
El término es ajedrecístico. Indica que las piezas negras tienen la segunda jugada. Y —ya se sabe—, quien da primero, da doble. Durante medio siglo, el régimen cubano ha maniobrado con ventaja abrumadora, asestando siempre el primer golpe, obligando así a la oposición a actuar a la defensiva, a modificar su agenda en respuesta al accionar de esa eficiente maquinaria maquiavélica y represiva que es el castrismo. Sin embargo, ayer, en las calles de Nueva York, le arrebatamos la iniciativa.
Las agencias calculan entre decenas y un centenar y medio de manifestantes en pro de la democracia en Cuba. Ay, pero en su perenne obsesión con los números, benefician lo cuantitativo sobre lo cualitativo y, al hacerlo, se les escabulle lo esencial. (Sigo pensando que si hubiésemos sido cinco personas, igual habríamos representado a todos los cubanos que —por los motivos que fueren— no pudieron unírsenos en la Avenida Lexington y la calle 38).
A los cortos de vista les reitero que nuestra manifestación fue un éxito no por la cantidad de gente que logró aglutinar, sino por el hecho de que convivieron en un mismo espacio, reclamando los derechos de todos los cubanos —quienes sobreviven en la isla y quienes añoran su libertad desde el destierro— el ex preso político que purgó entre una y dos décadas en el gulag castrista hasta quien nunca le tiró una cáscara de mandarina a la claque imperante; desde quien se niega a tocar suelo patrio mientras exista un prisionero de conciencia en nuestra tierra hasta quien regresó hace un mes de un viaje de visita a la isla; desde el homosexual hasta quien hasta ayer no le habría estrechado la mano; desde el rockero hasta el guapo que no toma sopa; desde el poeta hasta quien apenas lee; desde el bloguero hasta quien difícilmente podría encender una computadora; desde el niño hasta la abuela; desde quien aplaude las ventajas del embargo hasta quien se las discute con sendos argumentos; desde el más demócrata hasta el más republicano; desde quien se opone al aborto hasta quien lo apoya; desde quien sabe que Obama es la solución a los problemas globales hasta quien desconfía del presidente pues éste se cree la última coca cola del desierto; desde el más religioso hasta quien no cree ni en lo que ve; desde quien está convencido de que el saldo total de la revolución es negativo hasta quien estima que hay proyectos rescatables; desde el refugiado político hasta el emigrante económico… Muchos de los manifestantes —sobre todo de mi generación— se me acercaron a decirme que jamás habrían asistido a una manifestación de no haber sido inclusiva. De tal suerte, la lista es larga, bella y diversa, tanto como el grupo que se congregó ayer frente a la misión de Cuba ante la ONU para exigirle al régimen de la isla que respete lo estipulado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual Cuba es país signatario.
El éxito de la manifestación radica, entre otras cosas, en que ayer le leímos la cartilla al régimen. Esto es literal. Le leímos los artículos —de la antedicha declaración— que el gobierno de la isla viola sistemáticamente. Y lo hicimos frente a su delegación ante la ONU, que es el organismo que auspicia dicha Carta Magna.
¿Cómo es posible congregar a grupo tan variopinto en una misma esquina? Las agencias —ocupadas en agenciarse— se entretuvieron en mirar al bosque y no vieron los árboles. La respuesta es sencilla: sólo se puede aunar estas voluntades si nos centramos en un anhelo común: soñando y haciendo en aras de crear una Cuba democrática, en la que ha de haber espacio para todos; reivindicando la noción de que los derechos humanos son universales y Cuba no puede ser la excepción de esta noble regla; exigiendo la liberación inmediata de los prisioneros de conciencia; dejando al margen toda la retórica divisoria que el régimen cubano ha sembrado en la vía pública para distraernos de lo que debe ser nuestro objetivo primordial: el derecho del pueblo cubano a vivir en libertad.
Ayer aprendí muchas cosas. Aprendí, por ejemplo, lo tóxica que puede ser esa palabreja que tanto daño ha hecho, sobre todo si va antecedida del prefijo “anti”. Dígase anticastro y dejarán de escucharnos al instante. Dígase anticastro y sólo nos darán cobertura los medios del exilio cubano. ¡Y aún así se pasarán con ficha! Hoy la manifestación ha sido portada de El Nuevo Herald. Ay, pero qué titular tan torpe la acompaña. Vuelve al lenguaje del pro y el anti castrismo.
Al estar a favor de la democracia y nuestras libertades, estoy implícitamente en contra de quienes sean los que las pisotean y las conculcan. Hoy y ya durante medio siglo, los que violan esos derechos son los hermanos Castro, asistidos por una minoría que detenta el poder y se ocupa de la penosa labor de perseguir y aterrorizar a los cubanos, que sólo quieren ejercitar derechos naturales e inalienables. Vivo convencido de que nuestros derechos son más importantes que el anticastrismo. Los derechos humanos le anteceden y seguirán existiendo cuando el tirano se retire por fin al infierno que le espera. Exijamos que él, que su régimen, los devuelva al pueblo cubano y ya veremos si se nos une o no la masa.
Me dicen que hubo una contramanifestación. Y respondo: ¿a quién le importa lo que una treintena de personas que no podría ubicar a Matanzas —ni sabría el significado de dicha palabra— piense sobre Cuba? A estos tontos útiles —no es insulto; no hay otra definición posible— también les asiste el derecho a manifestarse; si deciden usar tal derecho para apoyar a una dictadura decrépita y brutal, allá ellos con su conciencia. Ellos estaban en la esquina contraria —literal y figurativamente— para distraernos de nuestro mensaje. Pero no lo lograron.
Las imágenes de nuestra manifestación en pro de la democracia en Cuba le han dado la vuelta al mundo, luego de haber sido capturadas por Reuters y seleccionadas por Yahoo!, anoche, en su Top Stories Photos. Los demócratas cubanos, que siempre hemos sido tildados de “anti”, de “contra” y que nos han colgado todos los prefijos negativos imaginables, ayer nos dimos el gustazo de cambiar las reglas del juego. En los pies de foto de Yahoo! nuestra manifestación es referida como una manifestación “por” los cambios en Cuba. (“Cambio”, no lo olvidemos, es una palabra poderosa. Lo mismo lleva a un presidente a la Oficina Oval de la Casa Blanca que es capaz de hacer que varios jóvenes cubanos sean arrestados en la isla por usar una pulsera que la lleva impresa).
Quiero destacar un detalle importante dentro de la cobertura mediática que trasciende los medios de prensa del exilio cubano. También circulan dos imágenes de la contramanifestación. Pero, en los respectivos pies de foto, son ellos los que están en “contra”. En ese caso, en contra nuestra. Que queremos el cambio.
Yo, que soy ajedrecista empedernido, que miro al mundo como si fuera un tablero de sesenta y cuatro escaques, que me aprendí los fundamentos básicos de la Ruy López a los cinco o seis años, no puedo ocultar mi felicidad al constatar que ayer, en las calles de Nueva York y con las piezas blancas, empezamos a jugar la Apertura Cubana.
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Alexis Romay
Nueva Jersey, 2 de marzo de 2009