Abajo quién tú sabes

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Estaba repasando unas fotos de mi antiguo barrio con la esperanza de que me ayudaran a escribir una escena de mi segunda novela cuando me vino a la mente el periodo de finales de los ochenta y principios de los noventa, época en que el futuro ministro de relaciones exteriores y por aquel entonces presidente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), Robertico (sic) Robaina empezó a organizar conciertos multitudinarios que atraían a la muchachada adormecida y abúlica y que terminaron por secuestrarle a la “novísima trova” lo poco que le quedaba de rebelde,
haciendo coexistir en infeliz tarima a Fidel Castro y Carlitos Varela, esos grandes genios del espectáculo que, al parecer, tenían un público en común. Recuerdo aquellas cintas blancas en las cabezas y las garabateadas consignas en negro que las recorrían de un lado a otro y daban cuenta de un optimismo inmerecido, de una victoria abrumadora sobre un enemigo invisible. Aun me cuesta olvidar todos los letreros producidos en masa que entonces y de la noche a la mañana cubrieron cada superficie plana de la ciudad con colores tan chillones como el triunfalismo que preconizaban y que repetían ya fuera sobre paredes de concreto, portones de madera o rejas de metal: «Te seré fiel, Revolución» y demás estupideces al uso.

2
Si alguien me preguntara cuál es el colmo de la adulación —desgracia que abunda en mi tierra y se conoce con los más carismáticos nombres de guataconería o chicharronería—, sin chistar ni pensármelo dos veces —y dejando al margen las genuflexiones del ministro cubano de (in)cultura en la presentación del más reciente libro de su comandante—, respondería que una pintada progubernamental en un muro de alguna calle de cualquier ciudad, sobre todo si la ciudad en cuestión es La Habana o alguna otra de ese país de las sombras largas y chinescas.


3
Adoptar el grafiti —que como todo fenómeno contracultural surgió precisamente para hacerle resistencia al establishment— para apoyar al status quo es no sólo una bajeza, sino una ironía indescriptible. Y viceversa.

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Aquí me detengo un minuto a imaginar posibles escenarios de cómo fue a parar dicho letrero al muro:

– Un “revolucionario” —al amparo de la noche y de la policía que lo vigila y protege— con aro balde y paleta y lechada de mala muerte pinta la inscripción.
– Un policía atrapa a alguien con las manos en la masa, alguien que estaba a punto de hacer grafiti, esto es, grafiti verdadero, es decir, grafiti subversivo. El oficial lo conmina a modificar el mensaje. Ya conocemos el resto.
– Un chiste que rondaba hace década y media en la capital cubana describía a un personaje que había terminado de escribir en un muro: “Abajo F”, cuando una patrulla que hacía la ronda nocturna lo descubre, lo detiene y lo increpa por sus acciones, a lo que el artista gráfico responde: «¿Me pueden aclarar cómo se escribe Flinton?».

Sólo así se explica ese “Viva Raúl” que aparece en la foto que ilustra esta nota.

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Buzón de quejas y sugerencias

Dejen aquí sus insultos
comunistas trasnochados,
envidiosos, amargados
(adolescentes y adultos),
adoradores de cultos
(guevaristas, guerrilleros),
cederistas, jineteros,
sapingonautas, chivatos,
negros, blancos y mulatos,
pirómanos y bomberos.
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Oda al hambre vieja

Ay, pasteles de guayaba,
que se pegaban al cielo
de la boca y con recelo
de ustedes me alimentaba
cuando el hambre me asaltaba
en el medio de la vía
y huyendo a la policía
los compraba en bolsa negra,
mi estómago no se alegra,
¡se retuerce todavía!
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No a la Cornucopia (edicto encontrado en el imperio del sol decreciente)

El Mundo habló hace poco del delito
—uno de tantos en la imberbe tierra—,
delito diluviano y de postguerra:
todo el que coma más de un huevo frito,

quien tenga una cebolla en la despensa
un melón, un tomate o una piña,
por mucho que cultive la campiña,
por mucho que coopere en la defensa,

por mucho que se desgaste las suelas
marchando ante la enérgica Tribuna,
chivateando a tirios y a troyanos,

jamás podrá escapar de las secuelas
por jugar en el bando de la luna

con acaparadores y gusanos.
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Estampas habaneras (IV)

Mi escuela alegre y bonita
Teresa Dovalpage

Entre los libros que traje de Cuba está el más conocido de Edmundo D’Amici. Y ayer precisamente, desempolvando mis libreros, di con aquel viejito, ya bastante despeluzado ejemplar de Corazón.

Por muchos años creí que el tal libro debía ir junto a los de Bradbury en el clóset que en mi casa fungía como biblioteca. Aquellos maestros preocupados y amables, aquellos estudiantes respetuosos que (con una excepción) pueblan las páginas de Corazón no podían ser realidad, ¿eh?

Ay, mi escuelita primaria, centro habanera y barriotera… Si D’Amici la ve, le da un infarto. Creo que la calle donde estaba era Sitios, pero no puedo asegurarlo. Lo que sí me atrevo a jurar era que el olor que se sentía apenas transpuesto el umbral era a comida agria, a leche requemada, a sudor, a bocas no lavadas, a aguas albañales, a mierda y, leve, indiscretamente, a ratón. Ratón que habitaría una de las mil hendiduras de las desconchadas paredes de las aulas, que no se pintaban jamás.

“Mi escuela alegre y bonita” rezaba la calcomanía de la puerta, sin duda puesta allí por un geniecillo maléfico e irónico. Pues la escuela primaria José Joaquín Palma tenía poco (si es que tenía algo) de estas dos cualidades.

Y si sólo fuese el edifico de categoría Z… pero los maestros, señor… ¡los maestros! El ejemplo para las nuevas generaciones, los forjadores del futuro…Y veo de nuevo a María, que tendía los pañales de su hija a secar en el aula, en una tendedera improvisada entre pupitres. Y a Elena, la terrible, que dejaba a su hijo levantarles las sayas a las chicas y no sabía sumar. (Elena, no su hijo). Y al boquirroto de Juan, que llenaba la clase de coños y carajos cuando no le prestaban atención. Y a Emma, la pobre Emmita, cuyo marido, querido o significant other iba al aula a dormir la siesta. Lo llamábamos indistintamente Esopo (como al jorobado de Enrique de Lagardere, porque era maletúo) o el Bello Durmiente…

Cuántos recuerdos y evocaciones me han traído, por asociación contrastiva (si tal término existe) el tropezar de nuevo con ese libro maravilloso y sci-fi que es Corazón.

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Jardines invisibles en la Feria del Libro de Miami

LOS NOMBRES DE LA NOCHE, de Carlos Pintado
LOS FRUTOS DEL VACÍO, de Heriberto Hernández
SEÑAL DE VIDA, de George Riverón
UNA DOCTRINA DE LA INVISIBILIDAD, de Manuel Sosa
Fecha: 13 de Noviembre
Lugar: La Casa de Tula
1513 SW 8 Street
Miami, Fl, 33135

El corojo se rompe hoy, a las 7pm, en La Casa de Tula. No se lo pierdan. Dichosos los que puedan asistir. Y que alguien me haga el favor de darle un abrazo a Sosa de parte mía.
Nota: Estos libros podrán adquirirse los días 14, 15 y 16 de Noviembre, durante la XXV Feria Internacional del Libro de Miami en el stand de Bluebird Editions (Stand 346 E. 3th ST entre NE 1st Ave and NE 2nd Ave.) Aquí, detalles sobre los libros.
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Jardines invisibles en la Feria del Libro de Miami

LOS NOMBRES DE LA NOCHE, de Carlos Pintado
LOS FRUTOS DEL VACÍO, de Heriberto Hernández
SEÑAL DE VIDA, de George Riverón
UNA DOCTRINA DE LA INVISIBILIDAD, de Manuel Sosa
Fecha: 13 de Noviembre
Lugar: La Casa de Tula
1513 SW 8 Street
Miami, Fl, 33135

El corojo se rompe hoy, a las 7pm, en La Casa de Tula. No se lo pierdan. Dichosos los que puedan asistir. Y que alguien me haga el favor de darle un abrazo a Sosa de parte mía.
Nota: Estos libros podrán adquirirse los días 14, 15 y 16 de Noviembre, durante la XXV Feria Internacional del Libro de Miami en el stand de Bluebird Editions (Stand 346 E. 3th ST entre NE 1st Ave and NE 2nd Ave.) Aquí, detalles sobre los libros.
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De las emergencias cotidianas

Les dejo una anécdota muy simpática que le sucedió a Ana T. —amiga que habita en tierras tapatías— cuando, meses atrás, se apareció en una librería de Guadalajara a preguntar por mi novela.

***
Dice Ana T.:

Fui con la señorita encargada de los libros a preguntarle si tenía Salidas de emergencia. Como me habías comentado que sólo estaba disponible por Amazon.com se me hizo raro que me contestara que sí y muy amablemente me señaló en dónde estaba, le pregunté que en qué estante y me miró con asombro. «¿Cómo?», me dijo y le volví a preguntar si tenía “el libro” titulado Salidas de emergencia; ja ja, la señorita había pensado que le preguntaba por las salidas de emergencia de la librería, en fin… Ya he conseguido el libro a través de Amazon.com. Pero me reí un buen rato en la librería.

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Sapingonalia (una isla)

El sapingo me llama resentido
(cuando critico a Castro) y da un respingo.
No le gusta mi ataque al Gran Sapingo.
Ay, sapingo, carente de sentido,

que defiendes la gloria del Partido,
y el trabajo del sábado y domingo,
¿que no sabes quién es el Gran Sapingo?
Gran Sapingo es un pingo malnacido,

es un pingo malquerido y malcriado,
que se aferra al poder cual garrapata
y que quiere fundirse (o confundirse)

con la patria, el escudo y el estado
y sueña con dar muerte y con dar lata,
pues sólo así consigue divertirse.

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Tema del patriota y el traidor

O patriota o traidor, de ti depende.
¿O son uno los dos? (En vano el día
que teñimos de sangre la alegría
sobre nuestras cabezas pende y pende).

El patriota saldrá mares allende
a enarbolar nuestra ideología
y el traidor tomará la misma vía,
mas su fuga será mares aquende.

¿O es que acaso el traidor y su patriota
son las dos fases de un ciclo que cierra,
de un círculo cuyas puntas se besan?

¿Es mi traición patriótica esta nota
y el patriota quien huye de su tierra

y el traidor ése a quien las barbas mesan?
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Jardines invisibles en la Feria del Libro de Miami

LOS NOMBRES DE LA NOCHE, de Carlos Pintado
LOS FRUTOS DEL VACÍO, de Heriberto Hernández
SEÑAL DE VIDA, de George Riverón
UNA DOCTRINA DE LA INVISIBILIDAD, de Manuel Sosa
Fecha: 13 de Noviembre
Lugar: La Casa de Tula
1513 SW 8 Street
Miami, Fl, 33135
Hora: 7.00 p.m.
Dichosos los que puedan asistir.

Nota: Estos libros podrán adquirirse los días 14, 15 y 16 de Noviembre, durante la XXV Feria Internacional del Libro de Miami en el stand de Bluebird Editions (Stand 346 E. 3th ST entre NE 1st Ave and NE 2nd Ave.) Aquí, detalles sobre los libros.
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Esquina con primavera rota (III)

¿Qué exaltación, qué gozo canta el bardo?
¿Le embriagan el salitre y su quejido?
Su verso vuelve a ser un ciervo herido:
cultiva hiel, arena, ortiga, cardo.


Sus días multiplican la mentira.
Sus noches son silentes desengaños.
Su tierra es el país de los extraños.
Su verbo estalla, pero no conspira.

Ha vivido derrotas innombrables.
La inmensidad del átomo le aterra.
Sus madres languidecen tiernas, solas.

Su asombro y su credo son maleables.
Sus hijos no volvieron de la guerra.
Sus nietos se perdieron en las olas.

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Oda al correo basura

Masha me pide que vote.
¿Quién es Masha? Es una rusa
que me escribe (la muy intrusa),
y quiere que me alborote
enseñándome su escote,
sus piernas largas, su pelo,
que es, para muchos, desvelo,
pero a mí no me hace mella
porque yo tengo mi estrella
y mi pedazo de cielo.
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Esquinita cruel, del Vedado, barrio aquél…

El edificio rojo que aparece en la foto —en la esquina de 25 y G— es el “Palace”. Para ponerlo en letra de bolero, de aquel palacio ya no le queda ni el recuerdo. El edificio grisáceo que se le enfrenta desde el otro lado de calle —no sé desde cuándo— lleva el nombre —el apellido— de nuestro más ilustre suicida: “Chibás”.

Los primeros años de mi infancia y —luego de un hiato por provincias—, en mi más temprana adultez, antes de mudarme a los predios de Belascoaín y Neptuno, viví en el séptimo piso del Palace, en un apartamento que se jactaba de un envidiable balcón a la Avenida de los Presidentes —avenida a la que, para ponerlo en letra de bolero, de aquellos presidentes ya no le quedaba ni el recuerdo—. El Palace se podría haber jactado también de un cajón de aire que daba a uno de nuestros cuartos y por el que, muy a mi pesar, me mantenía al tanto de quién le pegaba los tarros a quién, o me enteraba del mal que se iba a morir la puta de la madre de Fulana, o me llegaba la grata noticia de que en la triste bodega de 25 y F estaban vendiendo el arroz (con piedras) correspondiente al mes anterior. Fue en esta caja de resonancias, gloria de glorias, donde aprendí en mis primeros años todas las malas palabras que debía tener en su léxico cualquier habanerito en ciernes.

Más que edificio, aquello era un solar vertical. Pero el solar interminable, que —mirado desde abajo— quería perderse en el cielo como la columna infinita de Brancusi, me regaló una tía y el consecuente par de primas, así como un resquemor por el chisme y los elevadores viejos y, para mi sorpresa, a décadas de distancia, aún me trae recuerdos entrañables.

Este blog se pudo haber llamado 25 y G. Hago constar.

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Estampas habaneras (III)

Los restos del Manzanares
Teresa Dovalpage

En la esquina de la Avenida Carlos III —no hay manera de que me salga llamarla Salvador Allende, ¿verdad, Néstor Díaz de Villegas?— y San Francisco hubo un cine llamado Manzanares muchos años atrás. Cuando me mudé de Lawton —¡querida Víbora!— en 1971, ya el cine había dejado de serlo y las únicas películas que se proyectaban allí eran las que se pasaban en sus afiebradas cabecitas los borrachos del barrio. Cuando salían del bar Cincuentenario, al que ya me referiré más adelante, se dirigían a lo que fuera sala de proyecciones, convertida en cementerio de papeles y botellas vacías, y allí daban del cuerpo o mataban impunemente el tiempo. Al menos eso se decía en el barrio.

Un día, cuando tendría yo nueve o diez años, se me ocurrió llegarme por allá una tarde a curiosear. Como los gatos, tengo atracción magnética por las puertas cerradas. Abrí sin dificultad aquellos portones de madera carcomida y hedionda y entré… al aire libre porque en el cine no quedaban techos ni paredes ni la madre que los parió. Pasé al fresco. Y allí, bajo el sol de la tarde, estaba sentado un borrachito triste. Tenía una botella al lado y los pantalones por los muslos y una cosita fláccida, más triste que su alcohol, entre los dedos.

No sentí miedo, ni ganas de huir. No me quedé traumatizada. Lo que me sobrecogió fue una pena enorme cuando aquel borrachito me mostró el pellejo que le colgaba entre los dedos sucios y me dijo con voz velada por las lágrimas: «Muchachita, esto ya no sirve pa’ na’».

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