Promoción especial de teléfonos celulares en Cuba

Diseñados en su totalidad por el grupo de telecomunicaciones de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (ANIR), estos sofisticados modelos de telefonía celular estarán disponibles en breve en las tiendas de la capital. Una vez demostrada la popularidad de los mismos, se estudia comercializarlos en Camagüey y Santiago de Cuba. De tener éxito al centro y este de la isla, se extendería la venta a otras provincias clave de la nación, entre las que se cuentan Villa Clara, Caracas, Pinar del Río…

Los contratos para los siguientes modelos serán por un mínimo de 50 años, con la posibilidad de renovarlos al término de los mismos. ETECSA garantiza la libertad de expresión a través de estas líneas, siempre y cuando el contenido de las conversaciones no vaya en detrimento de las conquistas de nuestra gloriosa Revolución.

Sin más, presentamos:

1) El Guerrillero

Con acceso semanal a internet, este modelo es idóneo para consultar el horóscopo y estar al tanto de las noticias. Posee una plataforma compatible con infinidad de juegos online. El contrato estándar incluye programas de “solitario” y “dominó” (hasta el doble seis).

2) El Trovador

¡No sienta envidia del iPod! ¡Lleve toda su música consigo! ¡Presentamos el primer teléfono-walkman! Incluye infinidad de tonos gratis; a saber: la discografía entera de Alfredito Rodríguez y Amaury Pérez (en este momento estamos tramitando los derechos para algunas canciones del diputado Silvio). Sorprenda a sus amigos cuando, al recibir llamadas, en lugar del timbre, se escuche el siguiente estribillo:

Buena persona.
Buena persona.
Que se respire parejo,
que nadie muera,
buena persona.


3) El Reportero

¡Basta ya de no poder capturar la magia del momento! ¿Se derrumbó un insigne edificio ante sus ojos mientras se paseaba por las nostálgicas calles de La Habana? Este modelo, con su cámara digital de alta resolución (1 mega píxel) es idóneo para hacer una crónica visual de la Patria que esté a la altura de nuestros gloriosos días.

Revolucionariamente,
ETECSA
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Diario de Campaña de José Martí (XXVIII)

7.―De Jagua salimos, y de sus mambises viejos y leales, por el Mijial. En el Mijial, los caballos comen la piña forastera, y de ella, y de cedros hacen tapas, para galones. A César le dan agua de hojas de guanábana, que es pectoral bueno, y cocimiento grato. En el camino nos salió Prudencio Bravo, el guardián de los heridos, a decirnos adiós. Vimos a la hija de Nicolás Cedeño, que habla contenta, y se va con sus 5 hijos a su monte de Holguín. Por el camino de Barajagua―“aquí se peleó mucho”, “todo esto llegó a ser nuestro”―vamos hablando de la guerra vieja. Allí, del monte tupido de los lados, o de los altos y codos enlomados del camino, se picaban a las columnas, que al fin, cesaron: por el camino se va a Palma y a Holguín. Zefí dice que por ahí trajo él a Martínez Campos, cuando vino a su primera conferencia con Maceo: “El hombre salió colorado como un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero al suelo, y me fue a esperar a media legua”. Andamos cerca de Baraguá. Del camino salimos a la sabana de Pinalito, que cae, corta, al arroyo de las Piedras, y tras él, a la loma de La Risueña, de suelo rojo y pedregal, combada como un huevo, y al fondo graciosas cabezas de monte de extraños contornos: un bosquecillo, una altura que es como una silla de montar, una escalera de lomas. Damos de lleno en la sabana de Vio, concha verde, con el monte en torno, y palmeras en él, y en lo abierto un cayo u otro, como florones, o un espino solo, que da buena leña: las sendas negras van por la yerba verde, matizada de flor morada y blanca. A la derecha, por lo alto de la sierra espesa, la cresta de pinos. Lluvia recia. Adelante va la vanguardia, uno con la yagua a la cabeza, otro con una caña por el arzón, o la yagua en descanso, o la escopeta. El alambre del telégrafo se revuelca en la tierra. Pedro pasa, con el portabandera desnudo,―una vara de…: A Zefí, con la cuchara de plomo en la cruz de la bandolera, le cose la escarapela el ala de atrás. A Chacó, descalzo, le relumbra, de la cintura a la rodilla, el pavón del rifle. A Zambrana, que se hala, le cuelga por la cadera el cacharro de hervir. Otro, por sobre el saco, lleva una levita negra. Miro atrás, por donde vienen, de cola de la marcha, los mulos y los bueyes, y las tercerolas de retaguardia, y sobre el cielo gris veo, a paso pesado, tres… y uno, como poncho, lleva por la cabeza una yagua. Por la sabana que sigue, por Hato del Medio, famosa en la guerra, seguimos con la yerba ahogada del aluvión, al campamento, allá detrás de aquellas pocas reses. “Aquí, me dijo Gómez, nació el cólera, cuando yo vine con doscientas armas y 4,000 libertos, para que no se los llevasen los españoles, y estaba esto cerrado de reses, y mataron tantas, que del hedor se empezó a morir la gente, y fui regando la marcha con cadáveres: 500 cadáveres dejé en el camino a Tacajó.” Y entonces me cuenta lo de Tacajó, el acuerdo entre Céspedes y Donato Mármol. Céspedes, después de la toma de Bayamo, desapareció. Eduardo Mármol, culto y funesto, aconsejo a Donato, la dictadura. Félix Figueredo pidió a Gómez que apoyase a Donato, y entrase en lo de la dictadura, a lo que Gómez le dijo que ya lo había pensado hacer, y lo hacía, no por el consejo de él, sino para estar dentro, y de adentro impedirlo mejor: “Sí, decía Félix, porque a la revolución le ha nacido una víbora.” “Y lo mismo era él”, me dijo Gómez. De Tacajó envió Céspedes a citar a Donato a conferencia cuando ya Gómez estaba con él, y quiso Gómez ir primero, y enviar luego recado. Al llegar donde Céspedes, como Gómez se venía con la guardia que halló como a un cuarto de legua, creyó notar confusión y zozobra en el campamento, hasta que Marcano salió a Gómez que le dijo: “Ven acá, dame un abrazo”.―Y cuando los Mármol llegaron, a la mesa de cincuenta cubiertos, y se habló allí de la diferencia, desde las primeras consultas se vio que, como Gómez, los demás opinaban por el acatamiento a la autoridad de Céspedes. “Eduardo se puso negro.” “Nunca olvidaré el discurso de Eduardo Arteaga: El sol, dijo, con todo su esplendor, suele ver oscurecida su luz por repentino eclipse; pero luego brilla con nuevo fulgor, más luciente por su pasajero oscurecimiento: así ha sucedido al sol Céspedes.” Habló José Joaquín Palma. “¿Eduardo? Dormía la siesta un día, y los negros hacían bulla en el batey. Mandó callar, y aún hablaban. ‘¿Ah, no quieren entender?’ Tomó el revólver,―él era muy buen tirador: y hombre al suelo, con una bala en el pecho. Siguió durmiendo.”―Ya llegamos, a son de corneta, a los ranchos, y la tropa formada bajo la lluvia, de Quintín Banderas. Nos abraza, muy negro, de bigote y barbija, en botas, capa y jipijapa, Narciso Moncada, el hermano de Guillermo: “¡Ah, sólo que falta un número!” Quintín, sesentón, con la cabeza metida en los hombros, troncudo el cuerpo, la mirada baja y la palabra poca, nos recibe a la puerta del rancho: arde de la calentura: se envuelve en su hamaca: el ojo, pequeño y amarillo, parece como que le viene de hondo, y hay que asomarse a él: a la cabeza de su hamaca hay un tamboril. Deovato Carvajal es su teniente, de cuerpo fino, y mente de ascenso, capaz y ordenada: la palabra, por afinarse, se revuelve, pero hay en él método y mando, y brío para su derecho y el ajeno: me dice que por él recibía mis cartas Moncada. Narciso Moncada, verboso y fornido, es de bondad y pompa: “en verbo de licor, no gasto nada”: su hermano está enterrado―“más debajo de la altura de un hombre, con planos de ingeniero, dónde sólo lo sabemos unos pocos, y si yo muero, otro sabe, y si ése muere, otro, y la sepultura siempre se salvará”. “¿Y a nuestra madre, que nos la han tratado como si fuera la madre de la patria?” “Dominga Moncada ha estado en el Morro tres veces: y todo porque aquel General que se murió la llamó para decirle que tenía que ir a proponerles a sus hijos, y ella le dijo: Mire, General, si yo veo venir a mis hijos, por una vereda, y lo veo venir a V. por el otro lado, les grito: huyan, mis hijos, que éste es el general español.” A caballo entramos al rancho, por el mucho fango de afuera, para podernos desmontar, y del lodo y el aire viene hedor, de la mucha res que han muerto cerca: el rancho, gacho, está tupido de hamacas. A un rincón, en un cocinazo, hierven calderos. Nos traen café, ajengibre, cocimiento de hojas de guanábana. Moncada, yendo y viniendo, alude al abandono en que dejó Quintín a Guillermo.―Quintín me habla así: “y luego tuvo el negocio que se presentó con Moncada, o lo tuvo él conmigo, cuando me quiso mandar con Masó, y pedí mi baja”. Carvajal había hablado de las decepciones sufridas por Banderas. Ricardo Sartorius, desde su hamaca, me habla de Purnio, cuando les llegó el telegrama falso de Cienfuegos para alzarse: me habla de la alevosía con su hermano Manuel, a quien Miró hurtó sus fuerzas, y “forzó a presentarse”: “le iba ésto”, la garganta.―Vino Calunga, de Masó, con cartas para Maceo: no acudirá a la cita de M. muy pronto, porque está amparando una expedición del Sur, que acaba de llegar. Se pelea mucho en Bayamo. Está en armas Camagüey. Se alzó el Marqués, y el hijo de Agramonte.―Hiede.

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Remandingo por la calle del medio

Remandingo ha colgado un excelente poema de Osmany Oduardo Guerra. El texto goza de muy buenas imágenes y una cadencia envidiable. Coleccionista empedernido de endecasílabos que soy, me dediqué a compilar los que abundan en este texto. Los versos que destaco abajo —reproducidos aquí en el orden en que aparecen en el original— los habría usado con gusto en cualquiera de mis sonetos. Oduardo Guerra se me adelantó. Muy buen oído tiene y buena pluma. (La oración anterior, ya se sabe, es endecasílaba).

***

Transcribo esquirlas del poema de Oduardo Guerra:

(…) las calles populosas y sus pasos.
Me enervan esos cantos que se ausentan (…)
Puedo decir que hay cientos de escaleras (…)
Es vacía mi edad sobre los muros (…)
(…) es vacío el hedor de las paredes (…)
Es mi deber, o al menos mi osadía,
no reprimir el llanto de los Otros.
(…) maldecir tantas calles como espejos (…)
(…) o al menos escaparme del silencio,
o inventarme una piel tatuada a gritos(…)
(…) ellos hacen las paces con nosotros
y se desnudan tercos sobre el fuego.
(…) es cosa de calar en los rincones (…)
Imagino que el mar es un abrazo
pero no tengo frío ni amanece (…)
(…) es noche de inocentes tentaciones (…)
Por eso es que camino por la orilla (…)
(…) qué castrados de toda alevosía,
qué infelices los Otros, ellos mismos
que condenaron todas nuestras puertas (…)
(…) martillando mi piel en la madera.
(…) donde duermo con sed de madrugada.
Difícil es morder la sien al puerto.
(…) conversar con el cuello abierto a todo (…)
Avergüenza nacer ya sin zapatos (…)
(…) y unos pocos recuerdos y caricias (…)
Hoy no importan los barcos ni la nieve
ni los vientos calados en mi orilla (…)
(…) me he descubierto absorto, impredecible,
negado ser el pasto de los Otros,
imposibles los Otros en su histeria.
(…) pero tiene unas grietas invisibles
(…) me encontrarán sin hambre ni rencores (…)
(…) a veces sabe a muerte desgarrada (…)
Qué importan los teléfonos si azules.
(…) nos hicieron creer tantas mentiras (…)
(…) que tenía ese mar inconfundible (…)
La Habana es sólo el centro del pantano (…)
Qué hacer si la ciudad nos contamina
a pesar del residuo de uno mismo.
Es mejor olvidar hasta la sangre (…)
(…) remontarnos al tiempo del deseo (…)
Es preferible ser el vagabundo
(…) por imprudente y cruel y despiadado.

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De himnos nacionales y otras sustancias inflamables

Siempre he desconfiado de los himnos nacionales; éstos me provocan una incomodidad de la que me cuesta desprenderme. ¿Cómo podría ser menos? ¿Por qué habrían de hacerme gracia las convocatorias a la violencia o la inmolación, ya sea en nombre de la patria, el honor u otros efectos especiales? ¿Por qué subscribirme a ese coro unánime que pide intolerancia? Pongo por caso nuestro llevado y traído himno nacional. El “Himno de Bayamo” constituye un lírico llamado a la independencia, armas mediante, o, lo que es lo mismo: un llamado a la violencia; una violencia concebida para ser desatada (y vivida) por terceros: «¡Al combate corred bayameses(…)».

Nuestra historia —corta como es— ya abunda en hechos de sangre. (No es noticia: los últimos cincuenta años han aportado un caudal inagotable de muertes a La Causa —cualquiera que ésta fuere—). Ya lo resumió Cabrera Infante en Vista del amanecer en el trópico: «¿En que otro país del mundo hay una provincia llamada Matanzas?». En otra viñeta de este libro, Cabrera Infante —citando la vox populi— tuvo la feliz idea de tergiversar la puntuación del himno nacional. El resultado es un hilarante grito de retirada: «¡Al combate, corred, bayameses…». Al poner entre comas al imperativo, la oración puede leerse como: «¡Al combate, huid, bayameses…».

De la misma manera en que, a fuerza de desencajar en su contexto histórico, dejaran de cantarse las cuatro estrofas finales del himno nacional cubano, a ratos pienso que éste pide un reajuste que lo acerque a nuestros días. Yo querría un himno que no llamara al gratuito (esto es, muy costoso) desperdicio de vidas, que no excluyera a tal o cual grupo por su ideología, raza, tendencia religiosa, orientación sexual… Un himno con salero —grato contrasentido—; un texto que deseche el “vosotros”, voz que quedara en desuso en la isla desde tiempos inmemoriales.

En fin, abro el foro a los lectores. Estimados: escriban sus himnos. Aquí va mi versión, que, por cuestiones de comodidad y vagancia, mantiene la melodía del “Himno de Bayamo”. Espero las suyas.

A qué tanto fervor, feligreses,
si la patria se ha roto en pedazos
y los muertos confirman, a plazos,
que morir por la patria es morir.

En La Habana, vivir no es vivir.
Y en Miami se añora el olvido.
Y en Madrid encontramos sentido
a la isla que nos vio nacer.

***
La frase «morir por la patria es morir» se ha atribuido al poeta y humorista Ramón Fernández Larrea. Al Vate, una vez más, gracias.

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Día aciago

Faltan las (4) cuartillas correspondientes al 6 de mayo en el Diario de Campaña de José Martí. Se especula que las manos piadosas de Gómez las hicieron desaparecer… Ante el desconcierto, prefiero la variante que imaginan Enrique del Risco y Francisco García, en Leve historia de Cuba, texto que reprodujera El Tono de la Voz.

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Mapa de Cuba (masa cárnica)

Autor: Xavier Cortada


Título: Masa cárnica


Técnica: Carne cruda sobre fuente

Año: 2000

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Retrato de Fidel Castro

(Tomé la foto en un museo de Roma, el año pasado).
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Diario de Campaña de José Martí (XXVII)

5.―Maceo nos había citado para Bocucy, adonde no podemos llegar a las 12, a la hora que nos cita. Fue anoche el propio, a que espere en su campamento. Vamos, con la fuerza toda. De pronto, unos jinetes. Maceo, con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. Salió a buscarnos, porque tiene a su gente de marcha; al ingenio cercano, a Mejorana, va Maspon, a que adelanten almuerzo para cien. El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se les ve el gozo y la admiración: el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie pequeño, trae vermouth, tabacos, ron, malvasía. “Maten tres, cinco, diez, catorce gallinas.” De seno abierto y chancletas viene una mujer a ofrecernos aguardiente verde, de yerbas: otra trae ron puro. Va y viene el gentío. De ayudante de Maceo lleva y trae, ágil y verboso, Castro Palomino. Maceo y G. hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: una junta de generales con mando, por sus representantes,―y una Secretaría General:―la patria pues, y todos los oficios de ella, que crea y anima el ejército, como Secretaría del Ejército. Nos vamos a un cuarto a hablar. No puedo desenredarle a Maceo la conversación: “¿pero V. se queda conmigo o se va con Gómez?” Y me habla, cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo, y su representante. Lo veo herido―“lo quiero”―me dice―menos de lo que lo quería”―por su reducción a Flor en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros. Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: “dentro de quince días estarán con Ud.―y serán gentes que no me las pueda enredar allá el doctor Martí”.―En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército, libre,―y el país, como país y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba, y ha de andar seis horas. Allí cerca, están sus fuerzas: pero no nos lleva a verlas: las fuerzas reunidas de Oriente―Rabí, de Jiguaní, Busto, de Cuba, las de José, que trajimos. A caballo, adiós rápido. “Por ahí se van Uds.”―y seguimos, con la escolta mohína; ya entrada la tarde, sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto, a un galpón del camino, donde no desensillamos. Van por los asistentes: seguimos, a otro rancho fangoso, fuera de los campamentos, abierto a ataque. Por carne manda G, al campo de José: la traen los asistentes. Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos.

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El cartero llama dos veces

1
«Así en la paz como en la guerra, mantendremos las comunicaciones». Impregnado de ese afán bélico que recorrió desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí a raíz del estrepitoso accidente de 1959, el lema del Ministerio de Comunicaciones ―como casi todo lo que se repite a coro― peca de un triunfalismo abrumador. Al leer el leitmotiv de la empresa de correos, el observador sagaz intuirá que ni lo uno ni lo otro: ni se han mantenido las prometidas comunicaciones, ni existieron esos extremos que tanto preconiza el lema: en Cuba, jamás viví la paz, como tampoco viví la guerra; viví ese término medio que aún persiste por estos días, esa perpetua atmósfera de plaza sitiada ―esto es, sitiada desde adentro―; La Habana fue siempre un limbo frágil, una suerte de purgatorio por el que penar mientras se esperaba pasar a mejor vida: el consabido más allá, literal o figurado.

2
A finales de los noventa, L. trabajaba en una filial del Ministerio de Comunicaciones. Su oficina estaba en la calle Zanja, esquina a Infanta (si mal no recuerdo). Un buen día, L. me comentó que en el trabajo le habían pedido que hiciera una prueba, en aras de monitorear los servicios de correo en la capital… y había decidido usarme de conejillo de Indias: ¡me había enviado carta! Mi misión: decirle el día exacto en que me llegaba el sobre. Lo puso un lunes. Pasó el tiempo y pasó un águila por el mar. Y el sobre, ay, siguió muriendo. La remitente vivía en el Vedado; el destinario, vecino de Belascoaín y Neptuno. La postal: todavía debe andar perdida en el cosmos de uno de los incontables ministerios fantasma que se gasta el régimen cubano.

3
Siempre me resulta difícil explicarles a mis amigos de otras tierras la relación de cualquier habitante de la isla con ese hecho tan profundamente mundanal que es el correo. No pueden entender que a estas alturas no me sea posible enviar correspondencia desde este país, cuyas más cercanas costas se acercan a noventa millas de las costas que me vieron crecer. Mucho menos entienden el uso de viajeros para el trasiego de cartas, o que las mismas vayan escondidas entre la ropa. Y, puestos a no entender, se quedan en Babia cuando les digo que las cartas que me llegan de Cuba ―cuando llegan― vienen invariablemente abiertas. Lo triste del caso es que, en muchas ocasiones, llegan en ese estado de indefensión no porque las hayan abierto los oficiales de aduana en el aeropuerto, sino porque los remitentes envían los sobres sin sellar; como para ahorrarles el trabajo a los censores.

4
Hoy me pasé la santa mañana respondiendo mi correo postal: se me habían acumulado un par de semanas y el resultado era una montañita respetable. Recuerdo que en mis primeros días en Estados Unidos, recibir una carta, telegrama, o cualquier cosa que llegara a mi buzón ―junk mail incluido― me provocaba una alegría incontenible; tomaba cada sobre como una especie de bienvenida personal que me daba el mundo civilizado.

Por estas fechas, ya curado de ese espanto, hago fiesta cuando mi buzón está vacío.

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Diario de Campaña de José Martí (XXVI)

4.―Se va Bryson. Poco después, el consejo de guerra de Masabó. Violó y robó. Rafael preside, y Mariano acusa. Masabó sombrío, niega: rostro brutal. Su defensor invoca nuestra llegada, y pide merced. A muerte. Cuando leían la sentencia, al fondo del gentío un hombre pela una caña. Gómez arenga: “este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano”. Masabó, que no se ha sentado, alza con odio los ojos hacia él. Las fuerzas, en gran silencio, oyen y aplauden: “¡Que viva!” Y mientras ordenan la marcha, en pie queda Masabó, sin que se le caigan los ojos, ni en la caja del cuerpo se vea miedo: los pantalones, anchos y ligeros, le vuelan sin cesar, como a un viento rápido. Al fin van, la caballería, el reo, la fuerza entera, a un bajo cercano; al sol. Grave momento, el de la fuerza callada, apiñada. Suenan los tiros, y otro más, y otro de remate. Masabó ha muerto valiente. “¿Cómo me pongo, Coronel? ¿De frente o de espalda?” “De frente.” En la pelea era bravo.

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Diario de Campaña de José Martí (XXV)

3.―A las 5, con el Coronel Ferié, que vino anoche a su cafetal de Jaragüeta, en una altura, y un salón como escenario, y al pie un vasto cuadro, el molino ocioso, del cacao y café. De lo alto, a un lado y otro cae, bajando, el vasto paisaje, y dos aguas cercanas, de lecho de piedras en lo hondo, y palmas sueltas y fondo de monte, muy lejano. Trabajo el día entero, en el manifiesto al Herald, y más para Bryson. A la 1, al buscar mi hamaca, veo a muchos por el suelo, y creo que se han olvidado de colgarla. Del sombrero hago almohada: me tiendo en un banco: el frío me echa a la cocina encendida: me dan la hamaca vacía: un soldado me echa encima un mantón viejo: a las 4, diana.

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Meta: un enlace por verso y un enlace perverso

Emanaciones: los lirios del jardín,
Cuba al pairo, la reina de la noche,
parque del ajedrez (y vas en coche).
Y los Miquis de Miami tienen swing.

El tono de la voz de Enrisco es leve.
Generación Y es un potro salvaje.
Rumor de Cuba: experto en camuflaje;
y sin embargo la tierra se mueve.

Fogonero emergente da la talla,
en la finca de Sosa el pasto es bueno
y algo se cuece en penúltimos días.

Con Tejuca y Garrincha, a la batalla.
Imparcial digital no tiene freno.
Ernesto, Remandingo, correrías

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Diario de Campaña de José Martí (XXIV)

2.―Adelante, hacia Jaragüeta. En los ingenios. Por la caña vasta y abandona de Sabanilla: va Rafael Portuondo a la casa, a traer las 5 reses: vienen en mancuerna: ¡pobre gente, a la lluvia! Llegamos a Leonor, y ya, desechando la tardía comida, con queso y pan nos habíamos ido a la hamaca, cuando llega, con caballería de Zefí, el corresponsal del Herald, George Eugene Bryson. Con él trabajo hasta las 3 de la mañana.

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Techo de zinc y sol puerco

A propósito del Diario de Campaña, SG (¿Speedy González?) dejó este comentario en el post anterior. Se lee como un arte poética. Lo he disfrutado tanto que me parece justo compartirlo con el resto de los visitantes de mi esquina virtual. A SG: gracias.

***

Techo de zinc y sol puerco
y, resumiendo a Martí,
anécdotas del maní
y voluntarios del cerco.
Techo de zinc y sol puerco,
investigación y rima.
Abajo Cuba o encima,
de todos modos es Cuba.
Y no hay monte que no suba
Martí, que no lo redima.

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Diario de Campaña de José Martí (XXIII)

1° de Mayo.―Salimos del campamento, de Vuelta Corba. Allí fue donde Policarpo Pineda, el Rustán, el Polilla, hizo abrir en pedazos a Francisco Pérez, el de las escuadras. Polilla, un día, fusiló a Jesús: llevaba al pecho un gran crucifijo, una bala le metió todo un brazo de la cruz en la carne: y a la cruz, luego, le descargó los cuatro tiros. De eso íbamos hablando por la mañana, cuando salió el camino, ya en la región florida de los cafetales, con plátanos y cacao, a una mágica hoya, que llaman la Fontina, y en lo hondo del vasto verdor enseña apenas el techo de guano, y al lado, con su flor morada, el árbol del caracolillo. A poco más, el Kentucky, el cafetal de Pezuela, con los secadores grandes de mampostería frente a la casa, y la casa, alegre y espaciosa, de blanco y balcones; y el gran bajo con las máquinas, y a la puerta Nazario Soncourt, mulato fino, con el ron y el jarro de agua en un taburete, y vasos. Salen a vernos los Thoreau, de su vistoso cafetal, con las casitas de mampostería y teja: el menor, colorado, de… y los ojos ansiosos y turbios, tartamudea: ¿“―pero podemos trabajar aquí, verdad? podemos seguir trabajando”.―Y eso no más dice, como un loco.―Llegamos al monte. Estanislao Cruzat, buen montuno, caballerizo de Gómez, taja dos árboles por cerca del pie, clava al frente de cada uno dos horquetas, y otras de apoyo al tronco, y cruces, y varas a lo largo, y ya está el banco. Del descanso corto, a la vereda espesa, en la fértil tierra de Ti Arriba. El sol brilla sobre la lluvia fresca: las naranjas cuelgan de sus árboles ligeros: yerba alta cubre el suelo húmedo: delgados troncos blancos cortan, salteados, de la raíz al cielo azul, la selva verde, se trenza a los arbustos delicados el bejuco, a espiral de aros iguales, como de mano de hombre, caen a tierra de lo alto, meciéndose al aire, los cupeyes: de un curujey, prendido a un jobo, bebo el agua clara: chirrían en pleno sol los grillos.―A dormir, a la casa del “español malo”: huyó a Cuba: la casa, techo de zinc y suelo puerco: la gente se echa sobre los racimos de plátanos montados en vergas por el techo, sobre dos cerdos, sobre palomas y patos, sobre un rincón de yucas. Es la Demajagua.

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