Noticias de Martin Mateo

En la entrada anterior, un amigo me dejó el siguiente comentario:

te escribí un sonetillo hace tiempo, no sé si lo recibiste, hoy he dado con tu blog:

Vive en New Jersey, dicen, con sus perros,
sus libros, su mujer y sus desvelos.
Riega a ratos la flor de los destierros
“otro cielo tan azul como mi cielo”.

Hermano, cuánto tiempo sin tus letras,
cuántos años sin verte, cuántas cosas.
Parece que en nosotros no penetra
el olvido, esa puta avariciosa.

La vida sigue haciéndose la dura.
De mí no tengo mucho que contarte:
tan flaco como siempre, mente impura
y cada día menos amor al arte.

Por suerte cuando agoto mi paciencia
tengo a mano salidas de emergencia.

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Retrato de comentarista anónimo II

Anónima la piedra que se lanza
aprovechando la furtiva sombra;
anónimo el puñal que nadie nombra
ni descubre al azar su gris semblanza.

Anónimo, bien sabes esperarme
y medir cada paso de mi hastío;
silueta a contraluz, sitial vacío
que ya casi empieza a fustigarme.

Anónimo, seudónimo, mil ecos
dieron vida a las máscaras que eres;
nos cobras viejas deudas cuando hieres

tus propias ilusiones, cauces secos.
Anónimo, en tu nómina me incluyo:
anónimo también fue el padre tuyo.

Manuel Sosa

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Retrato de comentarista anónimo

(a quien le sirva el sayo…)

Buscapleitos en casa del vecino,
aguafiestas en el banquete ajeno,
ataca al blanco, al negro y al moreno,
en la calma, forma su remolino,

arma bullas punzantes, ponzoñosas,
y quiere comentar lo que no entiende;
siente como la chispa se le enciende
y salta al Internet a soltar rosas.

Se escuda en lo invisible, en la pantalla.
Defiende lo que ya no tiene excusa
y el improperio es su único amuleto.

Amigo del escombro y la metralla,
luego de bautizarnos de gentuza,
pide que le guardemos su respeto.

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Equivalencias

Salí de Cuba hace 9 años. O 42 libras. Que vienen a ser lo mismo.

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Salir de Itaca

Gracias a Penúltimos días me entero de que el gobierno cubano ha autorizado a viajar a Argentina a Hilda Morejón, la madre de la doctora Hilda Molina.

Celebro la noticia. Pero recuerdo que no debemos tomar como dádiva lo que constituye un derecho de cualquier ser que pise esa isla candente. El artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos —documento del cual Cuba es país signatario— establece que:

1- Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2- Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso el propio, y a regresar a su país.

La autorización del gobierno cubano tardó 14 años. Homero nos cuenta que Penélope tejió y destejió durante un par de décadas, mientras abrigaba la esperanza de reunirse con su amado. La señora Morejón tiene 89 años.

Su espera añade otro capítulo a La Odisea.

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De cuando damos las cosas por sentado

Por estos días, WNYC, emisora de radio pública ―y, por consiguiente, libre de comerciales y de la cual soy asiduo―, hace su campaña de recaudación de fondos. Es esta una campaña muy efectiva; por lo general, logra recaudar lo necesario en menos del tiempo previsto para esos menesteres. ¿Cómo lo hace? En primer lugar: ofreciendo a diario un servicio sin parangón en las ondas hertzianas. Y en segundo lugar: recordándole al público el valor de dicho servicio y pidiéndole que ponga de su parte. Para ello, lanza una serie de preguntas clave a los oyentes: ¿cuánto vale esta emisora para ti?, ¿nos escuchas a diario?, ¿te subscribes a algún periódico?, ¿cuánto pagas (al mes, al año) por dicha subscripción?, ¿te gustaría seguir beneficiándote de nuestra cobertura de todo cuanto acontece en el orbe? Ya que este es un servicio diario que usas para estar al tanto de las noticias y cuya fuente principal de financiamiento viene del público, ¿considerarías ser parte de la familia que hace posible que WNYC se mantenga en el aire? Esta campaña tiene una frecuencia trimestral. Y cada tres meses me tumba dinero. No mucho. Lo suficiente como para que pueda seguir escuchando la emisora sin ese complejo de culpa que, de lo contrario, me gritaría: «¡Tacaño!», en mi trayecto diario de ida y regreso al trabajo.

Traigo a colación la campaña de WNYC a propósito de un llamado a cooperar financieramente que apareciera ayer en Penúltimos días. Esto no es noticia, pero no está de más recordarlo: Ernesto Hernández Busto, desde el momento en que lanzara su blog con la idea de que «durara un par de meses, entregarle la función mediática al exilio y hacer crítica inteligente» y, de paso, agotar el tema del castrismo, hasta estos días que siguen antojándose penúltimos, ha dado una cobertura crucial a la cosa cubana. Los insultos que le endilgan desde la isla, en el ciberespacio y en el blog que él mismo edita, dan prueba fehaciente de la calidad de lo que hace.

Soy uno de tantos que se levanta de la cama y, antes de preparar el café, revisa Penúltimos días, a ver con qué nueva se apearon en La Habana. Durante el día, visito con regularidad, y antes de dormir ―como casi todos los que me leen (sería ingrato olvidar que gran parte de mis lectores viene precisamente de PD)―, vuelvo a darme mi brinco por sus páginas, a ver si alguno de los dos Césares (Reynel Aguilera o Beltrán) dejó caer otra prenda, o si Ichikawa, o si Díaz de Villegas…

Para poner las cosas en contexto, propongo un experimento a los lectores de Penúltimos días: cuenten hoy las veces que entran a PD y donen un centavo por cada vez que abran el blog. Saquen cuentas. Es probable que mañana abran el blog la misma cantidad de veces. A final de mes, esos 15 centavos diarios tendrían otro peso y éste, por poco que parezca, si varios nos sumamos a la convocatoria, ayudará a mantener viva esa página de la cual muy pocos podríamos prescindir.

Escribo, desde finales de febrero, con sistematicidad y saña, sobre la isla que se repite y luego lo cuelgo en esta esquina virtual a manera de exorcismo. De hecho, es, más que exorcismo, desintoxicación. Pero, confieso, agota. Agota exprimirse constantemente buscándole la quinta pata al cuadrúpedo. Sin embargo, es un agotamiento que se disfruta.

No es secreto que todos los bloggers querríamos vivir de nuestros blogs. Pero no todos lo merecemos. Penúltimos días es otro tipo de fuego. No permitamos que se extinga.

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Se va a formar un 21 de Mayo

Me sumo a la convocatoria de Solidaridad con Cuba.
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Listado de cosas que echan de menos de Cuba

Manuel Sosa:
-Comer mangos sentado en un gajo.
-Comer naranjas al pie de la mata, con un cuchillo en ristre.
-Las ciruelas amarillas.
-El canistel.
-El olor de los centrales.
-Los gallos cantando por la mañana.
-Piropear a las mujeres.
-Fumarme un tabaco torcido por mi hermano mayor.
-Comer raspa de harina.
-Comer malanga hervida y rociada con manteca de puerco.
-Comer harina con aguacate, yuca y empellas.
-Las calles estrechas de Trinidad y Sancti Spiritus.
-Irme con un cuchillo a pelar y comer caña «medialuna».
-Un guajiro pasando a caballo y saludándote con el siguiente sonido: «Yieeeyy».

Y ahora, que me acusen de folclórico.

***
Anónimo:
¡NADA!

***
Cuco:
¡¡¡Y yo la Vitanuova y los spaguettis de la esquina…!!!

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Listado de cosas que echo de menos de Cuba

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Apuntes sobre las Damas de Blanco

En la ciudad que es ruina vergonzosa,
van de blanco, en silencio, entre las fieras.
Sus testigos: las calles, las aceras.
La turba enardecida las acosa.

Una avenida de flores marchitas,
los domingos de lluvia o cielo abierto
y una iglesia, algún prójimo, algún muerto
han visto sus andanzas infinitas.

Otras madres, en mayo reprimidas,
no quieren condolerse con sus penas,
las acusan de innobles intereses…

Y ellas siguen rogando por las vidas,
rompiendo a cada paso las cadenas,
soñando con los panes y los peces.

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Muerte de Martí en Dos Ríos

Título: Muerte de Martí en Dos Ríos
Autor: Carlos Enríquez
Técnica: Óleo sobre tela
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Efemérides

Hoy, en todo el orbe, se conmemora el día del internet. Mientras tanto, en Cuba, celebran el día del campesino.

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Diario de Campaña de José Martí (XXXVIII)

17.―Gómez sale, con los 40 caballos, a molestar el convoy de Bayamo. Me quedo, escribiendo con Garriga y Feria, que copian las Instrucciones Generales a los jefes y oficiales―conmigo doce hombres, bajo el teniente Chacón, con tres guardias, a los tres caminos; y junto a mí, Graciano Pérez. Rosalío, en su arrenquín, con el fango a la rodilla, me trae, en su jaba de casa, el almuerzo cariñoso: “por usted doy mi vida”. Vienen, recién salidos de Santiago, los hermanos Chacón, dueño el uno del arria cogida antier, y su hermano rubio, bachiller, y cómico como letrado,―y José Cabrera, zapatero de Jiguaní, trabado y franco,―y Duane, negro joven, y como… en camisa, pantalón y gran cinto, y… Avalos, tímido, y Rafael Vázquez, y Desiderio Soler, de 16 años, a quien Chacón trae como hijo.―Otro hijo hay aquí, Ezequiel Morales, con 18 años, de padre muerto en las guerras. Y estos que vienen, me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda que le mandó a Rabí su hijo único Melesio, de 16 años: “allá murió tu padre: ya yo no puedo ir: tú ve”. Asan plátanos, y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recién venidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre,―y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo…

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La noche de anoche

Salvando las distancias y los horrores, ¿qué tiene en común un espectáculo de variedades que comienza a las siete de la noche y se extiende hasta las dos de la madrugada con una dictadura próxima a cumplir medio siglo? Elemental, Watson. Que hay cosas que no deberían durar tanto.

Luego de casi una década por estos lares, es de suponer que ya sabría a qué atenerme en determinadas circunstancias. Pero cualquiera diría que anoche pagué la novatada. Y la pagué por llegar temprano. Y por crédulo. Salí rumbo al teatro (que hace las veces de salón de bailes o viceversa) luego de prolongar a conciencia y de mutuo acuerdo un café de media tarde con mi estimado Eufrates del Valle ―quien, a pesar de que tenía en planes asistir a la velada, en su inmensa sabiduría, decidió pasarse con ficha―. Ah, Eufrates, ¡enséñame cómo lo haces, Maestro!

Recién daban las cinco y llovía con una impertinencia propia de mayo. Al despedirme del previsor Eufrates, aún estaba al otro lado del túnel, en Nueva York, en medio de la hora pico. Iba rumbo al Holland Tunnel, antro que, una vez más, se regodeaba en su tráfico vespertino. (Los neoyorquinos deben haberlo bautizado Holland Tunnel porque en ocasiones es más fácil y rápido llegar a Holanda que a Nueva Jersey). Pero como había partido con la fresca, llegué al Schuetzen Park con tiempo para matar. (La metáfora no es gratuita. Durante la noche se me despertarían insólitos instintos homicidas).

Faltaba un cuarto para las siete cuando Enrisco, que tenía mi ticket, me llamó para alertarme que venía con unos quince minutos de atraso. Dichoso él. (Como me precio de conocer a mis amigos, le sumé quince minutos más a su optimismo). Las puertas abrirían a las siete en punto. Pero entre lo que el palo iba y venía, descansaba el hacha. Ya en el lobby se congregaba una multitud que pedía el último y que, en su bullicioso entusiasmo, me hizo salir a la intemperie, alegando mi proverbial alergia a las colas. Enrique no tardó mucho más de lo pronosticado. Ticket en mano, llegaba como quien va a una guerra o vuelve de ella. Saludo efusivo. Cacheo a la entrada. Resignados, pedimos que nos condujeran a la mesa reservada a Paquito D’Rivera y Armando López. Y una vez allí, de las 7:20pm a las 8:30pm, estuvimos hablando por señas; estudiando el panorama; bebiendo; él, un Jack Daniels; yo, una cerveza cualquiera. Hablábamos por señas pues el disc jockey tenía el volumen a límites jamás escuchados (valga la imagen, no el sonido). Las mesas temblaban. El público sufría en la espera. Enrique y yo nos turnábamos para ir hasta la mesa del torturador a pedirle que bajara los decibeles. El bárbaro, como la de Lima. Yo que me había ido de Cuba, entre otros motivos de infeliz mención, para no tener que volver a escuchar “Lady Laura”, ahora me veía forzado a tararearla en versión merengue, a todo lo que daban las bocinas. Cuéntame un cuento, Lady Laura. Y el cuento, a esa hora, habría sido de horror y misterio.

En vista de que la comida que ofrecían para picar (frita y deprimente) no estaba a la altura del momento histórico y a un paso de la sordera total, decidimos salir a comer a otra parte. Llamamos al resto del grupo para que se nos uniera en un restaurant de la 32 y Bergen. Salimos a pie, para no perder mi sitio en el parqueo, que estaba abarrotado. El chubasco nos perseguía como la Seguridad del Estado a los disidentes.

Al poco rato de llegar al restaurant, se nos sumaron, Paquito, Brenda Feliciano, Armando López, Frank Zimmerman, Martín Ruiz y Mayra (cuyo apellido desconozco). Gente buena. La comida fue grata, entre risas, bacalao con pan ―que comiera el Paco, quizá rememorando sus tiempos en Irakere― y los mil y un cuentos que intercalaran Frank y Armando. A las diez de la noche, luego de sendos flanes de coco para matar la jugada y sendas tazas de café cubano para alejar los demonios, salimos andando, que, dicen, es la mejor manera de quitar el frío.

Al llegar al Schuetzen Park, nos esperaba a la mesa David Oquendo y su esposa (cuyo nombre, entre la cerveza y la bulla, no escuché). Desde el escenario, “Azuquita” imitaba a Celia Cruz con mucha gracia y menos voz. En algún momento se le fue un gallo de Morón y lo disimuló muy bien. Pero cuando a éste le siguió el gallinero en vilo, paró de cantar (mientras la música seguía andando) y preguntó: «¿No se oye?». Hubo risas benignas. Hay gente que nace con carisma. Y esta señora me ganó con su inesperada salida de emergencia. (A quienes no hayan leído la novela: ¿a qué esperan, tiernas criaturas? Fin del comercial).

Poco antes de las once, Enrique colgó los guantes. Hasta el momento, el espectáculo ―palabra, en esta ocasión llana y aguda, con énfasis en las dos sílabas finales― era, cuando menos, lamentable. Pero diez minutos después de que el Henry hiciera mutis por el foro, llegó el plato fuerte. A decir verdad, lo de Alexis Valdés fue apoteósico. Entró a escena encarnando a su popular Cristinito. Y el teatro, a cupo lleno, se fue abajo. Reí desde que abrió con aquel: «¿cómo se dice toro gay en inglés? Repuesta: Gatorade» (que se pronuncia guei-toreid), hasta que abandoné el salón, a la una y media, con el Paq-Man y Brenda, de ilustre compañía.

Hay palabras cuya sola mención me provoca una incomodidad similar a la que siente cualquier escolar cuando la tiza de la maestra raya la pizarra. De esas palabras, destaco: actividad, mural, brigada. Este evento, de alguna manera, evocó esa olvidada trinidad.

A Alexis Valdés: gracias por rescatar lo rescatable. A los aquí aludidos: gracias por hacer más leve la tortura.

A los lectores: el lunes, cortesía de Jorge Gómez, colgaré fotos de la velada.

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Mano de obra

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