). Le susurré mi candidato y mis razones. Y cuando escuchó que ésta era mi primera elección presidencial, pero no por el hecho de haber recién alcanzado la mayoría de edad —usaba espejuelos con algo de aumento, de ahí que me tomara por alguien mucho más joven—, sino por haberme naturalizado norteamericano hace sólo dos años, perdió interés en lo que tenía que decir. El brillo regresó a sus ojos cuando escuchó mi país de origen, pero ya era yo quien iba en retirada. (Mi esposa me aclara que no, que ni la mención de la isla pavorosa —la imagen feliz es de Juan Abreu— le hizo recuperar el interés perdido: la mujer tenía una misión: entrevistar nuevos votantes que fueran jóvenes y de cualquier raza menos la blanca). No hice más que despedirme de ella cuando me encontré con uno de mis vecinos. Mientras lo saludaba, una voz que salió de la nada, le dijo: «Si eres republicano, las elecciones son mañana. Regresa entonces». Todos rieron. Nadie cuestionó si la broma era legal en esa parte de las afueras del recinto. Entonces, casi sin notarlo, me puse a tararear el estribillo de una canción de Superávit: «Elegir nunca asegura acertar». Y me fui, con la enorme satisfacción del deber cumplido, alegre, como el jibarito, silbando así por el camino.
Éramos la leche (II)
El amigo al que aludo en “Éramos la leche” me acaba de enviar una nota a mi correo personal. En vista de que me sacó alguna carcajada y con su permiso, la publico aquí, usando —a petición suya— el nombre de guerra del susodicho. Incluyo, también, un fragmento de mi respuesta. Ya que estamos: omito nombres (los reduzco a iniciales) para proteger a inocentes y culpables.
Por último: perdonen lo escatológico del intercambio; no olviden que este blog versa principalmente sobre Cuba.
***
Y dice Carmona caja quinta:
Como te prometí, leí tu blog el domingo y créeme que me sacó una sonrisa. Aunque tengo que reconocer que es una adaptación libre a las memorias. Si mal no recuerdo, lo del chorro incontenible de diarrea fue debido a unas tripas de res que se comieron J., El Caballo, A. y L. (entre otros) que estaban pasadas de tiempo, pero como tú sabes, nosotros en esa época teníamos el estomago blindado y nos cagábamos en la noticia (valga la redundancia) y le metíamos el diente a cualquier cosa (…). Pues retomando el tema: recuerdo que estábamos en una práctica docente y lo más sobresaliente no fue lo pedagógico de la estancia sino lo popular. Ahora sí, nunca olvidaré que el chorro de mierda corría por las paredes del meadero, pues había que practicar la cagada de altura desde el entre-baño para no ensuciarse los pies. ¿Cuántos recuerdos, verdad? Pero, de todas formas, me divertí, además me hiciste recordarlo. Te mando un abrazo bien grande y te prometo que de vez en cuando te haré comentarios sobre tu blog.
***
Y le respondo:
Ah, si por eso mismo quería que leyeras el texto. Resulta que estamos hablando de dos episodios completamente distintos. Lo de la mierda voladora ―atribuida indistintamente al J., L., A., El Caballo, etc.―, aconteció como bien dices durante una etapa de práctica pedagógica en una secundaria o preuniversitario becado. Y ocurrió tal y como lo cuentas: tripas de puerco lavadas hasta la saciedad, cocinadas hasta lo crujiente y devoradas hasta el hartazgo. (Y, ya que estamos, ¿cómo olvidar el campo de papas adyacente y nosotros recogiéndolas en medio de la noche para hervirlas y acompañar el banquete de intestinos porcinos? ¿Y cómo olvidar a L., encuero en medio de la larga carretera y la noche fría, con el pelo recogido en un moño y unas botas Centauro que partían el alma? ¿¡Y qué hacía L. encuero a esa hora, tiritando?! Ah, los misterios de la vida y juventud, divino tesoro. Pero déjame aclararte que este episodio fue en tercer año de la carrera, que era el primer año en que el Pedagógico nos mandaba a las famosas prácticas docentes.
Lo del trabajo suspendido por mierda producto de las longevas latas de leche evaporada y sus fétidas consecuencias ocurrió antes, en una escuela al campo y fue así como lo cuento. Fue en el curso en que todos ―tú, C., F., yo― pedimos licencia, que fue cuando estábamos en segundo año, si no me equivoco. Tú habías pedido la licencia al iniciar el curso. Y por eso te perdiste la rebelión intestinal. Yo la pedí en diciembre, antes de concluir el primer semestre (pues con el cúmulo de ausencias que tenía en Historia de la Revolución Cubana no me iban a dejar presentarme a exámenes). Y esta etapa al campo fue en octubre. De tal suerte (es un decir) me tocó morder el cordobán. Y beber leche caducada.
Todo esto para decirte que me ha dado un alegrón enorme que te hayas dado el brinco por el blog. Y para reiterar que tomé prestado tu apartamento del Pastorita (y tu edificio de Retiro Radial) para ambientar escenas de mi novela ―que llora en los anaqueles de tu casa, esperando que la abras―. Si no tienes tiempo para meterle el diente al libro (cosa que entiendo), por favor, regresa al blog de vez en cuando. Estoy rescatando esa parte de nuestra historia que, mal que nos pese, vale la pena recordar.
Breve tratado sobre la salsa agridulce
¿Cómo explicarte, incauto, ese concierto
de idioteces malsanas, repetidas,
de vidas malgastadas, pobres vidas,
de naves que se alejan de su puerto,
del hambre vieja, del odio insepulto,
de años arando con la misma yunta,
del grito que responde a la pregunta,
de un pueblo que se dice libre y culto:
libre para aplaudir a la cultura
del puño, del garrote y la mordaza
y del terror que deja sus secuelas?
¿Cómo explicarte, incauto, que perdura
la aversión —¿la nostalgia?— por la casa
que pisaron un día nuestras suelas?
Publicado en Apologías e insultos, Cuba, Exilio, Insilio
Etiquetado Los culpables
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Breve tratado sobre la salsa agridulce
¿Cómo explicarte, incauto, ese concierto
de idioteces malsanas, repetidas,
de vidas malgastadas, pobres vidas,
de naves que se alejan de su puerto,
del hambre vieja, del odio insepulto,
de años arando con la misma yunta,
del grito que responde a la pregunta,
de un pueblo que se dice libre y culto:
libre para aplaudir a la cultura
del puño, del garrote y la mordaza
y del terror que deja sus secuelas?
¿Cómo explicarte, incauto, que perdura
la aversión —¿la nostalgia?— por la casa
que pisaron un día nuestras suelas?
Éramos la leche

¿Qué puedo decir en mi defensa? ¿Repetir lo de “ladrón que roba a ladrón tiene mil años de perdón”? Pues no. Aquí hago constar los hechos.
Estábamos en medio de una de esas forzadas etapas de la escuela al campo. En aquella ocasión, asistíamos con el nunca bien ponderado —razones sobran— Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, enclavado en lo que antes fuera el Cuartel Columbia y que aún hoy, en la tierra del eufemismo, se conoce como “Ciudad Libertad”.
El campo de concentración —o campamento, como prefieran— estaba en las afueras de La Habana. Creo que por aquellos días estibábamos cargamentos de tomate (supuestamente destinados a la capital), plantábamos fresas (sí, fresas), recogíamos café, boniatos, papas, naranjas o cualquier otro grano, cítrico o tubérculo que jamás llegaría a los huérfanos comercios estatales asignados a nuestros parientes capitalinos. No puedo precisar la tarea que “nos encomendara la revolución” aquel semestre. El lapso en mi memoria quizá se deba a que corrían los noventa. Teníamos hambre. Y bebíamos como si el mundo se fuera a terminar con cada trago. (No es justificación, pero vivía convencido de que para digerir —o soportar— la realidad cubana era imprescindible un estado mínimo de ebriedad). Tampoco recuerdo de quién fue la idea —quién quedaría, oh, de autor intelectual del asalto a la cocina—, pero me consta que actuamos en plan Fuenteovejuna: ¡todos a una!
Bajo el amparo de la madrugada, el candado voló por los aires y entramos —borrachines confesos, chivatos tapiñados, repitentes optimistas, profesores distinguidos, ¡todo mezclado!— al cuarto en penumbras que hacía las veces de despensa. Para nuestra sorpresa y deleite, encontramos docenas de latas de leche evaporada, que, como ha de resultar lógico, consumimos y repartimos de inmediato —en estado casi febril (esto lo confirmaríamos más tarde)—, en medio de aquella larga noche láctea. A la mañana siguiente, la mierda daba al techo. La oración anterior no es metafórica. Una epidemia de diarrea se desató entre los moradores del local. Los baños no daban abasto. Los deshidratados iban y venían. Las pastillas de sales hidratantes eran repartidas (por primera vez) con carácter democrático. Y antes de que los camiones llegaran a transportarnos a los surcos —camiones que cargaban animales al matadero—, ya el alto mando universitario había decretado la cancelación de la jornada laboral. ¡Trabajo suspendido por mierda! ¡Hurra! ¡Qué gran imagen revolucionaria!
No hizo falta ningún personaje de Arthur Conan Doyle para develar el misterio del caos intestinal. Tampoco (por primera vez) se pudo responsabilizar a la CIA de tamaña cagástrofe. El campamento que nos acogía, en época anterior, había sido una unidad militar. La despensa de marras guardaba lo que los dulces guerreros cubanos conocen como reservas de guerra. Pero esto lo aprenderíamos luego, cuando un amigo —lector ocasional de este blog— se me acercó con la evidencia: en el fondo de una lata recién consumida, la fecha de vencimiento databa del año en que habíamos venido al mundo.
***
[Ilustración: Garrincha].
Se busca
Agente literario que responda
correos y llamadas y recados
y lea manuscritos terminados
y tenga su buen gusto y buena onda
—que prefiera el David a la Gioconda,
el ajedrez al póker o los dados,
tristes tigres a tigres disecados,
y sepa por qué va Pilar oronda,
y, ya que estamos, que deteste a Castro,
que haya leído a Orwell y a Kundera,
bostece si se le menciona al Gabo
o cualquier escritor politicastro—,
que trepe como buena enredadera
y me encuentre editor escandinavo.
Publicado en Ajedrez, Apologías e insultos
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Estampas habaneras (II)
Mulata en la terraza
Teresa Dovalpage
Desde la Terraza Florentina del Hotel Capri, que está en el centro del Vedado, la Habana se extiende bajo la brisa de la tarde, mulata en bikini que se rasca los pechos tendida junto al mar.
Las azoteas son casi todas rojas o anaranjadas. En los jardines del Hotel Nacional relucen dos piscinas como transparentes charcas azules. Su melena gruesa y oscura no puede ondear al viento, pero ella la sacude y hay un olor a sal. De las chimeneas de la refinería sale un humillo gris. Las casitas aisladas parecen de muñecas y ella se amarra a la cintura una toalla de flores. Rompen la simetría de los tejados bajos rectángulos desafiantes que se elevan al cielo. La cúpula redonda del Capitolio, las sólidas construcciones del Habana Libre y del Focsa, la graciosa elegancia del Nacional toman otra dimensión al contemplarse desde arriba. Ella se quita la parte superior del bikini y sus pezones se elevan erectos hacia el sol. Ya te lo dije: La Habana es una mujer.
De cómo la realidad imita al arte (que imita a la realidad)
A veces sueño despierto. Se me ocurren diálogos en los que —con humor mordaz y lógica avasalladora— confronto lo mismo a revolucionarios light que a los amanuenses más tozudos de ese monstruo de mil cabezas que es el castrismo y que parecen habitar en todas partes, incluida mi más desbordante (y masoquista) imaginación.
Mis parlamentos —en el ensueño— gozan de una elocuencia envidiable. Los repito —los ensayo— una y otra vez, respetando las pausas correspondientes a las respuestas —en ocasiones como salidas de Granma— de mis interlocutores.
Ya apertrechado con este arsenal retórico, espero a la próxima ocasión —una fiesta, una reunión de trabajo, una cena en casa de amigos de amigos, el vagón de un tren— y, cuando viene al caso, menciono que soy cubano.
No tarda en aparecer el primer lugar común. Y menos tardo yo en sacar mi artillería.
Al margen de algún que otro disgusto, esto es divertidísimo y saludable.
Huelga aclarar que lo recomiendo como terapia.
___
Título: The nightmare
Artista: Henry Fuseli
Año: 1781
Artista: Henry Fuseli
Año: 1781
Publicado en Cuba, Exilio, Misceláneas
5 comentarios
Política doméstica
1
Digamos que mi padre me pega a diario. Digamos que me tiene malnutrido. Digamos que no puedo abrir la boca en casa por temor a las más insólitas y terribles represalias. Digamos que le tengo que repetir de vez en cuando a este señor que tengo una infancia muy feliz. Digamos que mi vida es, en el mejor de los casos, una miseria. Digamos que en más de una ocasión me han visto con un ojo amoratado. Digamos que la familia de algún amigo conoce lo precario de mi situación y decide tenderme una mano. Digamos que una noche, colmada la copa, decido escaparme de casa. Digamos que en la fuga me arrolla un carro, me pasa un tren por arriba, me parte un rayo, me voy por un tragante… ¿La familia de mi amigo es responsable de esta muerte?
2
El gobierno cubano culpa a los Estados Unidos de los balseros que desaparecen rumbo a sus costas.
***
Título de la obra: ¿Seremos como quién? (díptico)
Artista: Rafael López-Ramos
Técnica: acrílico y tinta / lienzo crudo
Medidas: 36 1/2″ x 37″
Publicado en Cuba, Exilio, Insilio, Represión
4 comentarios
De la crítica (¿de las artes visuales?) llevada a sus más ridículas consecuencias
El popular cantante cubano —naturalizado italiano— Paulo FG estrena video clip y promociona su venidera gira por tierras del norte. Para matar el aburrimiento vespertino, escuché la canción, que no está ni mal ni bien, pero cuyo video hizo que me saltara una liebre. De tal suerte, invito a los lectores a que le echen un vistazo y respondan el siguiente cuestionario:
La obsesión con el juguito de naranja y el plato de frutas (que aparecen una y otra vez en el clip) es:
a) una provocación a los televidentes cubanos;
b) un acto de diversionismo ideológico (contra el sistema socialista y, peor aún, contra el sistema digestivo);
c) más que la pretendida mansión con su escalera acaracolada, la bella modelo, las ropas que quieren ser de marca, las gafas que limitan el acceso a los ojos del cantante, la cadena de oro que casi lo asfixia, la piscina con forma de ameba y hasta la existencia del video mismo… una muestra del casi inalcanzable status del susodicho;
d) todo lo anterior;
e) todo lo anterior y más.
Publicado en Cuba, Insilio, Teatro
6 comentarios
Credo
Yo no soy ni obamero, ni racista,
ni demócrata, ni republicano,
ni miembro del exilio, ni cubano
de aquella isla macabra y costumbrista.
Escapé de la jaula populista,
de su sangrante historia y su tirano,
de su ciudad perdida, de su habano
y de su alergia pluripartidista.
Cansado de reveses y derrotas,
de infamias calculadas y de engaños,
de sangre, de mentira, de vendetta,
ya no creo ni en patria ni en patriotas,
descreo de pastores y rebaños…
Ahórrate conmigo la etiqueta.
Publicado en Apologías e insultos
7 comentarios
¡Ciao, Cuba!
1
Cíclico, torpe, predecible, con el andar cansino de quien ha tenido un largo día, así regresó en la noche del sábado el tópico típico del trópico. Habíamos asistido a una presentación de Ciao America —un film independiente, de pocos recursos y muchos aciertos— y, al final de ésta, salimos a cenar un (des)nutrido grupo de amigos, conocidos, perritos y gatitos. El restaurante: italiano, para no desentonar con el largometraje. La conversación: amena, evitando en todo momento el elefante rosado de las inminentes elecciones norteamericanas. Y, de repente, al otro extremo de la mesa, el bombazo: «Tengo ganas de ir a Cuba mientras todavía esté Fidel o Ricardo (o como quiera que se llame su hermano) en el poder».
Cíclico, torpe, predecible, con el andar cansino de quien ha tenido un largo día, así regresó en la noche del sábado el tópico típico del trópico. Habíamos asistido a una presentación de Ciao America —un film independiente, de pocos recursos y muchos aciertos— y, al final de ésta, salimos a cenar un (des)nutrido grupo de amigos, conocidos, perritos y gatitos. El restaurante: italiano, para no desentonar con el largometraje. La conversación: amena, evitando en todo momento el elefante rosado de las inminentes elecciones norteamericanas. Y, de repente, al otro extremo de la mesa, el bombazo: «Tengo ganas de ir a Cuba mientras todavía esté Fidel o Ricardo (o como quiera que se llame su hermano) en el poder».
El mal gusto es el buen gusto de la gente de mal gusto.
2
Ya que estamos: no me gustan las apuestas, pero hay veinte dólares en mi bolsillo que dicen que a este señor jamás se le habría ocurrido espetarle a un exiliado chileno: «Tengo ganas de ir a tu país mientras todavía esté Pinochet en el poder». Ya sé que no se puede comparar a ambos golpistas. ¡Faltaría más! Que el dictador cubano casi triplicó el número de víctimas y la permanencia al mando de su homólogo del Sur. Y, para colmo y mayor escarnio, Castro ha dejado una economía en ruinas.
Ya que estamos: no me gustan las apuestas, pero hay veinte dólares en mi bolsillo que dicen que a este señor jamás se le habría ocurrido espetarle a un exiliado chileno: «Tengo ganas de ir a tu país mientras todavía esté Pinochet en el poder». Ya sé que no se puede comparar a ambos golpistas. ¡Faltaría más! Que el dictador cubano casi triplicó el número de víctimas y la permanencia al mando de su homólogo del Sur. Y, para colmo y mayor escarnio, Castro ha dejado una economía en ruinas.
3
El sábado no tuve que involucrarme. Al otro extremo de la mesa, L. —cubano también— me ahorró repetirme como un disco viejo. Le dio al turista (de dictaduras ajenas) un breve repaso de las indignidades nuestras de cada día. La cara del tipo me recordó un poco a mi perra la primera vez que vio la nieve. Sus ojos gritaban: «¡Inconcebible!».
El sábado no tuve que involucrarme. Al otro extremo de la mesa, L. —cubano también— me ahorró repetirme como un disco viejo. Le dio al turista (de dictaduras ajenas) un breve repaso de las indignidades nuestras de cada día. La cara del tipo me recordó un poco a mi perra la primera vez que vio la nieve. Sus ojos gritaban: «¡Inconcebible!».
4
Se repite aquí y allá que hablar con alguien que no está dispuesto a escuchar es como argumentar con la pared. Esto es impreciso. La pared —cualquier pared— puede carecer de raciocinio y facultades auditivas, pero tiene una ventaja: no está capacitada para responder estupideces.
Se repite aquí y allá que hablar con alguien que no está dispuesto a escuchar es como argumentar con la pared. Esto es impreciso. La pared —cualquier pared— puede carecer de raciocinio y facultades auditivas, pero tiene una ventaja: no está capacitada para responder estupideces.
5
El intercambio sabatino tuvo un final feliz. Después de todo, el curioso prestó atención y limitó las tonterías al mínimo. Para curarlo de su ignorancia, al final de la velada, me las di de médico de la familia y le receté algunos libros y documentales cubanos. No hay que preocuparse. Le advertí que los tomara con mucha agua. A pesar del desparpajo que quiere caracterizarnos, en el fondo —y a ratos en la superficie—, somos bastante densos.










