Un café descafeinado

Cuento inédito de Frank Rivera *
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—Pero bueno —dijo el hombre mayor mientras untaba mantequilla a una hogaza de pan—, dime qué carrera te gustaría estudiar.
—Pues todavía no lo tengo decidido, abuelo –respondió el jovencito de cabellos oscuros y mirada penetrante—. Pero me gustaría ser anestesiólogo o si no ingeniero genético o piloto de aviación.
—¡Caramba! —dijo el hombre después de una pausa—. Perdóname, pero no veo la relación entre esas tres carreras. ¿Qué es lo que tienen en común que tanto te atraen?
—Bueno, es que son las carreras mejor pagadas del país. Con cualquiera de ellas se gana mucho más dinero que con las otras.
—¡Oh! Ya veo.
Hubo un silencio durante el cual el camarero trajo una ensalada de camarones para el hombre mayor y una hamburguesa para el jovencito.
—Y dígame una cosa, abuelo, ¿qué ha hecho por fin con el apartamento de Miami?
—¿El de la playa?
—Por supuesto. ¿Lo mantiene usted abierto?
—No. Está cerrado todo el tiempo. Sólo lo abro cuando voy allí.
—Usted lo compró por muy poco dinero, ¿verdad?
—Por casi nada.
—¿Y cuánto vale ahora?
—Yo no lo sé bien porque nunca lo he puesto en el mercado. Pero según las ventas de otros apartamentos de por allí pienso que hoy día podría valer por lo menos medio millón.
—¿Desean algo más los señores?
—Una sangría —dijo el jovencito.
El camarero se volvió hacia el hombre canoso con mirada inquisitiva.
—No, no —dijo el hombre—. Traígale una gaseosa y a mí déme un café descafeinado, por favor. Y de paso tráigame la cuenta, que mi avión sale ya pronto.
El camarero se alejó y en la mesa se hizo otro largo silencio, que el hombre mayor aprovechó para terminar su ensalada. En cambio, el jovencito apenas tocó su hamburguesa ni probó la gaseosa que le trajo el camarero.
—Y ese apartamento, ¿le quedará a alguno de sus hermanos? —dijo al fin.
—¡Pero, muchacho! ¿Cómo se te ocurre? Ese condominio está a tu nombre en mi testamento. Yo se lo había dejado a tu madre, que en paz descanse, pero luego… no me animé a dejárselo a su viudo, porque la verdad es que nunca me llevé bien con él. Así que de tu madre lo pasé a ti.
El hombre se interrumpió un momento, al sobrevenirle un fuerte ataque de tos.
—Abuelo, abuelo, ¿qué le pasa? ¿Se siente mal?
—No, no hijo, perdóname. Es un acceso de tos que me da de vez en cuando.
—Bueno, bueno, Menos mal… Y aparte de eso, es evidente que usted sigue bien saludable. ¿No es cierto?
—Sí, bueno, al parecer sí. Pero los médicos han descubierto que tengo una arritmia cardíaca bastante peligrosa. Claro que la mantengo a raya con estas medicinas que llevo aquí… Se llaman bloqueadores beta y ayudan a regular el ritmo de los latidos del corazón. Si uno no las toma el corazón se desboca y puede producirse lo que se conoce como una fibrilación ventricular. Es lo que los médicos llaman la “muerte eléctrica”. Por eso es que no pruebo el alcohol y sólo bebo café descafeinado. Pero mientras tome mis medicinas todo estará bien.
—Bueno, abuelo, dejemos el tema que es bastante deprimente —dijo el jovencito—. ¿Cuánto tiempo va a pasarse en las Azores?
—Pues no sé todavía. Quizá tres semanas, quizá un mes. Todo depende de cómo me sienta.
El camarero trajo una taza de café y la colocó frente al hombre, que apenas bebió un sorbo.
—Me gustaría invitarlo al almuerzo, abuelo. Pero ya sabe que mi situación económica es bastante difícil…
– Ya lo sé, muchacho. No tienes que recordármelo.
Por los altavoces se oyó el anuncio del abordaje de un avión hacia las Azores.
– No me queda más tiempo —dijo el hombre—. Tengo que pasar los registros de seguridad.
El camarero trajo la cuenta, el hombre la miró y dejó unos billetes sobre la mesa. Luego ambos comensales se levantaron y el jovencito ayudó al abuelo a colocarse al hombro un maletín.
Al levantarse el hombre y caminar hacia los registros de seguridad, una bolsita plástica se desprendió de su maletín y cayó al suelo.
El jovencito la vio, la levantó y estaba a punto de entregarla a su abuelo cuando se detuvo. A través del plástico transparente vio los nombres de dos medicinas, de ésas que sólo pueden comprarse con receta médica. Por la mente le pasó, fugaz como un relámpago, la idea de que podría tratarse de bloqueadores beta.
Quedó un momento inmóvil, con la mirada perdida entre el ir y venir de la muchedumbre en la terminal. Luego tiró la bolsita a un tacho de basura cercano y siguió caminando detrás del abuelo hacia los registros de seguridad.
_______

* Frank Rivera nació en Vertientes, Cuba, en 1938. Se graduó de bachiller en el Instituto de Camagüey en 1955 y recibió una maestría en filología románica de la Universidad de Munich en 1967. A partir de 1968, se desempeñó como periodista y editor de La Prensa Asociada en Nueva York.
Rivera es autor de dos volúmenes de Cuentos cubanos editados en Miami (1992, 1998), una novela, Las sabanas y el tiempo, que ha sido publicada en dos ediciones (1986, 2004), y un libro de texto, Introducción a la literatura española, impreso también en dos ediciones (1976, 1982).
Ha ganado además dos becas, la alemana del DAAD para estudiar en Munich (1962-67) y la literaria Cintas para escribir su novela (1980). Dos de sus cuentos obtuvieron primeros premios en concursos literarios hispanos de Estados Unidos (1997).
Desde su jubilación en el 2006, Rivera reside en Nueva York.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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2 respuestas a Un café descafeinado

  1. Guau, qué fuerte. Se jeringó el abuelo. ¡Me gustaría leer algo más de Frank!

  2. El Super dijo:

    A los miles de amigos de Belascoain y Neptuno; me acaban de informar que el próximo viernes de 9 de septiembre, del presente año, se proyectará en pantalla grande, en Tokio, Japón, mi humilde pelicula: ROSA AND THE EXECUTIONER OF THE FIEND/Rosa y el ajusticiador del canalla. Avísenle a todos los amigos nipones de por allá. Algo es algo ¿no?.

    Latin Jazz USA Productions.

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