Simpatía y melancolía: Lars Von Trier y el doble rasero

Lars Von Trier, el enfant terrible de la cinematografía danesa, metió la pata hasta el cuello en una conferencia de prensa, con motivo de su película “Melancholia”, en el Festival de Cine de Cannes. Cuando le preguntaron acerca de [llene este espacio; es irrelevante], respondió: 

“Yo en realidad quería ser judío y entonces descubrí que, en realidad, era nazi, pues mi familia es alemana. Y eso también me produjo algún placer. Entonces, yo, ¿qué puedo decir? Entiendo a Hitler. Pienso que hizo algunas cosas malas, pero lo puedo ver sentado en su búnker. Estoy diciendo que creo que entiendo al hombre. No es lo que llamaríamos un tipo con onda, pero sí, entiendo mucho de él y simpatizo con él”. 

Parece que el título de su más reciente film lo hizo sentir melancolía de la Alemania nazi. La protesta del público fue inmediata. Von Trier es uno de los consentidos de Cannes, habiendo ganado la Palma de Oro en 2000 por su film “Bailarina en la oscuridad”. Aun así, dicho premio no bastó para evitar la rápida condena de Cannes contra su muestra de simpatía por Hitler y su intento de trivializar el Holocausto. El resultado final de su diatriba: Von Trier fue declarado persona non grata (aunque su filme continúa compitiendo por el premio). 

***

Crecí en Cuba, bajo un régimen antisemita (sí, Castro & Co) que constantemente viola libertades básicas, incluida, una entre tantas, la libertad de expresión. Con esto digo que el derecho a hablar me lo tomo muy en serio. Habiendo dicho eso, incluso si no fuera un amante de los judíos —cosa que soy literalmente: mi esposa es miembro de la tribu—, aun así coincidiría con la decisión del Festival de Cine: Von Trier queda verbotten, prohibido, de una vez y para siempre en sus predios. La libertad de expresión ha de terminar justo donde comienza el intento de minimizar o ridiculizar el genocidio. 

La oración anterior me recuerda este absolutamente sexy, súper moderno y ultra literario local en NYC llamado KGB Bar

Pero, antes de continuar, permítanme una digresión. Durante el reinado de terror de Joseph Stalin, sus víctimas llegaron a los veinte millones, con la entusiasta participación de la KGB. En caso de que se perdieran la Guerra Fría y aun no hayan alquilado la ganadora del Oscar “La vida de los otros” (sobre la Stasi, prima-hermana de la KGB, vía Alemania Oriental), la KGB fue, hasta 1991, la agencia nacional de inteligencia, contraespionaje y policía política de la Union Soviética, a cargo de, entre otras infamias, suprimir actos de “diversionismo ideológico” —ese binomio de palabras todavía temido en Cuba—, así como de reprimir, arrestar y asesinar a incontables escritores e intelectuales. 

Ya que estamos, también hay un servicio online de “respuestas y preguntas de conocimiento general” llamado “KGB Answers”, que traducido mal y pronto quedaría como “La KGB responde”. Qué simpático. Y qué terriblemente impreciso. La especialidad de la KGB no era sus respuestas. Era sus preguntas, sus interrogatorios. 

Ya que por ahí van los tiros, sólo puedo preguntarme cómo la KGB mutó de cementerio al que las ideas iban a morir en amigable servicio online que responde sus dudas. ¿Por qué se convirtió la KGB en un bar neoyorquino con onda al que la gente con onda va a leer su prosa con onda y su poesía con mucha más onda aún? ¿Y cuándo será, por fin, políticamente incorrecto trivializar las víctimas de la KGB, de Stalin y del comunismo?

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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2 respuestas a Simpatía y melancolía: Lars Von Trier y el doble rasero

  1. Querido Alexis, que Von Trier le fascina el asunto estaba claro desde su película Europa, pero si fuera buen alemán recordaría siempre cómo quedó Alemania despues del imperio que aquel tipo que sugestiono a un país desesperados, cultos, sabios, pero desesperados y rencorosos de una derrota rara, la I GG. En cuanto al camarada Stalin, es mucho lo que todavía se ignora, pero te conataré un chiste: ¿Cual es el edificio más alto de Moscú? —pregunta un extranjero depaso en Moscú,Tras dudar, responde un moscovita: la Lubianka. Y el extranjero pregunta ¿por qué? (dado que no es demasiado alto). Porque —responde el moscovita— desde sus sótanos se divisa Siberia. (El chiste es célebre y te lo cuentan siempre en Moscú, especialmente los judíos que son aficionados a ello)

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