¿Belascoaín y Neptuno?
El #212 de la calle Belascoaín, esquina a Neptuno, fue mi última residencia en Cuba, de donde me fugué en 1999. En vista de que perdí ese espacio en el mundo real, me lo he apropiado en el éter nuestro que está en todas partes.
Aquí se comenta lo leve en tono grave, lo grave, en tono leve y se (di)versifica (y hasta se musicaliza) el monotema. Tópicos típicos: Cuba, literatura y otras dolencias crónicas. En resumen: desvaríos y divertimentos de Alexis Romay.
(Advertencia: English spoken here).
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El Comandante amonesta a las “morenas del Caribe”
Publicado en Cuba, Deporte, Insilio, Una décima (a)parte
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Comunicado del equipo cubano de béisbol al Pelotero en Jefe, luego de la derrota ante Corea (en Beijing 2008)
Con paciencia y con saliva,con la pelota y el bate,
evitando el disparate,
con la frente bien altiva,
como gato boca arriba
que defiende su linaje,
lavaremos el ultraje,
(¡que nos devuelvan la gloria!):
donde hay revés, hay victoria
y ese será el homenaje.
Publicado en El Innombrable, Una décima (a)parte
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Padre, aparta de mí este cáliz

***
Transcribo el prólogo de Salidas de emergencia. (Aquí pueden leer algunos comentarios y reseñas; aquí, una entrevista breve; aquí, una más extensa; aquí, la odisea editorial de la novela; y aquí, en PDF, las primeras quince páginas de mi escalera de incendios).
Padre, aparta de mí este cáliz
La solución perfecta sería entrar al cuarto de su padre, echarle mano a la pistola y volarse la cabeza; aunque así estropearía la tradición de muerte natural en la familia y las alfombras persas que Enrique Martin, alias Pipo, había comprado en España en 1983 y que atesoraban colillas de cigarro, manchas de café, esperma de vela casera, pedazos de uñas mal cortadas y muy pocos recuerdos adolescentes. Enrique Martin había regresado de Europa con suficiente dinero para invertir en el confort de su hogar: en menos de dos meses saneó las filtraciones de los techos, repuso todos los equipos electrodomésticos y se aventuró en una reparación del carro —que incluía bajar y revisar el motor, sustituir los aros de los cilindros, balancear las gomas, calibrar las válvulas, afinar el acelerador y el clotch, corregir la dirección, los frenos, el sistema hidráulico y el eléctrico, ajustar las cuatro dichosas puertas y agregar en los gastos chapistería general, pintura y mano de obra—. Trece años en la penumbra de un garaje habían acabado con la lata y todo el mecanismo.
Entre las nuevas inversiones, el precio debió andar por encima de los veinte mil pesos cubanos. David no sabía la cifra exacta, pero no precisaba respuestas: la discreción exigida por su padre se correspondía con una necesaria mesada de veinticinco dólares.
Las lluvias de mayo habían caído pesadamente sobre el asfalto de La Habana y David Martin, que tenía la sensación de haberse quedado a la intemperie, no encontró otro remedio que tomar las cosas a la tremenda. Cuando algo le pesaba en la conciencia, se consolaba pensando que, como último recurso, siempre podría aprovechar el arma de fuego de su padre.
Así que, después de todo, Enrique Martin, alias Pipo, lo ayudaría a terminar con sus miserias.
Padre, aparta de mí este cáliz

Transcribo el prólogo de Salidas de emergencia. (Aquí pueden leer algunos comentarios y reseñas; aquí, una entrevista breve; aquí, una más extensa; aquí, la odisea editorial de la novela; y aquí, en PDF, las primeras quince páginas de mi escalera de incendios).
Padre, aparta de mí este cáliz
La solución perfecta sería entrar al cuarto de su padre, echarle mano a la pistola y volarse la cabeza; aunque así estropearía la tradición de muerte natural en la familia y las alfombras persas que Enrique Martin, alias Pipo, había comprado en España en 1983 y que atesoraban colillas de cigarro, manchas de café, esperma de vela casera, pedazos de uñas mal cortadas y muy pocos recuerdos adolescentes.Enrique Martin había regresado de Europa con suficiente dinero para invertir en el confort de su hogar: en menos de dos meses saneó las filtraciones de los techos, repuso todos los equipos electrodomésticos y se aventuró en una reparación del carro —que incluía bajar y revisar el motor, sustituir los aros de los cilindros, balancear las gomas, calibrar las válvulas, afinar el acelerador y el clotch, corregir la dirección, los frenos, el sistema hidráulico y el eléctrico, ajustar las cuatro dichosas puertas y agregar en los gastos chapistería general, pintura y mano de obra—. Trece años en la penumbra de un garaje habían acabado con la lata y todo el mecanismo.
Entre las nuevas inversiones, el precio debió andar por encima de los veinte mil pesos cubanos. David no sabía la cifra exacta, pero no precisaba respuestas: la discreción exigida por su padre se correspondía con una necesaria mesada de veinticinco dólares.
Las lluvias de mayo habían caído pesadamente sobre el asfalto de La Habana y David Martin, que tenía la sensación de haberse quedado a la intemperie, no encontró otro remedio que tomar las cosas a la tremenda. Cuando algo le pesaba en la conciencia, se consolaba pensando que, como último recurso, siempre podría aprovechar el arma de fuego de su padre.
Así que, después de todo, Enrique Martin, alias Pipo, lo ayudaría a terminar con sus miserias.
La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes (VI)
Atletas en la tercera dimensión habanera
Ayer me senté a escribir un poco tarde, mi cuerpo chorreaba agua, sal, ganas de seguir dándole duro a la vida.
Me bañaron mis ayudantes porque soy medio exhibicionista y porque me gusta mantenerlos en jaque todo el día. El agua del tanque estaba tibia y la familia se daba sillón frente a la pantalla mientras esperaban, esperaban, esperaban, dizque “las Olimpiadas, brother, las Olimpiadas”.
Comí a gusto en la terraza, el mirador me ofrecía una maravillosa obra de Tomás Sánchez en penumbra (nunca lo he confesado en público, pero siempre me fascinaron sus basureros; ésta es mi tierra al natural, completamente apagada, sin maquillajes ni fuegos artificiales).
De momento, llegó la luz, había una rotura simple en toda La Habana profunda.
Sonido: Suspiro colectivo, alivio al término del apagón general.
Corriendo fui a la televisión y encendí “mi aparatico secreto”.
En pantalla, las cámaras mostraban el estadio y los atletas, mis atletas, que competían en Beijing, tu Beijing.
Felipito me recordó aquellas cosas que hicimos para ponerlos en las competencias, parecía que los cubanos desde aquí les dictábamos o soplábamos al oído lo que sentíamos entonces. Pero es que ellos y nosotros estamos aquí y allá. Tremenda “bilocalidad”.
Eran los ochenta y nos enamoramos de competir, de ganar más medallas que los países del primer mundo, de nuestros atletas (los que regresaban) y de sus inolvidables declaraciones.
Se escuchó un murmullo general y cuando iban a comenzar los 110 metros con vallas se fue la luz, otra vez. El barrio se quejó, se desinfló al unísono.
Volví a la terraza, descalzo y en ropa interior, total, en esta senectud y en esta soledad de mi vida habanera, quién me puede adivinar, hay que ser autoreferente delirante para pensar que te espían en esta situación.
Los muchachos de mi escolta marchaban de un lado a otro del perímetro, qué casualidad. No hay que pensar mal, ellos no han sido penetrados ideológicamente.
¿Qué me quieren decir? ¿Qué significa eso de que mi escolta marche arriba y abajo, sin orden ni ton ni son, de aquí hasta la acera de enfrente?
Recordé las veces que Aldana intentó explicarme lo que era: la tercera dimensión, pero me negaba a entenderlo. Qué testarudo he sido. Ya lo entendí todo, me iluminé, canté a gritos: “La técnica es la técnica, porque sin técnica no hay técnica”, inflé los carrillos, me babeé un poco y luego me quedé rendido en el suelo de la terraza. Mirando al cielo rojizo pensé en las personas que se fueron para no tener que hacer infinidad de trucos para ver las transmisiones de los mundiales de fútbol; días y días instalando antenas que luego yo con un chasquido de mis magnos dedos confiscaría. ¿No quedaba nadie de ellos aquí? Quiero llamarlos para decirles que… ah sí, la llamo al Sevillano, no; Dashiell está de viaje, dando vistas de “su interior”.
Decidí dormirme, que picazón, que calor más rico hace en las sombras de este anochecer en el trópico. Los muchachos de la escolta practicaron la marcha hasta que se cansaron y en la madrugada me fui a la cama convencido de que ellos y mis atletas dicen la verdad: mi vida ha llegado a su fin, pero el deporte es inmortal.
***
Guiño al lector: “La muerte de Castro referida por varios escritores cubanos, años después — o antes” está basada en “La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes”, del libro Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Los textos citados y/o parafraseados en “La muerte de Castro…” han sido usados sin permiso previo de sus autores. El de hoy, pertenece a:
“Torres, Campanilla”. “Fito Páez en tercera dimensión habanera”. El Nuevo Herald. 16 de agosto de 2008.
Todo el mundo juega en el Circo Beat
Abril puede ser el mes más cruel, pero agosto es sin duda el más entretenido. Dan fe de ello las Olimpiadas de Beijing —que son eso, distracción— o la circunstancia de que, a este lado del Estrecho de la Florida, Fito Páez estrene álbum y postura ideológica respecto a Cuba. Ayer —dos días después del cumpleaños aciago—, a su paso por Miami, el cantautor argentino declaró que [su anterior entusiasmo y apoyo al régimen de la isla se debía a que] había llegado «a La Habana muy joven y con una extrema ingenuidad». En dicho texto, enfatizó que no es politólogo —gracias, Fito— y que prefiere no ser tendencioso a la hora de señalar buenos o malos, pues lo «que hay son muertos en el mar, familias rotas e historias quebradas». Esto último no dista mucho de la letra de su canción “Habana”, que incluyera en el disco Abre, hace ya casi una década. Por entonces decía: «Oh, la locura de los que se perdieron en el mar, / las vidas rotas por la sangre aquí y allá (…)» y, acto seguido —justo cuando uno se empezaba a emocionar—, soltaba: «No necesito de nada hoy, /sólo embriagarme en tu ron / y así perder la razón / y abrazarte una noche más». O sea, que entonces los muertos pesaban, pero no lo suficiente como para posponer una borrachera o admitir en público —como ahora hace— que el sistema cubano «estaría dentro de una dictadura». Quizá, como apunta Enrisco, entonces no había pasado el tiempo suficiente. (Esto de Fito Páez y su noción del correr del tiempo no deja de ser curioso. En pleno 2008 —a escasos meses de que los hermanos Castro hayan detentado el poder en la isla por medio siglo—, Páez habla de que «nadie puede calentar la silla más de 40 años». Lo que equivale a un tierno parafraseo a Carlos Gardel: que diez años no son nada.
En diciembre de 2007, Páez estuvo en La Habana —si mal no recuerdo, para participar en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano—. En ese momento, el músico no hizo alusión a la dictadura anfitriona del evento. El contexto no era quizá el más apropiado. Pero ahora en Miami, la ocasión la pintan calva.
Porque sé ser agradecido, le doy la bienvenida a su cambio de parecer, lo celebro escuchando un par de temas de Circo Beat y, acto seguido, me pregunto cuán lejos estará el momento de que el autor de “Un vestido y un amor” anuncie —en La Habana, no faltaba más— que sus declaraciones en Miami se debieron a que había llegado a esa ciudad ya entrado en años y con una extrema necesidad de vender su obra.
___
Foto: Reuters
Publicado en Exilio, Insilio, Música, Misceláneas
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Misceláneas
Dos amigas (dilectas y asiduas lectoras de este blog) me han enviado (sin saberlo) sendas colaboraciones.
Una me envía un podcast de “actualidad, música y salud” producido en Miami, así como la página web de Jerry Lawson, cantautor y (casi) compatriota, también del área. (Vayan a verlo, compren su música, ¡cooperen con el artista venezolano!). Los amantes de Juanes, Ricardo Arjona y el pop/rock (con su toquecito de Serrat y Sabina) se darán banquete garantizado.
La otra me regala el primer poema que le publicaran a César Vallejo (en “El minero ilustrado”, en Cerro de Pasco, Perú, el 6 de diciembre de 1911) y que transcribo aquí, respetando la ortografía original.
***
Soneto
El día toca a su fin. De la cumbre
de un enorme risco baja el rebaño
pastor garrido, que con pesadumbre
toca en su quena un yaraví de antaño.
Soneto
El día toca a su fin. De la cumbre
de un enorme risco baja el rebaño
pastor garrido, que con pesadumbre
toca en su quena un yaraví de antaño.
El sol que lento cae, con su lumbre
dá un tinte de misterio y de tristeza
a un campo de solemne soledumbre.
La aura pasa suave. La noche empieza.
La choza pastoral está á la orilla
de un río de corriente silenciosa;
Hila en la puerta una india candorosa.
Después los labradores en cuadrilla
rendidos se recogen a la choza.
Dá las seis el reloj de la capilla.
Publicado en Libros, Música, Misceláneas
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Guateque ecuestre (lo que cuestre)
Inspirados en un motivo equino, Jorge Salcedo, Heriberto Hernández y yo estamos armando un Frankenstein. He aquí el resultado (hasta ahora):
Una vez nos robamos un caballo
que parecía un tren, un chicle, un piojo,
un perro, un acertijo y un despojo
o una yuca pasada por un guayo.
No galopaba al viento como un rayo
y mirándolo bien era un chipojo;
cambiaba de colores a su antojo,
nos sirvió de transporte y pararrayo.
Nos curó de los miedos de la infancia,
nos curó del pasado y del futuro,
pero nada nos dijo del presente,
aunque a juzgar por esa cosa rancia
que se asemeja a ratos al cianuro,
era menos caballo que serpiente.
Mundos paralelos
Ahora que Michael Phelps bate récords a diestra y siniestra y Dara Torres le demuestra al mundo que el agua no entiende de edades, hay que hacer hincapié en la cara oculta de las Olimpiadas de Beijing 2008.
Publicado en Deporte, Misceláneas
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El legado
Ochenta y dos: reflexiona
sobre el mundo y su destino
y pídele a tu intestino
que no te mande a la lona.
No por más seda la mona
se transmuta en otra cosa,
ni por vía intravenosa
se reparan tantos daños.
¿Qué nos dejan estos años?
Tu hedor y tu mala prosa…
Publicado en El Innombrable, La muerte de Narciso, Una décima (a)parte
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Moneda falsa
De Reuters me llega la noticia: el dueño de una tienda en España descubrió —mientras cuadraba la caja— una moneda de un euro que, en lugar de llevar la efigie del Rey Juan Carlos, muestra la cara del inmarcesible Homer Simpson.
Esta broma me hizo recordar un truco malsano que se estilaba en La Habana de los noventa: a los billetes de uno y cinco dólares se les dibujaba un cero detrás del número original. En el trueque, el papel moneda aumentaba diez veces su denominación. Estos billetes, por lo general, no eran usados en “diplotiendas” ni comercios estatales, pero se podían encontrar con descarada frecuencia en la feria del malecón y otros lugares gestionados por los —“hoy eres legal, mañana veremos”— vendedores por cuenta propia.
Inmerso en la paranoia monetaria de aquellos días, ideé una fórmula para detectar billetes cubanos falsos. Tomo por ejemplo el de diez pesos, con el inescrutable rostro de Máximo Gómez.
He aquí dos maneras de descifrar su autenticidad:
1
1
– Doble el billete en dos, luego, en cuatro; luego, si el papel lo permite, en ocho.
– Golpee el billete contra una mesa.
– Abra el billete.
– Si en el anverso los espejuelos del Generalísimo están intactos, el billete vale.
– Si en el reverso la Plaza de la Revolución está desierta, el billete vale.
– Golpee el billete contra una mesa.
– Abra el billete.
– Si en el anverso los espejuelos del Generalísimo están intactos, el billete vale.
– Si en el reverso la Plaza de la Revolución está desierta, el billete vale.
2
– Tome el billete en su mano derecha, mientras mantiene ésta en el bolsillo de su pantalón.
– Entre a una tienda de recuperación de divisas, vulgo diplotienda o “shopping”.
– Compre un artículo cualquiera, siempre y cuando su valor no alcance los dos dígitos.
– Diríjase a la caja.
– Entréguele el billete a la persona al otro lado del mostrador.
– Si dicha persona no sufre un incontrolable ataque de risa, el billete vale.
Publicado en Insilio, Misceláneas
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Furia olímpica
Las esperanzas, en los saltadores.La negación de visa, a la italiana
y a quien quiera escaparse de La Habana,
unos grilletes y unos asesores
que les recordarán cada minuto
que en el equipo revolucionario
el sacrificio es bueno y es diario
y el desertor, peor que el escorbuto.
En busca de medallas, a La China,
va la delegación de los rehenes.
¡A conquistar la gloria del deporte!
Con sus preseas de oro (y calamina)
comprarán leche en polvo, trigo, trenes…
¡y aliviarán el hambre y el transporte!
Publicado en Apologías e insultos
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