Muerte de un murciano en La Habana (fragmento)

Muerte de un murciano en La Habana 1Mi querida Teresa Dovalpage está de cumpleañera. Lo celebro, en la distancia, publicando un fragmento de su Muerte de un murciano en La Habana, desopilante novela que resultara finalista al prestigioso Premio Herralde.

***

El avión de Iberia se detuvo con un estrepitoso estornudo de sus motores. Los pasajeros dejaron escapar el suspiro de alivio que hasta los trotamundos más traqueteados sueltan cuando termina de una buena vez la operación de aterrizaje. La voz de la aeromoza anunció que se podían desabrochar los cinturones de seguridad. Un español joven, de carita bermeja e imberbe y pelo azafranado, comentó en voz alta:

—Los cinturones de castidad, guapa, que el noventa por ciento de los tíos venimos a Cuba a follar.

Su compañero de asiento le lanzó una mirada de desprecio. Se llamaba Pío Ponce de León y era natural de Murcia. Tendría unos sesenta años bien vividos y aspecto simpático, con su pelo canoso y su barbita cuidada. Hay vejetes con caras de sátiros y de camajanes, pero aquel señor tenía tal tipo de patriarca viejotestamentero que se podía adornar un altar barroco con él. Se daba un aire al Retrato de Juan Martínez Montañés pintado por Velázquez, aunque sin bigotazos.

Al fin abandonaron la cabina, olorosa a goma de mascar, a café y a alientos acumulados durante nueve horas de viaje contra las manecillas del reloj. Pío, cargando su maleta de cuero y arreglándose la solapa, salió a la claridad de la tarde cubana. El aire tibio y húmedo lo envolvió como una secreción vaginal.

—Hala, ahora ¡a luchar con la burocracia! —comentó el rubio de los cinturones de castidad—. Veréis que llegamos a la Aduana y nos tienen tres horas de plantón.
—Para al final decirnos que debemos pagar un impuesto extra si queremos que nos dejen entrar —añadió otro pasajero.

Pío se les adelantó. Había oído suficiente sobre la falta de seriedad de los cubanos, pero contaba con que al menos uno de los subgerentes de Águila y Compañía, la empresa que venía a dirigir, estuviera esperándolo. En Madrid le advirtieron varias almas caritativas que evitase por todos los medios tomar un taxi en el aeropuerto de La Habana.

Su llegada coincidió, por malandanzas del azar, con la de un vuelo de Miami. Pío pasó cincuenta minutos en la fila de Aduana haciendo una sarta de comentarios mentales, soeces los más, sobre la isla cuyo suelo pisaba por primera vez.

Afuera lo esperaban no uno, sino dos subgerentes. Porque en Cuba, cuando hay que ir a buscar a alguien al aeropuerto, todo el mundo se pega. A ver si se le pega algo. Incluso van los que no tienen necesidades apremiantes, como es el caso de quienes trabajan para corporaciones extranjeras y cobran siquiera una miajita en dólares.

Iván Claro y José Trinquete, empleados cubanos de Águila y Compañía, observaban desde la sala de espera a los pasajeros que salían de las oficinas de Aduana con aire de sonámbulos.

—Hay que tratar bien al tipango —comentaba Trinquete—, para que, si nota algo que no cuadre, no vaya a dar el chivatazo. Los mexicanos dicen que no se le va una con la contabilidad.

—No cojas lucha. Aquí descontabilizamos hasta a Einstein resucitado.

Una extranjera alta con un short cortísimo y una mochila enorme pasó junto a ellos. Iván Claro silbó admirativo y se quedó mirándola. La mujer le soltó una barbaridad en su idioma.

—Cuidado, mi hermano —le advirtió Trinquete con aire de cosmopolita—. ¿Tú no sabes que eso allá fuera se llama acoso sexual y es un delito?
—¿Qué acoso ni ocho cuartos? Ésa viene a Cuba buscando tranca, como todas las extranjeras. Con la fama que tenemos los Latin lovers… Es que la muy sanguangua no se dio cuenta de que le estaba dando la bienvenida.
—Por cierto, debimos haber traído una pancarta: A Pío, de la rama cubana de Águila y Compañía. Y muy especialmente, de Iván Claro y de José Trinquete.
—No seas tan lamepatas, tú.

 
Pío caminaba apresurado tras una mujer, pasajera del vuelo floridense, cuyas enormes posaderas se movían con la regularidad de un metrónomo bajo su falda a cuadros amarillos y blancos. El español había visto traseros grandes en su vida pero aquél era otra cosa. Superlativo. Colosal.

La fondillona había tenido que pagar un sobrepeso de quinientos dólares en la Aduana y empujaba trabajosamente un carrito con cuatro maletas llenas hasta los topes. Al doblar una esquina, las ruedas delanteras del carrito tropezaron con un desnivel del suelo. La mujer no se fue de boca contra los mosaicos sucios porque Pío se apresuró a sostenerla.

—¡Ay, carijo! ¡Gracias! Si no es por usted, me destarro.

Pío iba a seguir su camino cuando notó que algo redondo se desprendía de aquel trasero exuberante. Se le acercó y dejó escapar un grito:
—¡Señora, una cabeza!

Una cabeza, sí. Con pelo largo y rojo, como aureolada de sangre. El murciano se quedó inmóvil, sin atreverse a tocarla. Rápida, la fondillona la recogió y la embutió en una maleta.

—Oiga, no se asuste. Es una peluca que le traigo a mi hermana. Me la escondí en el blúmer para que los aduaneros no me hicieran pagarla al doble de lo que vale y saliera más caro el collar que el perro. Usted está buscando la salida, ¿verdad? —agregó, al notar el susto que no se le borraba a Pío de la cara—. Venga conmigo, que yo vengo todos los años y sé hasta dónde el jején puso el huevo en este aeropuerto José Martí.

—¡Ahí viene! —saltó Trinquete—. Ya le toca el turno… Ya le van a estampar el pasaporte. Oye, qué avejentado luce. Cuando lo conocí en la junta de Cancún era otra cosa. Hasta se está quedando calvo.
—Los años no pasan por gusto, compadre. Al que no le cae el  pelo, se le cae el palo.
—Pero fíjate en el traje. Un Armani legítimo.
—Coñó.

Los brazos de los subgerentes cayeron sobre Pío como tentáculos amistosos, estorbándole la respiración. Los dos lo palmeaban eufóricos, hablándole al mismo tiempo y sin darle un segundo para contestar:

—¿No se acuerda de mí, Pío? Soy José Trinquete, hombre. Secretario de ventas. Nos conocimos en la convención de Cancún, en el noventa y seis.
—Y yo soy Iván Claro, para servirle.
—Lo invito a cenar a La Divina Pastora, el mejor restaurante de La Habana, en cuanto salgamos de aquí. Picadillo, arroz, frijoles negros, cervecitas Hatuey… A lo cubano, eh.
—¿Me permite cargarle la maleta?
—Pero usted está igualito, mi amigo. ¡Los años no lo tocan!

El coche de la empresa, un Nissan gris, se deslizaba por La Rampa. Al pasar por el parquecito de la calle 23, donde se ponen los artesanos a vender artefactos de subido color local, Pío asomó la cabeza por la ventanilla —el aire acondicionado no funcionaba— y preguntó:

—¿Y aquí qué hay? ¿Una feria?
—Más o menos. La gente se para ahí todos los sábados a vender porquerías: peinetas de carey, cocos pintados, camisetas con la cara del Che, negritas…
—¿Negritas? —se asombró el murciano—. ¿Chicas… de color?

Los cubiches soltaron la carcajada:

—No, mi socio —lo ilustró Trinquete, campechano—. Muñequitas. De trapo, ¿entiendes?
—Las de carne y hueso tienes que ir a buscarlas por el Malecón —puntualizó Iván Claro.
—A cincuenta la noche —agregó Trinquete—. Pero te puedo llamar a unas muchachitas ahí, de absoluta confianza y que te hacen de todo. Yo conozco a una mulata tetona que baila en Tropicana y que…

Pío hizo una mueca de disgusto.

—Gracias, pero no es necesario —contestó con la mayor sequedad posible—. Y si no os es molestia, prefiero que me dejéis en el hotel. Estoy demasiado cansado para ir a cenar, ¿vale?

Siguieron viajando en silencio.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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5 respuestas a Muerte de un murciano en La Habana (fragmento)

  1. ElcubanitoKc dijo:

    Genial, absolutamente. Y feliz cumpleaños a Teresa

  2. Loreta dijo:

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    ‘La Habana’: Música, santería y erotismo
    Luis Horacio Heredia | La Voz de Nuevo México

    9/20/2009 – 9/21/09

    Nueva York y La Habana son dos ciudades que siento conocer bastante bien aunque en realidad nunca he estado allí. Pero si para algo puede decirse que sirve la literatura es precisamente para conocer aquello con lo que no estamos familiarizados a través de los ojos y la pluma de quien escribe.

    Así, la Nueva York con la que me quedo es la que he conocido por las novelas de Henry Miller (Trópico de Capricornio) y Bret Easton Ellis (American Psycho). En cuanto a La Habana, sin duda las imágenes que con más fuerza acuden a mi memoria son las de Guillermo Cabrera Infante con su novela Tres tristes tigres, así como las de Pedro Juan Gutiérrez y su Triología sucia de La Habana, y ahora con las de Teresa Dovalpage y su libro, finalista del Premio Herralde de Novela (2006), Muerte de un murciano en La Habana.

    A la manera de Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, Teresa Dovalpage anuncia desde el título el trágico fin de uno de sus personajes, pero, al igual que el gran escritor colombiano, este elemento sirve a la narradora como un reto más, tanto para ella como para sus lectores, ya que al formular desde el inicio el desenlace de la historia la escritora se propone “atrapar” al lector por otros motivos, entre ellos el estilo de la escritura donde se mezcla el lenguaje popular de los barrios pobres de la capital cubana, la música salsa y los compases de la zarzuela, así como los monólogos interiores de los distintos personajes del libro que se entretejen con la narración en tercera persona para entregarnos un fresco lúdico, “ruinoso y ruidoso”, “desgarrado y deslenguado”, de la vida contemporánea de La Habana y sus alrededores.

    Pío, el murciano aludido del título, es un hombre sesentón que llega a Cuba para poner orden en una de las filiales de la empresa española para la que trabaja; no se trata, y él lo asume así, del típico extranjero que llega sólo para hacer turismo sexual en la Isla, sin embargo conforme pasa el tiempo le es imposible eludir el erótico ambiente caribeño y cae prendado de la belleza de Maricari, una joven ingenua y soñadora que a toda costa intenta evitar caer en las garras de la “jinetería” -oficio que parece inevitable para media población de La Habana debido a las terribles carencias económicas que padecen-, incluso en contra de los tiránicos y perversos esfuerzos de su madre, Concepción, para más señas conocida como la Mandonísima, quien sin empacho alguno rumia para sus adentros sobre la actitud de su hija:

    Pero qué clase de penca vino a salir de mis entrañas. ¡Qué estúpida, alabao! Se puso hecha una fiera porque le aconsejé que tratara de conquistar al gallego para que se la lleve a España con él. A ver qué tiene eso de malo. Por su bien la alecciono (…) Si yo no estuviera tan acabada podría enganchar al susodicho. Salsa y mendó me sobran. ¡Los que le faltan a mi hija! Picardía. Movimiento. Sandunga. Pero él estará buscando pasto tierno, como todos los extranjeros (…) Por eso se lo dije. Ponte, ponte para las cosas y amarra al viejo o te va a pasar igual que a tu abuela Cuquita y que al burro del cuento. Que cuando se estaban acostumbrando a vivir sin comer, se fueron de cabeza al otro barrio.

    Pero, para la desgracia de la madre, aparece otro personaje, quien a lo largo de las páginas de la novela se vuelve entrañable para Maricari y para el propio lector: Teófilo-Mercedes, la Espiritualísima, consultante de las almas, travesti, quien de manera misteriosa, como lo es el amor, se queda prendado de la jovencita, echando por la borda su relación con el Toro y sus consultas con tal de permanecer junto a esa muchacha que le hace sacar de lo más hondo de su ser toda la hombría de la que es capaz.

    Este triángulo amoroso (Pío-Maricari-Teófilo) -¿o deberíamos decir “cuadro amoroso” si pensamos en la constante intervención de la Mandonísima, la madre tirana quien a toda costa desea salir de la pobreza extrema?-, ofrece al lector grandes momentos de hilaridad, sensualidad y dramatismo, aderezado todo por un finísimo humor negro que hace de esta novela un libro excepcional, y que nos manifiesta el gran oficio de una escritora que al parecer nos tiene reservadas aún grandes sorpresas literarias. Enhorabuena.

    Puede comunicarse con Luis Horacio Heredia a luishh63@yahoo.com.mx

  3. Loreta dijo:

    No se si habias visto esta reseña que salio por tus tierras

  4. Barbarito dijo:

    Gracias a este libro descubrí a Teresa Dovalpage.
    Hoy puedo certificar que se trata de una BUENA escritora y una excelente persona.
    ¡Felicidades!

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