¿Y cómo dices que piensan los ahorcados?

Transcribo una entrevista de Teresa Dovalpage a Gregorio León. ***

Gregorio León es un autor murciano que escribe sobre Cuba. Y escribe bien, por cierto. Cualquier pensaría que nació en Cayo Hueso y que tiró piedras de muchacho en el Parque Central. Claro que lo primero que pensé en preguntarle fue: “¿Qué hace un murciano como tú escribiendo sobre La Habana?”. Pero me pareció que me contestaría: “¿Y a santo de qué una cubana como tú escribe sobre los murcianos, eh?”. Así que elegí otras interrogantes menos resbalosas. El libro más reciente de León es El pensamiento de los ahorcados, publicado por la editorial Algaida este año y que se presentó en la recientemente concluida Feria del Libro de Miami.

Este año ha sido súper para León, que ganó también el Premio Valencia de novela, con una dotación de 30.000 euros, por su obra Balada de Perros Muertos. La historia se desarrolla en México y analiza el conflicto del narcotráfico a través de la guerra desatada entre dos bandas, la del Chivo y la del Chapo Méndez, junto a la frontera con Estados Unidos. Se publicará en 2009.

Aquí van mis preguntas a este murciano que ya es habanero honorario:

TD: ¿Por qué ese título, El pensamiento de los ahorcados?
GL: La realidad es que, atendiendo a lo que pasa en la novela, debería ser “El pensamiento del ahorcado”, así, en singular. Pero me parecía que tenía más potencia el título finalmente elegido. En todo caso, lo que tenía claro es que no iba a recurrir bajo ningún concepto a fórmulas como enigma, misterio o código… Además, en esta novela no aparece por ninguna parte Leonardo da Vinci, ni templarios.

TD: Ésta es tu segunda novela sobre Cuba. ¿Por qué escribes sobre la isla? ¿Alguna fascinación peculiar, un duende isleño que no te deja en paz hasta que lo exorcizas con la palabra…?
GL: Sí, has dado en el clavo. Un duende muy juguetón es el que me está pinchando constantemente para que escriba de Cuba, y particularmente, de la Cuba de los años 50. Me parece una etapa fascinante, una auténtica provocación para cualquier creador. No es tan difícil hacer una novela cuando se te cruzan en el camino mafiosos, políticos corruptos, periodistas amantes de primicias, actrices de películas de relajo… El pensamiento de los ahorcados es mi pequeño homenaje a La Habana que unos pocos pudieron disfrutar, y todos los demás, imaginar.

Pero, por encima de todo, El pensamiento de los ahorcados no es una novela de gánsters. Es una novela de amor. Hay más celos que tiros. Más pasiones que sangre. El único cadáver que queda en el camino es el amor.

TD: A diferencia de Murciélagos en un burdel, aquí la acción transcurre entre los años 50 y la actualidad, el período especial. ¿Por qué decidiste usar dos planos temporales?
GL: Porque uno de los personajes principales de la novela es la nostalgia. No sólo Abuelo Asdrúbal o Zoila, o incluso Superman, miran hacia atrás con la sensación de tiempo perdido e irrecuperable. El chico que emprende la investigación para descubrir si está viva o muerta Rachel se siente extranjero en la etapa que le ha tocado vivir, con el período especial y todo eso, y añora un tiempo que sólo puede reconstruir a través de los recuerdos que va recabando. Entendía que mostrar las diferencias entre las dos Habanas, entre las dos etapas, no sólo me daba más posibilidades literarias, sino que incluso me servía para proponer un debate sobre cuál de ellas es la mejor, aquella en la que hubiéramos querido nacer. El pensamiento de los ahorcados también propone ese juego literario. El elemento lúdico no debe faltar en la vida, y mucho menos en un libro. Jugar, jugar, jugar.

TD: Tus novelas están tan bien documentadas que cuesta creer que no seas nativo de la isla. Aparte de todos los recursos que mencionas en los agradecimientos, ¿cómo te las arreglas para procesar todo ese material de apoyo para tus novelas sin que se le vean las costuras?
GL: Tengo muy buen oído, debo confesarlo. Me pasa si estoy en Cuba, o en México, por citar los dos países que he visitado con más frecuencia. Se me pegan mucho los giros propios de cada ciudad. En ese aspecto, juego con ventaja. Pero la cosa está en después acomodar ese lenguaje local al texto, sin que chirríe, sin que parezca un postizo. Es verdad que muchos lectores de dentro y fuera de la isla han comentado que la novela suena muy cubana. Para mí esto constituía un desafío. Si lo he superado, fantástico. Seguiremos con los oídos bien abiertos para no perdernos nada.

TD: ¿Alguno de los personas de El pensamiento… está basado en alguien real, aparte, naturalmente, los que mencionas por sus nombres como Meyer Lansky o Lucky Luciano? Especialmente me interesa Freddy Ramírez. ¿Tuviste en mente a algún periodista de los 50 como su modelo?
GL: Me consta que en [la revista] Bohemia trabajaron durante los 50 periodistas de raza, capaces de escribir reportajes que tenían profundidad y aroma literario. Pero en ese caso quise crear un personaje propio. Un gordo al que le interesan poco las mujeres y que no quiere que nadie le desvíe de su auténtica obsesión: atrapar la siguiente primicia que ponga a temblar los cimientos de La Habana. Como periodista que soy, me produce todavía un temblor especial dar una noticia que nadie tiene. Puedo llegar a entender a Freddy en algunas cosas. Pero jamás cambiaría una primicia por una buena cena con una mujer, eso te lo puedo asegurar.

TD: “Esa mujer es… La Habana” dice Asdrúbal en una conversación con su jefe, Meyer Lansky. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación de tu personaje? ¿Qué significa La Habana para ti, como escritor y como visitante?
GL: Una ciudad a la que siempre volvería. Hay algo que no ha podido destruir Fidel Castro, y es la calidez de los cubanos. Hay una sintonía especial que une a españoles y cubanos. Y eso te hace sentir como en casa. Quizá tenga que ver con el sentido del humor, con lo latino que compartimos los de aquí y los de allá. En el fondo, todos somos españoles, y todos somos cubanos. Por eso en España interesa tanto todo lo que ocurre en la isla. Y soñamos con encontrarnos un día en los periódicos esa gran noticia, esa primicia con la que soñaría un Freddy Ramírez contemporáneo, de que en Cuba hay elecciones libres. No hay que desesperar. Aquí en España pensábamos que Franco era inmortal. Fíjate, un tipo que iba bajo palio. Vamos, que se podía pensar que tenía un pacto con Dios para no morirse nunca. Pero al final la biología se impone. Y la libertad llegará.

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Los dos laberintos

Transcribo un fragmento de El libro de las parodias, de Radamés Molina.
***
Teseo ha decapitado al Minotauro. El hilo de Ariadna teje una extensa red que conduce a numerosas salidas. En alguna, Penélope espera, Teseo que ha leído la Odisea y teme un enfrentamiento con los pretendientes, le pregunta en un susurro si éste es su verdadero hilo:

—Si no lo fuese —responde ella— no estaríamos en Itaca, y no serías Ulises.

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“El rostro del cine cubano” habla del paraíso socialista

No nos podemos quejar
de las cosas que acontecen
y aunque algunas no merecen
nuestra obediencia sin par,
no nos podemos quejar,
que la crítica es mal vista
(¿dónde sale esta entrevista?),
la crítica destructiva.
¿Para qué gastar saliva?
A mí, el arte. ¡Soy artista!

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Estampas habaneras (VIII)

La Plaza de Carlos III (1)
Teresa Dovalpage


Mole centrohabanera, inmensa, colosal… que ha sufrido más transformaciones, mutaciones genéticas, afeites y embellecimientos que una grande dame de Hollywood. En los años cuarenta vio la luz como el Mercado de Carlos III, donde, según mi abuela, se podían comprar desde ajíes, tomates y calabazas hasta la piña, el mamey y el zapote del refrán. También tenía los Pullman, restaurancitos que, según la susodicha, servían comida china a precios módicos. Luego del cincuenta y nueve el Mercado decayó, como casi todo, perdiéndose de sus tarimas los ajíes, tomates, zapotes y una larga cola de etcéteras para desgracia estomacal de mi generación. Los Pullman chinos sólo sobrevivieron en la memoria de sus antiguos parroquianos.

Recuerdo el devaluado Mercado en los ochenta con un perenne olor a papas podridas en las rampas. Y a orine que salía del túnel subterráneo que lo comunicaba con la acera de enfrente. Si alguien me puede explicar cuál fue la intención original del tal pasadizo me hará un señalado favor, pues presumo que no fue la de servir de urinario público a los borrachines del barrio.

En los duros noventa el Mercado sufrió otra mutación convirtiéndose en la Plaza de Carlos III: un mall con todas las de la ley y el dólar (ahora CUC) donde se ofertan paraguas, palanganitas plásticas, paquetes de picadillo y pacotilla china. Pero de esta etapa les hablaré más, para no cansarlos, en mi próximo post.

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Asesino chic: el nauseabundo romance de Hollywood con Che Guevara

Les dejo enlace a un mini-documental sobre el asesino fotogénico. Tengan la bondad de divulgarlo.

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Brezos y peonias

Transcribo un texto inédito de César Reynel Aguilera.

***
La Hora fue una actriz-aprendiz que los trovadores compartieron sin saber que era de todos; y después, cuando supieron que la compartían, marcados por el dato curioso que descubrió Casasús. Una vez desnuda La Hora tardaba —fuera quién fuera el amante, en cualquier posición, con palabras, sin ellas, envuelta en caricias, o a secas— siete minutos y treinta y nueve segundos en venirse. De esa exactitud nació el nombrete.

Se llamaba Cuca y le tomaron cariño, cobraba en unos versos que ellos olvidaban darle y que después corrían a escribir —en cuanto terminaban de hacerle aquello— en cualquier papel que encontraran por los alrededores.

Un día, avergonzados de tantos poemas en deudas, decidieron hacerle una canción a múltiples manos. Cada uno se comprometió a escribir una estrofa que encajara con la melodía que el más genial de ellos había creado para la ocasión. Así surgió “¡Cuca va!”.

La Hora se puso tan contenta con su canción que del tiro salió embarazada, y ellos, poetas comprometidos con el ideal colectivo, vieron en ese embarazo la caída de uno de los símbolos más sagrados de la propiedad. Ese niño sería de todos y de cada uno de ellos, ese niño vendría al mundo para demostrar que el ser social puede, y debe, derrotar al monstruo biológico del que brotan las desigualdades humanas.

Llegó el momento del parto y todos, como un solo ser, fueron a escuchar los gritos y las maldiciones de Cuca. Los médicos explicaron que se trataba de uno de esos casos conocidos como desproporción céfalo-pélvica. El niño era cabezón, la madre tendría que pujar y pujar, con mucha fuerza, para hacerlo salir a través del canal.

Así fue como entre gritos, llantos, malas palabras y juramentos de nunca más volver a parir, el más sensible de los trovadores, mientras se preguntaba si el diámetro de su cabeza era mayor que el de sus amigos, escribió esa canción que hoy conocemos como “La Hora está pariendo un cabezón”.

Cuca alumbró desgarrada y sangrante, pero tuvo fuerzas para tomar a su hijo en brazos, darle un beso, presentarlo al círculo de trovadores que rodeaba su cama, ponerlo en la teta, y anunciar, con el nombre de la criatura, el derrumbe del mundo que habían soñado los poetas.

Bastaba —para que ese niño siguiera siendo el símbolo del porvenir— que la madre lo llamara con el nombre de uno de ellos, el que fuera, lo mismo daba. Pero no, La Hora decidió ponerle Jorge y después, con una sonrisa cansada, se disculpó:

—Así se llama el padre que siempre quise para él.

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Brezos y peonias

Transcribo un texto inédito de César Reynel Aguilera.

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La Hora fue una actriz-aprendiz que los trovadores compartieron sin saber que era de todos; y después, cuando supieron que la compartían, marcados por el dato curioso que descubrió Casasús. Una vez desnuda La Hora tardaba —fuera quién fuera el amante, en cualquier posición, con palabras, sin ellas, envuelta en caricias, o a secas— siete minutos y treinta y nueve segundos en venirse. De esa exactitud nació el nombrete.

Se llamaba Cuca y le tomaron cariño, cobraba en unos versos que ellos olvidaban darle y que después corrían a escribir —en cuanto terminaban de hacerle aquello— en cualquier papel que encontraran por los alrededores.

Un día, avergonzados de tantos poemas en deudas, decidieron hacerle una canción a múltiples manos. Cada uno se comprometió a escribir una estrofa que encajara con la melodía que el más genial de ellos había creado para la ocasión. Así surgió “¡Cuca va!”.

La Hora se puso tan contenta con su canción que del tiro salió embarazada, y ellos, poetas comprometidos con el ideal colectivo, vieron en ese embarazo la caída de uno de los símbolos más sagrados de la propiedad. Ese niño sería de todos y de cada uno de ellos, ese niño vendría al mundo para demostrar que el ser social puede, y debe, derrotar al monstruo biológico del que brotan las desigualdades humanas.

Llegó el momento del parto y todos, como un solo ser, fueron a escuchar los gritos y las maldiciones de Cuca. Los médicos explicaron que se trataba de uno de esos casos conocidos como desproporción céfalo-pélvica. El niño era cabezón, la madre tendría que pujar y pujar, con mucha fuerza, para hacerlo salir a través del canal.

Así fue como entre gritos, llantos, malas palabras y juramentos de nunca más volver a parir, el más sensible de los trovadores, mientras se preguntaba si el diámetro de su cabeza era mayor que el de sus amigos, escribió esa canción que hoy conocemos como “La Hora está pariendo un cabezón”.

Cuca alumbró desgarrada y sangrante, pero tuvo fuerzas para tomar a su hijo en brazos, darle un beso, presentarlo al círculo de trovadores que rodeaba su cama, ponerlo en la teta, y anunciar, con el nombre de la criatura, el derrumbe del mundo que habían soñado los poetas.

Bastaba —para que ese niño siguiera siendo el símbolo del porvenir— que la madre lo llamara con el nombre de uno de ellos, el que fuera, lo mismo daba. Pero no, La Hora decidió ponerle Jorge y después, con una sonrisa cansada, se disculpó:

—Así se llama el padre que siempre quise para él.

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De Cuba y otros demonios

banderaAyer no pude dedicarle un minuto al blog pues pasé parte del día en la carretera —“tuve que manejar noventa millas”, parafraseando a Willi Chirino— rumbo a Blair Academy, una escuela ubicada a un respiro de la frontera con Pensilvania. Pero vayamos al principio. Hace un par de meses, Blair Academy me había invitado a dar una charla sobre “la transición” en Cuba. En algún momento de mi intercambio epistolar con el Dr. Miller —director del programa de Skeptics, que cada martes lleva a un orador a estimular la curiosidad del estudiantado—, le había dicho que con gusto arrastraría a esos parajes una perspectiva inédita del problema que es Cuba y de paso comentaría sobre el deplorable estado actual de cosas en la isla, pero ¿transición?, ¿de qué transición estábamos hablando? En ese punto, el Dr. Miller —que para mi fortuna resultaría un iluminado, sobre todo en lo concerniente a totalitarismos de izquierda— me recordó que era probable que los estudiantes —de noveno a duodécimo grado— tuvieran una idea bastante inexacta de la nación caribeña y que por tanto lo más efectivo y apropiado sería que les brindara una panorámica general del país y luego abriera el foro a las posibles preguntas. Yo, que hasta entonces tenía en mente hacer una presentación del recién publicado North of Hell —mi traducción al inglés de una imprescindible novela de Miguel Correa Mujica, que cuenta las cosas que han sido, las que son y las que serán—, opté por seguir su consejo y darle al evento un cariz más conversacional, cuyo tono facilitaría el intercambio.

Llegué a la escuela —de una belleza descomunal, asentada en una propiedad de quinientos acres— poco después de las cuatro de la tarde. Mi anfitrión me recibió en el acto y a los pocos minutos estábamos hablando cómoda y animadamente en la sala de su casa. Se nos fue la hora y media sin que nos diéramos cuenta. Nos recomendamos libros, películas, debatimos la cosa cubana sin repetir clichés y nos vimos forzados a interrumpir el diálogo a las seis de la tarde para enrumbar al comedor, donde cenaríamos con el resto de la escuela. La cena, deliciosa. Al concluir la misma, el director de Blair Academy agarró el micrófono y, no con poco entusiasmo, presentó al primer escritor cubano que arribaba a esos lares para pararse en el podio a hablar sobre la isla. Y me cedió el artefacto. Mi locución aquí sería el anzuelo, pues el evento tendría lugar en un auditorio que estaba en otro edificio. Comencé —¡horror!— con un chiste que nadie entendió, pero rescaté de inmediato la debacle diciéndoles que teníamos en común el hecho de que yo también había asistido a una escuela becada, pero que las diferencias eran notables pues mi adolescencia había transcurrido en una sociedad completamente militarizada y, para colmo, mi escuela era una academia castrense —la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de la cual, para mi eterno orgullo, me habían expulsado tildándome “una deshonra al uniforme militar”. Omití la parte de la expulsión. Por modestia. Por no hablar de mí mismo—. Y luego les dije que si venían a mi presentación les revelaría la única similitud que existe entre Cuba y Estados Unidos.

Diez minutos más tarde, para mi profunda sorpresa, no cabía un alma en el auditorio. Luego de una muy amable presentación del Dr. Miller, tomé el podio. Empecé revelando lo que ambos países tienen en común: tanto en Cuba como en Estados Unidos se puede hablar mal de Estados Unidos. Hubo risas. Di la panorámica empezando con el golpe de estado de Batista y concluyendo con que el remedio había sido siete veces peor que la enfermedad: en su fase dictatorial, Batista estuvo en el poder siete años; Castro multiplicó su estadía por siete y se aplatanó en el trono (para luego cederlo a su heredero) durante cuarenta y nueve años; en cuanto a número de víctimas: los muertos de ambos bandos desde aquel 10 de marzo en que se malogró la República hasta el 1 de enero en que se malogró la Nación no llegaban a los 2300 —cifra horrenda por demás, que un muerto por razones políticas ya es demasiada muerte—. Las muertes atribuidas a Fidel Castro y su régimen —de las que da fe el Archivo Cuba— a fecha de hoy sobrepasan las 9000. Aclaré que estas muertes sólo abarcan los fusilamientos, las muertes en prisión, los asesinatos, las ejecuciones extrajudiciales, pero excluyen las decenas de miles de personas —el cálculo es conservador— que han perdido y pierden la vida en el mar, huyendo del tan cacareado paraíso socialista. Y, ya expuestas las vísceras de la isla, invité al debate.

La primera reacción vino de un profesor de la escuela, inmigrante de origen haitiano. Dijo que ya quisieran en su tierra natal tener los problemas que tenemos nosotros en Cuba. (Este maniqueísmo es enternecedor por su torpeza). Le respondí que en ningún momento me atrevería a minimizar la problemática haitiana —en donde la situación, lo sé, es de cuidado—, y que por respeto a las víctimas de ambas tragedias no me permitía comparar cuáles muertos eran más muertos, pero que el hecho de que su país viviera un infierno no justificaba en forma alguna el infierno que es Cuba. A esto respondió con el sonsonete de los “logros de la educación”; mi contraargumento: de qué servía educar a las masas para luego prohibirles los libros. Al hablar del muy limitado acceso a la información en la isla, mencioné que la negativa del diario Granma de darle el 5 de noviembre de 2008 la cobertura en primera plana que merecía la elección del primer presidente negro de este país —destacando en su lugar los resultados de alguna cosecha de cítricos u otro tema absolutamente irrelevante—, se debía al hecho de que mientras nosotros vivimos en el mundo de la realidad, la prensa cubana vive en el mundo de Las crónicas de Narnia. La carcajada sacudió el recinto. Y el maestro de ceremonias cortó el careo, alegando que el resto del público también tenía derecho a participar en el intercambio.

Las preguntas de los estudiantes fueron, en su totalidad, cándidas e inteligentes —dos categorías que no tienen por qué excluirse entre sí— y abarcaron desde lo personal —si en mi “malestar” con Cuba había espacio para encontrar algo digno de ser rescatado luego de este medio siglo (en realidad, la joven dijo “odio”, pero después me comentó que había usado un término impreciso)— hasta lo global —la razón de ser del embargo—, a lo que respondí alegando, por una parte, que, obviamente, mi malestar no era con Cuba, sino con los miembros de la cúpula que la dirige (que aunque hayan intentado, con éxito, metamorfosearse en una misma entidad, eran dos cosas separadas) y, por la otra, al hecho de que, como reportara Roger Cohen en su tendencioso artículo para The New York Times: «Estados Unidos es el mayor exportador de comida a Cuba, alcanzando el monto de $600 millones este año» y que el único embargo que en realidad me preocupaba es el que el gobierno cubano le ha impuesto durante medio siglo al pueblo de la isla. En algún momento señalé un par de pifias —entre tantas— del texto de Cohen: se refiere a Castro como alguien que ha sido durante cincuenta años “intermitentemente despiadado”; declara que en la isla parece existir “una especie de apartheid económico”. Lo cuestionable, claro está, yace en lo de “una especie”. Hay apartheid o no hay apartheid, señores. Y en medio siglo de calentar el trono sin intervalos, se es despiadado o no se es despiadado, pero sin intermitencias. Y, no faltaba más, destaqué la joya de la contradicción que contamina el reportaje: «Ha habido cientos de ejecuciones, sobre todo en los primeros años, pero él nunca ha sido un dictador sangriento, un Ceausescu caribeño». Ay, y con estos bueyes tenemos que seguir arando.

Al final de la velada, se me acercó un grupo de estudiantes y continuamos la conversación en privado, haciendo hincapié en la novela de Correa Mujica, la obra de Reinaldo Arenas, la fascinación hollywoodense con el matón argentino. La plática pudo haberse extendido hasta el infinito, pero ellos se debían a sus quehaceres y a mí me esperaba una hora y media en la carretera.

Al llegar a casa, cansado y cayéndome de sueño, me di el salto de rigor por Penúltimos días para enterarme no con poca tristeza de la brutalidad policial perpetrada contra un grupo de opositores pacíficos en Cuba, en la víspera del aniversario del Día Internacional de los Derechos Humanos.

Hoy escribo esto a la carrera, con el asco inevitable ante la infamia y con la esperanza de que alguno de mis interlocutores de anoche lo lea. Si alguien se lo hace llegar al profesor haitiano —cuyo nombre desconozco—, quedaré inmensamente agradecido.

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Soneto

Transcribo un texto de El libro de las parodias, de Radamés Molina.
***
Soneto

Los dos cuartetos son de construcción paralela; van seguidas cuatro exclamaciones, cada una ocupa dos versos. El primero y el quinto son bipartitos, construidos en quiasmo. El segundo verso presenta una serie, que por lo extenso de sus términos resulta una gradación. El tercero está adornado por una anáfora —aliterada— y una metáfora, mientras que en el cuarto encontramos una antítesis. Incluye el sexto una construcción paralela. En el octavo destacan dos metonimias antitéticas algo gastadas. El ornato de los versos noveno y décimo es en expresiones sinónimas, formando quiasmos las del verso décimo. En el undécimo actúa —además de la metáfora— el ornato de la aliteración, que continúa en los versos siguientes. En los últimos versos del soneto se enumeran todos los objetos indicados en los versos anteriores, en el mismo orden en que aparecieron antes.

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Eliancito dedica su decimoquinto cumpleaños

A la batalla de ideas
(que no aporta ni una sola,
que nunca dio pie con bola,
que me lanzó a las mareas
y hoy me encomienda tareas),
al Convaleciente Eterno
(ese engendro del infierno),
a nuestro inmortal Partido
(el hermano del sufrido),
brindo un saludo fraterno.
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Cuento de dos ciudades

Hoy viene a cenar a casa un grupo de amigos. Nada hay de heroico en la oración anterior. Y eso me gusta. No tenemos una agenda específica, pero supongo que hablaremos trivialidades y asuntos de peso. Algo es seguro: descorcharemos un buen vino y despotricaremos a nuestras anchas. A lo largo de la noche, a nadie en mi cuadra o vecindario le importará cuándo llegan, cuántos son los comensales, a qué hora se retiran, o qué temas serán tocados en esta velada invernal. Ninguno de los invitados temblará cuando alguien toque la puerta. Ni a uno solo de mis convidados podría ocurrírsele que en el umbral se aparecerá un policía, empecinado en interrumpir lo armonioso del convite con una orden de arresto pues la cena ha «transgredido todos los límites de la tolerancia».

De este grupo selecto, sólo uno —ay, yo— estará consciente de que el encuentro bajo nuestro techo es legal y posible gracias a la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos de América, que, de un plumazo, nos garantiza libertad de culto, de expresión, de prensa, de reunión, o de petición de cambios al gobierno. En algún momento lo recordaré. (Hay ciertas cosas que no me gusta tomar por sentado). Predigo la reacción de un confín a otro de la mesa: alguien levantará una copa y brindaremos por este derecho, que es en ciertos lugares del mundo —pienso en Cuba, por poner un triste ejemplo— un privilegio inexistente.

Mientras esto acontece en un lugar cualquiera de Nueva Jersey, en La Habana, Yoani Sánchez y Claudia Cadelo —junto a un grupo de la incipiente blogosfera cubana que durante meses, sin publicidad ni secretismo, han venido organizando un encuentro de bloggers que tendría lugar hoy— se enfrentarán a la arbitrariedad del gobierno cubano, que las ha amenazado con «tomar todas las medidas y hacer las denuncias pertinentes y las acciones necesarias» si llevan a cabo dicha actividad.

Por suerte, mis amigos no dicen estupideces de la calaña de: «¿Pero en realidad somos libres en Estados Unidos?». Tengo una paciencia muy limitada para estos casos de miopía política.

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Estampas habaneras (VII)

19 de Mayo y Ayesterán
Teresa Dovalpage

Esta noche me doy cuenta de que me he pasado doce horas, entre pitos y flautas, hablando sólo inglés. Mi único contacto con el español ha sido por el Internet, los correos escritos y recibidos, ventanita internáutico-lingüística a mi lengua materna.

Y se me ocurre la idea de mandar un agradecimiento a mis antiguos maestros de la Facultad de Lenguas Extranjeras, donde hice la licenciatura. Pensamiento éste que me lleva de la mano al edifico situado en 19 de Mayo y Ayesterán. Como en la iglesia, los que allí estudiábamos inglés nos sentíamos un poco cómplices. No digo que no hubiera miembros de la juventud comunista ni militantes del partido, que sí que los había, sin dudas…Pero en el aire se respiraba un no sé qué de rebelde, de sedicioso casi, que causaba el reunirse a estudiar, a mediados de los ochenta, el idioma del enemigo…

A la entrada del edificio, una guardiana encuadernada en gris requería, invariablemente, la tarjeta de identificación. Si llegaba una tarde a clase (lo cual era mi caso, casi siempre) tenía que rebuscar entre libros y cuadernos hasta que aparecía el desangelado carnecito. A la derecha, una cafetería huérfana de todo lo que no fuese pan con croquetas y refresquitos tibios. Al fondo del pasillo, la biblioteca viuda de periódicos en los idiomas que se enseñaban en la facultad…

En el primer piso nos enracimábamos los estudiantes de primer año, no sé si por casualidad o ingeniado diseño. Y aquí me acuerdo de la Cuqui Cueto, de excelente pronunciación y melenita oscura a la Edith Piaf que supe luego recaló en Miami. La Cuqui usaba un proyector de vistas fijas con la familia Turner para enseñarnos los misterios fonéticos de la “s” al inicio de una palabra: “And this is Spot, the dog”.

En el segundo piso estaba el lounge de los maestros, donde una vez oí decir a uno que prefiero no mencionar: “Ojalá que se caiga este edifico y nos reviente a todos de una vez”, maldición gitana que se me clavó en la memoria por años y hasta ha asomado la nariz en alguna de mis novelas.

Más tarde tuve otros maestros: Ismael (he olvidado el apellido, que también se exilió), Sonia Dunn, María Cristina, Nancy Palacios… A todos ellos, que me enseñaron a masticar la lengua de Walt Whitman, a no usar double negatives, a escribir, a pensar and ultimately, a vivir en inglés, a big, thankful hug desde Taos, dondequiera que estén.

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De cómo Celia Cruz describió las relaciones entre los intelectuales de la isla y el exilio

Songo le dio a Borondongo.
Borondongo le dio a Bernabé.
Bernabé le pegó a Muchilanga,
le echó a
Burundanga, le jincha los pié.

—¿Por qué fue que Songo le dio a Borondongo?
—Porque Borondongo le dio a Bernabé.
—¿Por qué Borondongo le dio a Bernabé?
—Porque Bernabé le pegó a Muchilanga.
—¿Ay, por qué Bernabé le pegó a Muchilanga?
—Porque Muchilanga le echó a Burundanga.
—¿Y por qué Muchilanga le echó a Burundanga?

—Porque a Burundanga le jincha los pié.
¡Burundanga!
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Nota editorial

Los culpables es un libro certero y conciso que revela sus claves desde las primeras páginas. El equilibrado viaje entre el desgarro, el lirismo y la parodia es puesto en escena desde el primer poema, que retuerce al máximo las alusiones a otros exilios, otras vidas y otras tragedias que marcarán al resto de los textos aquí presentes. En este libro todo sucede con fina sutileza y a la vez no nos sentimos solos en el juego de interpretaciones que el autor nos sugiere. Estamos obligados a interpretar pero el autor no juega a falsos enigmas, sino que más bien se empeña en desentrañarlos apelando a sus diversos registros poéticos.

En medio de los versos hay alusiones veladas y no tan veladas a José Martí, a las fantasías de las izquierdas del siglo XX y a los desmanes del poder totalitario, a las letanías de las nuevas religiones que trastornan con una persistencia terrible la conciencia nacional de Cuba, y hasta a esos boleros que una y otra vez nos remiten a los seres amados. Este calculado despliegue tiene un único trasfondo que reaparece a lo largo del libro como el motivo de una sinfonía, recreado una y otra vez de maneras distintas. Este trasfondo, que no es nombrado de frente sino mediante el perfil de los sonidos y la palabra, nos remite por encima de todo al enigma de la palabra poética.
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Los culpables, según Teresa Dovalpage

En la perfección de sus rimas, Los culpables es el canto de los «endémicos de una isla repetida» y la crónica de una ciudad de esquinas rotas, nunca olvidada y vista desde la distancia. Impresionista, expresionista, hiperrealista… los versos de Romay nos transportan a las catedrales, tribunas y altoparlantes que formaban y forman los costillares de La Habana. Hay despedidas y recuerdos, referencias a Borges, Goya y a ciertas fobias que son un gusto de desentrañar. Y, a fin de cuentas, ¿quiénes son los culpables? Entre líneas aflora la respuesta.

Teresa Dovalpage (autora de Muerte de un murciano en La Habana —finalista al Premio Herralde de novela—, Posesas de La Habana y A Girl Like Che Guevara).
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