El secreto de los elfos o Quinta de los Molinos II
Teresa Dovalpage
Pues señor, fast forward quince años y heme aquí otra vez en la Quinta de los Molinos. En esta ocasión no me acompañan mis compañeritos de clase, sino un grupo algo más variopinto: los miembros del Círculo de La Llama Violeta y el Maestro San Germán. La mayoría de los asistentes estaban ya iniciados en el culto a los Maestros Ascendidos, pero había algunos de pegote, como una servidora. Yo iba invitada por un socio, Vladimir el Astral.
Cruzábamos en camello por los duros noventa y los habaneros nos habíamos vuelto de súbito seres altamente espirituales. (No hay como el hambre para estimular las más elevadas funciones del espíritu, eso está comprobado). Allí todos buscábamos algo: la trascendencia, la comunicación con el más allá, la iluminación o una visa para casa de las quimbambas. Pero aquella tarde lo único prometido era una experiencia iluminatoria, nos advirtió el organizador de la actividad que era un trigueño larguirucho, natural de Banes. Le decían el Mago de las Hierbas. Aunque eso sí, agregó el Mago, podíamos contar con visiones de los elfos y criaturas elementales que pululaban entre las altas hierbas de la Quinta.
Llegamos y nos sentamos en círculo, con las piernas cruzadas a estilo yoga. Pronto empezó a circular un porrón con porte y aspecto militar, que tenía su forrito de camuflaje y todo. “Es agua de la campana,” me explicó el Astral. Pero como el tal porrón exhalaba un efluvio vegetal poco grato, me excusé de probarlo. Súper finoda que era yo (siútica, me decía mi novio chileno), no me hacía gracia colocar mi delicado hocico donde ya lo habían puesto otros diez. En fin.
Al cabo de un buen rato todos los asistentes estaban viendo más trasgos, elfos, y gnomos varios que los que pueblan El Señor de los Anillos.
―Mira a uno rojo con calzoncillos verdes.
―¡No, el que está al lado mío es azul!
―Caballeros, todos están mal, fíjense en las haditas esas, qué graciosas, qué astrales, si hasta tienen cuatro alas cada una ―aquello lo dijo el Astral, naturalmente.
Yo seguía sin ver más que matas, yerbajos y alguna que otra lagartija despistada. Al fin me aburrí y me fui con viento fresco. Y no fue hasta muchos años más tarde que descubrí el secreto de los elfos. Y ustedes, mis queridos lectores, ¿también lo adivinaron?









