El escritor, el profesor y lo otro

Mario Vargas Llosa se preguntaba en cierto ensayo que leí hace tiempo por qué el escritor latinoamericano tenía que dedicarse no sólo al quehacer literario sino también a otras disciplinas humanísticas. El intelectual peruano priorizaba la dedicación única al oficio de escritor por encima de a las múltiples, o sea a la del escritor-embajador,  a la del escritor-académico o a la del escritor-presidente-de-una-de-nuestras–repúblicas.  No le parecía bien a Vargas Llosa que Rómulo Gallegos fuese el autor de Doña Bárbara y, a la vez, presidente de Venezuela; ni que Octavio Paz fuese el autor de Salamandra y, a la vez,  embajador de México en la India.

Este ser varias cosas a la vez persigue al intelectual latinoamericano como un fantasma ineludible. Me pregunto si ocurre lo mismo en otras latitudes, aunque sospecho que sí.  Dedicarse solamente a una de las múltiples disciplinas del arte —en mi caso, a la literatura— en la sociedad contemporánea  es prácticamente imposible. Y la razón más inmediata es harto conocida: los escritores nos moriríamos de hambre. O sea, nos desempeñamos en varias disciplinas en las Humanidades por razones económicas.

De los muchos escritores cubanos que el quehacer literario me ha llevado a conocer o a quienes el destino me ha acercado, sólo recuerdo a uno que lograba vivir decentemente de su pluma: Guillermo Cabrera Infante. Escritores de la talla de Lydia Cabrera, Carlos Montenegro y Lino Novas Calvo se morían de necesidades en sus tugurios miamenses: estos escritores, de primer orden dentro de la literatura cubana, sobrevivían gracias a la caridad del Seguro Social. El exilio cubano, con capacidad económica para subvencionar las artes, nunca les tendió la mano, nunca reeditó sus obras, ni siquiera los invitaban a dar conferencias en los centros docentes de la ciudad. Lydia Cabrera se pagaba sus propias ediciones, en tiradas pequeñísimas, destinadas a su círculo de amistades personales, para por lo menos no morir del todo desde el punto de vista literario.

Sin embargo, en mi caso personal, ésa no es la única razón. A mí me interesa la literatura grandemente, pero sólo en tanto disciplina que expone —que recoge—  la vida. Si me condenaran a ser solamente un escritor, tal vez no escribiría nada. Para mí, el objetivo primordial de la literatura es el echar un poco de luz, aquí y allá, sobre la vida del hombre y su tragedia. El escritor que habita en mí se nutre de la vida, del discurrir de esa vida que transcurre, cruel o feliz, pero repleta de accidentes, de necedades o cataclismos de los que vendrá a nutrirse, más tarde, la literatura. Me apabulla (aunque también me deleita) el encierro y la soledad que el oficio de escritor demanda. Yo siempre hubiera sido lo que en la actualidad soy: un escritor a quien le fascina la enseñanza;  y precisamente en ese orden: escritor primero, profesor después.

Enseñar es para mí una actividad mágica. Algunos amigos que me han visto enseñar me han confesado que me transformo en otra persona. Y sospecho que es así: enseñar es para mí un acto de exorcismo. Y el salón de clases es el contexto donde salen a relucir las múltiples versiones de mí. Enseñar hace que me transforme en actor, en geógrafo,  en lingüista, en alpinista y hasta en ñáñigo, si fuera necesario.  Empiezo cada una de mis clases identificando primero el entusiasmo colectivo; después paso a  encresparme y  a sudar y,  renglón seguido, a caminar por el salón de clases. Cuando la Musa de la Motivación me toca, lo cual ocurre en los primeros minutos de la clase, empiezo a dar lo mejor de mí en una especie de delirio verbal. En una clase de Humanidades puedo empezar a hablar del imperio asirio sin sospechar dónde terminaré  el tópico. Puedo sacar a relucir, en forma de ejemplos o por contraste, una granja de pollos en Kirguisia o los pasajes más hermosos de la teoría de la Relatividad.  Y si el interés de la clase en el asunto que estoy tratando es genuino, entonces me transformo en una especie de dragón con cien cabezas. Casi nunca me alcanza el tiempo de la clase. Me fascinan los debates, las opiniones de mis estudiantes, la maravilla de saber que he puesto en sus mentes conocimientos que apenas hacía unos minutos, no tenían. Enseñar me satisface plenamente. Y como creador, mi gestión literaria se siente estimulada por la enseñanza. Tal es así que cuando el estrés y las tensiones me apabullan, tampoco abandono la creación literaria. Cuando el estupor y el cansancio llegan a invadirme (algo que logran las actividades que acompañan a la enseñanza —como revisar o hacer exámenes, preparar paneles de estudiantes, etc.—) entonces se me hace más difícil dedicarme a escribir ficción literaria. Pero no me detengo: cuando no puedo escribir cuentos o novelas,  me ocupo del  ensayo. Parece que la tensión no ha sido poca porque llevo ya varios años escribiendo una buena cantidad de ellos.

Miguel Correa Mujica
Nueva Jersey

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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5 respuestas a El escritor, el profesor y lo otro

  1. rafe dijo:

    He sido profesor de ciencias y experimento lo mismo. Es una profesión que embruja y atrapa. Aquí enseño español a los norteamericanos y aprenden,eso me impulsa

  2. Miguel, qué buen artículo. A mí me pasa igualm creo que no podría vivir alejada de la enseñanza… El contacto con la gente es la fuente de tantas historias… Pero me llama al atención ese comentario de Vargas Llosa, a quien mucho admiro. Pues ¿no se postuló él, siendo escritor, para presidente de su país?

  3. Barbarito dijo:

    ¡¡Muy bueno!!

  4. Teresita:

    Parece que Vargas Llosa pretendia vivir exclusivamente de su pluma, si, pero tambien queria ser presidente del Peru. A proposito, creo que ese pais perdio a un extraordinario candidato presidencial. Con el tal vez, el Peru –y el mundo– hubieran sido diferentes. Tras el fiasco electoral, Vargas Llosa prefirio recogerse en su madriguera de Barcelona, dejandole la puerta abierta a Fugimore y a las demas alimanas que le siguieron a este. Vale.

  5. Jordi dijo:

    Saludos Miguel, soy Jordi de Barcelona/España, voy a venir a NY, y me gustaría saber si es posible que nos viesemos para tomar un cafe.
    Muchas Gracias.
    Jordi

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