Alergia generacional

Transcribo un fragmento de una entrevista a Teresa Dovalpage en el diario argentino La Nación. El resto, aquí.

—¿Qué le sugiere la expresión «revolución cubana» ahora que se cumplen 50 años?
—Ha perdido su sentido original, al menos para mucha gente de mi generación. En mi caso, está archivada en el mismo recoveco cerebral donde se encuentran todos los lemas que repetíamos en la escuela: «Patria o Muerte», «Socialismo o Muerte», «Vencer o Morir»… Todos tienen un tufillo necrófilo. Quizás a consecuencia de haberme criado en un ambiente donde hasta el aire que se respiraba estaba politizado, desarrollé una alergia a la política y a los partidos políticos de cualquier pelaje que sean. Y que no me hablen de los discursos… Cuando prendo la televisión y veo a un señor disertando y moviendo el dedito índice [como solía hacer Fidel], la apago a toda velocidad y me pongo a hacer algo constructivo.
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Mariela Castro Espín pide asilo político en España

Mariela_Castro_2010_HamburgEn horas de la noche del sábado, 27 de diciembre de 2008, Mariela Castro Espín (La Habana, 1964) —directora del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba e hija del actual mandatario de la isla— desertó del régimen castrista y buscó la libertad en España.

Su fuga comenzó en la tarde de ayer, cuando la titular del CENESEX aprovechó una recepción —ofrecida a la delegación cubana que asistía al XI Congreso de Diversidad Sexual que se desarrolla en Barcelona entre los días 24 y 29 de diciembre— para escapar de la marca constante de su escolta. Castro Espín cuenta que media hora antes de la antedicha recepción, pasó por su hotel, preparó una pequeña mochila con unos jeans, dos jerséis, un chándal Adidas, unos zapatos y ropa interior y, declara, «eché a correr en busca de una estación de policía que había visto por la mañana. No miraba hacia atrás. Fue el medio kilómetro más largo de mi vida. Corría hacia la libertad».

Aunque la fuente de esta noticia ha preferido el anonimato por cuestiones de seguridad, la misma cuenta que Castro Espín le había comentado que, cansada de abogar por la tolerancia sexual en un país cuyo gobierno se ha caracterizado por la más rampante homofobia, no le quedaba otra opción que abandonar su cargo oficial para, desde el exilio, defender los mancillados derechos de los gays, transexuales y bisexuales cubanos en su isla natal que, según afirmó: «son víctimas de la más despiadada discriminación por parte del gobierno de mi padre. Ya no podía seguir siendo parte de esa farsa».

El embajador cubano en España se negó en repetidas ocasiones a comentar al respecto y, casi 24 horas después de la fuga, la prensa oficialista cubana continúa sin dar noticias del hecho.

***
A los lectores de Belascoaín y Neptuno: ¡Feliz día del inocente!

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El escritor tiene quien le cocine

Las recetas de cocina
que prepara el Comandante
—ese chef extravagante
que con la gloria alucina,
que ya no habla ni camina,
que es más terco que una mula,
que peca de envidia y gula,
que es sangrón y sanguinario,
cruel pichón de dinosaurio—
complacen a quien lo adula.
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Estampas habaneras (X)

El Instituto de Literatura y Lingüística
Teresa Dovalpage

Seguimos en Carlos III. No hay más que cruzar la avenida, cargados con las jabas shoppinescas al salir de la Plaza Carlos III. Cuidado, por favor, con Nissans y Mercedes de turismo, cocotaxis, bicicletas, raudos Fords restaurados y autóctonos camellos que no le paran ni a su muy jorobada madre.


El busto de Doña Tula te recibe a la entrada del Instituto de Literatura y Lingüística con un ceño de piedra gris y la erguida cabeza vapuleada por ciclones y pájaros. Adelante. En el vestíbulo hay que dejar mochilas, jabas y carteras (allí una vez, perdón por el detalle, me sustrajeron unas gafas monísimas. En fin). A la izquierda queda la biblioteca, que siempre preferí, por recoleta y tranquilona, a la grande y desorganizada Nacional con sus empleadas educadas en la escuela de los galápagos. A la derecha y en los altos se encuentra el Instituto como tal, con sus archivos decimonónicos y una pléyade de investigadores que tenían (al menos en mis tiempos) la opción de realizar un sesenta por ciento del contenido de trabajo at home. Mi sueño, jamás realizado, fue enganchar un puestico allí….

El edificio ha pasado una serie de bautizos mayor que lo habitual. Empezó con “Sociedad Patriótica de La Habana”, al cual siguieron varias denominaciones más hasta que adoptó “Real Sociedad Económica Amigos del País”, en 1877. En 1899 le esmocharon el adjetivo “real” a fin de estar a tono con los tiempos. Actualmente se nombra “Instituto de Literatura y Lingüística José A. Portuondo Váldor”. Ajá. ¿No sería un buen detalle el volverle a cambiar el patronímico (una vez más, ¿qué importa?) a Gertrudis Gómez de Avellaneda, en honor a La Peregrina, eh?

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Navidad y festejo

Aunque en Estados Unidos existe una efeméride dedicada en exclusiva al acto de dar gracias, hoy —Navidad de 2008— agradezco enormemente la reseña de mi libro Los culpables que para el diario Encuentro en la red escribiera el poeta —y lector sagaz entre lectores sagaces— Jorge Salcedo.

La releo y en el gozo me viene a la mente un texto —quizá
el más citado de ese maestro de la genuflexión que es Roberto Fernández Retamar— fechado proféticamente el 1 de enero de 1959. Del conjunto, destaco un verso con el que —por suerte o desgracia— dialoga mi poemario: «¿Sobre qué muerto estoy yo vivo?». Para que la anterior pregunta retórica abarque la totalidad del drama cubano actual, cabría añadirle una coda, elaborada con la simple alquimia de la traslación: «¿Sobre qué preso estoy yo libre?».

Hoy, fecha en que los cristianos de todos los países del mundo —¡uníos!— celebran el nacimiento del Mesías, interrumpo el festejo para recordar a todos y cada uno de los prisioneros de conciencia que cumplen injusta condena en Cuba. A ellos y a sus familias dejo acá este soneto arrítmico —como pide la ocasión—, deseándoles que para la próxima Navidad hayan desaparecido de una vez y para siempre las rejas de las diminutas celdas que los encierran y las rejas de la celda más grande que es la isla.

***

La frágil levedad del prisionero
traspasa las paredes de la hacienda,
inunda de promesas la trastienda,
intoxica, corrompe el semillero,

sale a las calles, burla los barrotes,
recicla el aluvión de los abrazos,
se sumerge en el mar de los sargazos,
escapa del furor de los garrotes,

se dispersa entre edificios derruidos,
bebe la transparencia de los charcos,
conjura en su retiro nuevos retos,

aprende a descifrar los sinsentidos,
se adapta a no esperar los desembarcos,
rompe la métrica de los sonetos.

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Engáñame bien, chaleco, que te conocí sin mangas

Luis Báez ha excretado —de alguna forma hay que denominarlo— su más reciente residuo: Así es Fidel, texto que según Roberto Fernández Retamar, el bardo del régimen, «ofrece “una visión poliédrica’” de Fidel Castro, con testimonios en algunos casos inéditos».

Como está mal reseñar un libro sin haberlo leído —y como de ninguna manera pienso detenerme a hojear este panfleto—, me limito a comentar lo obvio: el título contiene las claves de la agonía por la que transita la revolución cubana.

A punto de morir el déspota, Báez lo atrapa en su daguerrotipo y lo define en presente de indicativo. “Así es” donde en realidad debería poner “así fue”, pues si pretendiera hacerle honor a la verdad —pecado que, por demás, no comete la prensa oficialista en la isla—, para describir al vetusto anciano en su estado actual debería mostrarlo en su profundo delirio intestinal, apoyándose (literal y figuradamente) en gobernantes de allende los mares, estrenando peinado de pensionario, inmerso en sus movimientos de marioneta y el chándal deportivo que parece no abandonarlo y que muestra un “F. Castro” estampado a la izquierda —cuya función es recordarle en todo momento al propio dictador y a sus seguidores que tal vez no lo reconozcan que, por más que les pese, así, ese es Fidel—.

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La esquina tormentosa

Reproduzco un texto que Ángel Savón —uno de los lectores habituales de Belascoaín y Neptuno— me envió, precedido por la siguiente nota:

Estimado Alexis:

Tu blog es el único que se ocupa, al parecer, de calles y esquinas de la Habana. Y hay algo que hace años me ha llamado la atención (…).

***
(Para Tere D., que por allí vivía).

Durante casi toda la década de los setenta, trabajaba en el octavo piso del Edificio Masónico, en Belascoaín y Carlos III —me niego a llamarle de otro modo—, ocupado el piso por una empresa de proyectos. Desde mi ventana, en la cara frontal del edificio, se contemplaba el sur de la ciudad. A lo lejos, en las lomas de la Víbora, se podían observar las dos torres neogóticas de la iglesia de los frailes Pasionistas. Un poco más cerca, el viejo y más pequeño campanario de la iglesia de Jesús del Monte. Pero a mis pies, a sólo metros, en la intersección de la Avenida de Carlos III y las Calzadas de Reina y Belascoaín se desarrollaba un drama histórico singular entre enemigos irreconciliables. Jesuítas, Carlos III —el déspota ilustrado que quiso aplastarlos— y masones —víctimas de ambos—, compartiendo la misma esquina.

Diciembre de 1845
El Capitán General Don Leopoldo O’Donnell —represor de sublevaciones de negros y nombrador de calles y plazas—, anunció a los miembros del cabildo reunidos:

He decidido que el actual Paseo de Tacón que une el Castillo del Príncipe con la Calle de la Reina se nombre, de ahora en adelante, Paseo de Carlos III. Honramos así a quien fue nuestro Ilustrado Monarca, que nos libró de esa plaga de traidores y conspiradores que integran la Compañía de Jesús, a quienes expulsó de los territorios de la Corona y despojó de todos sus dominios y riquezas. Una estatua de nuestro amado Rey será erigida con una tarja que recuerde sus hazañas.

Diciembre de 1913
El Padre Superior de la Orden de la Compañía de Jesús se dirigió a sus Hermanos Coadjutores:

Hermanos, les anuncio la construcción de nuestra más bella Iglesia en esta isla: La Iglesia del Sagrado Corazón, en la calle de La Reina, cuyo campanario será el más alto de la ciudad. La construiremos casi en la misma esquina y frente a la estatua de nuestro más fiero enemigo, el maldito rey Carlos III, cuya alma arde en el infierno. Le demostramos con esto que no logró destruirnos, y que somos cada día más fuertes. Observado desde la altura de nuestro campanario, su figura pegada a la tierra recordará su bajeza.

Marzo de 1951
El Gran Maestro Masón se dirigió a sus hermanos de logia después de colocar la primera piedra:

En este terreno, entre jesuitas y déspotas ilustrados, levantaremos la gran obra que será el Gran Templo Nacional Masónico, de estructura robusta y sólida como las ideas de Libertad y Fraternidad. No más persecución ni excomunión a nuestros hermanos por parte de tiranos e inquisidores. El pensamiento libre ha triunfado en el mundo contra la ignorancia y el dogmatismo. Un globo terráqueo coronará la cúspide del edificio y un reloj zodiacal adornará la fachada.

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Ecos y voces

Manuel Sosa —una de las voces más originales y agudas del éter nuestro que está en todas partes— escribió una nota en la que agradecía a los más asiduos comentaristas de su blog durante 2008, entre quienes me incluye. El detalle, para mí, es todo un lujo, pues Belascoaín y Neptuno surgió en gran medida inspirado por La Finca de Sosa. O sea, que estamos a veintinueve iguales.

A manera de agradecimiento, le dejé un cuarteto al que añadieron sendas estrofas Heriberto Hernández y Jorge Salcedo y que, para cerrar el círculo, concluí yo con el terceto final.

Si algo me gusta del bloggerato —el término es de Enrisco— es que se presta para estos ejercicios de escritura instantánea. Aquí transcribo el producto a seis manos, invitándoles a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional:

Todo eco fue voz en su inocencia,
como toda doctrina fue invisible
y esta Finca cultiva lo imposible:
mantiene en jaque a la maledicencia.

Sin evadir la ríspida pendencia,
acá cultiva frutos lo inasible.
Ambrosía o guayaba, redimible
razón que en mieses torna la dolencia.

Agua que sube limpia hacia la tierra
y pende de un sabor o una memoria,
trasiego de lo oculto a lo perdido,

noble caudal que a la ignominia aterra,
parcela que anuncia nuestra victoria
sobre la eterna furia y el sonido.

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Si a tu ventana llega una paloma


candelaEn su más reciente libro —¡Por culpa de Candela!—, Teresa Dovalpage tuvo la gentileza de dedicarme un cuento. Aquí lo transcribo, con gratitud enorme.

***
Si a tu ventana llega una paloma

Tremendo ñángara dice mi mom que es mi papá. Ñángara significa comunista o, como ella también dice, comuñángara. Mom lo pronuncia así, con rabia: ñángara.

Tantas palabras con eñe en el idioma de mi mom y la que más le gusta a ella es coño. Bien fuerte. Coñó. Coñoó porque la estira como si fuera chewing gum. Coñó, chilla mi mom cuando el avión se mueve y yo me río aunque igual estoy medio nerviosa. No por miedo a que el avión se caiga, como ella, sino porque al fin nos vamos a Cuba para conocer a mi dad.

Ésta no es mi primera vez en Cuba. Yo nací allá, en la mismísima Habana, cerca del Malecón. Mis amigas de la escuela no lo creen y dicen que eso es bullshit, de lo que pica el pollo, porque no tengo acento en inglés. Pero yo insisto que sí, que soy cubana cien por ciento. Bueno, o a lo mejor, ochenta por ciento. Pero cubana anyway.

Aunque no hablo perfecto el español, entiendo todos los programas de Univisión y Telemundo. Si no hablo mejor es porque salí de Cuba cuando tenía ocho meses y mi mom se montó en una balsa y arrancó conmigo para acá. O para allá, que estamos en el aire.

Mi papá no lo supo y tampoco supo (¿o sabía? ¿Por qué habrá dos pretéritos en español?) que yo había nacido. Él no me habría dejado salir porque es tremendo ñángara. Como el papá de Elián González, que lo vino a buscar y se lo llevó otra vez a La Habana, a ser pionero como el Che. Mi papá es tres veces más ñángara que el de Elián. Más comunista que el underwear de Fidel, vaya.

Pero a mí no me importa. Ñángara y todo, es el único dad que tengo. Por eso lo quiero ir a ver. Fue lo único que pedí al terminar el curso con A en todas las asignaturas. Honor student, eh. No me interesaba ir de nuevo a Disneyland. Ni a Miami con todo y lo que me divierto allí en la playa, sino a La Habana. Se lo dije a mi mom: si de verdad tienes ganas de hacerme un regalo, llévame a conocer a mi papá. Después de mucha lipidia al fin me complació. Y para allá vamos. Hey, Cuba, here I come!

En la mochila llevo un montón de regalitos. Unos vaqueros Wrangler, un cinto y varios T-shirts para mi dad. Adornos de pelo para mi hermana y tenis para mi hermano. Y bolsas de M & M y muñequitos de Star Trek. Todo comprado con mi propio dinero, con lo que me he ganado babysitting. Porque yo sé que voy a encontrarme por lo menos a una hermana o a un hermano pequeño. Ya estoy harta de ser única hija.

No me importa si es una familia de ñángaras porque es mi familia. Pues como dice mi mom, que hace un año trajo de Cuba a abuela Julia con todo y lo que se pelean, la familia es la familia por encima de la cabeza de Dios padre, above all.

La familia estará por encima de todo, pero le zumba malanga y su puesto de viandas que a casi quince años de salir de Cuba cuando salí de La Habana válgame Dios regrese yo a buscar al hijoeputa ese. Si me lo hubieran dicho hace un año me habría reído. ¡Yo que nunca quise volver ni a ver a mi madre!

Menos mal que el regreso es en avión aunque me entra el tembleque cada vez que éste da un bandazo. Pero bastante en ganga vamos con no tener olas de tres metros de alto zancajeando alrededor, como entonces. Ni el sol rajándose encima de uno ni el miedo a que un tiburón esté apostado esperándonos como un guardacostas de Cuba. Aunque por especial favor de Yemayá no vimos ninguno —ni guardacostas ni tiburones…

Aquel viaje en balsa, en pleno agosto, y con una criatura de brazos berreando todo el tiempo no se lo deseo a nadie, ni a mi peor enemigo. Ni al mismo Pedro Luis, vaya.

Pedro Luis era un descarado. Al principio me llamaba paloma si a tu ventana llega una paloma. Era un picaflor. Un pingahappy, como dice Rosita, mi amiga panameña. Un tipo alto y bien despachado que llamaba la atención dondequiera, mientras que yo nunca he sido lo que se llama vistosa. Menos en Cuba, con lo flacundenga que estaba. Ahora es que me he arreglado un poco con la buena comida y clases de Pilates tres veces por semana.

Vaya usted a saber cómo estará el hombrín, porque no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después. Pero entonces, con su uniforme verde olivo y su pistola al cinto, que no se la quitaba ni para mear, daba la hora. Me volvió loca. Yo era una inocentona, con todo y diecinueve años cumplidos. Cualquiera me hacía un cuento. Él me lo hizo y yo caí ilusionada, como paloma con señuelo.

A la semana de conocernos me prometió, no villas y castillas, que no las hay en Cuba, sino casarse conmigo y llevarme a vivir con su familia que tenía un caserón enorme en Miramar. Se lo habían dado al padre, ñángara de los antiguos que bajó de la Sierra Maestra con Fidel Castro. Por eso decía Pedro Luis: “Yo soy revolucionario desde que estaba en los cojones de mi viejo”.

¿Todavía lo será? Dicen que hasta el pan lo pusieron por la libreta en los años noventa. Un panecito por persona al día. Y que ya ni hay guaguas, sino unos camiones cerrados que les dicen camellos. Y tiendas donde todo es por dólares, creo que les dicen shoppings, así en inglés. Cucha pa eso. Cuando antes al que encontraban con un dólar en el bolsillo lo metían en chirona por aquello de la moneda del enemigo. A saber qué dirá Pedro Luis de eso. A saber.

Claro, los militares siempre tienen sus prebendas, así que él no estará pasando mucha necesidad. Me imagino que seguirá en el ejército. Ya habrá llegado a coronel, por lo menos. O a general de cinco estrellas, como las de los hoteles. ¿Vivirá todavía por la Quinta Avenida? Ojalá que sí, porque no pienso pasarme la semana rastreándolo por toda la isla.

Cuando conocí a Pedro Luis yo acababa de empezar la carrera de letras y vivía con mi madre, las dos apurruñadas en un apartamento de Centro Habana. Un apartamentico donde el vecino se tiraba un peo y uno lo olía. Así que la idea de mudarme para Miramar me ilusionó. Abrir los ojos por la mañana en una casa, tener mi propio cuarto, una cocina amplia y un patio con su sábana de hierba y muchas matas que regar… la vida misma.

Nunca me cuidé para no salir embarazada porque Pedro Luis me había prometido que nos íbamos a casar enseguida y yo pensé trátala con cariño que es mi persona que parirle un hijo era la mejor forma de atraparlo. El truco más viejo del mundo. Y el más estúpido también si no hay un buen par de tetas y un culón grande respaldándolo.

Mira que mi socia Yanisley me advertía niña, no te embarques con un chamaco a estas alturas. No te ilusiones, que ese tipo no está pa ti. Tenía razón, naturalmente. Yo no nací para buena hembra. Pero, comemierda que soy, vine a notar que no había caído con la regla casi un mes después del día que me tocaba. Y hasta dejé que pasara otro mes más. Estaba yo domiciliada allá en la luna de Valencia, en La-la-land.

Para entonces Pedro Luis se estaba alejando sin disimular mucho. No me llamaba por teléfono ni me iba a visitar. Andaba huido. Como que estaba acostumbrado a otro tipo de mujer, más pícara, más cujeá, y ya mi simplicidad de ex-virgen lo tenía empalagado.

Yo le iba a decir de la barriga a ver si lo endulzaba, si lo convencía para que no me dejara, pero no pudo ser. El día que me aparecí en su casa, con el papel del médico y el discursito ensayado frente al espejo medio roto de mi baño, su padre me contó que lo habían mandado a Nicaragua.

Ay, chinita que sí pero no me puede dar al menos una dirección para escribirle, le rogué. Y el viejo más serio que el Martí del Parque Central. No, mija, es imposible. Ay, chinita que no que él está en una misión secreta del partido. Después me enteré de que Pedro Luis andaba con una chiquita ahí, gozando en la playa de Varadero. Qué Nicaragua ni un cará.

El caso es que se me quedó la noticia por dentro, destrozándome las entrañas. No porté más por la universidad y dejé que el tiempo pasara sin mover un dedo hasta que mami me notó la panza y se puso histérica. Debía andar por los cuatro meses y no había manera de hacerme un aborto corriente, de succión, y ni siquiera un curetaje. El feto estaba ya formadito y era peligroso intentarlo, me dijo la enfermera del policlínico. Ay que vente conmigo, chinita.

Y conmigo arrancó Yanisley a la Maternidad de Línea para que me sacaran aquello como fuera, con una inyección de prostaglandín si hacía falta, pero ya en la camilla me arrepentí. No sé si fue puro miedo o el cuento que le oí a otra embarazada de que la última vez que le habían puesto la inyección ella había parido un muchacho completo, vivo y coleando. Y la enfermera se lo había tirado a la basura delante de sus propios ojos en cuanto lo soltó.

Qué va, pensé, a mi hijo no me lo tira nadie a la basura. Ni de juego. Y me levanté, me puse la ropa y salí caminando del hospital. Yanisley iba detrás de mí, espantada y tratando de aguantarme para que me quedara porque qué coño vas a hacer tú sola con un muchacho, mujer.

Mami por poco me mata. Me cogió por el pelo y me entró a gaznatones, pero qué remedio le quedaba que cargar con lo que viniera. Ironías del destino, pues si no es por mi hija, seguiría ella toda jodida en Cuba. Bastante que me hizo la vida un reverendo yogur allá. Pero la niña empezó conque si mi abuela cubana esto, que mi abuela cubana lo otro, que vamos a llamarla por teléfono… Así nos acercó hasta que terminé reclamándola. A ver si pasa lo mismo con el padre ahora y acabo enredándome de nuevo con él.

No. Eso sí que jamás. Dios me libre con Dios me ampare. Aunque se me ponga de rodillas, aunque me llore y me suplique, con Pedro Luis no vuelvo ni por medio minuto. No se me olvida aquella última vez que nos vimos. La tengo grabada aquí, en el medio del entrecejo. Grabada a sangre y fuego que caía del cielo habanero aquella tarde en que nos tropezamos en la parada del Coppelia.

Él, muy pelado a lo militar, orondo en su uniforme. Y con otra mujer al lado: una culona alta, bien comida y mejor vestida. Yo, con mi mocosa entre los brazos, despeinada porque me acababa de bajar de una ruta treinta que venía echando candela. Y mal envuelta en un vestidito de guinga que me quedaba grande, porque con una niña chiquita y todavía lactando me había puesto más flaca que un palo de trapear.

Él me miró, pero siguió de largo. Por poco me mando a correr detrás de ellos y le formo un escándalo y lo obligo a hacerse la prueba de la sangre para que me pasara la pensión de la niña y a lo mejor de nuevo ay que dame tu amor. Pero no. San Judas Tadeo, a quien siempre me he encomendado, por aquello de las causas perdidas, me taponeó la boca y no pude decir ni ji. Mejor.

Mejor, sí. Porque a los pocos meses el marido de Yanisley fabricó un armatoste con el espaldar de un sofá cama, una mesa de comedor y cuatro sillas, y lo aseguró todo con seis gomas de camión ZIL. Resultó una balsa muy marinera, quién lo hubiera creído. Una balsa que resistió la travesía, dos días completos en el mar, sin una rajadura.

Me preguntaron que si quería ir con ellos, ay que vente conmigo chinita, arriesgarnos a ver si llegábamos a Miami a donde vivo yo. Y les dije que sí. Total, me daba igual palo que rumba. Y cruzamos el estrecho de la Florida, que a mí me pareció más ancho que la muerte, hasta que nos recogió un guardacostas americano.

Ahora a esta guanaja se le ocurre ir a conocer al padre. No, en el fondo no se lo critico. Es muy apegada a la familia. Es decir, a la poca que tiene. A Yanisley la adora y le dice tía Jan. Si ella supiera que gracias a “tía Jan” por poco se queda en el limbo de los nonatos.

Con mi madre tiene una pejiguera de ampanga. La vieja también es más cariñosa con la nieta que lo fue conmigo en toda su vida. Al menos no le da golpes. (Y que se atreva, que me la como viva). Ya eso es mucho decir, porque a mí mami me daba unas palizas de padre y muy señor mío, que todavía me duelen de acordarme.

Falta ver cómo nos recibe Pedro Luis, suponiendo que lo encontremos. Con el odio que les tiene a los gringos, capaz hasta de que rechace a la niña, o que no crea que es hija suya. Eso me dolería en el alma porque ella viene con su ilusión y una ilusión de adolescente es lo más grande que hay.

Sí, una ilusión de cualquier tipo hace más llevadera la vida. ¿No es cierto, Pedro Luis? Y por eso, cuando se pierden las ilusiones, mejor es perder también la vida, ¿verdad, mi coronel?

Ahora, por el momento no te puedes quejar. Esta tipa treintona, ya no lozana pero con su culito relleno, como siempre te gustaron, y esa chiquita que te parece vagamente familiar, te han metido media shopping aquí en la casa. Hasta compraron un ventilador japonés para Pedrito, que sigue mal del asma. La leche en polvo, el jamón enlatado, el detergente y la pacotilla no les van a faltar a tu mujer y al niño por unos cuantos meses.

Pero a la tipa la conoces. Haz un esfuerzo de memoria. Sí, es la muchachita aquella con quien tuviste un romance hace… ¿cuánto hace, coronel? Ya va a ser quince años, cómo pasa el tiempo, cará. Lo mismo aquí que allá. Aunque aquí parezcan más largos los días, por el aburrimiento.

Acuérdate bien. Fue durante nuestra década prodigiosa, los ochenta. Cuando se podía entrar a la tienda Centro, la antigua Sears, y salir con una libra de queso amarillo, dos pollos congelados y un cake de chocolate. Cuando Yumurí, la antigua Casa de los Tres Kilos, se metamorfoseó en tienda por departamentos donde se podía comprar de todo. Desde una blusa vietnamita hasta un ventilador chino. Tao, tao, maní picao. Que viva Fidel y que viva Mao.

Fueron nuestros años del oro, y los mejores para ti. Hasta se habló de ponerte a administrar una tienda para extranjeros, de CUBALSE, y de asignarte un carro Lada. Ibas a estar completo, con las tres ces: casa, carro y cargo. Tenías las jovencitas así, a tutiplén. Por eso ni te acordaste más de ésta. Fue una cana al aire. O un peo al vacío, como decía tu padre, mujeriego también.

Pero mírala ahora, lo buena que se ha puesto. Si pudieras, le partías el brazo otra vez. Y tu mujer en el séptimo cielo, aunque con cara de no comprender nada. No es que tenga las neuronas quemadas por tanto picadillo de soya que tragaba, como te gustaba decirle, insultador. Es que a la pobre no le tocó en el reparto de cerebros mucha materia gris. Y la poca que tiene debe emplearla en resolver el cotidiano problema de lo que se va a echar en la cazuela.

¿Qué si estará celosa? No, hombre, no. Con los miles de tarros que le pegaste y nunca protestó ni se dio por enterada… Desmaya eso, que no están las cosas para pasiones trasnochadas. Aunque se lo imagine, ¿va a ponerse a mal con alguien que la acaba de surtir de comida y de ropa? No jodas…

Sientes el humo de los cigarros Salem que tu mujer compró con la plata que le cayó del cielo y te imaginas el sabor de esa Coca Cola que paladea la descarada, sin vergüenza ninguna y sin pensar en nada. Es decir, sin pensar en ti. En ti que la observas clavado en la pared, crucificado en un minuto eterno, sin poder moverte ni fumar ni tomarte siquiera una cerveza Hatuey.

Ella sigue habla que te habla. Nunca ha tenido control de la lengua. Y lloriquea cuando le cuenta a la recién llegada la desgracia de tu padre, al que implicaron en el caso Ochoa. Señora, no me diga que no se acuerda. Si hasta los gatos saben que en el ochenta y nueve rodaron aquí muchas cabezas de hombros condecorados.

A mi suegro, que en paz descanse, lo acusaron de tráfico de drogas. A él y a un montón de gente más. Era militar de la Sierra y todo, pero igual lo metieron en el ajo y lo degradaron. Gracias que no nos quitaron la casa. Se murió de tristeza. De cáncer, dijeron los médicos, pero fue de desesperanza. Ni un trabajo que le hicieron de Santería lo salvó, y mire que fue fuerte.

¿Y me dijo que Pedro Luis era amigo suyo, sí? Pues también se le volvió la vida al revés con todo ese rebumbio. Después que calimbaron a su padre la cogieron con él, de rebote. No pudieron probarle nada, pero de todas formas empezaron a joderlo y a pincharlo por todas partes. Tuvo que pedir que lo licenciaran porque los jefes no lo dejaban ni respirar. Hasta se habló de formarle causa. Los militares son peores que las mujeres para formar chanchullos, unos breteros del carajo…

Pedro Luis perdió la ilusión que había tenido siempre con la revolución y el ejército. Se quedó en la calle, con una mano alante y la otra atrás. No tuvo más remedio que ponerse a trabajar en un taller. De custodio nocturno, ganando una miseria. Imagínese, señora, lo que sería eso para un hombre como él, acostumbrado al uniforme, al cargo, a tener pesos y a que lo respetaran. Una tragedia. Si estuvo a punto a suicidarse, una vez…

Se volvió loco, el pobre. Porque loco tenía que estar para hacer lo que hizo cuando se formó la rebambaramba de las balsas y el sálvese el que pueda, o el váyase el que quiera, en el noventa y cuatro. Construyó una balsita chapucera con unas tablas viejas, él que no sabía nada de carpintería ni de navegación, y luego quiso que yo lo acompañara. Pero qué va. Con un niño chiquito ¿qué me iba a meter en esos trajines? Se fue solo, solito en alma. Y hasta el sol de hoy…

¿Qué le importa a la otra fulana si tú sabías de carpintería o no? Además, se ve a la legua que está gozando el cuento, la cabrona. Que lo está saboreando sin reservas aunque se haga la apenada por consideración a tu mujer. A tu mujer que sigue derramando sus cuitas, botándolas al aire con el humo del Salem.

Mejor no le haces caso porque ya tienes ganas de entrarle a bofetones —a tu mujer, se entiende. Como le hiciste muchas veces, en tiempos más felices, cuando se ponía hocicona. Pero ahora es imposible. Más vale que la ignores para no coger calenturas por gusto, que aquí no hay ni ron pa bajarlas.

Dedícate a observar a la chamaca que sigue con los ojos fijos en tu foto —la del último cumpleaños de Pedrito que alcanzaste a celebrar. Desde allí tú también la observas y te mueres de ganas de salir. Y de hablar con la muchachita, la única que parece a punto de llorar. Qué pena que no tengas voz, porque te gustaría sentarte y explicarle cómo pasaron las cosas. A ver si ella, al menos, comprende tu condición de renegado ñángara o de ñángara renegado que no es lo mismo, viejo, pero es igual.

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El cuento de la buena pipa

Un barco de guerra ruso
hizo su entrada en el puerto
de La Habana. Vaya entuerto:
otra vez volvió el intruso
a dar su apoyo al abuso…
Y se armó la algarabía
y el molote en la Bahía
para ver cómo llegaba
este buque que anunciaba
¡la vuelta a la Guerra Fría!
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La otra mejilla

Transcribo un texto de Teresa Dovalpage.

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La otra mejilla (ZV Lunáticas, 2008) cayó en mis manos por una feliz casualidad. Fue un milagro de la cibernética —un mensaje de Belkis Cuza Malé anunciando el lanzamiento de su libro para el 10 de noviembre pasado, que me llegó justo una semana antes de la citada fecha— y de, ¿cómo negarlo?, el influjo que sobre mí ejerce Miami con sus flanes cubanos y pastelitos de guayaba.

Lo primero que me llamó la atención fue el dibujo de la cubierta, un esbozo de palma con las hojas azules. Luego supe que era también de Cuza Malé, poeta-novelista-periodista y además dibujante. Multitalentosa, en una palabra. Después de su foto, con mirada de pitonisa que interroga a la vida junto a una taza de café, viene un prólogo de Grace Giselle Piney Roche que describe los versos de la autora como “libres y ligeros”. A mí, que entiendo poco de poesía, aquello me gustó. Me asustaría de haber leído “encadenados e insondables” o algo por el estilo.

Así que me adentré, ya con confianza, en el poemario, después de pasar junto a un Platero-caracol que se atraca de flores en un prado. La otra mejilla es un libro íntimo, pero no hermético, en que la voz poética fluye en un estilo casi confesional: “Dime, por Dios, qué hago yo aquí/ tan pequeñita”, interroga en un “Credo” que, como señala la prologuista, está “poco convencido de la divinidad”. Cuza Malé se pinta sola en sus palabras. Dulce y sencilla pero también, si viene al caso, subversiva. Como hace falta ser.
En sus versos vive una búsqueda de la esencia que desdeña lo aparente, lo supuestamente real, para buscar el tronco de la vida. La poesía es cubana (“Jagüey Grande”) pero también universal. Usted puede no haber estado nunca en Jagüey Grande, no conocerlo ni de oídas, pero igual sentir un temblorcillo de reconocimiento ante “el paisaje de grandes tazas de café y un potrero por medio”. No aparece, por suerte, nada del hiper patriotismo que está hace tiempo mandado a recoger:
“Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte”.
El poema final, “Modelo para una encuesta” es sin duda más apropiado para cerrar
el libro: “La única encuesta posible/ ha dejado de interesarme, ya lo sé”, admite la poeta. Y el poemario se cierra dejando al lector con todas las preguntas, posibles e imposibles, que a cada uno le toca responder.
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Estampas habaneras (IX)

La Plaza Carlos III (2)
Teresa Dovalpage

Es Navidad en Cuba. Y desde que Juan Pablo II aterrizó en La Habana y la recorrió en papamóvil, los Reyes Magos (desterrados en los sesenta por monárquicos y contrarrevolucionarios) fueron de nuevo bienvenidos a la isla. Los árboles de Navidad brotaron como por ensalmo del suelo de las shoppings y las guirnaldas se atrevieron a agitar, aunque tímidamente, sus pestañas multicolores. Los pobres Santa Claus no han sido readmitidos, por no sé qué confusión con el Uncle Sam. Allá verán ellos.

En la Plaza Carlos III se reflejó con pasmosa fidelidad este cambio finisecular. Y aunque es feo citarse a una misma, aquí los dejo con un fragmento de mi novela Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006,) donde la Plaza Carlos III en Navidad desempeña un papel muy principal:

«La Plaza Carlos III se abarrota en diciembre como arca de Noé ante los nubarrones del diluvio inminente. Hasta cola hay que hacer, en las tiendas baratas. ¡Hasta cola! Y la gente se pregunta intrigada de dónde sale tanta plata, cuál es el manantial de todos esos dólares, algunos flamantes y lisos como hojitas de primavera y otros que recuerdan flores resecas, aplastadas entre las páginas de un álbum con versos de amor.

Bienaventurados los que tienen unos cuantos fulas sobrantes para gastar en baratijas. Ésos, y también muchos que no tienen pero que sueñan con tenerlos, suben despacio por la rampa que lleva a la tienda de Todo A Dólar, aspirando con reverencia el aire oloroso a las pizzas hawaianas, de jamón y piña, que venden en los bajos. Después de media hora o más de espera, se hacen, los que cargan el guano, de un arbolito plástico y de una caja de bolas doradas. Si les alcanza la plata compran también una guirnalda de guiños psicodélicos y un paquete de escarcha artificial.

Aún más bienaventurados los que reciben remesas esporádicas de parientes de afuera o tienen negocitos más o menos ilegales (tratos con extranjeros, pequeña paladar) dentro del territorio nacional. Ésos corren a la tienda de ropa. Allí se enfundan en Levi’s —auténticos algunos, los otros made in Guanabacoa. Se pertrechan de zapatos plásticos italianos, de blusas taiwanesas y de licras deportivas, tan ajustadas que se incrustan hasta en las entretelas de la piel».

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Del ninguneo y otras malas artes

Al leer la diatriba de Mariela Castro contra Yoani Sánchez me salta a la vista no sólo el despectivo “gallita” que le endilga la heredera a la blogger —y al que ésta responde con la gracia y el aplomo que la caracterizan—, sino el hecho de que a pesar de que la representante de la dinastía Castro alude directamente a la ciudadana que la interpeló en días recientes durante una conferencia sobre sexualidad, en ninguna parte se atreve a nombrarla. Alguno dirá que sí, que la mienta, pero no, pues al referirse a ella declara que «después supe que se llama Yoanis» y luego se explaya en acusaciones e injurias de índole personal que aquí no pienso repetir y que evidencian lo obvio: la sexóloga sabe muy bien de quién está hablando. Sin embargo, a pesar de la sarta de acusaciones que dedica a la ganadora del Premio Ortega y Gasset de Periodismo Digital —este detalle no lo menciona—, Marielas, en su afán de ningunear a su interlocutora, le añade una “s” al nombre y le niega el derecho a un apellido. De tal artimaña, surge “Yoanis”. (Este modus operandi no es nada novedoso. Enrique Ubieta, en marzo de este año —en triquiñuela similar— se refirió al blog Penúltimos días como Penúltimos siglos).

La descalificación permea el texto de Marielas. Antes de llamarla por su nuevo nombre (con “s” añadida), se refiere a Yoani Sánchez como una “muchacha joven”. (El error es craso. Al margen de su juventud, Yoani es una mujer, hecha y derecha). En caso de que el mensaje no hubiera sido lo suficientemente claro —debemos recordar que los seguidores de la revolución cubana no despuntan por su sagacidad—, sube la parada y la tilda de “muchachita” y, por si fuera poco, la culpa de estar “jugando a las mentiritas”. Todo a base de diminutivos, para cubrir a la blogger en un manto de insignificancia.

Alguien tendrá que informarle a Mariela Castro que esos trucos ya están más que gastados. Y, de paso, que la ponga al día: en esta ocasión, el tiro le salió por la culata.
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Ilustración:
Oscar Peñate
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Reclamar lo reclamable

No es mi costumbre señalar pifias en el accionar de los miembros de la oposición cubana —sobre todo si dichos miembros residen en la isla-jaula—, pero en esta ocasión me permito destacar un ligero error táctico cometido por Oswaldo Payá —líder del Movimiento Cristiano Liberación, promotor del Proyecto Varela y, por demás, ciudadano que merece todo mi respeto y admiración—. Espero que, al decir isleño, no tome a mal esta “crítica constructiva”.

En su reciente carta enviada al Parlamento Europeo con motivo del XX aniversario de los premios Sajarov, Payá declara que el pueblo cubano «no es libre, sufre la opresión totalitaria de un régimen que le niega muchos de los derechos que en el mundo son reconocidos como humanos». (Estoy de acuerdo con todas y cada una de estas palabras). Luego añade: «Que nadie hable por el pueblo cubano mientras éste no tenga libertad de expresión, de viajar, de elegir, de soñar y cantar».
La petición del activista de derechos humanos es loable. Sin embargo, temo que cuando en un mismo enunciado un opositor exige libertad de expresión, de elección y de movimiento junto a las libertades de “cantar y soñar”, estas dos últimas pueden restarle seriedad a la totalidad del reclamo. Debo recordar que, en este caso, el interlocutor de Payá —el Parlamento Europeo— tiende a pecar de incrédulo en lo concerniente a los crímenes de la revolución cubana —que son legión—. Por tanto, a dicho Parlamento hay que hablarle en términos muy concretos, para no darle oportunidad de descalificarlo a uno tildándolo de exagerado. La situación actual cubana —luego de casi medio siglo de despiadada dictadura— no precisa de eufemismos, como tampoco precisa de exageraciones ni frases ocurrentes. Los escritores —aquí me incluyo— pueden darse el lujo de comentarla con algún que otro florilegio o juego de palabras, pero esta opción debe estarle vedada a quienes practican la política. Que se concentren en los derechos violados a diario por la dictadura cubana.

Mi argumento es sencillo: sin mucho esfuerzo se puede demostrar que las libertades de expresión, elección y movimiento son sistemáticamente pisoteadas en Cuba, pero ¿existe una manera cuantificable de demostrar que en la isla está prohibido soñar? Por más que me gustaría afirmarlo, la respuesta es negativa. La libertad de cantar, por otra parte, está contenida en la libertad de expresión. Por tanto, reclamar ambas en un mismo texto redunda. Además, dichos estandartes —los sueños, las canciones— han sido eficientemente monopolizados por la retórica de la maquinaria revolucionaria y ese subproducto suyo que resultó ser la Nueva Trova. Que se queden los castristas y sus acólitos con sus sueños y canciones. Que le den al pueblo cubano —lo que es, por demás, su derecho— libertad de expresión, de asociación, de movimiento, de credo: todas conculcadas por el gobierno de la isla.

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Artista: Pedro Pablo Oliva
Obra: Detalle de “Parejas condenadas a vivir eternamente con una piedra en la cabeza”
Medidas: 80 x 100 cm
Técnica: óleo/lienzo
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Apuntes al vuelo sobre el lanzamiento de calzado masculino (un deporte antiguo)

1
La comidilla del momento no es otra que el par de zapatos que le lanzara un dizque periodista iraquí al presidente George W. Bush durante una conferencia de prensa otorgada por éste en su visita sorpresa al país sacudido tanto por la brutalidad de la guerra como por la brutalidad de los brutos. “Dizque periodista” pues dejó de serlo en el momento en que se quitó el primer zapato y se lo zumbó a la cara del mandatario estadounidense. Poniendo las cosas en términos bien simples: la labor del periodista constituye en entrevistar a quien tira el zapato —si es antes del “performance”, mejor—, determinar el origen del disgusto del lanzador del calzado, averiguar la marca del zapato, o cómo llegó a la mano que lo lanzará al vacío (o a la cara presidencial), o, ya una vez consumado el hecho, calcular la velocidad que alcanzó en su trayecto el proyectil,
o especular sobre qué habría pasado de haber hecho contacto con el rostro del visitante, o indagar sobre los daños que el impacto causó en la víctima… pero el acto de quitarse el zapato y dispararlo contra el gobernante está fuera de la jurisdicción de quien diga representar al cuarto poder.

2
Desde que las cámaras atraparan los zapatos en pleno vuelo hasta ahora que escribo esta nota, con toda seguridad ya el clip de la “despedida peletera” habrá sido visto más veces que la cinta porno de Paris Hilton. Reúne todos los requisitos —presidente norteamericano, zapato volador, por nombrar los elementos que tienen más gancho— para convertirse en uno de esos fenómenos virales —como el video del “león Christian”— que la gente se envía y reenvía y que, cual si fuera un credo, cuelga en su página de Facebook, blog, o cualquier otra plataforma de conexión social en la red. He visto el video del tiro al blanco (valga la expresión) en par de ocasiones y debo admitir que no me hizo ninguna gracia. Y me alegré de que el presidente esquivara los zapatos con la misma destreza con que años atrás eludiera su participación en la guerra de Vietnam.

3
No es que esté en contra de que se les tiren zapatos a los jefes de estado. ¡En lo absoluto! Sin embargo, en dicho contexto, a mí particularmente me habría gustado ver esos zapatos rumbo a la cara de Saddam Hussein. O, por poner un ejemplo que me toca más de cerca y a este lado del océano, a la cara de alguno de los hermanos Castro. (¿Por qué nadie les tira un zapato a esos señores? La respuesta es bien simple: porque es mucho más fácil tirarle un zapato a un presidente —bueno, malo, regular— de los Estados Unidos y luego posar de héroe antiimperialista que tirarle el mismo zapato a un dictador que no cree ni en la madre que lo parió. Los perros siempre saben de qué palo rascarse). Pero regreso al hombre de letras que devino lanzador de calzado: en su caso lo que me preocupa no es el acto, sino quien lo ejecuta: un supuesto periodista.

4
Este supuesto periodista tal vez no quiera admitirlo, pero con su recién adquirida libertad de prensa (gracias a las tropas del gobierno norteamericano, todo sea dicho), tenía otras maneras de ridiculizar (y de pedirle cuentas) al gobernante ajeno. Pudo hacer como Lee C. Bollinger, presidente de Columbia University, quien en septiembre de 2007 recibió al mandatario iraní Mahmoud Ahmadinejad con el siguiente preámbulo: «Señor Presidente, usted muestra todas las señales de ser un mezquino y cruel dictador (…). Usted es abiertamente provocador o increíblemente ignorante». ¡Así es como se tira un zapato!

5
Huérfanas de otra cosa que comentar, las cadenas de televisión no se han cansado de repetir aquello de que mostrar la suela de un zapato es un grave insulto en la cultura árabe. Eso tiene un ligero inconveniente: el presidente de los Estados Unidos no pertenece a dicha cultura, por tanto, para él, al igual que para el resto de Occidente, este acto representa única y exclusivamente eso: un tipo que lo odia y que ha decidido tirarle un zapato. Además: ¿hemos caído tan bajo, tan torpes somos que nos tienen que explicar la significación de un zapato tirado a cabeza ajena? Al oír a los comentaristas diseccionar las interpretaciones del atentado, recordé una escena de Stardust Memories, de Woody Allen, en la que un periodista —faltaría más— le pregunta al personaje que interpreta Allen (un director de cine), que qué representa el Rolls Royce en tal o cual escena de su más reciente película. A lo que el aludido responde: «representa el carro».

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