El difunto Fidel C. (fragmento)

He tenido el privilegio de publicar en este blog varios textos —algunos inéditos— de mi querida Teresa Dovalpage. Hoy me complace presentarles un fragmento de su desopilante y ojalá muy pronto profética novela —por ese título tan inspirador— El difunto Fidel C.. ¡Buen provecho, comensales! Los dejo con el cadáver parlanchín.

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20110725-081457.jpg Fragmento de El difunto Fidel C.

Introducción: El protagonista, Fidel/Philip Carballo, relata desde el más allá sus aventuras y malaventuras a través de Encarnación Raynier de los Rosales (“médium escribiente, oyente y vidente, según reza su tarjeta de visita, muy bien impresa en cartulina mate”). Aquí Fidel/ Philip relata cómo conoció a Yordanka, que pronto se convertiría en algo más que una simple secretaria…

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Puse un anuncio “se busca secretaria” en El Nuevo Herald y la primera en llamar fue una muchacha, que, se notaba con sólo oírle la voz, era cubana hasta la médula. Mi plan original consistía en contratar a una americana para que me ayudase con el inglés. Y porque, nativa al fin, sabría más de negocios que cualquier inmigrante. Pero pensé que me hacía falta coger práctica en entrevistar candidatas y le di una cita a la compatriota.

Lo que me cayó en la oficina fue un monstruo. Un monstruo en minifalda roja, tacones de vértigo y una blusa tan ajustada que se le marcaban hasta unos pelitos negros que le crecían sobre las tetas talla treinta y ocho, copa D. El monstruo me extendió una hoja con su currículum, tan diminuto como grandes eran sus nalgas y, sin que nadie lo invitara, se sentó frente a mí con las piernas cruzadas. Para disimular le eché un vistazo al papelejo.

—Bueno, muchachita, veo que no tienes mucha experiencia en ventas ni en mercadotecnia —fue lo primero que le dije, cuando me recobré de la impresión.

—Oiga, compañe… perdón, señor, yo acabo de llegar de Cuba. Todavía tengo los pantalones empapados con agua del Caribe. No puedo saber na’ de merca… ¿cómo dice usted? mercatenia o lo que sea.

Me di cuenta de que aquello no tenía arreglo y para terminar rápido le pregunté:

—¿Sabes conducir? Porque moverse en carro es un requerimiento para este tipo de trabajo.

—Conduciendo vine. En el Nissan de un amigo mío, que si la mujer se entera de que me lo prestó, lo deja sin pelo. Y en cuanto tenga una oportunidad voy a sacar la licencia.

—¿Cómo te las arreglas con el inglés?

—Me defiendo. En el par de meses que llevo en Miami se me ha pegado algo con los programas de la tele. No se vaya a pensar que una es bruta. Yo tengo tremendo mendó, míreme. Míreme bien.

Ante tal estímulo le hice una radiografía visual sin ningún recato.

—Sí, se nota que tienes… tremendas aptitudes. ¿Cómo es que te llamas, mi amor?

—Yordanka López.

—Yordanka, oye eso. Ustedes los jóvenes se aparecen con cada nombrecito que no hay quién lo pronuncie.

—Por eso estoy pensando en cambiármelo a Jennifer, pa’ que me digan como a la JLo. Yo creo que nos parecemos un poco. Y hasta mis piernas son igualitas a las de ella, fíjese.

Conversamos un rato más y la aspirante a secretaria siguió engolosinándome con los atributos que la madre naturaleza le había derramado encima a raudales. Me contó que trabajaba en un restaurante de Hialeah como mesera, lavaplatos y lo que se terciara, pero estaba buscando algo que dejara más dinero y le diera oportunidades de prosperar. Tenía motivación y empuje, lo que le admiré tanto como los pezones pintiparados. En Cuba había sido técnica en protección e higiene del trabajo en una farmacia. Revisaba los extintores, vigilaba que el agua de los bebederos no tuviera cucarachas, reportaba si se tupía un inodoro… El típico convenio cubano de “yo hago como si trabajara y el administrador hace como si me pagara,” admitió. Entonces le eché un sermoncito para que supiera que las cosas eran diferentes aquí:

—Ése es un gran problema que traen ustedes, los exiliados nuevos. Están acostumbrados a recibir un sueldo, por escaso que sea, sin levantar un dedo. Métete en la cabeza que en La Yuma las cosas son distintas. En este país hay que sudar los dólares porque ningún administrador te los va a regalar.

Y hasta se molestó. Vaya, que le piqué el orgullo.

—¡Ya lo sé! Y no he venido a que me regalen nada. Tengo salud para trabajar, gracias a Dios y a la Virgen del Cobre, y muchas ganas de echar para alante. ¿No ve que estoy buscando empleo? ¡Yo no quiero pasarme la vida dependiendo del Güelfea, ni del gobierno ni de nadie!

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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