Las Furias

Transcribo un fragmento de Furia del discurso humano, de Miguel Correa Mujica.

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8 de mayo
»Año del Esfuerzo Decisivo»

Querida tía Inocencia: (¡ay, déjate ya de esas boberías!) yo no sé si tú te acordarás de mí (¡termina esa carta pronto y ven a ayudarme a recoger los trapos!) pero yo de ti no me olvido un minuto (¡ay, eso fue lo primero que ella hizo apenas se subió al avión: enterrarnos!) a pesar de que tú te fuiste de Cuba cuando yo tenía cinco días de nacido (¡ay, corre, que ya empezó a llover!) yo soy el hijo de tu hermana Mireya (¡hijo, que me va a caer un trueno!) de Yeya como le dicen en la familia (¡ponle de tu hermana La Mula para que veas cómo se acuerda enseguida!) aquel niño que tú querías bautizar ¿te acuerdas, tía? (¡una mujer que en tantos años no nos ha escrito una letra!) y aunque no me puedo imaginar tu rostro (¡ay, pues yo sí: ella era igualitica a un chipojo!) te he empezado a reconocer entre las fotos que dejaste (¡hijo, que me va a matar un relámpago!) y por los cuentos que me hacen los mayores (¡hijo, que esa mujer ya no entiende el habla de aquí!) te diré que por aquí todos estamos bien (¡pues yo me estoy muriendo de apoplejía y de tristeza!) yo estoy muy bien extrañándote mucho (¡hijo, no le vayas a poner esa barbaridad que se va a reír de nosotros) pensando en cuando te volveremos a ver (¡hijo, tú no comprendes que esa mujer hará todo lo posible por no vernos más nunca!) pensando (¡hijo, no le escribas palabras raras que ella es un arado!) en conocer a mis primos que nacieron allá (¡que los muchachos que ella tiene son adoptados!) americanos de nacimiento (¡que ella es machorra y no puede tener familia!) yo estoy seguro que tú les hablas de nosotros (¡hijo, apúrate que se está al desbordar la cañada!) de nuestras vidas (¡si les habla de mi vida tendrá que explicarles cómo es que viven los piojos!) de lo unida que nuestra familia siempre ha sido (¡hijo, tú crees que esa mujer quisiera volver a comer fango!) aquí nadie te echa a mal que te hayas ido del país (¡que nos haya dejado es lo que no le podremos perdonar nunca!) al contrario nos alegramos (¡si esa luz toca los alambres de púa quedo carbonizada aquí mismo!) de que te vayan tan bien las cosas (a mí me dijeron que ella se había hecho millonaria vendiendo papas rellenas en la puerta de su casa) como aquí dicen que las cosas te van (¡pregúntale si es verdad que se compró la palangana eléctrica que ella siempre soñó tener!) que Dios te siga abriendo los caminos (¡hijo, si no me ayudas a recoger la ropa te la tendrás que poner mojada!) y que sigas prosperando como hasta ahora (¡hijo, basta de peroratas: la lista de las cosas que necesitamos está en la gaveta de la vitrina!) tía Ino: aquí se comenta que dentro de poco ustedes podrán visitar Cuba (¡te dije que no le escribieras palabras raras que ella es un arado!) y podrán traer lo que deseen a sus familiares (¡si le sigues dando vueltas no va a terminar de leer esa carta!) tú sabes cómo se vive aquí (¡eso no tienes que explicárselo: ella tuvo que comer hasta babosas cuando vivía aquí!) tú sabes que aquí falta desde la pasta dental hasta las dentaduras (¡ponle que yo no me lavo la boca desde 1959!) y no se sabe por cuánto tiempo esas cosas estarán en falta (¡hijo, tu única camisa blanca se me ripió toda con el alambre de púas!) queremos embullarte a que vengas (¡agrega a la lista una camisa blanca porque ésta se hizo trizas!) a pasarte una semana con nosotros (ella no va a venir: ella siempre dijo que la miseria era infecciosa) y a ver si nos traes algunas cositas que necesitamos (¡termina esa carta y ven a ayudarme con los ripios!) sin las cuales no se puede vivir (¡deja que tú veas lo que le pasó a tu camisa blanca!) mamá ha hecho una lista de las cosas que necesitamos con más urgencia (¡con más desesperación!) y te la vamos a enviar junto con esta carta para que la pongas en la pared (¡la camisa quedó que no sirve ni para trapo de culo!) para cuando te decidas a venir (¡una camisa menos!) te guíes por ella (¡si sigues con esa carta te vas a tener que envolver en una yagua!) para hacer las compras (en seguida que ella vea esa lista cambia el teléfono y se muda para otra parte) que nosotros sabemos que esas cosas no deben ser muy caras allá (¡hijo, la ropa se me ha caído toda en un fanguero!) y aquí no se encuentran a ningún precio (¡hijo, que esto es un huracán!) no olvides que aquí todas las cosas son de primera necesidad (¡ya esta ropa no sirve para más nada!) todas nos hacen la misma falta (¡no cierres el sobre todavía que mi ajustador se cayó por una cueva de arañas!) y si demoras en venir la necesidad se hará cada vez más dolorosa (¡ahora nos tendremos que sentar desnudos a esperar por ella!) también puedes enviarnos lo que se te ocurra con alguien que venga para acá (¡las vacas se han empezado a comer la ropa enfangada!) nos da mucha pena tener que pedirte todas estas cosas (¡yo me siento aquí mismo!) pero ya no tenemos escapatoria (¡vacaaaaaaa! ¡vacaaaaaaaa!) y le damos gracias a Dios de tenerte por lo menos a ti (¡que se la coman toda!) en ese país (¡yo no puedo más!) disculpa si te parece que estamos abusando de tu generosidad (¡hijo, cuando te asomes y veas lo que ha ocurrido te vas a morir de la tristeza!) pero aunque no nos envíes nada el mero hecho de decírtelo nos alivia (¿tú o alguien nos podrá socorrer?) la ropa hecha jirones sobre el potrero (tú te fuiste cuando la nueva miseria recién se instalaba) y sobre el potrero el cielo como una enorme tapia blindada (tú no te puedes imaginar lo que se siente cuando nuestro único ajustador es devorado por las arañas) impenetrable y callado cerrándonos el paso por todos los flancos (tú no te imaginas lo que se siente debajo de los cordeles de púas) asediándonos a punta de rayo (tú siempre diciéndonos que la desesperación florece entre las güásimas) como blancos perfectos para un tirador enloquecido que dispara contra la manada de lechones en estampida (tú convencida de que ni siquiera el mar detiene este tipo de espanto) que en nerviosa confusión huyen a protegerse bajo la esperanza de no ser alcanzados (tú comiendo inmundicias y babosas pero con la mirada fija en esa otra puerta) entonces la noche una noche metálica atornillada por los cuatro testeros contra las paredes del mundo (si yo pudiera hacerte la lista de las cosas que verdaderamente necesitamos) conforma en un dos por tres el techo celestial de la celda (anotaría »estropajos»: para por lo menos tener una desgracia definida) una celda con capacidad para varios millones de seres empeñados en la quimérica labor de sobrevivir (fideos: es inconcebible tener que acudir a un pariente emigrado para conseguir unos fideos) por supuesto que irrumpirán aplausos y cantos en medio de la gran celda tapiada (una camiseta de farol chino) los cantos y el estruendo de promesas hechas a dioses altísimos que tienen en sus manos el destino de millones de gargantas (un ñame: ¿habrá ñames allá donde tú vives?) la intensidad de los aplausos creciendo con la intensidad de la asfixia (una latica de bija) las aves post-diluvianas se apresuran a recorrer los cielos tapiados (maíz: necesitamos diez mazorcas de maíz para hacer unas arepas) son ellas las encargadas de recoger la intensidad de los aplausos colectivos (tía Ino: aunque te parezca mentira necesitamos azúcar: no te aparezcas sin un saco de azúcar prieta) las vibraciones en los pechos emotivos (yo me pongo a mirar las cañas y las miro y las miro y no hay modo de transformarlas en azúcar) los colores de las mejillas amaestradas (azúcar: ven a ver esto: azúcar) que los dioses se encargarán de registrar y clasificar como las emociones correctas (tú no te imaginas lo que se siente cuando bebemos refresco de limón al tiempo sin limón y sin azúcar) y habrá recompensas si los pechos cimbran y se estremecen (tú no te imaginas lo que sienten las ratas escogidas para experimentos de laboratorio) entonces tal vez entonces los dioses corran las cortinas y permitan el paso de la luz hasta el piso de la celda (tú no sabes lo que se siente debajo de los cordeles de púas arrente al piso de esta celda) tú ni nadie que no seamos nosotros se lo imagina…

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Diario de Campaña de José Martí (XI)

19.―Las 2 de la madrugada. Viene Ramón Rodríguez, el práctico, con Angel; traen hachos, y café.―Salimos a las 5, por loma áspera. A los Calderos, en alto. El rancho es nuevo, y de adentro se oye la voz de la mambisa: “Pasen sin pena, aquí no tienen que tener pena.” El café enseguida, con miel por dulce: ella seria, en sus chancletas, cuenta, una mano a la cintura y por el aire la otra, su historia de la guerra grande: murió el marido, que de noche pelaba sus puercos para los insurrectos, cuando se lo venían a prender: y ella rodaba por el monte, con sus tres hijos a rastro, “hasta que este buen cristiano me recogió, que aunque le sirva de rodillas nunca le podré pagar”. Va y viene ligera; le chispea la cara; de cada vuelta trae algo, más café culantro de Castilla, “para que cuando tengan dolor al estómago por esos caminos, masquen un grano y tomen agua encima”,―trae limón. Ella es Caridad Pérez y Piñó.― Su hija Modesta, de 16 años, se puso zapatos y túnico nuevo para recibirnos, y se sienta con nosotros, conversando sin zozobra, en los bancos de palma de la salita. De las flores de muerto, junto al cercado, le trae Ramón una, que se pone ella al pelo. Nos cose. El General cuenta “el machetazo de Caridad Estrada en el Camagüey”.

El marido mató al chino denunciante de su rancho, y a otro―a Caridad la hirieron por la espalda; el marido se rodó muerto―la guerrilla huyó―Caridad recoge su hija al brazo, y chorreando sangre, se les va detrás: “si hubiera tenido un rifle”. Vuelve, llama a su gente, entierran al marido, manda por Boza: “¡vean lo que me han hecho!” Salta la tropa: queremos ir a encontrar a ese capitán. No podía estar sentado en el campamento. Caridad enseñaba su herida. Y siguió viviendo, predicando, entusiasmando en el campamento. Entra el vecino dudoso Pedro Gómez y trae de ofrenda café y una gallina.―Vamos haciendo almas.―Valentín, el español que se le ha puesto a Gómez de asistente, se afana en la cocina.―Los seis hombres de Ruenes hacen su sancocho al aire libre.―Viene Isidro, muchachón de ojos garzos, muy vestido, con sus zapatos orejones de vaqueta: ése fue el que se nos apareció donde Pineda, con un dedo recién cortado: no puede ir a la guerra: “tiene que mantener tres primos hermanos”. A las 2 ½ después del chubasco, por lomas y el río Guayabo, al mangal, a 1 legua de Imía. Allí Felipe Dom, el alcalde de P.―Juan Rodríguez nos lleva, en marcha ruda de noche, costeando vecinos, a cerca del alto de la Yaya.

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Fragmento de mi discurso humano

(a Miguel Correa Mujica)

Al norte del infierno naufragamos,
entre un idioma extraño y gente extraña,
enredados en una telaraña
de nostalgia, dolores y reclamos:

reclamos de un pasado que regresa
(esa factura nunca antes pagada),
y en esta telaraña ilusionada,
reinventamos la patria y su certeza,

recordamos las tardes en Atillo,
las tiñosas, las mujeres decentes,
los telegramas que anunciaban guerra,

aquel bodrio en lugar de picadillo,
los discursos, las jaulas, los tenientes…
¡y más nos aferramos a esta tierra!

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Diario de Campaña de José Martí (X)

18.―A las 9½ salimos. Despedida en las filas.―G. lee las promociones. El sargento Pto. Rico. dice: “Yo muero donde muera el G. Martí.”―Buen adiós a todos, a Ruenes y a Galano, al Capitán Cardoso, a Rubio, a Dannery, a José Martínez, a Ricardo Rodríguez.―Por altas lomas pasamos seis veces el río Jobo. ―Subimos la recia loma de Pavano, con el Panalito en lo alto y en la cumbre la vista de naranja de china. Por la cresta subimos… y otro flotaba el aire leve, veteado… A lo alto de mata a mata colgaba, como cortinaje, tupido, una enredadera fina; de hoja menuda y lanceolada. Por las lomas, el café cimarrón. La pomarrosa, bosque. En torno, la hoya, y más allá los montes azulados, y el penacho de nubes. En el camino a los Calderos,―de Angel Castro―decidimos dormir, en la pendiente. A machete abrimos claro. De tronco a tronco tendemos las hamacas: Guerra y Paquito―por tierra. La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde: aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinada; vuelan despacio en torno las animitas; entre los nidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, tilila y se eleva, siempre sutil y mínima―es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas? Se nos olvidó la comida; comimos salchichón y chocolate y una lonja de chopo asado.―La ropa se secó a la fogata.

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Furia de la independencia

Transcribo un fragmento de Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica.

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¡Cállense! ¡Cállense, que no la van a abrir! ¡Cállense y siéntense, que si no, no la van a abrir! ¡Qué gente ésta tan estúpida! ¡Señores! ¡Qué ignorancia! ¡Apaga ese radio, vejigo! No te muevas de mi lado, que te cogen el puesto y se acabó tu viaje. ¡Hasta que no se organicen, no la van a abrir! Los perjudicados somos nosotros, señores. No se cuelen, hagan la cola. Allá dentro hay espacio para todo el mundo. Y mientras más se demoren en abrir, más gente va llegando. Parecen bestias. ¡Señores! Cuando él se asome y vea este molote desorganizado, no la va a abrir. ¡Señores! No echen a perder lo que ya tenemos adelantado. Llevamos cinco días frente a esta embajada, y ahora, en el último momento, que ya están al abrir, ustedes con esa molotera y esa bulla. Por Dios, callen a esos niños, apaguen los radios, desaparten a esos dos. Madre mía. Seguro que él ya se asomó. Seguro, seguro, seguro que ya se asomó y los vio. ¿Tú crees que alguien va a abrir con este desorden? Imposible, im-po-si-ble. Yo tampoco abriría. ¿Para qué, para que me pelen el jardín? Él se tuvo que haber asomado ya, porque ya era la hora de abrir. A no ser que esté desayunando. Pero ahí sí sé que está, porque nadie lo va a dejar salir sin abrir primero. A lo mejor lo ha dejado para mañana o para el viernes, que está feriado. Aunque no creo que él sea tan cruel de tenernos aquí así como si fuéramos los árboles de la avenida, sin condiciones para tenernos aquí, así, sin movernos de esta cola por tantos días, con sed y hambre, con dolores diversísimos. Y todo el mundo sabe que va a abrir, porque si no, la gente se fuera. No hemos perdido la esperanza de irnos del país. Y no fue él el que nos dio esa esperanza. Esa esperanza nos la dio el edificio mismo, la sede. Porque ese edificio quiere decir: irse del país. Esa construcción emana la suerte de podernos ir. Porque a través de ese edificio la gente se va, llega, huye, le saca la lengua, le dice una barbaridad, o sencillamente coge y escupe, o le tira una fotografía, o le enseña el fondillo nada más, a este país. ¡Ay, edificio mágico y bienaventurado, digno y virgen entre los demás edificios sometidos igual que nosotros! ¡Quién fuera la última loza de tu traspatio, la taza de tu inodoro, la pared más vieja, el respiradero de tu cocina! ¡Felices partes! Hasta las débiles plantas que adornan tu interior son más bellas que toda nuestra naturaleza, que todos nuestros árboles, torcidos y anudados a más no poder, jorobados y resecos a más no poder, sin fruto en todo el año, sin hojas masticables, metidos en el piso hasta la cintura para que no se puedan escapar de este país. Edificio todopoderoso, santo y divino, ahí estás para vergüenza de los demás que te rodean, sucios y detenidos para siempre, amarrados por debajo al núcleo de la Tierra. Bien que te conozco, bien que te he soñado. Sé del olor de tus maderos, del viento que conecta tus habitaciones espaciosas, de la suave melodía que rechinan tus ventanas enormes, de las plegarias a Dios que cada noche cuchicheas. Sé de todos tus secretos, del terror a que termine la cerca divisoria que te uniría a nuestros días, porque los días que aquí transcurren no son los que transcurren entre tus paredes silenciosas. Sé de tu incontrolable pánico a caer bajo la enumeración, a ser la siguiente cifra, y por tanto, invitado a la barbarie. Nosotros también tememos por ti, edificio, más que por nosotros mismos. Nosotros ya padecemos estas fiebres por muchos años; apenas notamos ya cuán minados y carcomidos nos tienen. Tú, en cambio, eres sano, erguido, libre; te levantas día a día con esa furia de la independencia, con esa soberbia que emana, exclusivamente, todo aquello que puede tomar decisiones. Y por eso eres distinto, meritorio, majestuoso y monolítico. Por ti tememos, edificio, porque sabemos que sólo tú sigues produciendo la esperanza; sólo tú, en toda esta comarca, nos hablas de otra cosa, de un lejano individuo que, al igual que tú, puede tomar o desechar a su antojo. Eso es lo que nos estás tratando de decir hace tanto tiempo. Y nosotros sin entenderte, sin saber qué hacías aquí donde no hay nada grandioso que hacer. Hasta que nos dimos cuenta de que tú tenías que tener alguna función entre nosotros. Porque si tú ni meneas papeles comerciales con nosotros, ni te interesará menearlos nunca, ni te mezclas con nosotros, ni sacas ni traes nada, ni sales en ningún periódico, ni te da una rabieta como aquí a todo el mundo le da, ni hablas yo creo, ¿qué haces tú aquí entonces? Fue así que nos dimos cuenta. ¿Cómo no trataste de hablarnos antes; cómo no sacaste un pañuelo o nos hiciste una murumaca? Tu mera presencia lo explicaba todo. ¡Cuánto tiempo perdimos! La más sencilla seña que nos hubieras hecho, la más complicada, nos hubiera traído a tiempo toda tu importancia. Nosotros sólo hablamos por señas, en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación. La murumaca de aquí, la que nosotros entendemos, todo lo dice. Y todo lo confunde. ¡Y los enredillos que forma! Las murumacas son para las cosas que no se deben decir, para las cosas con problemas y que no se deben ni mentar. Pero como aquí todo tiene algún problema, la murumaca se ha convertido en el idioma oficial de la república y de los cayos adyacentes a la república. La murumaca se puede entender de una forma y a la vez de mil formas diferentes. Supongamos que tú quieres decirle a alguien que esto es una mierda. Ésa es una de las cosas que no se deben decir. Pero tú quieres decirlo, porque ya no puedes estar quieto sin dispararlo, sin decirlo, porque a veces a uno le cae esa desesperación por decir que esto es una mierda, y de no decirlo, ya posiblemente no puedas decir nada más en tu vida, te dan fiebres, te cae esa tos que aquí todo el mundo tiene, y ya no te queda otro remedio que decirlo. Yo he llegado a pensar que poder decir “esto es una mierda”, sin otro objetivo, sencillamente el poder decirlo, es una de las grandes necesidades del ser humano. Y para poder decirlo aquí, sin que te pase nada, debes decir “esto está malo”, una frase muy ambigua que puedes referir, en el momento en que te cojan, a una de tus manos, o a una parte podrida de un mango que te comiste hace tiempo. Y casi siempre te salvas. Y si eres diestro, le echas toda la culpa al agente disfrazado de hijo tuyo que te cogió. Que él lo entendió así, por lo malo, porque él tiene problemas ideológicos. Ideológicos es como les llaman a esos problemas aquí. También los llaman problemas de penetración ideológica. Yo no acabo de entender esa nomenclatura, porque a mí nadie me ha penetrado nunca. Yo pienso como pienso desde que empecé a pensar. Nadie ha venido de ninguna parte a cambiarme lo que yo pienso. Nadie. Porque para que uno piense así, como yo vengo pensando, nadie tiene que venir de ningún sitio a decírtelo; con mirar unos minutos aquí, basta. Ni me han penetrado, ni me han desviado nada. Y ahora ellos dicen que nos están desviando la mente desde el exterior. ¡Si en el exterior no saben ni la milésima parte de lo que nosotros pasamos aquí, metidos en el horno! Pero hay que decir que sí, que hay personas que están siendo desviadas ideológicamente por unos seres distantes, extraterrestres casi, que no saben nada del asunto, de la cosa en sí, pero que tienen esa siniestra labor, la de desviarnos la mente. Así es todo, o casi todo, porque esto es lo que me viene a la mente en estos momentos, edificio. Y todo esto te lo he dicho pensando, sin la más diminuta murumaca. Y te hablo desde mi puesto en esta cola de cinco días ya, sin ningún tipo de reservas. Porque ya hacia ti no tengo penas. Nunca sabremos lo que significa para ti tenernos aquí apilados, muriéndonos de vergüenza al tener que suplicarte un sitio entre tus paredes silenciosas. No sabremos cómo nos miras desde allí, qué ideas te vienen de momento al ver esta procesión de mendigos congestionando la ciudad. Nunca lo sabremos.

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Diario de Campaña de José Martí (IX)

17.―La mañana en el campamento.―Mataron res ayer y al salir el sol, ya están los grupos a los calderos. Domitila, ágil y buena, con su pañuelo egipcio, salta al monte y trae un acopio de tomates, culantro y orégano. Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapo y hojas.―Muelen un mazo de cañas. Al fondo de la casa, la vertiente con sus sitieríos cargados de cocos y plátanos, de algodón y tabaco silvestre: al fondo, por el río, el cuajo de potreros; y por los claros, naranjos, alrededor los montes, redondos, apacibles: y el infinito azul arriba con esas nubes blancas, y surcan perdidas… detrás la noche.―Libertad en lo azul.―Me entristece la impaciencia.―Saldremos mañana.―Me meto la Vida de Cicerón en el bolsillo en que llevo 50 cápsulas. Escribo cartas.―Prepara el General dulce de raspa de coco con miel. Se arregla la salida para mañana. Compramos miel al ranchero de los ojos azorados y la barbija.―Primero, 4 reales por el galón, luego, después del sermón, regala dos galones. ―Viene “Jaragüita”―Juan Telesforo Rodríguez,―ya no quiere llamarse Rodríguez, pues ese nombre llevaba de práctico de los españoles,―y se va con nosotros. Ya tiene mujer. Al irse, se escurre.―El pájaro, bizambo y desorejado, juega al machete; pie formidable; le luce el ojo como marfil donde da el sol en la mancha de ébano.―Mañana salimos de la casa de José Pineda:―Goya, la mujer.― (Jojó arriba).

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Al norte del infierno

Acabo de releer Al norte del infierno. La oración es literal y figurada. Indica que leí Al norte del infierno, de Miguel Correa Mujica. Y que lo releí en Estados Unidos. Al norte… fue publicado, al norte del infierno, en 1983. A pesar de este detallito técnico, su vigencia data simultáneamente de 1961 y de la semana próxima. Obra imprescindible e inclasificable, Al norte…, en su infinita brevedad, puede ser leído como novela, colección de cuentos, ejercicio de ficción desesperada, testimonio de lo inenarrable, ensayo de la locura, crónica sensata, autobiografía de una isla silente y gritona que se durmió mientras la Historia le pasaba por encima, psicoterapia de grupo, vaticinio del pasado, lamento del porvenir, jamming session… en fin, el Marx.

Éste es el libro, o uno de los libros, que quise haber escrito. Iré más lejos: cualquiera que haya vivido, al menos un lustro, en la Ínsula Barataria no sólo pudo haber escrito este libro, sino que lleva este libro adentro. Le guste o no. Al norte… regala un prisma a la vez aéreo y visceral del secuestro de una sociedad y la subsiguiente conversión de sus ciudadanos en ciudad-anos. Confesiones, delaciones, vejaciones, prohibiciones, cremaciones, migraciones, chivatos, retratos, castratos, ingratos, mulatos y la mar de malos ratos: ¡Todo mezclado!

«Nosotros sólo hablamos en murumacas, porque siempre dejan un margen de equivocación», declara una de sus voces. Sin embargo, la obra no deja margen a equivocaciones. Al norte… es un libro terriblemente cómico. Y terrible. Y otra vez cómico. Y triste. He reído mi tristeza de Isla y Exilio en cada párrafo: una tristeza chovinista, endémica, interminable, una tristeza que se ríe de sí misma, una triste tristeza que goza la paranoia y el ancho mar de sus secuelas infinitas. Y entre tanta risa y nudo en la garganta, me ha conmovido la lucidez del autor, su capacidad de aprehender nuestro provincialismo, la génesis del miedo bajo un régimen que implantó la máscara como método universal de subsistencia y la hipocresía de un pueblo que salió a la calle a despedir a sus emigrantes con el cálido grito de «traidores», para luego, en su miseria cotidiana, aclarar que todo se debía a un error de dicción: la frase original era: «¡trae dólares!».

Mi gratitud por Al norte del infierno no conoce límites. Tal es así que la mejor manera que encontré de recomendarlo (y comenzar el culto) fue traducirlo al inglés. Dicha edición saldrá en un par de meses. A los lectores, sólo una súplica es válida: corran la voz al sur, al este, al oeste, al norte… y, no faltaba más, en el mismísimo infierno.

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Diario de Campaña de José Martí (VIII)

16.―Cada cual con su ofrenda―buniato, salchichón, licor de rosa, caldo de plátano.―Al mediodía, marcha loma arriba, río al muslo, bello y ligero bosque de pomarrosas; naranjas y caimitos. Por abras tupidas y mangales sin fruta llegamos a un rincón de palmas y al fondo de dos montes bellísimos.―Allí es el campamento. La mujer india… de ojos ardientes, rodeada de 7 hijos, en traje negro roto, con el pañuelo de toca atado a lo alto por las trenzas, pila café. La gente cuelga hamacas, se echa a la caña, junta candela, traen caña al trapiche para el guarapo del café. Ella mete la caña, descalza.―Antes, en el primer paradero, en la casa de la madre y e hijona espantada, el General me dio a beber miel, para que probara que luego de tomarla se calma la sed. Se hace ron de pomarrosa.―Queda escrita la correspondencia de N.Y., y toda la de Baracoa.

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En Barnes & Noble

Como cantara el gran Charly García: «alguien en el mundo piensa en mí». A quién deba esta promoción de ensueño: ¡mil gracias!

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Manifiesto UNEAC

Socialismo con swing, descafeinado,
para retar al ciberchancleteo
y a dormir en los brazos de Morfeo
y a soñar que el Pasado no ha pasado.

¿Qué tenemos? Congreso, celulares,
la dicha del grillete que acaricia,
el par de siglos que promete Alicia,
tantos años leyendo titulares

en busca de ese cambio prometido,
hace treinta, cuarenta… ¿quién se acuerda?
¡Seguiremos siendo incondicionales!

(A pesar de que todo se ha perdido).
Es agrio nuestro vino. (Buena mierda).
¡Que vivan nuestras aguas albañales!

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El quinto clavadista

Había doscientos espectadores aglutinados en el estadio municipal. Cuatro centenares de pupilas pendientes de cada paso del quinto clavadista rumbo al trampolín de siete metros que gozaba del privilegio de ser la más alta elevación del complejo deportivo. Al comenzar la contienda, la alberca era de un azul océano que magnificaba sus escasos doce pies de profundidad. Con su inusual configuración de triángulo equilátero hacía más nítido el momento en que los competidores entraban a ella, pues el foco de atención se reducía a un hombre, girando en el aire, teatral y osadamente, hasta precipitarse dentro de aquel microuniverso que lo acogería, previo a un consecuente y eufórico aluvión de aplausos.

“Complejo deportivo” era una licencia poética utilizada para definir aquel espacio de estructura circular, pobremente techado y lleno hasta el límite de su capacidad. Tendría un diámetro de veinte metros y de sus cuatro puntos cardinales colgaban reflectores de media intensidad que lucían anacrónicos atados a las pencas de guano que conformaban la primitiva cúpula del estadio. La electricidad dependía de una extensión que, una semana antes del evento, se empataba varias veces desde la casa más cercana, hasta colarse entre las infinitas hendiduras del techo, convirtiéndose en la instalación eléctrica más impresionante del cuarto y más obsoleto de los mundos. Al igual que para el resto de las casas del poblado, “impermeabilidad” era un nombre de muchacha desconocida y eso justificaba que el evento tuviera una fecha fija: el decimotercer día de agosto, acompañando a un terrible periodo de sequía y a una jornada de festejos callejeros. La ventilación era natural, por lo que los pobladores se jactaban de haber situado el estadio en el descampado más limpio de la zona para aprovechar la brisa que atravesaba las paredes, sin otras cortinas rompevientos. De la misma forma entraban el vapor vespertino, las moscas y el resto de los insectos aéreos, pero en el evento social más importante de Las Palmas y ante la excitación de los competidores y del público, eran obstáculos menores que podían obviarse sin graves problemas.

La rutina había sido dictada por el Presidente y se cumplía con metódica religiosidad: en la mañana celebraban una feria juvenil en el parque del pueblo y las competencias de clavado se realizaban durante esa misma tarde. El resto del año el complejo deportivo permanecía cerrado.

El motivo de que la piscina tuviera tres lados respondía a una innovación en la etapa ejecutoria, que tenía el propósito de ahorrar el material constructivo enviado por el gobierno de turno con una carta de autorización dirigida a los miembros del caserío Las Palmas, en la que oficialmente se aprobaba la construcción de un local de esparcimiento si los vecinos se hacían responsables del diseño y de la futura puesta en práctica del mismo. El vecindario estaba poblado por unas setenta casas con igual número de familias repartidas hasta, a veces, habitar cuatro generaciones bajo un mismo techo, de las cuales, al menos las dos intermedias habían participado activamente en la ejecución de aquel sitial que era el único en la comunidad en donde cabían todos los palmeros apiñados en ocho filas de bancos dispuestos en espiral.

A pesar de que la información que los pobladores tenían del clavado era básica: “deporte olímpico que consiste en un clavadista que salta desde un trampolín u otro sitio de altura hacia una piscina e incluye toda suerte de giros gráciles y artificiosos en su caída”, la premisa les interesó al punto de que había pasado una década desde que se aventuraron en la tarea de ejecutar su propio estadio. Luego gastaron años en entrenar a los atletas nativos y, desde entonces, con la inauguración del evento anual, que andaba ya por su tercera edición, los espectáculos se habían caracterizado por varias constantes, donde la más notable era el público, que estaba presidido por los fundadores de la región, acompañados de sus orgullosos descendientes, que conformaban entre todos una audiencia campechana y jovial en la que nadie tenía permiso para entrar ni bebidas alcohólicas ni armas blancas. En el cinturón del Presidente de la comunidad se oxidaba un revólver que había adquirido un carácter simbólico y ornamental.

El Presidente de la comunidad basaba el éxito del torneo y de toda su campaña política en una teoría que había heredado con su cargo de máximo responsable de Las Palmas y que nunca tuvo una idea exacta de quién la había originado: “Sin importar su tamaño, su nivel cultural o sus aspiraciones, lo realmente necesario para dominar a cualquier grupo social es la distribución de pan y circo. Es imprescindible darles algo de comer y un poco de entretenimiento”.

En efecto, desde que el Presidente decretó feriado aquel caluroso día del octavo mes para que los vecinos pudieran disfrutar del evento deportivo, el impacto en los grupúsculos inconformes de la población había sido palpable. Organizaban menos revueltas callejeras, pintaban menos carteles en el triste mercado del pueblo, hacían menos comentarios subversivos y, finalmente, se dejaban llevar por el jolgorio y se reunían con el resto de los pobladores a compartir cervezas mal fermentadas y de producción casera, mientras los competidores se catapultaban y con ellos las apuestas, que iban desde una hasta tres gallinas y dos sacos de arroz.

El quinto clavadista comenzó su caminata hacia el trampolín con el pleno convencimiento de que estaba cercano a alcanzar la cumbre de su carrera. La teatralidad con que se desplazaba dio margen a que la excitación de los espectadores se desbordara en decenas de gritos y chiflidos. Era el último competidor y sobre él pesaba la responsabilidad de concluir aquel campeonato municipal. Aunque su entrenamiento lo había preparado para ese instante, los nervios lo estaban traicionando públicamente. Convirtió cada peldaño de la escalera que lo conducía al trampolín en el escenario de un drama personal que los palmeros no entendían.

Evitó mirar dentro de la piscina, pues sentía un vértigo monumental que siempre había interpretado como símbolo del peligroso acercamiento al éxito. Al llegar al final de su trayecto, se le escapó una lágrima que los presentes no pudieron notar. Su cuerpo estaba rígido y los músculos sobresalían embadurnados con la crema reglamentaria, que era preparada con manteca de majá de Santa María (una culebra fácil de encontrar en los riachuelos cercanos a Las Palmas).

La trusa del quinto clavadista era un pantalón corto, carmelita y oscuro, que todavía mostraba huellas de su reciente etapa en el trabajo agrícola.

¿En qué pensaba en ese momento tan cercano a su más elemental noción de gloria?

Los palmeros habían estado en plena algarabía, dando brincos y hurras mientras los concursantes anteriores recorrieron el estadio para concluir parados en la cúspide de sus vidas, pero luego guardaban un respetuoso silencio para propiciar un ambiente tranquilo en el que los deportistas pudieran concentrarse y superar sus miedos. Cuando el quinto clavadista se preparó para ejecutar sus audaces maniobras voladoras, las expresiones de los vecinos del caserío Las Palmas lucieron petrificadas, como si solamente sus órganos vitales estuvieran al tanto de mantenerlos respirando.

De los saltos de los cuatro competidores anteriores, lo más notable fue cuando el segundo estuvo a punto de tocar el techo con sus pies (que puntearon, buscando prolongar la línea vertical en el giro que marcó la altura máxima de su parábola); el primer contendiente, al igual que el cuarto, intentó un doble salto mortal en el que se encogió durante las vueltas para entrar parado a la piscina; el tercero ejecutó el famoso “uno y medio”, que era un complicado ejercicio que exigía dar una vuelta entera y luego estirarse en posición perpendicular a la alberca, con las manos por delante. El quinto clavadista pegó los brazos a su cuerpo y después de aguantar la respiración se dejó caer.

La calma se rompió con el impacto. Al ver como se hacía pedazos, uniéndose a los cuerpos destrozados de los cuatro participantes anteriores y a los aplausos eufóricos de aquel público que escandalizaba una alegría incomprensible. Un público igualmente digno de haber perdido la voz siglos atrás en los entretenimientos salvajes del coliseo romano.

La piscina nunca tuvo agua pues nadie del gobierno de turno le explicó al Presidente que el clavado era un deporte acuático.

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Fragmento de Salidas de emergencia.

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Diario de Campaña de José Martí (VII)

15.―Amanecemos entre órdenes. Una comisión se mandará alas Veguitas a comprar en la tienda española. Otra al parque dejado en el camino. Otra a buscar práctico. Vuelve la comisión con sal, alpargatas, un cucurucho de dulce, tres botellas de licor, chocolate, ron y… José viene con puercos. La comida―puerco guisado con plátanos y malanga.―De mañana… frangollo, el dulce de plátano y queso, y agua de canela y anís, caliente. Viene a… Colombié, montero, ojos malos: va… de su perro amarillo. Al caer la tarde, en fila la gente, sale a la cañada el General, con Paquito, Guerra y Ruenes. ¿Nos permite a los 3 solos? Me resigno mohíno. ¿Será algún peligro? Sube Ángel Guerra llamándome, y al capitán Cardoso. Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice, bello y enternecido, que aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su Jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General. Lo abrazo. Me abrazan todos.―A la noche, carne de puerco con aciete de coco, y es buena.

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Viñeta desesperada

Yo, un ente sonriente, silbante, sonante, constante cantante, vibrante, urgente y decente, puedo notar que tú que eres tan suave como la nave clave o el ave que sabe lo que cabe en el casabe, ciudad adicta a la guaracha, buena racha, coge el hacha sin tacha pues te escacha la confesión del melón y el útil diapasón de la canción, que viva el vacilón de esta generación con ilusión en la historia, (las tumbas de) la gloria, muerte a la escoria, gran victoria, notoria, nuestra euforia se perdió, cayó, rompió, soñó, saltó, inspiró a más de tres poetas, con tretas concretas, discretas, tibias metas, sin profetas ni viñetas, abajo los trompetas que estropearon el amor, el candor del trovador generador o el resplandor del verdor de aquel señor, ¡señor, no!, compañero, sincero, primero de enero, tercero para el cenicero y el florero, ¿quién dice que esto es cuero?, ¿y dónde está el baño?, es que desde antaño los extraños orinan por el caño, todo el año usan un paño y eso no me pone huraño, pues no soy tacaño, no me empaño, no regaño ni hago daño y vivo con cuatro pulmones, dos riñones, mil canciones (muchos sones), rincones y constelaciones (sabias evasiones), proyecciones e inyecciones de memoria compilada: Lada, mermelada, alguna abogada pelada y más nada que cada marejada empleada en la bajada a la cañada y la escalada forzada por la tonada del aburrimiento, mal ungüento y si no miento y cuento reviento de contento y el intento contra viento y viento me recuerda a la ¿carne de res?, ¡seguro que yes!, uno, dos y tres, me duelen los pies, siempre es ¿veintitrés?, ¡que viva el Marqués!, aunque el tipo es Conde y esconde y esconde, ¿me pregunto en dónde?, pero no hay respuesta porque mucho cuesta entender su fiesta fuera de la cesta con esta fiera bandera colgada en la tendedera y en la gozadera, ruñidera, bailadera, cumbanchera, al igual que el gato Asrael, personaje cruel, dictador sin piel, dentro de la miel detectamos hiel, con tanto papel, ¿no podré ser fiel?, ¿lealtad a quién?, ¿uno igual a cien?, me gusta Dan Den, pero no el vaivén de este viejo tren, lo repito bien: no es tan fácil, men, y aunque desahuciado, fatigado, descartado del listado de habaneros valiosos, sabrosos, generosos, caudalosos, me alegran los osos y los marsupiales, los pavos reales y los animales que no son virtuales, los caudales, los habituales y los verbales y normales recuerdos que mi paso por tus calles me entregó.

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Publicado originalmente en Encuentro en la red.

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Diario de Campaña de José Martí (VI)

14.―Día mambí.―Salimos a las 5. A la cintura cruzamos el río, y recruzamos por él―bayás altos a la orilla. Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina, majagua de Cuba, y cupey, de piña estrellada. Vemos, acurrucada en un lechero, la primera jutía. Se descalza Marcos, y sube. Del primer machetazo la degüella: Está aturdida: Está degollada. Comemos naranja agria, que José coge, retorciéndolas con una vara: “¡qué dulce!” Loma arriba. Subir lomas hermana hombres. Por las lomas llegamos al Sao del Nejesial: lindo rincón, claro en el monte, de palmas viejas, mangos y naranjas. Se va José. Marcos viene con el pañuelo lleno de cocos. Me dan la manzana Guerra y Paquito de guardia. Descanso en el campamento. César me cose el tahalí. Lo primero fue coger yaguas, tenderlas por el suelo. Gómez con el machete corta y trae hojas, para él y para mí. Guerra hace su rancho; cuatro horquetas: ramas en colgadizo: yaguas encima. Todos ellos, unos raspan coco, Marcos, ayudado del General, desuella la jutía. La bañan con naranja agria y la salan. El puerco se lleva la naranja, y la piel de la jutía, en la parrilla improvisada, sobre el fuego de leña. De pronto hombres: “¡Ah, hermanos!” Salto a la guardia. La guerrilla de Ruenes, Félix Ruenes, Galano, Rubio, los 10.―Ojos resplandecientes.

Abrazos. Todos traen rifle, machete, revólver. Vinieron a gran loma. Los enfermos resucitaron. Cargamos. Envuelven la jutía en yagua. Nos disputan la carga. Sigo con mi rifle y mis 100 cápsulas, loma abajo, Tibisial abajo. Una guardia. Otra. Ya estamos en el rancho de Tavera, donde acampa la guerrilla. En fila nos aguardan. Vestidos desiguales, de camiseta algunos, camisa y pantalón otros, otros chamarreta y calzón crudo: yareyes de pico: negros, pardos, dos españoles,―Galano, blanco. Ruenes nos presenta. Habla erguido el General. Hablo. Desfile, alegría, cocina, grupos. En la nueva avanzada: volvemos a hablar. Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre guardias, me cuelga el General mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera. Dormimos envueltos en las capas de goma. ¡Ah! antes de dormir, viene, con una vela en la mano, José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel. Y nos pusimos a la miel ansiosos. Rica miel, en panal.―Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella. El lugar se llama Vega de la…

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