Lo que bien se aprende

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Hace poco intercambiaba correspondencia con una amiga y salió a flote el tema tan cubano y tan ubicuo de la maldita circunstancia de la sospecha por todas partes; ese “y este qué se trae” que tiende a nublar los primeros encuentros entre compatriotas, lo mismo mares aquende que en el lado insular del muro de salitre.

No puedo precisar cuándo ocurrió, pero he desterrado a la suspicacia de mi modus operandi. Mi impulso inicial es dar la mano y el voto de confianza o beneficio de la duda, según sea el caso. No puedo precisar el momento, decía, pero sí el origen. Me viene de una profesora de historia del arte, en mis años mozos, allá en el nefasto y no por eso menos entrañable Instituto Superior Pedagógico, ubicado frente a la Liga Contra la Ceguera, institución tan paradójica en el país de los ciegos.

La susodicha llegó a la primera clase con aquellos espejuelos grandes, su dicción perfecta y una sonrisa. Su fama de exigente, que la precedía, había entrado un minuto antes al aula. Se presentó, pasó lista, habló de los pormenores del curso y, cuando tocaba comentar lo concerniente a las evaluaciones, nos sorprendió diciendo que todos teníamos un cinco (la nota más alta, para los no cubanos). Que nuestra tarea a lo largo del semestre escolar era mantenerlo. Así de simple. Y yo en mi adultez le he seguido la pauta: doy de antemano a mis coterráneos la calificación más alta y esta solo decae en caso de decepciones.

La dama —otro de sus atributos extraordinarios en aquella isla que ya había adoptado la chabacanería como idioma oficial— era una excelente maestra y —a pesar de ser notable por lo estricta— resultó ser, además, una bellísima persona. Ante ese estímulo, a mí me dio por mantener el cinco inicial. Y entre las columnas dóricas, jónicas y corintias que salían de los libros y se colaban en la ciudad, en medio de los apagones, los aguaceros, las inauguraciones de muestras de arte lo mismo en La Lisa que en el Vedado, aquellos conciertos alternativos a los que nos arrastrábamos mutuamente y los interminables e inolvidables viajes en bicicleta por los confines de la capital, la profesora devino amiga, tutora de mi tesis y se cuenta entre el puñado de razones por las que creo que ese país que hoy no menciono vale la pena.

Este texto es un mensaje cifrado para ella. Si lo lee, que sepa que mientras más lindo el bolero, más miente: la distancia, flaca, no es el olvido.

***
[Foto: Santos Rodríguez].

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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7 respuestas a Lo que bien se aprende

  1. Gracias Alexis, por tu maravillosa tolerancia. Gracias por tu manera de escribir, por tu manera de pensar. Es un privilegio ser tu amiga. Muchas gracias.
    Alina.

  2. Me chupo los dedos y quiero más. Es un postrecito delicioso (cereza incluida). Qué bien que todo te dé “el pie de amigo” para escribir.
    Yani

    • Alexis Romay dijo:

      Muy linda tu nota, Yani. Gracias por el “pie de amigo”, expresión que conocía en una variante menos amigable: “pie forzado”. Y de forzado nada tuvo.

      Un abrazo,
      A

  3. Muy acertado, y excepcional en estos los tiempos del cólera (literal y desgraciadamente)

  4. Vicky dijo:

    Gracias hijo por traer a mi tan gratos recuerdos
    Mama

  5. Niurki dijo:

    Gracias Ale, la he disfrutado mucho, para no variar. Como dice Ali, es un placer ser tu amiga!
    Besos
    Niurki

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