Diario de Campaña de José Martí (XIV)

22.―Día de espera impaciente.―Baño en el río, de cascadas y hoyas y grandes piedras, y golpes de cañas a la orilla. Me lavan mi ropa azul, mi chamarreta. A mediodía vienen los hermanos de Luis, orgullosos de la comida casera que nos traen: huevos fritos, puerco frito y una gran torta de pan de maíz. Comemos bajo el chubasco; y luego de un macheteo, izan una tienda, techada con las capas de goma. Toda la tarde es de noticias inquietas: viene desertado de las escuadras de Guantánamo un sobrino de Luis, que fue a hacerse de arma, y dice que bajan fuerzas; otro dice que de Baitiquirí,―donde está de teniente el cojo Luis Bertot, traidor en Bayamo,―han llegado a San Antonio, dos exploradores, a registrar el monte. Las escuadras, de criollos pagados, con un ladrón feroz a la caza, hacen la pelea de España, la única pelea temible en estos contornos. A Luis, que vino al anochecer, le llegó carta de su mujer: que los exploradores,―y su propio hermano es uno de ellos―van citados por Garrido, el teniente ladrón, a juntársele a la Caridad y ojear a todo Cajuerí; que en Vega Grande y los Quemados y en muchos otros pasos nos tienen puestas emboscadas.―Dormimos donde estábamos, divisando el camino.―Hablamos hoy de Céspedes y cuenta Gómez la casa de portal en que lo halló en las Tunas, cuando fue, en mala ropa, con quince rifleros a decirle cómo subía, peligrosa, la guerra desde Oriente. Ayudantes pulcros, con polainas.―Céspedes: kepis y tenacillas de cigarros. La guerra abandonada a los jefes, que pedían en vano dirección, contrastaba con la festividad del cortejo tunero. A poco el gobierno tuvo que acogerse a Oriente.―“No había nada, Martí”―ni plan de campaña ni rumbo tenaz y fijo.―Que la sabina, olorosa como el cedro, da sabor y eficacia medicinal, al aguardiente.―Que el té de yagruma,―de las hojas grandes de la yagruma,―es bueno para el asma.―Juan llegó, el de las escuadras, el vio muerto a Flor, muerto, con su bella cabeza fría, y su labio roto, y dos balazos en el pecho; el 10 lo mataron. Patricio Corona, errante once días de hambre, se presentó a los voluntarios. Maceo y dos más se juntaron con Moncada. Se vuelven a las casas los hijos y los sobrinos de Luis. Ramón, el hijo de Eufemio, con su suave tez achocolatada, como bronce carmíneo, y su fina y perfecta cabeza, y su ágil cuerpo púber,―Madgaleno, de magnífico molde, pie firme, caña enjuta, pantorrilla volada, muslo largo, tórax pleno, brazos graciosos, en el cuello delgado la cabeza pura, de bozo y barba crespa―el machete al cinto y el yarey alón y picudo.―Los duerme con nosotros.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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