La ciudad, la puta y el payaso

Transcribo un soneto de Néstor Díaz de Villegas.
***

Susurrante ciudad, ciudad querida,
ahórrame tus muslos de concreto,
aparta de mi faz tu virgo escueto,
reposa en esta noche compartida.

No quiero que descubras el secreto
de este pobre infeliz de mala vida,
si es que a la mala muerte se le olvida
que he encontrado en tus muros parapeto.

Mira el molde de yeso de tu sombra
desmoronarse al grito del ocaso:
no le cierres la puerta al que te nombra,

tú le exiges un reino a cada paso,
él se ríe de lo que a ti te asombra.
Confesión que una puta hace a un payaso.

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Listado de cosas que echan de menos de Cuba (III)

Aguaya Berlín:
Yo echo de menos mi familia completa, tirarme en el piso del portal de mi casa, los buenos aguaceros, comer en el sillón de mimbre con el plato en la mano, el batido de mamey, jugar con mis perritas, uffff, la lista es larga…
***
César Reynel Aguilera:
El helado de almendra.
***
GaviotaZalas:
El dominó, creía encontrarlo entre los primeros, pero se ve que de aquella parte se juega.

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Versión Mazorra del Himno Nacional

Cortesía de César Reynel Aguilera:

¡Al orate, mirad, miamenses!
Con bolsita y la barba canosa.
No temáis una peste horrorosa,
que sufrir por la patria es vivir.

Cosa buena es verlo morir
sin batalla ni grito aguerrido.
De su panza, escuchad el quejido.
¡Solavaya! Valientes, corred.

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Fotomontaje

En la foto ―cortesía de Los Miquis de Miami―, los jóvenes tapan la palabra “inhabitable”.
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Monerías

Si mi isla fuera una jungla (que lo es), éste podría ser su himno:

A las palmas, trepad, mis primates,
que en el suelo no queda ni un fruto
y podemos morir de escorbuto.
¡El gorila nos quiere matar!

No se salva ni el orangután,
ni el tití que en las ramas ha dormido…
Del mandril, escuchad el rugido.
¡A las palmas, primates, trepad!

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Requisitos para abrir un blog

Hay que ser kamikaze o ser orate,
hay que ser racional o ser marxista,
ser escritor, ser caricaturista
y soltar a menudo un disparate.

Hay que estar con los pies sobre la tierra,
hay que estar con los ojos bien abiertos,
hay que estar con los vivos o los muertos,
hay que estar con la paz o con la guerra.

Hay que ser y hay que estar con suave aplomo,
hay que estar y hay que ser con uno mismo,
hay que andar por sendero no trillado,

hay que no perturbarse con el plomo,
hay que no desmayar ante el abismo,
hay que no repetirse demasiado…

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Sushi para paranoicos

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (II)

patron-de-pruebaEl caballito blanco de alguna deidad desconocida

Creo que era cierto que odiaba a Cuba, a toda Cuba. En la compleja Habana de los noventa se movía en un Mercedes del año, negro, casi ofensivo en su majestuosidad, rodando en el paisaje de basurales y abandono, lo mismo con una jinetera a bordo que con un funcionario de cultura, un general y un adulador. En la Habana trataba de inaugurar un centro de retinosis pigmentaria para agravar la ceguera de la izquierda moderna. Eso lo mantenía en contacto con los alegres funcionarios de cultura, con periodistas alertas y la plaga de jineteros líricos que cazan becas fugaces en el extranjero para coger un aire en el Periodo Especial.

Odiaba a Cuba desde los cincuenta, espiaba a todo el mundo, se hizo el santo y su escolta lo protegía siempre en sus viajes trágicos por el orbe, en los periplos por Bayamo y Ciego de Ávila y en sus visitas de médico a Bolivia y Venezuela y hasta en las nieves y el frío de Europa, donde sus colaboradores tienen que hacerse pasar por animales domésticos o palomas. Donde su infiltrado necesita más ron y más tabaco y escasea el dulce de coco y la ayuda se le hace más difícil (esto es discutible) porque los amantes del Destructor del Trópico no saben por dónde llega el mal en el invierno. Lo recuerdan muchos escritores en desgracia. Lo recuerdan como disculpándose por ametrallar con pequeñas balas, algo para el día o para la semana, algo para reafirmar la severidad de su propio bloqueo. ¿Qué bloqueo? «Los puerquitos vienen de Europa». «La malanga se cosecha en Boston». «Ve cogiendo esos espaguetis, ese perro sin tripa y una botellita de vino Fortín». Aquí (en la isla que me robó) siempre se movía como lo que era: un grosero (con el perdón de los groseros) de otro rumbo, un marginal que se apropiaba, sigiloso, la vida y la cultura de un país.

Todo era política, siempre en ese full-contact tan dañino en el boxeo para el estudio. Así se le odia en esta tierra por ahora fatal, donde ha tenido las puertas de solares y escondrijos, de residencias e instituciones, donde ha promovido el dolor, ese bueno para nada, bueno para la traición, la hipocresía, los insultos y las guerrillas, que anda por ahí, pendenciero en sí mismo, el caballito blanco de alguna deidad desconocida.

Para Castro el Grave, antes el Odioso, mi patria no está en el mismo sitio, no una patria que él vio caerse de vieja y de desidia, entre el cielo y la tierra, en pleno mar Caribe, sino ésta de más acá, donde transcribo amargo y sombrío, triste por mí y por Cuba, su falsa y gastada aberración: «Patria o muerte». (Valga la redundancia, orate).

Así las cosas: Castro se puso de pie, cogió una gran copa de cristal y comenzó, de mesa en mesa, a tambalearse, mientras moría pidiendo dinero para sus conquistas.

***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Rivero, Raúl. “El caballito blanco de Changó”. Encuentro de la Cultura Cubana 16-17 (2000): 155-56.

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La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (I)

patron-de-pruebaDe patria pobre

Castro subió por última vez la colina universitaria con el gentío que acompañaba su cadáver hasta el Aula Magna. Profundamente muerto y agotado (habían sido diez días de agonía sufridos fanáticamente, minuto a minuto), su sepulcro cargado por una escolta impávida, ya desde aquella dimensión sentía el fluido del desconcierto popular (¿era alegría?) que por todas partes lo rodeaba. Hubiera querido salir de aquel rectángulo frío, ser uno de los estudiantes que, con sus consignas y cucuruchos de maní, empezaron a organizar el desfile tan pronto quedaron colocados el féretro, el escudo, la bandera y aquella esquela mortuoria con su inexplicable retahíla de títulos nobiliarios: Comandante en Jefe, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Vencedor del Mosquito Enemigo, Gran Pelotero de la Nación, Repartidor de Ollas Arroceras, Patrocinador de la Patria Roja y Negra, Vaticinador de Violentos Huracanes, Compañero Reflexionista, Creador de Olimpiadas Nacionales, Redistribuidor de la Geografía Insular, Plantador de Café en el Llano (en llamas), Demiurgo del Enemigo Plural, Fundador del Plátano Microjet y la Vaca F1, Cederista y Pionero Modelo, Separador de la Familia Cubana… Allí estaba, con su impermeable, inolvidable y, de una vez y por todas, prescindible uniforme color aceituna, más raquítico de lo que el pueblo lo imaginó, la línea de las cejas impartiéndole una gravedad realmente grave al nivel de las circunstancias, una gravedad distinta. «¡Murió el Adalid!», se dijo, embriagado de sí mismo, y el eco resonó en aquella caja impersonal que lo asfixiaba (es un decir, ya el hombre estaba muerto). La avalancha de emociones lo sepultó (literalmente) en la memoria colectiva. Hora tras hora, se saturó de las expresiones, los gestos y rasgos del pueblo más ultrajado: las plañideras con pañuelo a la cabeza que pasaban de largo sin asomarse al cristal del féretro; el lisiado que llegaba a duras penas, con el muñón en la muleta y hacía un comentario obsceno; el trapichero inmutable, gorra en una mano, caja de cigarrillos Malboro en la otra; el obrero ignorando la inminencia del cadáver… y entre todos ellos, de pronto, como una visión desgarradora, un niño, un niño desarrapado, descalzo, la camisa en jirones dejando ver el pecho casi adolescente, rectas las piernas desnudas, juntos los pies sucios, fino, grave, fiero, imponente de pobreza el óvalo del rostro desvalido, a la altura misma de su semblante hierático. A Castro se le arrasaron los ojos de lágrimas, a la vez que sentía nacer en él una muerte desconocida.

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Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:

Vitier, Cintio. De Peña Pobre. México: Siglo Veintiuno, 1990.

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Masa y Poder

El incidente fue a la salida de la antigua Casa del Joven Creador, en San Pedro y Sol, en los otrora ilustres predios del Casco Histórico. Corrían (a punto de desfallecer) los noventa.

Luego de parrandear y desgañitarnos cantando en una posible descarga de los futuros integrantes de Habana Abierta, descubrimos, ya resignados, que nos había cogido la madrugada y, con ella, la confronta. (A los no cubanos: periodo en que no funcionan los autobuses; vulgo: guaguas). En vista de que no tenía sentido esperar el transporte público en la zona del Puerto, tan presta a acoger a tiradores de todas las sectas, optamos por regresar a pie: a Centro Habana, los unos; al Vedado, el resto. Ya casi a la altura de Prado, nos detuvo un agente del orden.

Como establecía su libreto, pidió el carné de identidad a todos y cada uno de los miembros del grupo y se detuvo en el de un amigo color cartucho. El pigmento de la piel es un detalle de importancia: el esbirro era negro; lo que demuestra que caimán sí come caimán.

Después de examinar el documento una y otra vez, señaló el nombre y soltó:
―Ven acá, chico, ¿qué es lo que dice aquí?

La respuesta merece quedar grabada en los anales de la ocurrencia:
―Mire, oficial, yo le entrego el carné porque usted es la autoridad. Pero que lo enseñe a leer un maestro.

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Tributo Miqui

Los Miquis, ya se sabe, son deidades
que habitan un canal de La Florida
y atacan a la Víbora Estreñida
recordándole todas sus ruindades.

Despabilan esa pasión siniestra
del dictador que muchos llevan dentro.
Tiran a la derecha, izquierda y centro:
da igual Agamenón que Clitemnestra.

Su anonimato, ¿es un secreto a voces?
Generan mil debates y enemigos.
(Los mil debates son los memorables).

Van desinflando el globo a ciertos dioses.
Tirando el primer cabo, venden higos…
(Escriben en horas no laborables).

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Listado de cosas que echan de menos de Cuba (II)

Anónimo:
El mar…
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Los Miquis de Miami:
Sentarme en el patio de mi casa, abrazar a mi madre, conversar con mi hermano, jugar con mis sobrinos y escuchar las ocurrencias de mi padre.
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Eufrates del Valle:
Echo de menos ese sentimiento de echar de menos…
***
Jorge Salcedo:
Cosa curiosa y bucólica, pero, en lo que toca a las frutas, extraño más o menos las mismas cosas que el guajiro.

Comer naranjas al pie de un naranjo, o sentado en un muro contiguo. Cuchillo en mano, o sin cuchillo.

Mangos. Todos los mangos. Al pie de la mata.

Ciruelas amarillas y rojas. De la mata.

Tumbar cocos, pelarlos con machete o a mano limpia, lanzándolos contra el suelo. Agujerear la nuez, tomar el agua fresca, raspar con una cuchara la masa de coco tierna.

Los mamoncillos, descapotarlos con los dientes, y sacar la fruta intacta, de un naranja muy pálido, con su membrana transparente. El mismo procedimiento con los mamoncillos chinos, de cáscara más rugosa, pero más carnosos, más dulces.

Los tamarindos, al pie de la mata. Jugo de tamarindo luego.

Los caimitos, al pie de la mata. Todo al pie de la mata.

Los aguacates, de las tres matas de la casa. Los mejores aguacates del mundo. Gratis. (Me cago en la madre de Hass).

Y no voy a mencionar la guanábana, el anón, el mamey y todas las demás frutas tropicales del tópico (el tópico tropical, Bustrofedon) porque no se trata de eso, sino de lo que extraño.

Y que se sepa que yo soy de La Habana.
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Anónimo:
¡Comer chirimoya a la sombra de la mata!
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Anónimo:
Los aguaceros…
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Jorge Salcedo:
Las tardes de invierno…
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Eduardo Frias Etayo:
Las cervezas Mayabe a 5 pesos cubanos de las Romerías de Mayo, y las borracheras en las noches de Trovuntivitis del Mejunje, y por supuesto las descargas de los 80’s en la Galería de Alamar.
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Anónimo:
Sosa es un guajiro de verdad, se acuerda de todo, yo echo de menos al parque Aguirre.
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Anónimo (1:18):
Todos son comelones, solo extrañan cosas comestibles…
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Constancio Baraguá ( alias Cuco):
“La Procesión va por dentro” estimado anónimo 118. Cuestión de recato, digamos.
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Anónimo:
1) Jugar viola (una mi mula, dos mi reloj, etc.…)
2) Jugar al pon
3) Los tirachapas
4) Jugar al trompo
5) Los teléfonos hechos de cajas de talco y pita
6) El cangrejo moro
7) El fufú de plátano
8) El humo de los cazadores que fumaba papá
9) El bullicio de Belascoaín y Zanja
10) El guarapo frío
11) Las frituras de carita
12) Las manjúas fritas
13) El quimbombó que resbala con yuca y ñame (la canción)
14) Las ranas llorando cuando se las traga el majá (en el Guajay)
15) Las hilachas de la manga blanca en los dientes
16) El pollo asado de Rancho Luna
17) El jugo del mango filipino
18) El marañón (ahora solo nos queda el “cashew”)
19) La jerigonza (¿chicom chipren chides?)
20) Las piedras del Cobre con sus destellos
21) El Caballero de París
22) Los sandwiches del OK
23) La picardía de los Barrios Cayo Hueso y Jesús María
24) El gao del cobio donde pegaba la gorra antes de vender el barco.

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Sobre el arte de pescar en un barril

Me tomo la libertad de reproducir un correo que le enviaran a una amiga respecto al reciente vaivén provocado por la venta de teléfonos celulares en la isla. Corregí un par de erratas y la puntuación:

Pues te cuento: éste costó 70 CUC (equipo), es el más barato que había; éste no hace fotos, pero es bueno: 111 CUC la línea y 10 CUC ponerle algo para poder usarlo. En total costó 191 CUC, pero lo más triste es que cada dos meses aunque no gastes los 10 CUC iniciales, le tienes que poner obligado 10 CUC, sino pierdes la línea, así es que imagínate, en primer lugar, casi no se puede hablar porque los minutos son muy caros igual que los mensajes, te imaginas… En segundo lugar, no se puede mantener con el salario nuestro, lo tenemos, te repito, porque fue un regalo con la línea y todo sino ni te imagines que lo podríamos tener.

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Después de Giselle

Me hago eco de la invitación que lanzara mi estimado Eufrates del Valle. A los dichosos que viven en Madrid y Barcelona: ¡buen provecho!

Presentación de Después de Giselle (Aduana Vieja, 2008), de Isis Wirth:
– 2 de junio, 19.00 horas:
Casa de América (Plaza de Cibeles, 2), Madrid, en la sala Cervantes.
Presentan: Isis Wirth, Raúl Rivero, Roger Salas, Fabio Murrieta.

– 4 de junio, 19.00 horas:
Palau de la Virreina (Rambla, 99), Barcelona, en la sala Espai 4.

Presentan: Isis Wirth, Ernesto Hernández Busto, Fabio Murrieta.
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Dibujo a mano alzada de 1994

Si algo abundaba era la escasez, aunque la represión le seguía muy de cerca los pasos. El hambre sedujo a cientos (o miles) al suicidio, la locura o a esa combinación de ambos que invita a gente de mucho coraje y mayor desesperación a subir a la balsa de la Medusa. Se pusieron de moda la polineuritis y la ceguera, producto de la omnipresente falta de vitaminas en nuestras pobres dietas; adquirieron otro estatus en el que no sólo se toleraban (sino que se aceptaban como un subproducto de la debacle revolucionaria) la prostitución, el trapicheo, el desfalco… Por aquellos días comí mi primer coquito de col, que era, como su nombre sugiere, un turrón de coco, hecho exclusivamente con col. En las calles se rumoreaba que a los recién nacidos ya no había que pegarles la nalgada de rigor. Se les decía: «Naciste en Cuba». Las inocentes criaturas escuchaban la sentencia. Digerían la condena. Y rompían en llanto.

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