El 11J y la Cuba del futuro

Protesta frente al Capitolio de Cuba, en La Habana, el 11 de julio de 2021. (EFE/Ernesto Mastrascusa)

La periodista Yoani Sánchez, directora de 14ymedio, tuvo la gentileza de solicitar mi opinión con respecto a los sucesos del 11 de julio, para un especial que acaba de publicar su diario. En vista de que me extendí demasiado para un texto coral, publico por acá mi respuesta.

¿Qué fue el 11J para usted?

Para mí, el 11 de julio de 2021 fue un parteaguas. Hay una Cuba antes de esa fecha y otra Cuba posterior a ella. El 11 de julio nos mostró la isla que el régimen ha logrado mantener oculta detrás de su retórica buenista y el sinfín de panfletos turísticos del parque temático que algunos insisten en llamar “la Revolución Cubana”. Por más que le pese a ese sistema político anquilosado en los años 70, la Cuba del futuro comenzó a la vista de todos, hace doce meses, en San Antonio de los Baños. Y esa Cuba posible se nos ha revelado no sólo en el valor de quienes pisaron las calles nuevamente de lo que fue esa tierra ensangrentada, sino además en la actitud de los familiares de los cientos de arrestados durante las protestas y como consecuencia de las mismas.

Donde los padres de mi generación nos decían que no nos metiéramos “en eso” y evitáramos buscarnos problemas con las autoridades, las madres de los manifestantes del 11J han dado la cara y han puesto el cuerpo, y lo han hecho públicamente, una y otra vez, lo que ha provocado que el aparato policial se haya visto obligado a reprimir a plena luz del día, mostrando así la torpe cara de la violencia de género en el trópico y lo terrible y patético de que dicha violencia sea organizada por el (terror de) Estado.

Con esto no digo que las revueltas populares no hayan tenido precedente en las más de seis décadas de férreo control ideológico de la junta militar imperante en Cuba. Ni que las mujeres no hayan liderado la resistencia pacífica. Ahí tenemos las marchas dominicales y el activismo incesante de las Damas de Blanco. Pero en esta ocasión, el accionar de tantas madres que han dicho “basta” parece haber calado más profundamente en el imaginario popular y, por tanto, ha generado mayor visibilidad y la consecuente solidaridad de muchos sectores y actores que hasta ahora “no se metían en política”.

Sospecho que esta creciente empatía se debe a que muchas de las madres del 11J no eran (consideradas) activistas, y esto ha facilitado que quienes antes se mantenían al margen se hayan reconocido en ellas y quienes solían decir: «Eso en Cuba no pasa», hayan constatado que sí, que pasa, y que le acaba de pasar a la vecina. Recientemente, Amelia Calzadilla dijo una de las cosas más bellas que se hayan pronunciado en territorio nacional: «Mi postura política es ser madre». Esa declaración no debe ser considerada un hecho aislado. Es una consecuencia de la Cuba que germinó el 11 de Julio.

También convendría recordar los alzamientos del 5 de agosto de 1994 —que dieron lugar al Maleconazo—, así como la toma de la embajada del Perú en 1980 —que fue la antesala del éxodo del Mariel—. Menciono estos dos momentos clave pues ambos tienen en común el descontento masivo que les precedió y la fuga multitudinaria de los cubanos de la isla que vino inmediatamente después.

No olvidemos que, a unos meses de las protestas populares en toda la nación, comenzó otro proceso migratorio que —de octubre del 2021 a junio del 2022— vio a 140 000 cubanos llegar a los Estados Unidos. Esto supera, con distancia, la cifra de compatriotas que jamás hayan sido forzados al exilio en momentos anteriores de nuestra historia, desde que la isla es isla y la samba es samba.

Si te fijas: en el párrafo anterior puse el infinitivo y el nombre del país en cursivas. Por más reveladora que sea esa cantidad de personas, la misma no incluye a quienes no llegaron, a quienes todavía andan en tránsito o a quienes optaron por escapar a otras tierras.

La gran semejanza entre los estallidos de 1980, 1994 y 2021 estriba en factores muy visibles (para quienes quieran ver) que el régimen cubano a lo largo de más de medio siglo ha intentado manipular mediante la represión y el control sistemático de la narrativa. La gran diferencia radica en que, en los levantamientos anteriores, Fidel Castro y su mito aún vivían, y el pueblo no tenía un grito unificador con el cual responder al funesto «Patria o muerte»; pero en julio del año pasado ya existía ese himno —que ganó dos premios Grammy y, por consiguiente, le valió una sentencia de nueve años de prisión a Maykel “Osorbo” Castillo, autor de los versos más conmovedores de esa canción—, y cuando la libertad salió a la calle ya tenía tres palabras que las coreaba hasta el gato: ¡Patria y vida!

Es muy notable que —como en el 80 y el 94, pero esta vez en medio de una pandemia global— quienes tomaron las calles fueron niños, jóvenes, adultos y ancianos, entre quienes vimos —y en el contexto de esa “revolución” machista-leninista, esto hay que enfatizarlo una y mil veces— a una mar de mujeres. El 11J aunó a varias generaciones de gente humilde, mayoritariamente mestiza y negra, que salieron a exigir esos anhelos que le costaron una condena de dos años de prisión al ciudadano Carlos González, alias Pánfilo, a quién el régimen encarceló en 2009 por decir frente a una cámara que en Cuba «lo que hace falta es “jama”», y al sentenciarlo, tal vez sin proponérselo, demostró que en Cuba hay una carencia incluso más profunda —como la llama Andrés Calamaro: “la hermana hermosa”—: la libertad.

Otro factor importante ha sido el impacto de la tecnología móvil y las redes sociales al transmitir, en vivo, lo que grita el pueblo y el modo en que ha respondido la familia que gobierna esa isla como si fuera un cuartel.

Hay otro detalle que, aunque parezca superficial, no lo es. Foto tras foto, hemos presenciado esas camisas por fuera que no pueden contener las barrigas —cebadas con carne de puerco y cerveza— de los miembros de la cúpula dirigente en un país hambreado, con una población que apenas encuentra qué poner al plato cada día.

El 11 de julio levantó el telón y dejó al descubierto —para quienes quieran prestar atención y quienes se resistan a la evidencia— la naturaleza represiva del gobierno que ha heredado Díaz Canel como si se tratara de un mueble o una reliquia. A los entusiastas de todas las latitudes ya se les acabó la excusa de que esa revolución es de los humildes y para los humildes o de que no sabían lo que pasaba. Ya tuvieron oportunidad de presenciar cómo trata la dictadura al proletariado. De ahí que incluso algunos de sus aliados históricos se hayan tenido que preguntar aquello que coreaba Bersuit Vergarabat: «Si esto no es una dictadura, ¿qué es?».

Por último: también hay que destacar el modo en que el régimen cubano ha intentado desvirtuar el sentir del pueblo mediante los mismos ataques ad hominen de siempre: quienes protestan son, según el relato oficial, financiados por potencias extranjeras —léase Estados Unidos— o son “antisociales”, “marginales” y otros epítetos que revelan cuán enraizados están el racismo, el clasismo, la misoginia y la homofobia en la ideología de la gerontocracia castrista.

La torpeza de ese argumento del gobierno cubano me hace pensar en Conducta impropia (1984), aquel imprescindible documental de Néstor Almendros. En el minuto 56, un joven que escapó de la isla durante el Mariel se refiere a esa demonización por parte del régimen de quienes huyeron de aquel infierno. Lo cito: «Si en un país, después de 20 años de revolución, de una “política ejemplar” […], si usted les da una pequeña abertura y por ahí desfilan 100 000 personas en unos cuantos meses […], la culpa es suya, señor. Usted nos ha convertido en delincuentes».

Han pasado 42 años desde el Mariel, y desde entonces el régimen de la isla no ha cambiado ni de metodología ni de discurso. Lo que sí ha cambiado es el pueblo. Y han cambiado los individuos. Yo, por ponerte un ejemplo cercano, desde el 11 de julio de 2021 tengo en la parte trasera de mi carro una bandera cubana… y tres gorras de los New York Cubans, aquel equipo de la Liga Negra de Béisbol de Estados Unidos. Lo que antes me parecía una ridiculez —todo nacionalismo es ridículo e infantil—, ahora me acompaña a todas partes.

¿Cómo vivió el 11J desde la distancia, dónde estaba, se sorprendió, cómo se informó, y cree que viene pronto otro estallido social?

El 11 de julio de 2021, estaba en mi pueblo en Nueva Jersey, desde donde vivo mi exilio hace ya más de dos décadas. La noticia me tomó por sorpresa. ¿Cómo no habría de sorprenderme? Ese reclamo popular, ubicuo y espontáneo es lo más importante que ha ocurrido en nuestra nación en décadas. La gente había salido a la calle a gritar lo que todos nos hemos dicho en voz baja en la intimidad de nuestros hogares desde que el castrismo instituyera la delación como deporte nacional. Recuerdo que, pocos días después, nos congregamos una mar de gente en Union City a corear aquella belleza que dice: «Si Cuba está en la calle, ¡nosotros también!».

Para mantenerme al tanto de los acontecimientos, seguí la cobertura ejemplar que dio 14ymedio, desde la isla, así como lo que narraban los corresponsales de El Estornudo, Diario de Cuba, Hypermedia, ADN Cuba… También presté atención a lo que decían los manifestantes en Twitter y en sus directas en Instagram y Facebook. Por último, leí los reportes de la prensa oficial y las sandeces que escribían los funcionarios del Estado y otras ciberclarias —se sabe que ese es el nombre científico de la especie—, para comprobar aquello que nos enseñó Martí en “Meñique”: «el que es estúpido no es bueno, y el que es bueno no es estúpido».

A principios de los noventa, Willy Chirino me curó del deseo de pronosticar el devenir sociopolítico de la isla. “Ya viene llegando” —que bailamos en la sala de mi casa, en Belascoaín y Neptuno, en uno de esos pequeños actos de resistencia que nos hacían la vida más llevadera— está a punto de cumplir 30 años. Por tanto, me resisto a vaticinar el futuro de Cuba. Ese otro deporte nacional que es la especulación lo dejo para mis ficciones. Lo que sí tengo claras dos cosas: que no me corresponde, desde el exilio, convocar ni pedirle a nadie que salga a la calle a protestar en contra de ese régimen despreciable. Y que cuando la gente en la isla salga a la calle a exigir sus derechos —que son los míos— mi deber será apoyar y amplificar esas voces que sueñan con una Cuba con todos y para el bien de todos.

*** 

Nota bene: Desde el 30 de noviembre de 2020, he publicado a diario en Belascoaín y Neptuno. Te invito a leer las entradas de este día —una décima y una entrevista— hace exactamente un año. Si sientes que me repito, recuerda que más se repite la realidad cubana.

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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