Mi querida Teresa Dovalpage está de cumpleañera. Lo celebro, en la distancia, publicando un fragmento de su Muerte de un murciano en La Habana, desopilante novela que resultara finalista al prestigioso Premio Herralde.
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El avión de Iberia se detuvo con un estrepitoso estornudo de sus motores. Los pasajeros dejaron escapar el suspiro de alivio que hasta los trotamundos más traqueteados sueltan cuando termina de una buena vez la operación de aterrizaje. La voz de la aeromoza anunció que se podían desabrochar los cinturones de seguridad. Un español joven, de carita bermeja e imberbe y pelo azafranado, comentó en voz alta:
—Los cinturones de castidad, guapa, que el noventa por ciento de los tíos venimos a Cuba a follar.
Su compañero de asiento le lanzó una mirada de desprecio. Se llamaba Pío Ponce de León y era natural de Murcia. Tendría unos sesenta años bien vividos y aspecto simpático, con su pelo canoso y su barbita cuidada. Hay vejetes con caras de sátiros y de camajanes, pero aquel señor tenía tal tipo de patriarca viejotestamentero que se podía adornar un altar barroco con él. Se daba un aire al Retrato de Juan Martínez Montañés pintado por Velázquez, aunque sin bigotazos.
Al fin abandonaron la cabina, olorosa a goma de mascar, a café y a alientos acumulados durante nueve horas de viaje contra las manecillas del reloj. Pío, cargando su maleta de cuero y arreglándose la solapa, salió a la claridad de la tarde cubana. El aire tibio y húmedo lo envolvió como una secreción vaginal.
—Hala, ahora ¡a luchar con la burocracia! —comentó el rubio de los cinturones de castidad—. Veréis que llegamos a la Aduana y nos tienen tres horas de plantón.
—Para al final decirnos que debemos pagar un impuesto extra si queremos que nos dejen entrar —añadió otro pasajero.
Pío se les adelantó. Había oído suficiente sobre la falta de seriedad de los cubanos, pero contaba con que al menos uno de los subgerentes de Águila y Compañía, la empresa que venía a dirigir, estuviera esperándolo. En Madrid le advirtieron varias almas caritativas que evitase por todos los medios tomar un taxi en el aeropuerto de La Habana.
Su llegada coincidió, por malandanzas del azar, con la de un vuelo de Miami. Pío pasó cincuenta minutos en la fila de Aduana haciendo una sarta de comentarios mentales, soeces los más, sobre la isla cuyo suelo pisaba por primera vez.
Afuera lo esperaban no uno, sino dos subgerentes. Porque en Cuba, cuando hay que ir a buscar a alguien al aeropuerto, todo el mundo se pega. A ver si se le pega algo. Incluso van los que no tienen necesidades apremiantes, como es el caso de quienes trabajan para corporaciones extranjeras y cobran siquiera una miajita en dólares.
Iván Claro y José Trinquete, empleados cubanos de Águila y Compañía, observaban desde la sala de espera a los pasajeros que salían de las oficinas de Aduana con aire de sonámbulos.
—Hay que tratar bien al tipango —comentaba Trinquete—, para que, si nota algo que no cuadre, no vaya a dar el chivatazo. Los mexicanos dicen que no se le va una con la contabilidad.
—No cojas lucha. Aquí descontabilizamos hasta a Einstein resucitado.
Una extranjera alta con un short cortísimo y una mochila enorme pasó junto a ellos. Iván Claro silbó admirativo y se quedó mirándola. La mujer le soltó una barbaridad en su idioma.
—Cuidado, mi hermano —le advirtió Trinquete con aire de cosmopolita—. ¿Tú no sabes que eso allá fuera se llama acoso sexual y es un delito?
—¿Qué acoso ni ocho cuartos? Ésa viene a Cuba buscando tranca, como todas las extranjeras. Con la fama que tenemos los Latin lovers… Es que la muy sanguangua no se dio cuenta de que le estaba dando la bienvenida.
—Por cierto, debimos haber traído una pancarta: A Pío, de la rama cubana de Águila y Compañía. Y muy especialmente, de Iván Claro y de José Trinquete.
—No seas tan lamepatas, tú.
Pío caminaba apresurado tras una mujer, pasajera del vuelo floridense, cuyas enormes posaderas se movían con la regularidad de un metrónomo bajo su falda a cuadros amarillos y blancos. El español había visto traseros grandes en su vida pero aquél era otra cosa. Superlativo. Colosal.
La fondillona había tenido que pagar un sobrepeso de quinientos dólares en la Aduana y empujaba trabajosamente un carrito con cuatro maletas llenas hasta los topes. Al doblar una esquina, las ruedas delanteras del carrito tropezaron con un desnivel del suelo. La mujer no se fue de boca contra los mosaicos sucios porque Pío se apresuró a sostenerla.
—¡Ay, carijo! ¡Gracias! Si no es por usted, me destarro.
Pío iba a seguir su camino cuando notó que algo redondo se desprendía de aquel trasero exuberante. Se le acercó y dejó escapar un grito:
—¡Señora, una cabeza!
Una cabeza, sí. Con pelo largo y rojo, como aureolada de sangre. El murciano se quedó inmóvil, sin atreverse a tocarla. Rápida, la fondillona la recogió y la embutió en una maleta.
—Oiga, no se asuste. Es una peluca que le traigo a mi hermana. Me la escondí en el blúmer para que los aduaneros no me hicieran pagarla al doble de lo que vale y saliera más caro el collar que el perro. Usted está buscando la salida, ¿verdad? —agregó, al notar el susto que no se le borraba a Pío de la cara—. Venga conmigo, que yo vengo todos los años y sé hasta dónde el jején puso el huevo en este aeropuerto José Martí.
—¡Ahí viene! —saltó Trinquete—. Ya le toca el turno… Ya le van a estampar el pasaporte. Oye, qué avejentado luce. Cuando lo conocí en la junta de Cancún era otra cosa. Hasta se está quedando calvo.
—Los años no pasan por gusto, compadre. Al que no le cae el pelo, se le cae el palo.
—Pero fíjate en el traje. Un Armani legítimo.
—Coñó.
Los brazos de los subgerentes cayeron sobre Pío como tentáculos amistosos, estorbándole la respiración. Los dos lo palmeaban eufóricos, hablándole al mismo tiempo y sin darle un segundo para contestar:
—¿No se acuerda de mí, Pío? Soy José Trinquete, hombre. Secretario de ventas. Nos conocimos en la convención de Cancún, en el noventa y seis.
—Y yo soy Iván Claro, para servirle.
—Lo invito a cenar a La Divina Pastora, el mejor restaurante de La Habana, en cuanto salgamos de aquí. Picadillo, arroz, frijoles negros, cervecitas Hatuey… A lo cubano, eh.
—¿Me permite cargarle la maleta?
—Pero usted está igualito, mi amigo. ¡Los años no lo tocan!
El coche de la empresa, un Nissan gris, se deslizaba por La Rampa. Al pasar por el parquecito de la calle 23, donde se ponen los artesanos a vender artefactos de subido color local, Pío asomó la cabeza por la ventanilla —el aire acondicionado no funcionaba— y preguntó:
—¿Y aquí qué hay? ¿Una feria?
—Más o menos. La gente se para ahí todos los sábados a vender porquerías: peinetas de carey, cocos pintados, camisetas con la cara del Che, negritas…
—¿Negritas? —se asombró el murciano—. ¿Chicas… de color?
Los cubiches soltaron la carcajada:
—No, mi socio —lo ilustró Trinquete, campechano—. Muñequitas. De trapo, ¿entiendes?
—Las de carne y hueso tienes que ir a buscarlas por el Malecón —puntualizó Iván Claro.
—A cincuenta la noche —agregó Trinquete—. Pero te puedo llamar a unas muchachitas ahí, de absoluta confianza y que te hacen de todo. Yo conozco a una mulata tetona que baila en Tropicana y que…
Pío hizo una mueca de disgusto.
—Gracias, pero no es necesario —contestó con la mayor sequedad posible—. Y si no os es molestia, prefiero que me dejéis en el hotel. Estoy demasiado cansado para ir a cenar, ¿vale?
Siguieron viajando en silencio.