Puff 3 (o El hombre en el banco)

Por Ernesto Ariel Suárez

Exilio, por Garrincha

En el banco, tratando de regular su respiración entrecortada, volvió a preguntarse qué carajo hacía allí. ¿Cómo podía haber olvidado aquel calor infernal, aquella humedad sofocante, los insectos, los hedores?

Había llegado buscando a un hombre.

Había llegado buscando a un hombre a quien una vez conoció o pensó conocer.

Había llegado buscando a un hombre a quien había amado o al menos eso se había repetido todos estos años en las largas noches depresivas después de cada relación fallida. Él sí le había amado. Estaba además seguro de que él aún le amaría si volvieran a encontrarse en la misma ciudad y el mismo barrio.

Encontró lo que encuentran todos: lo mismo con más arrugas, churre, tizne y un poquito de pintura nueva aquí o allá escondiendo las cicatrices del cemento. Descubrió nuevos hombres nuevos y en dos días los vio a ellos también partir, partirse, mutar, ahuecarse y seguir la marcha. Se aburrió muy pronto de sus pieles y sus sonrisas rotas y sus colores subidos. Estos nuevos hombres nuevos eran hermosos, pero no eran su hombre y al darse cuenta de ello, en un momento de rabia, maldijo entre dientes a Saint-Exupéry.

«Ya ves, le va muy bien en Italia. Revalidó su título de enfermero y su ‘amigo’ lo ha ayudado muchísimo», le dijo la madre del amante mientras le enseñaba fotos de aquel alguien a quien había llegado buscando. Se le veía sonriente, al menos en apariencia sinceramente feliz y en algunas, junto a un señor de rostro afable y mucho mayor. Se sintió extrañamente feliz, reivindicado y esperanzado. El desamor les unía en la distancia y quizá les uniría en la cercanía. Luego vino, sin embargo, la estocada más trapera. El señor mayor no era el ‘amigo’ del antiguo amante, solamente un amigo de verdad. El amante de su amante era joven, más joven que él, mejor parecido y un hombre de éxito.

El asidero se rompió y volvió a contemplar el mundo desde el fondo del abismo.

Se fue a caminar por las ruinas de su infancia y sin darse cuenta casi encendió un cigarrillo que como de la nada apareció entre sus dedos. Lo tiró al suelo con asco porque de todos sus vicios, sus tantos vicios, fumar nunca fue uno.

A media cuadra, jadeante, se encontró el parque. Allí estaba antes aquel derrumbe en donde entre mierda y pestilencia había sido amado o al menos poseído, penetrado, besado; es decir, lo mismo o casi.

¿Quién le hubiese podido decir que tantos años después aquí habría un parque? Pensó entonces en lo equivocados que estaban aquellos que decían que nada cambiaba en ese país. La prueba era este parque, nuevo, limpio, con un banco (¡un banco en este barrio!).

Se sentó a recuperar el aliento entre tanta humedad asfixiante y allí le asaltaron a la vez los recuerdos y las caricias, las caricias de hace tantos años y las que había evocado muchas veces en solitario. Se sintió otra vez adolescente y a la vez invadido por algo que no quiso detenerse a descubrir. Le bastaban las caricias del amante que continuaban ahora navegando los mismos lugares de antes, pero con una energía nueva, metamórfica y casi feroz.

La noche pasó.

En la mañana, mientras el sol trataba de superar las ruinas, un adolescente pasó, como cada domingo, medio ebrio aún y oliendo a piel extranjera, por el solar yermo a media cuadra de su casa.

Casi le sorprende el montículo nuevo, que de la noche a la mañana había aparecido en el terreno, baldío desde hacía tanto. Casi, porque al detenerse a mirar se encontró con el rostro de su tío mirándole sonriente junto a su novio desde la fotografía abandonada en el suelo. La recogió para llevársela a su madre y ya no miró más aquella lomita de polvo que comenzaba a esparcirse con la brisa quejumbrosa de la mañana.

***
[Ilustración: Garrincha].

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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Una respuesta a Puff 3 (o El hombre en el banco)

  1. moramai dijo:

    No me canso de leerlo… no me canso…

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