Perdido en Buenos Aires (fragmento)

Cortesía del autor, publico un fragmento de Perdido en Buenos Aires, novela de Antonio Álvarez Gil ganadora del Premio de novela Mario Vargas Llosa.

Y bien, se dijo, estaba allí, sentado en aquel banco de una pequeña plaza de Buenos Aires, con la ciudad vibrando en torno a él, con la mente llena de dudas y preguntas que debía responderse a sí mismo si quería conservar aquello por lo que hasta entonces había sentido tanto apego, la vitola de mejor jugador de ajedrez del mundo. Entonces entornó los ojos y dejó de ver lo que acontecía más allá de su piel. En su mente apareció un enorme tablero de ajedrez, con las figuras alineadas en sus posiciones iniciales. De repente, las pequeñas piezas comenzaron a moverse a una velocidad vertiginosa. Y él veía, veía con ojo crítico, aprobando unas veces, otras moviendo dubitativamente la cabeza. Ahí estaba la jugada 25 de Alekhine, y la número veintiséis suya… Y ahí vio el primer error, un pequeño error, pequeño pero suficiente para comenzar a desviarlo del camino del triunfo. ¿Por qué no movió el caballo en dirección contraria? Apreció luego las jugadas de Alekhine, algunos de sus errores y muchos de sus aciertos, hasta el momento en que el ruso volvió a ponerse en pie y empezó a lanzar dardos envenenados en dirección a sus figuras. Allí estaba la dama de Alekhine hostigando a su rey, su torre lista para incorporarse al ataque. Y él, ¿qué había hecho mientras tanto? Poco, muy poco. En fin, que vio de nuevo las últimas jugadas de esa tarde y tuvo frente a sí, o dentro de sí, el tablero tal y como había quedado sellado. Entonces su mente pareció apagarse. Apretó los párpados y fue como si el universo entero se hubiera quedado completamente a oscuras. ¿Qué hacer para detener lo que parecía venírsele encima como un ciclón? Tenía que pensar, que encontrar una solución. Para eso estaba allí, sentado en aquella pequeña plaza de Buenos Aires. Si había llegado hasta aquel punto en el juego que se desarrollaba en su cerebro, era para llevarlo hasta el final. Hizo un esfuerzo y el tablero en su mente se iluminó de nuevo. Y continuó jugando. Las figuras volvieron a agitarse dentro de su cabeza, y durante mucho tiempo se movieron de un lado a otro, avanzaron, retrocedieron y volvieron a avanzar. Hasta que, por fin, algo empezó a vislumbrarse dentro de aquel caos. Primero fue un puntito negro en la distancia, un puntito de nada, apenas comprensible. Luego el punto comenzó a acercarse, a hacerse mayor. Hasta que descubrió que ésa, precisamente, era la solución, Sí, allí estaba, en el tablero de su mente. Y era tan fácil, que se avergonzaba de no haberla visto antes. Sólo un pequeño movimiento con la torre en la jugada número 47. Sí, si todo iba como debía ir, Alekhine no podría sustraerse a la tentación de amenazar la torre blanca con su dama. Porque su torre sería para entonces una isla solitaria en medio del tablero, y ése era el ángulo desde el que estaba atacando su rival. Entonces él, Capablanca, llevaría la torre hasta la penúltima línea, junto a su dama, a la dama blanca, y juntas las dos, torre y dama, se encargarían de llevar el juego a tablas. Sí, allí había tablas… Sólo que estaban en su mente. Ahora tenía que ejecutarlo todo sobre el tablero de verdad, en el Club Argentino de Ajedrez. ¿Podría? Sí, por supuesto que podría.

Cuando se levantó del banco tenía la mente clara y despejada. En su reloj de pulsera la noche discurría con pasos de algodón. Era una noche hermosa y clara, una noche de primavera boreal que incitaba a que la vivieran un poco más despacio de lo que él se había propuesto hacer anteriormente. Decidió entonces que, antes de irse a casa de Marcelle, entraría a algún café para jugar un poco de brigde, o mejor aún, una partida de billar, si acaso encontraba alguno en el camino. No sería difícil, seguramente. Y echó a andar por Corrientes sin rumbo fijo, sin intención determinada. O más bien, pendiente de los cafés en los que ya había estado jugando alguna vez. El primero que se apareció ante él fue, precisamente, el de Los 36 Billares. Y entró para ver cómo se le daba esa noche el golpeo de las bolas.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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