Mi hermano es hijo único

Anoche vimos Mio Fratello è Figlio Unico. Sin tiempo para reseñarla, doy mi veredicto: ¡corran a verla!
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Diario de Campaña de José Martí (XVI)

24.―Por el cañadón, por el monte de Acosta, por el roncaral de piedra roída, con sus pozos de agua limpia en que bebe el sinsonte y su cama de hojas secas, halamos, de sol a sol, el camino fatigoso. Se siente el peligro. Desde el Palenque nos van siguiendo de cerca las huellas. Por aquí pueden caer los indios de Garrido. Nos asimos en el portal de Valentín, mayoral del ingenio Santa Cecilia. Al Juan fuerte, de buena dentadura, que sale a darnos la mano tibia; cuando su tío Luis lo llama al cercado:―“¿Y tú por qué no vienes?” ¿Pero no ve como me come el bicho?” El bicho―la familia―¡Ah, hombres alquilados, salario corruptor! Distinto, el hombre propio, el hombre de sí mismo. ¿Y esta gente? ¿qué tiene que abandonar?¿La casa de yagua, que les da el campo, y hacen con sus manos? ¿Los puercos, que pueden criar en el monte? Comer, lo da la tierra; calzado, la yagua y la majagua; medicina, las yerbas y cortezas; dulce, la miel de abejas.―Más adelante, abriendo hoyos para la cerca, el viejo barbón y barrigudo, sucia la camiseta y el pantalón a los tobillos―y el color terroso y los ojos viboreznos y encogidos:―¿Y ustedes qué hacen? “Pues aquí estamos haciendo estas cercas.”―Luis maldice y levanta el brazo grande por el aire.―Se va a anchos paso, temblándole la barba.

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EMR, El Mensaje de Ramón

Amigos: El viernes 25, a las seis de la tarde, presentaré mi antología poética Nunca canté en Broadway (publicada por la editorial Linkgua, de Barcelona), precisamente cerca de Broadway, en la Universidad de New York. Quedan todos convocados, invitados y avisados. Caso de no poder asistir por graves dolencias como encontrarse en París, Madrid, Miami o Pekín, avísenles a sus amigos y seres queridos, incluso a gente que conozcan poco pero que suelan frecuentar Manhattan y sus alrededores. Cooperen con el artista cubano. Reenvíen este correo a todos los que puedan. Y todos los que puedan difundir mi mensaje de paz y esperanza a través de otros medios, escritos, radiales, vecinales o telepáticos, también hagan algo por este poeta que algún día se mezclará a la tierra, si no es que antes se lo comen los caníbales.

Agradecido de antemano, queda de todos,
Ramón

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Salutación de Ochosi

Transcribo un poema inédito de Ramón Fernández Larrea. Y reitero la invitación a su lectura, mañana en NYU.

***

SALUTACIÓN DE OCHOSI

la palabra palíndrome la más sangrienta contubernio
la palabra poder que huele a lejanía
la que cercena y se posa en las ramas
otra que me dijeron al borde del mar

la palabra imposible oreja no respires
la que te aprieta en un zapato marrón

la palabra enemigo la malapalabra enemigo
la dolorosa palabra enemigo
como una lanza un dardo en la oscuridad del planeta
el bisturí que poda tus razones
y con ella
el nido de ave libre que te ampara

la palabra distancia con su costado enfermo
la palabrita carta que no llega
o llega balbuceando con el amor ya viejo
la palabra peligro esa que pone cepos
alambradas enormes ante el sol

y renuncia y confianza y dignidad
como vestidos de una rancia tela
despedazada humeante por la ciénaga
de quien la pone en vientre ajeno

la palabra jamás
que debe ser tachada
de la garganta de los reptiles
la palabra sudario la palabra extranjero
cuando hay caminos que llevan al hombre
y si no llevan la ilusión alcanza

la palabra vecino la palabra alcatraz
que sobrevuela a los marinos
la palabra traidor esa grotesca navaja
la palabra estoy solo la palabreja adiós
hierbas de cruel incendio malparidas

y las otras que inventa la muerte
y esta mañana no las sé
encerrado en mi selva
con una luna que gotea.

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Diario de Campaña de José Martí (XV)

23.―A la madrugada, listos; pero no llega Eufemio, que debía ver salir a los exploradores, ni llega respuesta de la fuerza. Luis va a ver, y vuelve con Eufemio. Se han ido los exploradores. Emprendemos marcha tras ellos. De nuestro campamento de dos días, en el Monte de la Vieja, salimos monte abajo, luego. De una loma al claro donde se divisa, por el Sur, el palmar de San Antonio, rodeado de jatiales y charrascos, en la hoya fértil de los cañadores, y a un lado y otro montes, y entre ellos el mar. Es monte, a la derecha, con un tajo como de sangre, por cerca de la copa, es Doña Mariana, ése, al Sur, alto entre tantos, es el Pan de Azúcar. De 8 a 2 caminamos, por el jatial espinudo, con el pasto bueno, y la flor roja y baja del guisaso de tres puyas: tunas, bestias sueltas. Hablamos de las excursiones de Gómez cuando la otra guerra.―Gómez elogia el valor de Miguel Pérez: “dio un traspiés, lo perdonaron, y él fue leal siempre al gobierno”; “en una yagua recogieron su cadáver; lo hicieron casi picadillo”; “eso hizo español a Santos Pérez”.―Y al otro Pérez, dice Luis, Policarpo le puso las partes de antiparras. “Te voy a cortar las partes”, le gritó en pelea a Policarpo.― “Y yo a ti las tuyas.” Y se las puso.―“Pero ¿por qué pelean contra los cubanos esos cubanos? Ya veo que no es por opinión ni por cariño imposible a España.”―“Pelean esos puercos, pelean así por el peso que les pagan, un peso al día menos el rancho que les quitan. Son los vecinos malos de los caseríos, o los que tienen que pagar un delito a la Justicia, o los vagabundos que no quieren trabajar, y unos cuantos indios de Baitiquirí y de Cajuerí.” Del café hablamos, y de los granos que lo sustituyen: el platanillo y la boruca. De pronto bajamos a un bosque alto y alegre, los árboles caídos sirven de puente a la primer poza, por sobre hojas mullidas y frescas pedreras, vamos, a grata sombra, al lugar de descanso: el agua corre, las hojas de la yagruma blanquean el suelo, traen de la cañada a rastras, para el chubasco, pencas enormes, me acerco al rumor, y veo entre piedras y helechos, por remansos de piedras finas y alegres cascadas, correr el agua limpia. Llegan de noche los 17 hombres de Luis, y él, solo, con sus 63 años, una hora adelante: todos a la guerra: y con Luis va su hijo.

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Todos los bastones el bastón

Leer las siguientes variaciones con la cadencia y entonación adecuadas:

Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura.
(Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura).
(¿Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura?).
(¡Guillermo Cabrera Infante goza con el ejercicio de la reescritura!).
¡Goza, Guillermo! ―Cabrera Infante― con el ejercicio, (de) la reescritura.
Guillermo Cabrera Infante, ¿goza? (¿con el ejercicio de la reescritura?).
Con el ejercicio… de la reescritura… Guillermo (Cabrera Infante)… goza.
Guillermo Cabrera Infante ―“con el ejercicio”―, ¿goza de la reescritura?
Guillermo goza con el Infante de Cabrera. ¿Ejercicio? ¡La reescritura!

Combinar hasta el infinito.

El ejercicio anterior pretende imitar modesta, tímidamente ―y quizá de forma hermética (o sea, usando las mismas palabras y sólo cambiando la intención, la sintaxis y la puntuación de la frase subvertida)― una de las técnicas favoritas de GCI: la recreación ―que es serpiente bífida: por una parte, proceso cíclico y serio (es decir, acto creativo que se repite, es decir, re-crea) y, por otra, bachata caribeña total (esto es, esparcimiento, playtime, recreo).

Si bien es cierto que en Vista del amanecer en el trópico —sobre el cual Encuentro de la Cultura Cubana me publicara este ensayo, en el número 34-35 de la revista—, el ejercicio de la reescritura es sublimado ―el autor, mediante la confrontación, el comentario y la compresión del corpus histórico-literario que le antecede, reescribe la Historia de Cuba, valiéndose exclusivamente de 101 viñetas (a falta de mejor nombre)―, es en Tres tristes tigres, su temprana consagración de la primavera isleña, donde el Infante lleva esta práctica a los límites del paroxismo.

Particularmente en dos instancias de TTT el palimpsesto se convierte en eje del libro, logrando que el leitmotif de la traducción (literaria, vernácula) y el pun-ible, pún-ico, pun-itivo, pun-tiagudo, pun-tual, pun-zante juego de palabras (puns are punishment, recuerda su traductora, Suzanne Jill Levine) ―ambos, grandes temas centrales del libro, esencia de una línea roja y traviesa que atraviesa la travesía del afligido y sin trigal trío de tigres― por momentos queden subordinados a esta técnica/ temática: la reescritura.

A pesar de lo que se pierde, debate, recupera a medias, tergiversa y disputa en las traducciones al español de los recuentos del señor y la señora Campbell ―y la consiguiente controversia que establecen sus voces en la sección «Los visitantes» (de TTT)―; a pesar del alevoso crimen de literalidad que, por momentos, comete el traductor de dichos textos; a pesar de las innecesarias note a pié di pagina que complementan, obstaculizan, aligeran, alargan sus narraciones; a pesar de las bastardillas usadas (en franca mímica del idioma inglés) en palabras y frases en español; a pesar de los neologismos, las voces tomadas en préstamo de otras lenguas, los anglicismos, los afrancesamientos, las expresiones en italiano; a pesar de que los reparos y correcciones de dichos visitantes respecto al misterioso bastón son obvias traducciones de textos originalmente escritos en la lengua de Alice in Wonderland, lo que define a este vasto fragmento (la imagen no es mía) de TTT es la existencia y el empeño por legitimarse ―pues se agolpan unas con otras/ y por eso no se matan― y, de esa forma, convertirse en realidad absoluta que demandan cada nueva traducción, cada nueva (sub)versión narrativa, cada nuevo ejercicio de reescritura.

El señor y la señora Campbell vuelven, una y otra vez, sobre sus pasos con tal de presentar sus versiones de los hechos y rectificarse el uno a la otra y viceversa; esto, en aras de establecer una verdad única («o si lo prefieren, húnica», como quería GCI) y, de paso, ganar la confianza del lector. Pero mientras la controversia (sobre la identidad, más bien, la trayectoria del bastón) acontece, dicho lector será testigo de las huellas que dejan los escritos de uno en la réplica de la otra (y a la inversa) y de cómo se reflejan ―juego de espejos que propone GCI, admirador confeso de Lewis Carroll― la anécdota de la visita a La Habana en ambas voces, en sus reparos, en sus correcciones.

La otra instancia de TTT en la que la reescritura toca su clímax es «La muerte de Trostky referida por varios escritores cubanos, años después ― o antes», en donde Cabrera Infante ―camaleón entre camaleones― cambia los colores de su prosa hasta asimilar e incorporar orgánicamente a su obra estilos tan variopintos como los de José Martí, el otro José (Lezama Lima), Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Lino Novás, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén.

En esta ocasión la reescritura viene convoyada (con perdón) de una ―podría decirse elástica― capacidad de mimesis, que le permite al autor vestir la piel de estos significativos, disímiles y perfectamente reconocibles escritores cubanos. (A la par que los homenajea ―a algunos―, parodia despiadadamente sus tics narrativos). Para tal faena, GCI toma como punto de partida textos ―mejor aún, modelos literarios concretos― pre-existentes.

Cabrera Infante no sólo arranca de estos textos-modelos y, mientras avanza en la narración les cambia el derrotero, sino que desde el principio agarra el sartén por el mango, ciñe las riendas y se apropia completamente de lo que escribe. Y, entonces, escribe como Guillermo Cabrera Infante ―al respecto, entrevisto por Carlos Alberto Montaner en su libro De la literatura considerada como una forma de urticaria, señaló: «Yo no creo tener un estilo propio, si la noción de estilo significa algo más que el nombre que le damos a nuestras limitaciones. Es decir, quisiera no padecer esas limitaciones. De ahí mi amor por la parodia, que no es más que un ejercicio en apropiarse del estilo de los otros.»―, a la par que escribe como cada uno de los cubanos que usa para referir (años antes o después) la muerte del anarco.

En esta sección de Tres tristes tigres, el autor fusiona, de Martí, sus «Tres héroes» con «Los zapaticos de rosa» y el resultado es una pieza digna del mejor Modernismo: «Los hachacitos de rosa»; la carne de Trostky sangra como lo haría La carne de René, en «La tarde de los asesinos», que es su asimilación ―ah, la antropofagia― de la obra de Virgilio Piñera; donde Lino Novás Calvo alertaba: «¡Trínquenme ahí a ese hombre!», GCI le da nombre y rostro al sujeto anónimo al parafrasear: «¡Trínquenme ahí a ese Monard!»; El ocaso, de Alejo Carpentier ―escritor barroco francés del siglo XIX que escribe en español en el siglo XX, según Montaner― se transmuta en «El acoso»; y la (forzada) elegía de Guillén (Nicolás) a su Capitán Stalin queda convertida en loa al asesino Monard; mientras que de Lydia Cabrera y de Lezama Lima retoma su negritud (en ella) y su manera paradisíacamente esotérica de entender, procesar y exponer sus respectivas aristas de la realidad.

Cabrera Infante ―en entrevista concedida a Carlos Alberto Montaner en el libro antes citado― admite que: «Escribir es siempre luchar por darle forma a lo informe, ordenar un poco el caos. En ese sentido siempre me interesarán los problemas formales, que son los problemas de verdadero fondo». Pero lo cierto es que a GCI sólo le interesaban los problemas de verdadero fondo (no importa si estos fueran de carácter formal o conceptual). Sus trampas visuales (especialmente en TTT) ―entre ellas: el bustrófedon, las páginas en blanco, la página negra, la página que se mira en el espejo, el palíndromo―, sus trucos sonoros ―el trabalenguas, las trascripciones fonéticas del «cubano oriental» («La dejé hablal así na ma que pa dale coldel»), «el idioma habanero», el uso de la música (sobre todo en la parcela «Ella cantaba boleros»)―, sus juegos gráficos ―manipulaciones de las palabras dádiva, elevador, et al―, sus mañas lingüísticas ―el bilingüismo (a ratos, poliglotismo), las trascripciones fonéticas de los antedichas variantes del español cubano: la oriental y la habanera― merecen tanta consideración y crédito como la más audaz de sus hazañas conceptuales.

Si bien es cierto que, como afirma Jill Levine en The Subversive Scribe, «toda escritura es reescritura», cabría añadir que, definitivamente, toda reescritura es escritura y, por ende toda reescritura es, además, reescritura.

Y es en esta categoría ―escritura que es reescritura, reescritura que es escritura y el cúmulo de combinaciones posibles― donde, de una vez y por todas, Guillermo Cabrera, nuestro Infante, se alza de una vez y para siempre con la corona al mejor espécimen del género.

Alexis Romay
Nueva Jersey, abril de 2008

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No ebrios

Transcribo un poema inédito de Ramón Fernández Larrea. Al Vate: ¡gracias por la primicia!

***

NO EBRIOS

se ruega a los hombres que dejen de arder
se les conmina a lanzar su memoria
lejos de los tizones y si en esos recuerdos
vienen mujeres o dolor no entren

se le ordena a ese andrajo que se ha lanzado a zigzaguear
que pare en firme y se quite las alas
las carreteras no son para el vuelo
las mesas están preparadas para la tristeza
es allí solamente que se permite llorar
junto a un vaso el cenicero una luz azul que muerde el corazón
el gobierno se compromete a mantener la penumbra
a amenizar los desgarramientos con tangos y boleros
a romperle las cartas que no indiquen precisamente desamor

se indica en los carteles que la felicidad ha de cumplir normas y horarios
inscriba en esta planilla su amor perdido
su hijo lejano su madre casi muerta
el número de algo realmente imposible
llámese hambre o cielo nómbrese del tamaño que sea
tenemos una oferta bastante especial para cadáveres que no cesan
las pasiones de infancia irán aparte cuidamos la clientela
favor no mezclar recuerdos y deudas
se nos hace difícil clasificar penas y olores

sugerimos que no se llegue al extravío
nuestra misión es que pueda sufrir con absoluta tranquilidad
siempre en ligeras dosis siempre dejando un hueco al prójimo

se sugiere con absoluta convicción
que admitimos sólo a quienes cumplan lo previsto
la desesperanza ha de tener un orden lógico
beodos hijos de la noche hombres tristes
ligeramente desgarrados
prohibido protestar cuando cerremos
el patrón les regala esta ronda
se ordena que regresen mañana o pasado
con un desgarramiento mejor.

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Nunca canté en Broadway

Hay gente que no necesita presentación. Ramón Fernández Larrea es uno de esos seres. Pero como siempre hay alguien que se queda dormido al volante, afirmo a los cuatro vientos que:

Ramón Fernández Larrea (Bayamo, Cuba, 1958) es poeta, humorista, realizador de radio, cine y televisión. Su obra poética abarca los siguientes títulos:

· El pasado del cielo (Ediciones Unión, La Habana, 1987), Premio Nacional de Poesía «Julián del Casal», Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1985.
· Poemas para ponerse en la cabeza (Editora Abril, La Habana, 1989), Premio XX Aniversario El Caimán Barbudo, La Habana, en 1986.
· El libro de las instrucciones (Colección Ciclos, UNEAC, La Habana, 1991).
· Manual de pasión (Universidad de Guadalajara, México, 1993).
· El libro de los salmos feroces (Ediciones Extramuros, La Habana, 1995).
· Terneros que nunca mueran de rodillas (Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 1998), Premio de poesía Julio Tovar en 1997.
· Cantar del tigre ciego (Editorial Arlequín, Libros del arrayán, Guadalajara, México, 2001).

De Fernández Larrea supe por primera vez en La Habana de finales de los ochenta. Si la memoria no me falla, la cita era en Radio Ciudad, a las cinco. La excusa: El Programa de Ramón. Con aquella mezcla de humor, frescura, irreverencia, buena música y su toque de erudición, EPR ―como los iniciados (y el propio autor) llamábamos al programa― era el mejor aliciente para aplacar el tedio de aquellas tardes de bochorno insoportable. Y así fue hasta la dichosa hora en que sin mucho miramiento ni explicaciones lo sacaron del aire. Volví a saber de Fernández Larrea luego de década y media, gracias a sus proverbiales epístolas a ciertos arquetipos cubanos ―su carta al oso Prudencio es buen botón de muestra―, que eran publicadas en Encuentro en la red. (Dichas cartas me hicieron lector asiduo del diario y, con el tiempo y un ganchito, me incitarían a colaborar en sus páginas).

Ahora ando de plácemes: el próximo viernes (25 de abril), Fernández Larrea presentará Nunca canté en Broadway, una antología personal de su poesía, en New York University. La lectura estará moderada por otro ilustre que tampoco necesita presentación: Enrique del Risco. La cita es a las 6 pm, en el 19 de University Place, salón 222. Quedan todos invitados.

Pero, marquen, que hay cola.

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Diario de Campaña de José Martí (XIV)

22.―Día de espera impaciente.―Baño en el río, de cascadas y hoyas y grandes piedras, y golpes de cañas a la orilla. Me lavan mi ropa azul, mi chamarreta. A mediodía vienen los hermanos de Luis, orgullosos de la comida casera que nos traen: huevos fritos, puerco frito y una gran torta de pan de maíz. Comemos bajo el chubasco; y luego de un macheteo, izan una tienda, techada con las capas de goma. Toda la tarde es de noticias inquietas: viene desertado de las escuadras de Guantánamo un sobrino de Luis, que fue a hacerse de arma, y dice que bajan fuerzas; otro dice que de Baitiquirí,―donde está de teniente el cojo Luis Bertot, traidor en Bayamo,―han llegado a San Antonio, dos exploradores, a registrar el monte. Las escuadras, de criollos pagados, con un ladrón feroz a la caza, hacen la pelea de España, la única pelea temible en estos contornos. A Luis, que vino al anochecer, le llegó carta de su mujer: que los exploradores,―y su propio hermano es uno de ellos―van citados por Garrido, el teniente ladrón, a juntársele a la Caridad y ojear a todo Cajuerí; que en Vega Grande y los Quemados y en muchos otros pasos nos tienen puestas emboscadas.―Dormimos donde estábamos, divisando el camino.―Hablamos hoy de Céspedes y cuenta Gómez la casa de portal en que lo halló en las Tunas, cuando fue, en mala ropa, con quince rifleros a decirle cómo subía, peligrosa, la guerra desde Oriente. Ayudantes pulcros, con polainas.―Céspedes: kepis y tenacillas de cigarros. La guerra abandonada a los jefes, que pedían en vano dirección, contrastaba con la festividad del cortejo tunero. A poco el gobierno tuvo que acogerse a Oriente.―“No había nada, Martí”―ni plan de campaña ni rumbo tenaz y fijo.―Que la sabina, olorosa como el cedro, da sabor y eficacia medicinal, al aguardiente.―Que el té de yagruma,―de las hojas grandes de la yagruma,―es bueno para el asma.―Juan llegó, el de las escuadras, el vio muerto a Flor, muerto, con su bella cabeza fría, y su labio roto, y dos balazos en el pecho; el 10 lo mataron. Patricio Corona, errante once días de hambre, se presentó a los voluntarios. Maceo y dos más se juntaron con Moncada. Se vuelven a las casas los hijos y los sobrinos de Luis. Ramón, el hijo de Eufemio, con su suave tez achocolatada, como bronce carmíneo, y su fina y perfecta cabeza, y su ágil cuerpo púber,―Madgaleno, de magnífico molde, pie firme, caña enjuta, pantorrilla volada, muslo largo, tórax pleno, brazos graciosos, en el cuello delgado la cabeza pura, de bozo y barba crespa―el machete al cinto y el yarey alón y picudo.―Los duerme con nosotros.

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Candil de la calle

Hoy amanecí tarareando una canción de Raúl Torres. La escuché por primera vez quizá en el otoño de 1991. Días más tarde, conocería a su autor e intérprete en una de las descargas que pululaban en La Habana alternativa de esos años. Creo que el encuentro fue en el Café Alhambra —¿del cine Payret?—. Al terminar el concierto, veintitantos insomnes nos reunimos en el césped del Capitolio a cantar nuestro descontento. Pero tanto acorde disminuido, tanto pelo largo y tanta letra inconforme estaban destinados a durar lo que la alegría en casa del pobre. Al poco rato, llegó un policía a interesarse por la identidad y el origen de los allí congregados. Alguien dijo que éramos miembros de la Asociación Hermanos Saíz —lo que era, en el mejor de los casos, una verdad a medias—. El cuadrúpedo respondió con una pregunta: «¿Que ustedes son hermanos de quién?». Risas. Energúmeno acomplejado. Congregación disuelta.

“Candil de nieve” marcó mi iniciación en la guitarra y hasta hace una década la tocaba, con mil forros, en do mayor. Hace años no comulgo con la estética lacrimosa de la Nueva Trova, sin embargo, todavía recuerdo con gratitud la «fuga catatónica, nocturna» con la que —en aquella Habana plagada de candiles de cera— nos quisiera alumbrar Raúl Torres.
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Diario de Campaña de José Martí (XIII)

21.―A las 6 salimos con Antonio, camino de San Antonio. En el camino nos detenemos a ver derribar una palmera, a machetazos al pie, para coger una colmena, que traen seca, y las celdas llenas de hijos blancos. Gómez hace traer miel, exprime en ella los pichones, y es leche muy rica. A poco, sale por la vereda el anciano negro y hermoso, Luis González, con sus hermanos, y su hijo Magdaleno, y el sobrino Eufemio. Ya él había enviado aviso a Perico Pérez, y con él, cerca de San Antonio, esperaremos la fuerza. Luis me levanta del abrazo. ¡Pero qué triste noticia! ¿Será verdad que ha muerto flor, el gallardo Flor?―¿que Maceo fue herido en traición de los indios de Garrido; que José Maceo rebanó a Garrido de un machetazo? Almorzábamos buniato y puerco asado cuando llegó Luis―ponen por tierra, en un mantel blanco, el casabe de su casa. Vamos lomeando a los charrascales otra vez, y de lo alto divisamos el ancho río de Sabanalamar, por sus piedras lo vadeamos, nos metemos por sus cañas, acampamos a la otra orilla.―Bello, el abrazo de Luis, con sus ojos sonrientes, como su dentadura, su barba cana al rape, y su rostro, espacioso, sereno y de limpio color negro. El es padre de todo el contorno, viste buena rusia, su casa libre es la más cercana al monte. De la paz del alma viene la total hermosura a su cuerpo ágil y majestuoso. De su tasajo de vaca y sus plátanos comimos mientras él fue al pueblo, y a la noche volvió por el monte sin luz, cargado de vianda nueva, con la hamaca al costado, y de la mano el catauro de miel lleno de hijos.―Vi hoy la yaguama, la hoja fénica que estampa la sangre, y con su mera sombra beneficia al herido: “machuque bien las hojas y métalas en la herida; que la sangre se seca”. Las aves buscan su sombra.―Me dijo Luis el modo de que las velas de cera no se apagasen en el camino, y es empapar bien un lienzo, y envolverlo alrededor, y con eso, la vela va encendida y se consume menos cera. ―El médico preso, en la traición a Maceo, ¿no será el pobre Frank? ¡Ah,―Flor!

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Cambios en Cuba

Según El Nuevo Herald, se analizan las siguientes reformas:

– Libre arriendo de casas y habitaciones, tanto a extranjeros como a nacionales, y posteriormente la venta controlada de inmuebles por parte de sus propietarios registrados.

– Eliminación del decreto que limita el desplazamiento de los ciudadanos dentro del país, principalmente hacia La Habana.

– Compraventa sin restricción de automóviles que antes no tenían traspaso. Se estudia también la venta de autos por parte del gobierno.

Fotos: EFE.

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Las venas abiertas de Eduardo Galeano

Hizo época su máxima rojiza
y el furor de saberse en sus palabras
incitó violentos abracadabras,
algún acto de oprobio y su paliza.

Repitió su metáfora sangrante.
Fue best-seller de la inocencia ajena.
Su índice conjuraba la condena.
Su pulgar aplastaba al discrepante.

Equivocó lo diestro y lo siniestro…
Un cubano se opuso a sus mandatos
y encontró mucho exilio y pocas nueces.

La ironía hoy actúa en favor nuestro:
sus venas se abren sólo a los ingratos,
convierten sus victorias en reveses.

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Diario de Campaña de José Martí (XII)

20.―La marcha con velas, a las 3 de la mañana. De allí, Teodoro Delgado, al Palenque: monte pedregoso, palos amargos y naranja agria: alrededor casi es grandioso el paisaje; vamos cercados de montes, serrados, tetudos, picudos; monte plegado a todo el rededor; el mar al Sur. A lo alto, paramos bajo unas palmas. Viene llena de cañas la gente. Los vecinos: Estévez, Fromita, Antonio Pérez, de noble porte, sale a San Antonio. De una casa nos mandan café, y luego gallina con arroz. Se huye Jaragüita. ¿Lo azoraron? ¿Va a buscar a las tropas? Un montero trae de Imía la noticia de que han salido a perseguirnos por el Jobo. Aquí esperaremos, como lo teníamos pensado, el práctico para mañana. Jaragua, cabeza cónica. Un momento antes me decía que quería seguir con nosotros ya hasta el fin. Se fue a la centinela, y se escurrió. Descalzo, ladrón de monte, práctico español; la cara angustiada, el hablar ceceado y chillón, bigote ralo, labios secos, la piel en pliegues, los ojos vidriosos, la cabeza cónica. Caza sinsontes, pichones, con la lírica del lechuzo. Ahora tiene animales y mujer.―Se descalzó por el monte. No lo encuentran. los vecinos lo temen.―En un grupo hablan de los remedios de la nube en los ojos: agua de sal―leche del ítamo, “que le volvió la vista a un gallo”―la hoja espinuda de la romerilla “bien majada”―“una gota de sangre del primero que vio la nube”. Luego hablan de los remedios para las úlceras: la piedra amarilla del río Jojo, molida en polvo fino, el excremento blanco y pelado del perro, la miel del limón; el excremento, cernido, y malva. Dormimos por el monte en yaguas.―Jaragua, palo fuerte.

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La reina de los campos de Cuba

Damas y caballeros: con ustedes, la piña.
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