Oda urgente a Irene Vallejo

Nadie quiere más a Cuba que yo”, escribió —con todo derecho— Eliseo Alberto, “Lichi”. Esta declaración de principios —tan irrefutable como indemostrable (y que, desde entonces, me he apropiado en meses alternos)—me invitó a concebir mi propia boutade: “nadie quiere a los libros más que yo”.

Luego de años convencido de mi verdad, ha sido una feliz revelación comprobar que estaba errado. Resulta que Irene Vallejo les tiene más cariño. La evidencia es también incontestable: El infinito en un junco, una obra que versa sobre la historia de los libros —o, mejor, del libro—, un texto que es palimpsesto, novela de aventuras, ejercicio de erudición y de empatía y, a la vez, defensa del infinito placer de la lectura —“una de las formas de la felicidad”, según Borges—, y que, por ende, me ha provocado un sinfín de alegrías.

En lugar de escribirle una reseña —¿qué más voy a decir que no hayan dicho de un libro que se sale de su nicho quienes conocen bien su santo y seña?—, opto por este tributo en el ágora a la autora: dos décimas y un soneto, cuyos pies forzados —que aparecen entre comillas— son octosílabos y endecasílabos provenientes de algún “docto lugar de su volumen”. 

¡Corran! Léansela ya, que leer es aquí una fiesta. De tal suerte, le envío públicamente a Irene Vallejo mi saludo, mi aplauso y estos versos:

Oda urgente a Irene Vallejo

“Los escolares letrados
los leían a sus padres”,
a sus hijos y compadres,
con un mal disimulado
placer por haber logrado
sanar con verbo la herida
de la ignorancia adquirida.
Alguien dijo (y no fue un chiste):
Los “libros que nos trajiste
nos han salvado la vida”.

Los libros nos han dejado
un “legado de palabras”,
sutiles abracadabras
que nos han acompañado:
imágenes del pasado,
del presente y lo vivido
y del futuro y su ruido.
Los libros son aliciente
que nos cultiva la mente.
“Lo habitual es el olvido”.

Esos “libros que a nuestra vida entraron”
vinieron a expandir nuestro universo.
Lo canta Caetano en aquel verso.
Lo cantan los poetas. Lo cantaron

mujeres cuyos nombres ignoramos
(cuyo talento desbordó la acequia)
y Homero (que tal vez fue una entelequia).
Lo cantan quienes leen. Lo cantamos

al borde del abismo, en la alegría.
Lo cantó Arenas, hundido en el pozo.
Que el sueño de leer no quede trunco.

Que vuelva a despertarme cada día.
Quiero que venga a visitarme el gozo:
la dicha del “infinito en un junco”.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo, luego traduzco, luego existo.
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