De Platón a Aristófanes, como quien no quiere la cosa (en sí)

En la antesala de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, Enrique Del Risco le hace un guiño cómplice al lector desde sendas citas a Friedrich Nietzsche y Mark Twain. Ahí está la clave del libro.

No es casual la referencia al escritor estadounidense. (Siempre he pensado en Del Risco como un heredero cubano del genio y la gracia del autor de Un yanqui en la corte del rey Arturo). El axioma de Twain sugiere que ante cierta circunstancia en la vida uno debe detenerse y reflexionar, dos cualidades, dicho sea de paso, para las que el [estereotipo (del)] cubano parece sufrir una incapacitación congénita. Tampoco es baladí la frase de Nietzsche. En su breve dictum, el filósofo alemán presenta par de contrarios dialécticos: el ser y el aparentar.

Si en el párrafo anterior menciono varias parejas de atributos se debe a que este libro está poblado —quizá más preciso sería decir hecho— de dualidades. Me detengo en las más notables, si acaso porque están telegrafiadas en el título: quiénes somos y cómo nos perciben. Cuando Del Risco escudriña el nosotros y el ellos implícito en la conjugación del verbo pensar, esa distancia antropológica presupone a su vez una lejanía física: un aquí y un allá. Nos ubica frente a un ellos y un nosotros mutantes, que en estos siete cuentos exploran el dilema de la asimilación a un espacio ajeno y van desde un fugitivo de alguna post-dictadura latinoamericana que malvive en Ipanema haciéndose pasar por periodista (luego de haberse hecho pasar por hare krishna), a la versión caribeña de Cocodrilo Dundee y su hijo en una aventura en el metro de Nueva York, a un poeta que se debate entre su vida y el sueño recurrente que lo acosa, a un albañil salvadoreño en Madrid que se desdobla en escritor (o viceversa), a otro par de cubanos en una parranda literaria para el recuerdo en Monterrey, a un aprendiz y su chamán en un pueblo fronterizo de Los Ángeles, a un grupo de amigos en una fiesta en Nueva Jersey con un huésped inesperado. Y, en general, a las constantes amenazas que todas estas criaturas fuera de (su) sitio representan para el “fragilísimo contrato social” que impera en las ciudades que bien que mal los han acogido. De igual manera cambian de lugar el aquí y el allá, que de tanto mudarse se trastocan. “Allá es Cuba. A veces es aquí. Depende”, aclara el narrador en el cuento que da título al libro. En “Zihuatanejo”, las coordenadas, de tanto mezclarse, se fusionan: ya no estamos ni allá (Cuba) ni aquí (Estados Unidos), sino en un punto intermedio: el México lindo y querido de los chilaquiles del Chipinque.

El libro da tumbos por el mapa —pasando por Río de Janeiro, La Habana, Nueva York, Madrid, Monterrey— y, en esos andares, Del Risco alude a regímenes (para)militares latinoamericanos y sus respectivas insurrecciones. Fantasmas que salen incluso hasta en sueños. No exagero. En uno de los cuentos, un personaje es acosado por una pesadilla recurrente en la que —a la manera de Joseph K.— le hacen un juicio en el que se escuchan ecos del juicio al poeta salvadoreño Roque Dalton. Otro juicio, igual de kafkiano, sale a relucir en “Zihuatanejo”, que más que un cuento es —como el libro que lo contiene— una muñeca rusa: un cuento dentro de un cuento dentro de un cuento…

Otra pareja dispareja en el libro es la que enfrenta a la seriedad de Platón contra la comicidad de Aristófanes. En el cuento antes citado, el protagonista y su amigo (se) debaten (entre) estas antípodas. Del Risco no pasa esos apuros: él entiende que la gravedad de Platón y la levedad de Aristófanes no tienen por qué ser mutuamente excluyentes y, una vez más, hace que su lector ría mientras piense y piense mientras ría.

La intersección entre el ser y el aparentar, regresa una y otra vez a las páginas del libro. En el propio “Zihuatanejo”, mientras cuestionan la importancia de la verosimilitud en la ficción histórica, los protagonistas se divierten con el humor involuntario de un libro sobre Corea del Norte y, obvio, no pueden menos que preguntarse qué pensarán de ellos los habitantes de Pyongyang. De igual modo, en “El Monstruo y la Muerte”, el protagonista trata de imaginarse “qué pensarán [de nosotros] los paramédicos [angloparlantes] al entrar en un patio repleto de gente vestida de blanco alrededor de un moribundo”.

Aunque se resiste a ser didáctico, el libro regala —en boca de sus personajes— algunas definiciones básicas que (nos) serán útiles en la tierra natal del autor, isla tristemente célebre por carecer de una cultura y un vocabulario cívicos. Si en los cuentos de Del Risco, ser neoyorquino es “ser inmune al asombro”, la “democracia no es hacer lo que a uno le dé la gana sino (…) hacer las cosas que uno quiera sin molestar a los demás”, la felicidad “es el sentimiento de que una resistencia ha quedado superada” y escribir sobre una relación es un intento “de darle sentido a partir del pasado, como mismo hacen los matrimonios o las naciones”. Aprender esto no será poca cosa en un país en el que todavía los escritores, a decir de Del Risco (que suscribo), se enfrentan a dos tipos de obstáculos: sus problemas políticos y sus problemas literarios, en ese orden.

Los cubanos, bajo el castrismo, hemos vivido una doble vida. Con esto no me refiero únicamente a ese proceder tan típico en la isla de pensar una cosa en privado y decir lo contrario en público, sino al simple hecho de que tener que hablar de la realidad cubana sugiere la existencia de su contraparte: la irrealidad. Pero esta irrealidad ha viajado con tal suerte que es muchas veces capaz de reemplazar a la realidad. Solo así se explica que esos turistas de dictaduras tropicales —gente que ni habla español ni podría ubicar Matanzas en un mapa o, en palabras de Del Risco: gente que “confunde un mapa con un país”— insistan en explicarnos a los exiliados cubanos quiénes somos y de dónde venimos.

Fui lector de este libro en su fase manuscrita; lo celebré cuando recibió el Premio iberoamericano de relatos “Cortes de Cádiz” en 2008; lo compré; lo regalé a amigos y parientes; lo recomendé a cuanta persona estuvo a tiro de piedra; lamenté que la editorial Calembé, en la distante Andalucía, no tuviera a este lado del Atlántico la visibilidad ni la distribución que merecía la obra; y desde que se agotó la tirada le insistí al autor que saliera a la búsqueda de una edición aquí, aquende los mares. Además de releerlo, quería asignar este libro de cuentos a mis clases de literatura, pero la imposibilidad logística me la ponía en China (o en Japón). Tanto dio mi cántaro en la fuente que Del Risco accedió. Lo otro, convencer al editor, fue tarea harto más fácil. (Ya que estamos, aprovecho para agradecer a la editorial Sudaquia el buen tino de darles una segunda vida a estos cuentos).

“Uno nunca sabe lo que está celebrando”, dice el narrador de “Zihuatanejo” ante una efeméride doble. Me atrevo a contradecirlo: celebro esta reedición de ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? —corregida y aumentada con los dos cuentos finales— como quien festeja el cumpleaños de un amigo entrañable o la caída de un muro ignominioso o las dos cosas juntas.

Claro, en medio del jolgorio y luego de tanto tiempo y tantas distancias, igual cabría preguntarse: ¿qué pensarán de nosotros en La Habana?

Alexis Romay
Nueva Jersey, enero de 2017

Acerca de Alexis Romay

Pienso, luego escribo.
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Una respuesta a De Platón a Aristófanes, como quien no quiere la cosa (en sí)

  1. Adan Amable dijo:

    VIVA LA REVOLUCIÓN, CARAJO, VIVA MIL VECES, AQUI ESTAMOS PA DEFENDERLA DE ESTOS SINGAOS

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