Los culpables, según Eufrates del Valle

En Los culpables, escondido en la cadencia del endecasílabo, Romay intenta sanar al muchacho que fue cierta vez, caminando su ciudad natal, inocente todavía de la obra de los verdaderos culpables. Por algún azar, dividió este grito en cuatro partes. El proceso, un ciclo de veintitrés sonetos, escrito cuando ya el autor, al parecer, se sentía a salvo; así creía:

«El día en que perdimos la memoria,
los sabios nos trocaron los papeles:
premiaron la soberbia de los crueles,
recrearon el giro de la noria».

Pero comprendió que de ese proceso ya nadie se salvaba, porque:

«Nos hicieron eternos e invencibles,
inmunes al dolor de las partidas,
ermitaños, modernos criminales».

Acto seguido: Las evidencias. Esta segunda parte, de tres poemas, entrega sendas versiones de una Isla. Pinta con brocha suelta un retrato «hiperrealista», otro, «impresionista», otro «expresionista». Es aquí donde su voz es más desgarrada. Pero el poeta no hace nada para ocultarse. Notas al margen, la tercera parte, es un recorrido de emociones: urgente, unas veces, reposado, otras, hacia esa ciudad que dejó, para rescatar aquellos pedazos de sí mismo que allí aun quedaban:

«Siempre regresarás a lo que fuiste:
el azar, los instintos animales
y la perpetuación de un viejo rito».

El libro culmina con tres sonetos agrupados bajo el título Diario de Nadie. Yo diría, sólo por contradecirle, «Diario de todos». En Réquiem, se rinde, con el cansancio del que veló a su dolor y ahora aprende a vivir tal como se hace con el dolor de otra ausencia, exponiéndose:

«Nada es igual. Nada ha cambiado tanto.
Ya nadie es inocente ni culpable.
Ya el perdón se asemeja a la condena».

Y dejo al margen el último verso del último poema. Es decir, se los dejo para que lo lean por sí mismos. Agregarlo aquí sería contarles el final de una historia; un final que se sospecha, pero que, como la culpa misma, nunca se quiere aceptar.

Eufrates del Valle (autor y editor de El Imparcial Digital).

Publicado en Han dicho, Libros | Etiquetado | 1 comentario

Los culpables, según Manuel Sosa

Los culpables, de Alexis Romay, es una eficaz transcripción de aquellos susurros que no suelen distinguir los escribas: el ruedo como proceso o montaje, la escena santificada por el Poder. Un anotador oculto, reconocible apenas por la insistencia en escudriñar el attrezzo: así va recopilando el verdadero cronista sus impresiones. El Poder necesita investidura creíble, y la busca concibiendo su propio Teatro. La poesía que se contrapone al script autorizado no es un recurso usual, pues su naturaleza le hace rutilar con voz única, a distancia de las candilejas, dúctil y ambivalente. Pero Romay se encarga de matizar sus atributos, usando una rara mezcla de ironía y dolor, esa voz que describe las verdaderas mutilaciones cuando se participa en rituales de tal especie.

El libro como rosario, soneto a soneto, avanza desde la ilusión hasta la redención, buscando significados, tachando alocuciones vanas, dando espesor a lo que antes fuese tenue diálogo de usufructo. En la franqueza reside su fluidez, atenuando la insistencia del soporte: el metro y la estrofa donde más se vierten el amor y el encono, cultivados aquí con increíble destreza. Romay nos desgrana, en deleitoso reverso de aquel dolce stil nuovo, las otras evidencias: toda autocracia se alimenta de escenografías; cada tribunal es partícipe del libreto previsto; la literatura está siempre enmarcada en territorio vedado; el Poema contradice al acto de escribir, por querer ser más. Culpable, insatisfecho, y este libro como prueba decisiva del cargo más peligroso: incurable.

Manuel Sosa (autor de Canon, Todo eco fue voz y Una doctrina de la invisibilidad).

Publicado en Han dicho, Libros | Etiquetado | 5 comentarios

Los culpables, según Isis Wirth

Hacer coincidir, sin misterio, a la desgraciada isla y al infinito, en un mismo hálito indivisible, son esos caminos que sólo los poetas ciertos iluminan. La lección de Borges es aquí, con intención, transparente, pero sólo es un punto de inflexión para otorgar una voz nueva, más desgarradora, profusa pero precisa. La historia y su absurdo, el ser y lo innombrable, hecho ya verbo, estremecen con un soplo redentor pero sosegado y sabio a estos sonetos. He creído que con ellos accedía a otras claves, más diáfanas en tanto más oscuras —como debe ser—, de la materia de la poesía.

Isis Wirth (autora de Después de Giselle).

Publicado en Han dicho, Libros | Etiquetado | 4 comentarios

Estampas habaneras (VI)

Olores mañaneros
Teresa Dovalpage

Huele a asfalto derretido, a basura sin recoger desde hace una semana y a borra de café. Huele a aguas albañales que salen cual río revuelto (pero no hay pescadores cerca, mucho menos ganancia) de una alcantarilla cuya tapa herrumbrosa ha ido a recalar, por malabarismos del azar o del viento, dos cuadras más abajo. Huele a humo de tabaco, de cigarro, de quién sabe qué fábrica que todavía no se ha parado en seco.

Huele fuerte, sin sutileza alguna, a grajo en el camello que se lleva, entre las maldiciones de quienes lo aguardaban desde hace una hora, la parada atiborrada del cine Astral. (Del cine donde ponen Abbott y Costello contra los fantasmas, estrenada cuando mi madre montaba bicicleta en el Paseo del Prado. En fin). Huele a desodorante bajo las axilas peludas o depiladas de quienes aún esperan por un medio locomotor. Huele. Huele a café con leche. Y a frijoles negros con masitas de puerco que alguien —oh, dichosón— empieza a cocinar desde por la mañana. Porque aún no han dado ni las ocho pero todos estos olores (no hay maneras de llamarles aromas) forman ya parte del aliento matutino de la ciudad.

Publicado en Estampas habaneras | Etiquetado | 7 comentarios

Sueño fresco

Transcribo un texto de César Reynel Aguilera.
***
Llego nuevo al aula y me miran. Es una escuela de niños-bien. Lo sé por las paredes y los pupitres de caoba, por las chaquetas verdes con escudos en el pecho y un lema en latín que ahora olvidé. El profesor me presenta. Voy a sentarme y el gracioso de la clase quiere reírse de mí: Estábamos discutiendo la relación de Hemingway con las metáforas. Quizás tú puedas alumbrarnos.

Hay dos risitas y un mar de piernas extendidas. Hay quietud de caderas sobre el borde de los asientos, brazos dejados caer, manos cercanas al suelo y espaldas hundidas. Tres filas al Norte está sentada una muchacha con un pelo muy negro cortado al cerquillo. Tiene unas piernas largas y unos pechos que humedecen bocas. Se parece a Uma Thurman. Me mira y me quiere explicar —como si dejara de pintarse las uñas para decírmelo— que el gracioso de la clase es muy aburrido. No le hagas caso, vive en un closet con puertas de cristal. Dejo caer el nombre y me dispongo a echar con la cara.
Ernest le huía a los tropos como el anzuelo a la roca. Hablo y cada una de mis palabras reordena el aula. Quiso convertir el periodismo en arte. Los pupitres se deslizan como bloques de hielo. Y terminó escribiendo un himno al pragmatismo anglosajón. El alumno que estaba en primera fila ahora me mira desde lo alto de una pared. ¿Cerró Hemingway, con su aversión a las imágenes, las ventanas que pudieron haber alumbrado los secretos de su virilidad? La muchacha de las piernas largas sigue donde estaba. Hay quien dice que puso carnadas para ahuyentar sirenas y terminó pescando zapatos infantiles. Ahora se muestra desnuda y el resto de la clase la mira desde el techo. Los más nobles creen que el viejo Papa soñó convertir el río en gota. Me ignora sentada en el borde de su cama. Porque, ya sabemos, hay una intención de lágrima en cada tropo. Su espalda recostada contra una columna de madera, los pechos firmes y las rodillas flexionadas. Un deseo de atrapar la realidad en una perla de agua. Ajena a mis ojos mientras yo cincelo su imagen en una piedra muy dura. Eso pudo haber descubierto ese americano loco: desde una distancia adecuada, digamos, desde los confines de esta galaxia —o desde el borde de eso que llamamos historia de la literatura—, la Corriente del Golfo o la Obra de un escritor son charcos que no piden anclas. Se ven, si acaso, como pequeñas metáforas de la inmensidad.

Termino de esculpir y la muchacha queda grabada en el fresco de una pirámide. Esa escuela me aburre. Quiero despertar. Jenny duerme a mi lado. La beso y abre los ojos. Me gusta el sabor de su boca. Su aliento es casi veinte años más joven que el mío. Le cuento el sueño y empieza a llover. Se deja abrazar. La cubro y mientras juega con mi cuello me susurra que le gusta eso del anzuelo en la roca… y Uma.

___
Publicado en Libros | Etiquetado | 7 comentarios

Alumbramiento

He esperado casi una década para darme el lujo de anunciar a toda voz que mi poemario acaba de ser publicado. Ha de resultar obvio que no me compete hablar de sus luces o sus sombras, pero sí quiero comentar brevemente los oscuros parajes por los que ha transitado este libro que desde sus inicios he escrito y reescrito hasta la saciedad.

En el principio era el verbo —en La Habana de finales de los noventa— y entonces el mamotreto llevaba por título El jardín de la inocencia, guiño que respondía a la peor de las intenciones, ya que éste era un texto que era de todo menos inocente, plagado como estaba de infamias —literales, literarias y de cualquier índole—, y en donde primaba el verso libre y las referencias directas a lugares (comunes) de la capital y el resto de la isla.
Poco después de concluir el borrador inicial hice mutis por el foro habanero. De ahí que del mutismo pasara a la primera mutación del manuscrito, que ocurriría ya en suelo neoyorquino, cuando sustituí una docena de poemas por sendos sonetos y eliminé el texto que nombraba al todo, razón por la que su título pasó a ser Ciudad de invertebrados, partiendo del poema que le otorgaba cierta unicidad al mejunje.
Entre 1999 y 2002, algunos fragmentos de esa Ciudad de invertebrados fueron recogidos en antologías que ni yo recuerdo y el poemario tuvo un primer editor en potencia: un personaje radicado en Nueva York, anglosajón y monolingüe, que estaba empecinado en sacar una edición en la que ambas lenguas aparecerían a contracara. Las traducciones las trabajé con espátula fina, mi esposa y una traductora oriunda de la Gran Manzana, con quien la colaboración merecía haber ido mucho mejor de lo que en realidad fue. A finales del 2001, el editor me comunicó que ya tenía las galeradas listas y, sin preámbulos ni advertencias, me pidió que cofinanciara el libro. En el acto le di las gracias. Y le retiré el manuscrito.
Dos años y otros tantos borradores después —en los que seguí eliminando versos libres y favoreciendo el soneto—, contacté a par de editoriales españolas. Ambas quisieron publicar el libro. Y ambas me pidieron sendas contribuciones pecuniarias. Uno de los editores llegó a decirme que el estigma estaba en mi mente; que no olvidara que Eliot se había autofinanciado sus publicaciones. Y yo, que en días de lluvia me caracterizo por mi buen humor y mi mala leche, le di las gracias y con aire de bolero le respondí que prefería que el libro se quedara inédito antes que tener que pagar un centavo por su publicación. Y el manojo de papeles regresó a la gaveta a dormir el dulce sueño de los (in)justos.
En abril de 2004, envié el manuscrito a Pureplay Press y al par de meses recibí respuesta del editor —que devendría amigo y colega, en ese orden—: a recomendación de su lector de poesía —que luego, para mi sorpresa y fortuna, me enteraría de que había sido el irrepetible Néstor Díaz de Villegas—, Pureplay Press publicaría mi Ciudad de invertebrados. El libro entraba en cola y saldría de ella y a la luz a finales de 2005 o principios de 2006. Aleluya. Finalmente aparecía un editor que correría con todos los gastos de publicación y se ocuparía como Dios manda de ese incómodo etcétera que obstaculiza al mundo editorial. Ay, pero no todo lo que tiene buenas intenciones está destinado a dar frutos. Y a mediados de 2006, el editor y yo, de mutuo acuerdo y por contratiempos que no vienen a colación, decidimos que no era oportuno que mi libro apareciera bajo su sello.
Ya para ese entonces, tres cuartas partes del animal estaban compuestas de sonetos y el resto incluía desde haikús, hasta epigramas, pasando por alguna que otra descarga (no hay otro nombre) desgranada en prosa poética. Fue entonces que me encomendé a Petrarca y opté por entregarle mi libro en su totalidad al endecasílabo. Le quité las referencias directas a la capital y el resto de los lugares (comunes) de la isla y reinventé el manuscrito que en algún momento se jactaba de su falsa inocencia como un ciclo de sonetos. En este borrador (del cual ya he adelantado subrepticiamente algún que otro texto en Belascoaín y Neptuno), el monstruo asumió su verdadero título, Los culpables, cerrando de ese modo el círculo que había comenzado con pretendida (y, mal que me pese, real) inocencia.

Dos editoriales, dos, recibieron este manuscrito. Dos editoriales, dos, quisieron publicarlo, pero al final me decanté por Linkgua, entre cuyas ventajas añadidas figura el hecho de estar radicada en Barcelona y tener un editor que ha devenido amigo y lee este blog y le tiene no poca fe al libro.

Dada la bienvenida formal, estimo que el momento es propicio para cambiar de tema. El resto lo dirán los lectores a quienes, como botón de muestra, dejo un soneto escogido al azar (que, por demás y como todos saben, no existe):

Ajeno, febril, fugaz, incongruente,
el tiempo le sucede en su mesura.
Recuerda algún pincel, la partitura
y la inquieta impresión del sol naciente,

el vicio de la edad y la ironía
de las fronteras y de los encierros,
de las falacias y de los destierros
de cada eternidad y cada día.

Amó a su prójimo entre cartas mudas.
Aprendió a respirar en tierra extraña
y el aire, limpio y grave, fue el dilema.

Sus fobias confabulan con sus dudas.
Su pluma tiene forma de guadaña.
Quemó las naves en aquel poema.

Publicado en Libros | Etiquetado | 22 comentarios

Castro I en caída libre

La flexibilidad que el sátrapa nunca tuvo en vida la derrocha su monigote. Lo pueden zarandear con el ratón y tirarlo de un lado a otro. El jueguito es adictivo. Y terapéutico.

PD: Me entero por PD que la animación Flash es de Ulises Álvarez.

Publicado en Cuba, El Innombrable, Exilio, Insilio, La muerte de Narciso | 3 comentarios

Castro I en caída libre

La flexibilidad que el sátrapa nunca tuvo en vida la derrocha su monigote. Lo pueden zarandear con el ratón y tirarlo de un lado a otro. El jueguito es adictivo. Y terapéutico.

PD: Me entero por PD que la animación Flash es de Ulises Álvarez.

Publicado en Cuba, El Innombrable, Exilio, Insilio, La muerte de Narciso | Deja un comentario

El joven y el mar

¿Qué fue del jovial mancebo
que con el barbudo un día
se perdió de pesquería
buscando el Pescado Nuevo?
¿Le servía de placebo,
como la foto propone?
Pues el barbudo le pone
el bronceador en el lomo
y el bronceado, con aplomo,
lo mira y lo descompone.

***
Foto: Del archivo (y cortesía) de Camilo Loret de Mola.
Publicado en Cuba, El Innombrable, Una décima (a)parte | 1 comentario

Raúl Castro le comunica al Convaleciente su próxima gira por el hermano pueblo de…

Habrá que irse a Venezuela,
lo dice el sobrino Chávez
—gorila que, como sabes,
cocina en nuestra cazuela—.
Habrá que meterle espuela,
habrá que hilar bien finito,
habrá que cantar bonito
para alcanzar nuestra meta:
limosna con escopeta,

¡merengue con platanito!

H/T: Penúltimos días.

Publicado en Cuba, El Innombrable, Heredero en Jefe©, Una décima (a)parte | 2 comentarios

Raúl Castro canta una canción folclórica dedicada a La China

Yo quiero un modelo chino,
vestido de camuflaje,
que me enseñe modelaje…
¡Y adiós mi fuero interino!
(¿O era mi fuego uterino?).
Yo quiero un chino, modelo,
envueltico en terciopelo,
muy jovial y rozagante.
Yo quiero mi Rocinante.
¡Paz aquí, gloria en el cielo!
Publicado en Cuba, Heredero en Jefe©, Una décima (a)parte | 1 comentario

Tarde de gatos

Transcribo una crónica de Max.
***
Sabía que esa tarde miamense había salido a la calle con mi mejor cara de bobo. El carácter de la misión así lo requería: comprar latas de comida para gatos en Wal Mart, encargo de un tío medio loco que dedicaba sus últimos años a mantener cuanto gato callejero deambulaba por los alrededores de su casa.

Al llegar a la tienda me dirigí a la sección de los “pets” y me detuve a llenar mi carrito. Una jovencita, delgada y poco agraciada, se acercó a mí y en tono bajo me habló en un idioma incomprensible —confundida sin dudas por mi aspecto anglo— sobre una gran tragedia. Me entregó un pedazo de papel de libreta escrito a mano donde decía, en inglés, que tenía dos niños anormales y estaba sin trabajo, por lo que solicitaba mi ayuda.

“Debe ser recién llegada —pensé—; desconoce que en un Wal Mart de Hialeah no hay anglos y sólo compran cubanos y miembros de la raza sufrida”.

“Jovencita —le dije en español con amable tono—, Ud. tiene mejor puntería que Sara Palin, porque a ella de cinco le salió un manolo, pero usted tiene de dos, dos”.

Reaccionando con violencia me arrebató el papel de las manos y, mientras se alejaba, me espetó:
—¡Viejo comemierda!

Y sus palabras, en el ya olvidado acento lawtense, trajeron a mi memoria los recuerdos de mi barrio: la Calzada del 10 de octubre, la loma de la iglesia, el paradero de las guaguas, los pinos de la loma del burro…

Terminada la compra me dirigí al parqueo y comencé a llenar la parte trasera de mi humilde automóvil. Un carrazo grande, algo viejo, paró a mi lado y se bajó el cristal eléctrico de la ventanilla del pasajero.

—¡Oiga, amigo! — se dirigía a mí el chofer del carro, cubanazo, medio tiempo, más cargado de cadenas que un galeote—. Estoy sin trabajo y necesito comprar unas inyecciones para las piernas —me dijo, mientras mostraba en su mano algo que parecía un frasco de medicina.

—Amigo, yo también he caído en desgracias —le dije—. Vea usted que estoy comiendo arroz con comida de gatos como si fuera picadillo, pero puedo resolverle un par de laticas.

—¡Váyase pa´ la p…ga! —me contestó airado.

“Preferiría no hacerlo”, iba a responder al mejor estilo de Bartleby, pero aceleró el carro y salió en busca de otra víctima.Con mi alma permeada por una gran paz espiritual decidí que era mejor regresar a casa para ver la última película de Pacino y De Niro —pirateada, por supuesto— que me había prestado mi hija.

Publicado en Misceláneas | Etiquetado | 5 comentarios

Estampas habaneras (V)

La iglesia de Reina
Teresa Dovalpage

La torre puntiaguda, con su aguja neogótica, se alza y se estrella contra el cielo. Como flecha de piedra viva, dirían los cutres poetas de antaño. Como un misil intercontinental, dicen los prosistas, más cutres aún, de hogaño.

Es una tarde de domingo. Acabo de bajarme de una guagua. (Vaga que soy, mi apartamento, en Carlos III y Espada, dista menos de seis cuadras de Reina. Pero son tiempos anteriores al período especial). Me bajo de la guagua, digo, cruzo Belascoaín y camino hacia el templo con precaución de buhonera ilícita.

Antes de entrar al portal —no muy limpio y con algunos olorcillos que de beatíficos poco tienen— observo cautelosa a mi alrededor. Izquierda, derecha, otra vez izquierda y huye que te coge el moro. A la entrada está la portería, donde la inefable Teresita Bacallao o Esperancita reciben lo mejor posible a todo al que se le ocurra asomar las narices por allí. No son muchas narices las que ven, por cierto. En aquel tiempo (un día cualquiera de los años 80) la religión no se ha puesto de moda todavía y la posibilidad de que el Papa visite la isla colinda con la ciencia ficción.

El altar es de mármol y los vitrales representan, supongo, escenas de la Biblia. Nunca me detengo a mirarlos. Hay algo de subversivo (sí, no lo borro: ¡subversivo bien!) en asistir a una misa de domingo en la iglesia de los jesuitas. Bajo las bóvedas, góticamente ojivales, se han sentado los cuatro gatos que suelen venir a esta hora. La misa de los jóvenes, por las mañanas, es algo más concurrida, pero tampoco multitudinaria, eh. Las filigranas del altar son un tejido de Aracné en alabastro, bronce y mármol. Quizá si las viera ahora me inundarían de admiración babosamente turística. Pero aquel domingo no me importaban los ventanales, ni los vitrales ni el clasicismo ni los arcos. Lo importante era la callada complicidad del templo y de la torre que lo vigilaba, con su aguja neogótica como un misil intercontinental.

Publicado en Estampas habaneras | Etiquetado | 9 comentarios

Convenio político-religioso-comercial entre los pueblos hermanos de Cuba y Rusia

Erigiremos un templo
a esta iglesia compañera
(que es ortodoxa y señera)
y daremos un ejemplo
—esas cuestiones contemplo—
de tolerancia a la intrusa
iglesia ortodoxa rusa
sin seguidores cubanos:
¡les cambiaremos habanos
por zapatos de gamuza!
Publicado en Cuba, El Innombrable, Una décima (a)parte | 3 comentarios

Inventario de Miami

(a Zoé Valdés, que inspiró este soneto con una excelente crónica)

Hay soledad y hay falta de cabilla,
pingas paradas, chochas que chorrean,
castristas reciclados que chochean,
pero ya no hay país ni maravilla.

Es la ciudad de la mierda con lujo
(la mezcla es tan nefasta, tan cubana,
tan propia del Vedado o Centro Habana).
Resisto sus embates y su embrujo,

evito sus mil poses, en detalle:
su botox, sus botes y sus embotes,
su arte de realismo socialista,

me quedo con la gente de la calle
que no arma ni desarma despelotes
y me es mucho más grata que el dentista.

Publicado en Apologías e insultos, Libros | Etiquetado | 5 comentarios