Al César lo que es del César

Hace poco menos de un mes, a propósito de un excelente artículo suyo, acordé con César Reynel Aguilera un intercambio de libros. El canje quedó a pedir de boca: imagino que ambas novelas se cruzaron en la frontera que delimita al Norte de su vecino del norte y, al cabo de una semana, ya había recibido mi ejemplar de R.U.Y., obra que recrea con estructura y prosa inolvidables cómo se vive y se muere en el país de las siglas.

No me extrañó en lo absoluto que la novela me enganchara desde la primera línea. Ya Aguilera había demostrado con creces su dominio del arte de narrar en infinidad de textos publicados en Penúltimos días, de los cuales “La ribera del tueste” acontece precisamente en el barrio que vio crecer a su protagonista, el nunca bien ponderado Ruy Urrutia Yánez. Lo que sí me llamó la atención fue el hecho de que una obra tan compleja se dejara leer con tanta facilidad. Compuesta de un mar de viñetas que relatan una multiplicidad de historias que van saltando de pasado a presente y viceversa con la precisión de un Rolex Air King (artefacto caro al protagonista), R.U.Y. es Rayuela, pero con sentido del humor.
Los personajes de Aguilera gozan de una profundidad abrumadora. Son más tridimensionales que gente con quien comparto café matutino e incontables reuniones. Hasta el gato tiene personalidad en este libro. (Esto es literal. Hay un gato que tiene personalidad).

A los incautos: abrir R.U.Y. es condenarse ―grata condena― a leer la novela de una sentada. Es rastrear La Habana en busca de un reloj maldito. Es ir a Angola a cazarle la pelea a Savimbi, o salir a repartir mil trompones y recibir otros tantos desde las alturas de Buenavista hasta las bajezas de Miramar. Es financiar una carrera de medicina con ciertos negocios turbios. Es sumergirse hasta el primer veril y no querer salir a por aire. Y es intimar con Ruy, Bettina, Humbertico, El Loco, El Puppy, Nieves la Negra y todo un catálogo tan diverso como verosímil de personas (que no personajes). Es intuir cómo piensan y qué les quita la picazón a estos seres que buscan aliviarse ese escozor que provoca el vivir rodeado de la maldita circunstancia y que sólo se puede curar, si acaso, con la única libertad que es posible alcanzar en la isla: esa que enarbola el sexo como bandera.

Pocos libros he recomendado en mi vida con tanta vehemencia.

***
Portada: «Venn con vista al mar», Jennifer Grossman
Publicado en Libros | 2 comentarios

Aberraciones de la naturaleza

Hojeando un libro al azar me entero de que en la variopinta fauna cubana hay un espécimen cuyo nombre científico es Cuban bearded anoles o, lo que viene a ser lo mismo: lagarto barbudo cubano.

Y yo que pensaba que lo había visto todo.

Publicado en Misceláneas | 2 comentarios

E(pistola)rio

Luego de irse por las ramas como sólo él sabe, en la soporífera Carta de Fidel al VII Congreso de la UNEAC, el susodicho se destaca una vez más por practicar su regla de oro: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. En esos lances, regala al respetable frases dignas de la antología universal del bostezo. Transcribo y comento las más curiosas:

«Las palabras bellas, necesarias como portadoras de ideas, no bastan; hacen falta meditaciones profundas».

El lector despierto notará que la frase anterior no es bella. Cabría añadir que tampoco es profunda.

Más adelante, luego de mencionar varios artefactos —de cuyo uso no se priva y entre los que se cuentan: «disco compacto, GPS y DVD, teléfono celular, fax, Internet, microonda, Facebook, cámara digital, correo electrónico», y un moderado etcétera— «que transformaron el mundo» —no escribe revolucionaron, pues sólo él tiene el copyright de la dichosa palabrita y sus disímiles derivados—, al referirse al uso de los mismos, dispara:

«Peor todavía: cada uno de ellos será sustituido por otro invento más efectivo y ya no puede siquiera garantizarse el secreto de lo que habla una pareja en el banco de un parque».

Llama la atención que quien sembró micrófonos ocultos a lo largo y ancho de la isla y pasó su vida obsesionado por enterarse de lo que se hablaba en cualquier banco de cualquier parque quiera a estas alturas garantizar la privacidad al pueblo que con tanto éxito y saña ha vigilado.

Va más allá. Sin sonrojarse, quien ha regido la vida en la isla y el máximo responsable de que ésta perdiera todo valor en sus confines, pregunta:

«¿Tiene algún sentido ese tipo de existencia que promete el imperialismo? ¿Quiénes rigen la vida de las personas?».

Después de anunciar que observa «al imperio y sus siniestros planes» y antes de regalar a la audiencia un fuerte abrazo —que, dadas las circunstancias, intuyo enclenque—, el Regidor en Jefe traza una vez más la línea entre el Bien y el Mal, modificando aquel dictum tristemente célebre —«dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada»— con el descafeinado: «todo lo que fortalezca éticamente a la revolución es bueno, todo lo que la debilite es malo». (Por cierto, la ausencia de las mayúsculas de rigor en su nueva cita le pertenece por completo).

Sospecho que si hubo alguna manifestación unánime durante la lectura de la carta serían los cabeceos de los asistentes al Congreso.

Publicado en El Innombrable, Misceláneas | 2 comentarios

Amnesia del trovador

(a Silvio Rodríguez)

Cantándole al harapo, ganó fama…
Y esas sillas al borde del camino
y Santiago de Chile y el destino
del pobre mundo poblaron su cama

de púberes, flautistas y patriotas
de cualquier patria humilde y derrotada.
Luego, compuso el Son de la Camada
y el aplauso llegó como sus notas

desafinadas, sosas, sin memoria.
Este bardo innombrable, manco y ciego,
se burló de la audiencia enamorada.

Hoy se hunde en los pantanos de la Historia
este juglar absurdo y palaciego,
este burdo empresario de la Nada.

Publicado en Apologías e insultos | Deja un comentario

Próximamente

Vivo en una zona donde muy pocos hijos de vecino podrían decir a ciencia cierta qué cosa es un tamal en cazuela. Así que mi alegría fue grande cuando hace varios meses, caminando por una de las arterias principales de mi ciudad, me topé con un anuncio prometedor: un restaurant cubano abriría sus puertas próximamente. Del anuncio me cautivó el diseño ―que es simple, a pesar de sus florilegios, y quiere recordar los vitrales que nos son tan caros a los cubiches―, la tipografía del texto y el hecho de que para el nombre del local los dueños tuvieran la delicadeza de cambiar la grafía de la isla y escribir el resultado en minúsculas. Pero lo que más me fascinó fue el texto encerrado en la burbuja que sobresale en la esquina superior derecha: Próximamente.

Lo tomé como una premonición. Vinculé la apertura del restaurant con la posibilidad de una apertura política y económica en la isla. Pero tras varios meses de ver cómo el cartelito se burla de mí desde la vidriera de un restaurant que quién sabe cuándo abrirá sus puertas y luego de constatar que la deplorable situación de Cuba sigue su curso en picada, el anuncio me hace pensar en lo relativos que pueden ser ciertos adverbios de tiempo y me obliga a rememorar esa frase que les robamos a los judíos ―quienes, por estas fechas, repiten «El año próximo en Jerusalén»― y a la que nosotros sólo tuvimos que reemplazar la ciudad de destino.

Próximamente. Las puertas de un restaurant en Nueva Jersey o las jaulas de una isla que es una jaula. Ojalá se abran primero las segundas.

Publicado en Exilio, Represión | Etiquetado | 4 comentarios

Justicia poética

Luego de medio siglo enfrascado en convertir a los cubanos, esos eternos amantes de la carne y el colesterol, en herbívoros ―o, lo que es peor, en rumiantes―, varias décadas después de su estrepitosa idea de sembrar café en el llano, en días en que lo único que prolifera en la isla es el marabú y ahora que a cada minuto se acerca más a su añorado estado vegetal, Fidel Castro recibe el sello, diploma y placa de fundador del Jardín Botánico Nacional de Cuba. Da gusto.

Publicado en El Innombrable, Misceláneas | 2 comentarios

Demiurgo de Remedios, la bella

García Márquez tiene quien le escriba
(aunque le hago un soneto inoportuno).
El Gabo va a tomar su desayuno
a la ciudad que es trampa boca arriba.

Sus colegas de oficio y de calibre
aglutinan palabras inmediatas
y se pudren en cárceles baratas…
Y el Premio Nobel bebe un Cubalibre.

Vivió para contarla a su manera:
una historia parcial, desvencijada.
José Arcadio, Aureliano y sus compinches:

héroes de una nube pasajera,
caudillos de ilusión apasionada…
Y el Nobel: en La Habana y sus bochinches.

Publicado en Apologías e insultos | Deja un comentario

Los miserables

Una de mis expresiones favoritas en inglés reza: You can’t have your cake and eat it, too. Esto, traducido mal y pronto al castellano, quedaría como: no puedes quedarte con el cake y comértelo a la vez; lo que equivale a que no se puede estar con Dios y con el Diablo. A pesar de que la lógica más elemental apoya este simple razonamiento, un grupo de voluntariosos que responde al folclórico y kilométrico nombre de “Cubanos Residentes en el Exterior contra el Bloqueo y el Terrorismo”, se empeña en demostrar ―con pobre sintaxis y una mar de cacofonías― que si se carece de escrúpulos y memoria sí es posible esta metafísica. A tal fin, el Grupo, en un comunicado conjunto, declara que «la batalla de ideas se convierte en la más importante a librar en el ámbito internacional», y sin perder pie ni pisada se apura en hacer votos porque la salud del Comandante le permita contar con el ídem por muchos años más.

No deja de hacerme gracia el hecho de que en la tierra del Partido Único, sus seguidores allende los mares «hagan votos» por la salud de quien durante medio siglo se empeñó en no permitirles votar. Ah, gajes del oficio de la abyección.

Por último, en aras de demostrar que el régimen de la isla y sus acólitos nada tienen que envidiarle al peor culebrón de turno, el Grupo cierra el comunicado con un predecible: «Usted siempre será nuestro Comandante».

Hemos escuchado mil variantes de esta despedida en los tantos culebrones que intentaban hipnotizarnos desde la pantalla chica. De ese inmenso catálogo de frases que pueden provocar un coma diabético, traigo a colación la que más se acerca (por contexto): imagino a una puta diciéndole a su chulo que él siempre será su macho.

Publicado en Misceláneas | 7 comentarios

Ronda nocturna

En La Habana, circa 1991

La única vez que dormí en una estación de policía fue hace un par de décadas. Eso de dormir es una artimaña narrativa. No pude pegar un ojo en toda la noche. Al miedo ―aquel ente palpable― y la incertidumbre de verme en un cuarto de la temida y hasta entonces mitológica Quinta Estación de Policía de La Habana, se sumaban los dieciséis años que estaba por cumplir y el desconcierto al no entender qué había hecho para ir a dar a lugar tan aciago. Lo sorprendente del arresto de la noche anterior era precisamente que no había hecho nada. No quiero decir nada heroico o digno de mención. Digo nada.

Horas antes, deambulaba por el Vedado con dos o tres amigos, luego de pasar un fin de semana acampados en algún punto del Litoral Norte. Recuerdo que a esta modalidad de campismo, por aquel entonces, le llamábamos «guerrilla» (tan en boga estaba el lenguaje bélico en la isla). Y, guerrilleros al fin, regresábamos a la capital andrajosos, hambrientos, felices, con ese buen humor que es a ratos producto de la edad, de no tener la más mínima idea de qué pasa alrededor de uno y de creer que en realidad se vive en un país libre, cual solamente puede ser libre. Debo aclarar que el ambiente a nuestro alrededor también se prestaba para entusiasmos: andábamos en época de carnavales.

Luego de sobrevivir el viaje en unos camiones que nos dejaron en Santa Cruz del Norte y soportar el errático tren de Hersey, la quejumbrosa lanchita de Regla que nos cruzó ―como pudo― La Bahía y aquella guagua Girón que nos adelantó hasta el Parque Maceo, nos unimos por inercia al molote y ―evitando discusiones, puñaladas y el orine que se escurría de los baños públicos instalados de cualquier manera y a intervalos irregulares a lo largo del Malecón― caminamos rumbo oeste hasta que, ya hastiados de tanto gentío y tanto desentonar con aquella indumentaria, dejamos el Malecón y nos adentramos en una calle cualquiera.

Hasta ese momento jamás había oído hablar de zonas congeladas.

Las circunstancias del arresto fueron ―ahora lo sé― predecibles, pero no por eso menos arbitrarias. Sin darnos cuenta, habíamos entrado en el área de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. No tuvimos tiempo de regresar sobre nuestros pasos. Puntual como las abejas, un policía ―y luego otro y otro― se nos acercó para pedirnos el dichoso carné de identidad. Y entre el pigmento de esta piel mía y el hecho de que «mi documento no estaba en orden» ―le faltaba la foto, algo que, si mal no recuerdo, era obligatorio luego de cumplir los catorce años―, en menos de lo que se cuenta nos habían detenido y nos conducían a la infame estación.

Nos soltaron a eso de las 4 de la mañana. El padre de uno de mis amigos, un flamante coronel del MINFAR, se personó en La Quinta e intercedió por el grupo. Desde aquí, una vez más, le doy las gracias.

Hoy que se cumplen 5 años de la injusta redada que llevó a prisión a casi ochenta de mis compatriotas ― de los cuales más de la mitad sigue tras las rejas por el insólito delito de pensar y expresarse a sus anchas―, me conduelo una vez más con su causa, que es la mía, y no puedo menos que recordar el horror que comenzó ―y que ya no me abandonaría desde― aquella tarde remota en que La Revolución me llevó a conocer el miedo

Publicado en Cuba, Insilio, Represión | 44 comentarios

Elogio del poeta preso

Rescato un soneto que escribí a raíz de la implacable razzia contra la disidencia pacífica en la isla, perpetrada por el no menos implacable régimen cubano en la Primavera Negra del 2003.

Malvivo en un país de soledades
―isla de circunstancias patrioteras,
cubil lleno de sangre y de banderas―,
paisaje dividido en seis mitades.

Despierto en una tierra inoportuna,
―espejo de verdugos camuflados,
horizonte de olvidos desterrados,
cementerio global de la fortuna―.

Me queda poco: un perro, una guitarra,
un libro confiscado, un cenicero,
las cuatro esquinas de mi manicomio

y una voz que me salva y me desgarra.
Hoy me voy a llamar Raúl Rivero.
Hoy mi mujer será mi patrimonio.

Publicado en Apologías e insultos | 3 comentarios

El pez y el pescado

Nunca se me dio bien la piscicultura. Esto es debido a que jamás me hicieron gracia las peceras, esas pequeñas prisiones acuáticas que siempre se las agenciaban para transmitirme una insoportable sensación de claustrofobia. Sin embargo, como cualquier habanero que se respete, tengo amigos y parientes expertos en el tema y éstos, en más de una ocasión, han intentado ―sin éxito― pasarme el entusiasmo por el (in)sano pasatiempo. Del arte de mirar a las burbujas recuerdo una regla elemental: al traer un pez nuevo a la pecera, éste no entra en contacto directo con el agua, sino que se pone en una bolsa de nylon, en la que nadará por un tiempo (in)determinado hasta que se adapte a la temperatura de su nuevo hábitat. Una vez adaptado, se saca de la bolsa y se le permite unirse al resto de sus congéneres. A este proceso estándar, los entendidos lo denominan «aclimatación».

Sobre las peceras volveré más adelante. (No hay que olvidar que Cuba más que una isla es eso, una gran pecera). Mientras tanto, me voy por la tangente: ahora que se confirman los rumores de que cinco miembros del equipo de fútbol cubano han puesto pies en polvorosa luego de asistir a la convocatoria de la Copa CONCACAF en Tampa (Estados Unidos), les doy la bienvenida y pienso (cuando me alegro) en las diversas fases de aclimatación por las que invariablemente pasarán los recién llegados.

Estas fases son aplicables a cualquiera que salga de la isla por avión y decida no regresar a la jaula grande. (Los balseros llegan a Estados Unidos ―si llegan― curados de espanto; quienes cruzan la frontera o quienes piden asilo político tan pronto pisan el primer aeropuerto foráneo también suelen estar exentos de estas fases). Cuánto tiempo dura cada fase varía por caso y depende de factores internos ―el peso corporal de cada individuo―, así como de condicionantes externos que incluyen: número de familiares que dejó en la isla; número de compatriotas en fase militante (ver definición abajo) con quienes está en contacto sistemático; acceso enfermizo a internet, donde leerá decenas de blogs que toquen el tema cubano; etc. Etcétera ―decía un eximio profesor hace década y media― es lo que uno no sabe.

Las fases que siguen tienden a ser ―como el socialismo en Cuba― irreversibles.

La fase inicial: La disonancia
En esta fase, los recién llegados evitarán dar a la deserción un cariz político. Repetirán frases que denoten su postura completamente neutral respecto a la situación en la isla. Hablarán de la decisión de no regresar a Cuba como un gesto profesional. En otras palabras: no jugarán ni con la cadena ni con el mono. Gracias a esta fase se debe ese gracioso eufemismo que tanto abunda por ahí: emigrantes económicos cubanos.

Una segunda fase: El pánico
En este peldaño, ya habrán superado la disonancia ―que no negación― inicial. Pero seguirán hablando con cautela de La Cosa. No perderán aun el hábito de mirar por encima del hombro cuando sostengan conversaciones comprometedoras en lugares públicos y se lo pensarán dos veces antes de decir frases contrarrevolucionarias por teléfono. El lema de esta fase: No quiero que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.

La tercera fase: La indiferencia
Ya acostumbrados a la ausencia de la mordaza, no ahorrarán calificativos para describir al sátrapa. Tirarán de la cadena con fuerza y les tendrá sin cuidado si despiertan al mono. El lema de esta fase sube la parada: Me da igual que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.

La fase final: La militancia
Es más sencillo resumirla con el lema que revela su esencia: Yo lo que quiero es que se enteren (de lo que pienso) en Cuba.

La fase superior de La militancia, todo parece indicar, es el blogger.

Publicado en Exilio, Misceláneas | 6 comentarios

Relecturas

En la segunda entrada de este blog, refería una aflicción que nos aqueja a muchos: el horror cotidiano de encontrar a Fidel Castro hasta en la sopa. En el poema que reproduzco abajo ―cortesía de Jorge Luis Borges―, no puedo evitar ver al octogenario dictador enfrascado en el intento de crear al Hombre Nuevo.

EL GOLEM

Si (como el griego afirma en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de la Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo:
Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?

¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?

En la hora de la angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?

Publicado en A granel, Misceláneas | 1 comentario

El sueño de la (sin)razón

1

Durante mi vida en Cuba ―y sobre todo en la nefasta década del noventa―, yo era una máquina de soñar. (También era una máquina de escribir sonetos, pero eso lo contaré más adelante). Cuando me refiero a mi cuantiosa producción onírica en la isla, no hablo de la socorrida válvula de escape que constituye soñar despierto, esa tabla del náufrago cubano que es pasatiempo común y necesario en cualquier sociedad amordazada. Me refiero al sueño como «acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes»; ese mismo sueño que ha hecho a tantas mentes lúcidas perder el ídem en busca de su definición mayor.
En Cuba, mis sueños tenían una cualidad exótica, incluso naíf. Algo traficaban entre sí: todos padecían una imaginación desbordante, que, por lo general, trascendía los límites de la limitada isla. Parafraseo a Cristina García: sí, soñaba en cubano, pero con otras tierras.
Las pesadillas también hacían lo suyo. Como casi todo lo que acontece en Cuba, éstas eran increíblemente mundanas y circunstanciales: en época de exámenes, me hacían suspender; si tenía algún problema en el trabajo, éste me perseguía a la cama y se las agenciaba para destrozar la paz de mi letargo… Y cosas por el estilo.
Ahora que lo pienso, no recuerdo haber tenido una pesadilla recurrente.
2
Borges, en un ciclo de conferencias impartidas en el teatro Coliseo de Buenos Aires ―que quedó recogido en Siete noches―, define la pesadilla como una yegua nocturna. Entre varias hipótesis respecto a la etimología de la palabra ―y el concepto mismo de pesadilla―, confiesa que «hay algo terrible en lo de “yegua de la noche”». La imagen se la sugiere el vocablo inglés nightmare, que está compuesto por una conjunción de las dos palabras (night: noche; mare: yegua) que forman la encabritada y febril pesadilla borgiana.
3
Acá sueño poco. O, al menos, no lo hago con la frecuencia de hace una década. Y la pesadilla ―aquella que consideraba mi fiel, personal e intransferible yegua de la noche― fue una, que se repitió hasta el infinito en mis primeros cinco años de vida en el revuelto y brutal. La primera vez que le comenté a un amigo mi sistemática “pesadilla de exilio”, éste me respondió que no era inusual que tuviera esa pesadilla. Al parecer, también había montado la misma yegua. Y, lo que era peor, conocía a varios compatriotas que también despertaban en la madrugada producto de similares sobresaltos.
He aquí que la dichosa yegua me visitaba con dos monturas. (1) En mitad de la noche, saltaba de la cama ―como la horrible canción de Alfredito Rodríguez: empapado de sudor― y con la aún más horrible sensación de que estaba despertando en Cuba. O (2) soñaba que, desoyendo a mi esposa y el sentido común, iba a la isla a visitar a familiares, amigos y recuerdos. Y cuando quería montarme en el tren de las 3:10 para Yuma, las autoridades cubanas no me lo permitían. Esta última versión de la pesadilla era doblemente frustrante, por el hecho de que entraba mansamente y por voluntad propia a la jaula grande y se la ponía en bandeja de plata a los siempre entusiastas cancerberos.
Han pasado varios años desde la última vez que me visitó la susodicha. No la echo de menos, pero recuerdo no con poca gratitud el alivio que sentía al comprobar que ―ya despierto― eran de Nueva York las luces que veía a través de la ventana.
4
¿Cuántos en el exilio comparten mi pesadilla? ¿Qué intervalos y posibles versiones tiene? ¿Cuándo se manifiesta? ¿Cuándo dejó de aparecer?
5
¿Esta pesadilla es posible para quienes viven en la isla? ¿Alguien ha despertado en Cuba luego de haber soñado que está en Cuba? ¿Existe algo peor en materia de sueños malogrados? Acaso el homólogo a mi pesadilla de exilio: soñar (en Cuba) que solicitas visa (a cualquier país) y te la niegan.
6
Pueden decir que soy un (mal) soñador. Pero no soy el único.
Publicado en Exilio, Insilio, Misceláneas | 3 comentarios

La gravedad o De las desventajas de escupir hacia arriba

La palabra como bumerán
(a Roberto Fernández Retamar)

Dijo: «¿quién recibió la bala mía?».
Formuló un Calibán muy conveniente.
Lo hicieron de una Casa el Presidente.
Lo acusaron de escribir poesía…

¡y hasta un premio le dieron en el brete!
Publicó sus panfletos altruistas,
inspirado en sinsontes y amatistas:
su cómoda visión del palacete.

Muchos años después, en sus poderes,
tuvo el lujo de decidir la muerte
de algunos condenados a la suerte

de escapar del país de los placeres.
Con su firma apoyó la cruel sentencia.
Pasó un rato… y de vuelta a la docencia.

Publicado en Apologías e insultos | Deja un comentario

Mentes autónomas

En portada de la edición en castellano de la revista National Geographic, un interesante artículo que se adentra en la mente de los animales. A nuestro pesar, no explora la mente del tocororo o de Felipe Pérez Roque, mascotas nacionales.

Publicado en Misceláneas | Deja un comentario