Presentación de “Yo tengo un sueño” en Watchung Booksellers

En Watchung Booksellers

El lunes pasado —en honor al día de Dr. Martin Luther King, Jr.— leí mi traducción de “Yo tengo un sueño”, ese hermoso y emblemático discurso del líder de los derechos civiles.

Mi idea original para este encuentro era reunirme con miembros del club de lectura que coordino en la librería, pero al mencionarlo a la promotora de eventos de Watchung Booksellers, de ella surgió la idea de que sería hermoso abrir las puertas a la audiencia de por estos lares. Y tenía razón. Lo fue. De tal suerte, quiero agradecer públicamente a Kathryn Counsell por gestionar —o, mejor dicho, soñar— esta tertulia y hacerla posible. También le agradezco inmensamente por filmar y editar el video.

Mi anhelo de declamar el texto en español respondía a varios motivos, pero este es quizá el más importante: a seis décadas de haber sido pronunciado, “Yo tengo un sueño” mantiene una relevancia abrumadora.

De ahí que, antes de dar inicio a la lectura, advirtiera a la audiencia que haría todo lo posible por leerlo sin que se me quebrara la voz. (No pude cumplir esa promesa. Como tampoco he podido —en la infinidad de veces que lo he leído a solas— impedir el nudo en la garganta).

En el preámbulo, dediqué la presentación:

– al maestro de preuniversitario Keenan Anderson, asesinado hace una semana por miembros de la policía de Los Ángeles, por el delito de ser negro y pedirles ayuda;
– al artista Luis Manuel Otero Alcántara y al rapero Maykel “Osorbo” Castillo Pérez —ganador del Grammy, por su canción “Patria y vida”—, ambos ciudadanos cubanos que languidecen en prisión en Cuba por el delito de pensar por cabeza propia y ser negros;
– a las mujeres negras en Cuba y Estados Unidos, que a diario se enfrentan a las violencias de la misoginia y el racismo;
– a afrodescendientes en cada país erigido sobre los escombros de la trata transatlántica de gente esclavizada;
– a mis ancestros de África, cuyo linaje desconozco, producto de esa forma de la violencia que es el olvido que impone el supremacismo blanco.

Después de la lectura, conversé con la audiencia acerca de los rigores y la responsabilidad de hacer que este discurso viajara de la lengua de Harriet Tubman a la lengua de mi abuela María Ibáñez Ibáñez.

En algún momento mencioné y agradecí a mis entrañables Juan Milà y Ariana Rosado Fernández, mis editores, a quienes tanto les debe esta traducción.

También parafraseé una de las cosas más hermosas que escribe Irene Vallejo en El infinito en un junco:

“Sin traducciones habríamos sido otros”.

Vallejo tiene razón en más de un sentido. Yo era otro antes de traducir este texto.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo, luego traduzco, luego existo.
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